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ACEPTACIÓN 36...LA BÚSQUEDA DE ILUMINACIÓN ESPIRITUAL

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EL miedo más atroz que hay en nosotros no es el miedo a la muerte; es el miedo a la vida. Es el miedo a vivir —a vivir realmente—, a estar de verdad vivos y despiertos en el aquí y el ahora, a estar desprotegidos frente a la energía en bruto, la energía salvaje que es la vida. Como ya hemos visto, la vida lo incluye todo —no solo lo bueno, lo positivo, lo feliz—, lo mismo que el océano incluye todas las olas que puedan existir, y eso significa que, para estar de verdad vivos y despiertos, debemos abrirnos a todo. A todo.

Sí, la vida es alegría, dicha y felicidad, pero también es dolor y tristeza, miedo, ira, confusión e impotencia. Despertar significa admitir que no puedes protegerte de ninguna de las olas del océano de la vida, que quien realmente eres es tan vasto e incondicional y libre que no puede sino acogerlo todo. Abrirte a la vida equivale a abrirte a la muerte..., a la muerte de quien pensabas que eras, la muerte de quien creías ser, la muerte de todo lo que has imaginado sobre ti. La vida y la muerte son en verdad iguales, y la mente nunca, jamás, entenderá esto.

La gente suele pensar que la iluminación espiritual tiene que ver con eliminar las olas de experiencia de las que siente miedo. Tenemos la idea equivocada de que la iluminación es un estado o experiencia especial, un lugar donde ya no hay miedo, ni dolor, ni tristeza, ni ira, ni nada negativo. En otras palabras, que la iluminación es un océano totalmente en calma y controlado, en el que todas las olas malas han muerto. Que es luz sin oscuridad, unidad sin diversidad.

Pero esta idea no es sino expresión del anhelo del buscador. El buscador quiere anestesiarse contra la vida. El buscador quiere estar protegido de la muerte, tener control total sobre las olas en la experiencia presente. Para muchos, la iluminación es la visión de un océano perfecto..., un océano libre de todas las olas negativas, de todas las olas malignas, de todas las olas peligrosas. Es el gurú extasiado que vive en un estado de felicidad absoluta, que nunca siente dolor, tristeza, aburrimiento, frustración, miedo ni ninguna clase de debilidad habida o por haber. Es estar libre del mundo relativo del dolor y el sufrimiento. Es un escape del mundo de la dualidad. Es la protección suprema.

 Entendemos ahora que este tipo de iluminación es imposible. Es una mentira, basada en ideas dualistas sobre quién y qué somos. Es un sueño del buscador, y nada más. Desgraciadamente —o quizá afortunadamente, en el gran plan de las cosas— muchas enseñanzas espirituales están al servicio de ese sueño. El sueño vende, porque es lo que el buscador quiere por encima de todo: comodidad, certeza y seguridad.

Durante toda la historia humana, debido al miedo esencial a la muerte (que era secretamente miedo a la vida), hemos combatido lo que nos parecía oscuridad y hemos intentado alcanzar lo que creíamos luz. Incapaces de reconocer quiénes éramos realmente, hemos atacado o reprimido todo aquello que nos parecía una amenaza para esa luz. Esos aspectos de la vida los hemos calificado de peligrosos, malignos, pecaminosos, impíos, malvados..., tabú, en el sentido original del término, y la espiritualidad se ha convertido así en una guerra contra la oscuridad, y no en el descubrimiento de la luz presente.

 Sintiéndonos separados como individuos, habiendo desgarrado en dos la realidad, hemos creído que si conseguíamos deshacernos de los aspectos oscuros de nuestra experiencia, si conseguíamos vencer al demonio, si conseguíamos subyugar el pecado, si conseguíamos librar del mal al mundo, si conseguíamos destruir la impureza, conoceríamos una vida larga y próspera. Queriendo alcanzar el cielo, hemos inventado y luego combatido la idea del infierno. Queriendo alcanzar el nirvana, hemos rechazado el samsara. Queriendo alcanzar la cordura, le hemos declarado la guerra a lo que llamamos «la enfermedad mental». Queriendo alcanzar a Dios, le hemos declarado la guerra al pecado.

El pecado, la enfermedad, el mal, la locura, la impureza, cualquier cosa impía, cualquier cosa que no encajara en nuestros planes de búsqueda, la hemos convertido en tabú, y nos hemos sentido con justo derecho a reprimirla, combatirla o incluso destruirla. Hemos creado chivos expiatorios, seguidos de incalculable violencia. Hemos creído que estábamos del lado de la vida y que, por nuestras fatigas, se nos recompensaría con más vida; que estaríamos protegidos de la muerte, y que todo saldría a la perfección. Tenía sentido..., en cierto modo.

Escapa de la oscuridad y alcanza la luz. Escapa del mal y alcanza lo bueno, lo puro, lo sagrado. Escapa de lo personal y alcanza lo impersonal. Escapa de la dualidad y alcanza la no dualidad. Eso es lo que hemos creído, en nuestra inocencia.

Pero cuando las despojamos de toda connotación religiosa, vemos que palabras como «oscuridad» y «mal» no son ya extrañas fuerzas místicas que hayamos de temer y combatir, sino meros indicadores de aquellas olas de experiencia — aquellos pensamientos, sentimientos y sensaciones— que en la actualidad rechazamos, que en la actualidad no consideramos expresiones legítimas de la completitud.

Las olas «malas» u «oscuras» son simplemente aquellas en las que, por error, vemos una amenaza para la completud, una amenaza para la vida. Son las olas que rechazamos. Las olas que no amamos. Las olas a las que les damos la espalda. Las olas que tememos. Son las olas huérfanas que sencillamente anhelan volver a casa, y a las que no permitimos entrar. Son las olas que ponen en peligro las preciosas imágenes que tenemos de nosotros mismos. El miedo, la ira, la tristeza, los deseos sexuales, los pensamientos extraños... no son inherentemente oscuros ni malos. Lo único que ocurre es que no se les permite entrar en la luz, y por eso parecen lo que no son. Parecen ser oscuros y malos y oponerse a la luz, pero, en verdad, ninguna ola puede oponerse jamás al océano, puesto que todas las olas son el océano. Ninguna de esas olas que consideramos oscuras se opone a la luz; ya es la luz, solo que no se la reconoce como tal. Lo que consideramos malo no es sino luz reprobada y rechazada. Lo que consideramos malo es simplemente lo que tememos.

Muchas enseñanzas y prácticas espirituales se nos han presentado a lo largo de los siglos como la solución última al problema de ser humanos. Se nos ha enseñado la manera de trascender lo negativo y atraer lo positivo, de salir del cuerpo, de eliminar las emociones dolorosas, de escapar de los sentimientos, de detener los pensamientos, de aniquilar la imperfección y la impureza, de desapegarnos de la vida. Pero ¿por qué esta batalla interminable contra los pensamientos y los sentimientos? ¿Por qué esta guerra con el momento presente? ¿Por qué nos da miedo dar un abrazo total a nuestra humanidad, el abrazo que en realidad somos en esencia? ¿Por qué tenemos tanto miedo de nosotros?

¿Por qué este rechazo constante de la vida en sí? Tal vez tengamos miedo de que, si abrazamos completamente nuestra humanidad en el aquí y el ahora, estemos de hecho impidiendo o perdiéndonos algún tipo de existencia más sublime en el futuro. Se nos ha hecho creer que la humanidad se encuentra en algún tipo de estado deshonroso, y que abrazar plenamente la experiencia humana, deshonrosa, obligadamente terrenal, mortal, «ilusoria», sería un error, una evasiva, una claudicación, significaría conformarnos con menos de lo que merecemos, rechazar nuestra herencia cósmica. Se nos ha enseñado que, más allá de la experiencia humana, más allá de las sombras de la cueva, hay un mundo más perfecto, un misterioso reino inmortal, celestial e iluminado esperándonos a todos.

Quizá todas estas creencias sean solo los sueños y las pesadillas del buscador, y la completitud que buscamos esté ya aquí, oculta de hecho en nuestra humanidad, oculta en todo aquello de lo que intentamos escapar. Quizá ser humano nunca haya sido el problema. Quizá el problema nunca haya sido la vida. Quizá no necesitemos soluciones al problema inexistente de estar vivos aquí y ahora. Quizá no necesitemos promesas de un mundo mejor, de una vida futura, de un cielo, de un ámbito espiritual trascendente, y nunca las hayamos necesitado. Quizá estemos profundamente bien como estamos, ya perfectos en nuestra imperfección, acogidos ya plenamente en el abrazo de la propia vida, que intentamos eludir.

¿Qué es la iluminación, entonces, si no guarda relación con escapar de nuestra humanidad, con escapar de algo llamado oscuridad o negatividad o el mal y avanzar hacia otro algo llamado luz? ¿Qué es el despertar espiritual, si no guarda relación con librarse de todas aquellas cosas de nosotros que nos disgustan? ¿Qué es la verdad suprema, si ya no es una negación de nuestra humanidad? ¿Qué es lo impersonal, si ya no está en guerra con lo personal? ¿Qué es lo absoluto, si al final acoge en sí lo relativo? ¿Qué pasa cuando todas las olas son dignas de amor, cuando no queda nadie aquí separado de la vida? ¿Qué pasa cuando el miedo a la muerte, que es el miedo a la vida, toca a su fin?

En un retiro que organicé en Holanda, un hombre se me acercó el primer día y me dijo que, el año anterior, tras experimentar mucho dolor y una profunda tristeza, había emprendido la búsqueda espiritual. Había leído muchos libros y había ido a ver a muchos maestros espirituales distintos dispuesto a alcanzar ese estado escurridizo llamado iluminación. Un día, sentado en el jardín de su casa, de repente le ocurrió algo extraño e inesperado. Todo pensamiento, todo sentido del tiempo, desaparecieron, y lo único que quedó fue la frescura y sencillez absolutas de ese momento. Tuvo la profunda percepción de que el mundo era perfecto tal corno era, incluso en su imperfección. La hierba, los árboles, las guerras y la caca de perro que había en la acera..., todo era divino. Supo desde lo más profundo que todo estaba en el lugar que le correspondía, y que él no existía en realidad como entidad separada. Era, misteriosamente, uno con la vida. Ya no era una persona. Era solo un espacio abierto de consciencia en el que la vida sucedía. Tuvo la sensación de que su búsqueda espiritual había llegado a su fin. Había encontrado finalmente el vasto océano en calma existente más allá de los miles de millones de olas. Se sintió libre. Tuvo la sensación de que nunca volvería a sufrir.

Pasó varios días en ese estado de paz inefable. Pero los estados y las experiencias nunca duran, y los pensamientos, los sentimientos y el complicado relato de su vida regresaron. Aunque había experimentado una profunda percepción del océano, las olas empezaron a dolerle otra vez. Me dijo que eso le había confundido mucho. El esperaba que, después del «despertar», las olas cesarían por completo. Esperaba que el océano permaneciera en perfecta calma, transparente, tras la realización, y, sin embargo, las olas —olas de dolor, de tristeza, de miedo, de impotencia y de duda— seguían yendo y viniendo en él. Y no sabía qué hacer con ellas. Seguía apareciendo el conflicto en sus relaciones. Había en él mucha tristeza, y miedo, v añoranza, y no sabía cómo responder a ellos. Seguía debatiéndose con la adicción al tabaco. ¿Cómo podía haber despertado y seguir sufriendo? ¿Cómo podía haber despertado y seguir experimentando duda, incertidumbre y momentos de ira? Los gurús le habían prometido que el despertar sería el fin de todo sufrimiento. Lo que estaba viviendo no tenía ningún sentido.

Durante el retiro, hablamos sobre la confusión posterior al despertar. Hablamos de la aceptación profunda de la vida, de la inseparabilidad de las olas y el océano, del espacio plenamente abierto que lo abarca todo, de cómo las olas están profundamente admitidas en lo que eres..., incluidas aquellas que antes calificabas de oscuras o malas, aquellas que no se corresponden con tu concepto de la iluminación. Hablamos sobre abrazar la vida totalmente en el momento presente..., sobre el abrazo que eres en esencia, y sobre descubrir ese abrazo aquí y ahora.

Al final del retiro, me dijo que había conseguido entender que las olas no debían cesar. Eran el océano. Y cada ola era una pequeña invitación a ver el océano de nuevo, en esa ola. Incluso el conflicto que estaba viviendo en su matrimonio era una invitación gigantesca a despertar y ver el océano en medio de ese conflicto, a descubrir a qué imágenes de sí mismo seguía aferrado, a qué sentimientos no les permitía entrar plenamente en su experiencia, cómo se desconectaba de su esposa al identificarse con «el agraviado» cada vez que discutían. Había visto el océano al completo, y el océano seguía revelándole más y más de sí mismo cada día. Era una bella paradoja. Y luego me dijo algo precioso.

—Solía pensar que tenía algún problema serio por no ser capaz de aceptar las olas, por hacer que se fueran..., que no era lo bastante fuerte, que no estaba lo bastante despierto o algo así. Pero ahora me doy cuenta de que la cuestión no es ser lo bastante fuerte para aceptar las olas. Las olas de la experiencia presente ya están aceptadas en lo que soy. No es necesario que las acepte. Comprendo, ahora mismo, que ya están admitidas, que no tengo que ser lo bastante fuerte para aceptarlas. Simplemente soy demasiado débil para impedirles volver a entrar.

La iluminación no consiste en que seas tan fuerte que puedas aceptar todas las olas. No consiste en controlar las olas en modo alguno. No consiste en escapar del momento presente. No consiste en mantener una imagen de ti de persona iluminada y en demostrar lo espiritual que eres, lo extasiado y en paz que vives todo el tiempo. Consiste en descubrir quién eres..., y eso es algo tan radicalmente abierto, tan vulnerable, tan desprotegido, tan débil, en cierto sentido, que cada vez te resulta más imposible escapar de las olas que aparecen ahora. Una debilidad que, en realidad, no es debilidad en absoluto, pues en ella reside la fuerza más imponente. La iluminación es la más profunda aceptación de la vida. Y no hace falta que tú «hagas» esa aceptación; forma parte inherente de ti.

Mucha gente tiene experiencias del despertar lo mismo que este hombre, en las que entran en contacto con el vasto océano, más allá de la multitud de olas. Pero la vida no acaba ahí. Las olas siguen viniendo y, muy pronto, todas esas preciosas percepciones espirituales se olvidan. Por muy despiertos o espiritualmente evolucionados que creamos estar, por mucho que mostremos la imagen de «no tener un yo», o de ser «nadie», o de estar «más allá de lo personal», nos enredamos en las olas de la vida, lo admitamos o no. Nos vemos nuevamente arrastrados por el sufrimiento, el dolor físico, el conflicto de las relaciones, las adicciones, el perseguir nuevas experiencias o el aferramos a las viejas, o una nueva búsqueda espiritual. Es como haber estado despiertos y haber perdido luego ese despertar. Tocamos el cielo, y luego caímos de él. De esto pueden derivarse mucho conflicto y mucho sufrimiento: una vez que has tocado el cielo, la vida puede ser un infierno. Incluso la persona aparentemente más iluminada puede seguir experimentando tristeza, miedo o un conflicto terrible en sus relaciones, después de la experiencia de la iluminación. Y muchas veces ese sufrimiento es más difícil de admitir que nunca, ahora que la imagen de sí mismo que uno pasea es la de «el que ha experimentado el despertar» o, peor todavía, la de «el maestro iluminado». Pero este sufrimiento que continúa es una gran noticia, de verdad, pues es solo una invitación a que te desprendas de todas las imágenes que tienes de ti, incluida la imagen de que estás iluminado o de que has trascendido el sufrimiento; a que afrontes sin miedo la experiencia presente, y a que encuentres la más profunda aceptación en ella..., y solo en ella.

Algunas enseñanzas espirituales hablan de las etapas del despertar. Dicen que lleva tiempo estar plenamente despierto. Algunas enseñanzas aseguran que puede haber un suceso inicial de despertar (en otras palabras, percibir el océano), pero que luego se puede tardar muchos años, incluso toda una vida, en integrar y encarnar plenamente ese despertar, en vivir realmente en él en la vida cotidiana. Hay quienes hablan del despertar como un viaje de integración de todas las olas, que conduce a un punto, situado en el futuro, en el que todas las olas se encontrarán plenamente integradas en el océano, y el viajero, como individuo, estará plena y absolutamente despierto. Y hay quienes afirman que en realidad no existe el despertar, que el despertar es un mito, que nadie ha despertado realmente nunca, y que deberíamos todos dejar ya de contemplar nuestro sufrimiento y tomarnos una taza de té y unas pastas.

Hay tantas enseñanzas en el mundo, tantas perspectivas distintas..., y todas pueden confundir sin límites a alguien que quiera sinceramente encontrar la libertad en su vida. Todos los caminos, procesos, prácticas y enseñanzas espirituales tienen su lugar; no estoy aquí para juzgar ninguno de ellos. Pero cuando reconoces que eres el espacio plenamente abierto en el que todas las olas aparecen y desaparecen, la íntima vastedad en la que todos los pensamientos, sentimientos y sensaciones vienen y van, empieza a estar mucho más claro en qué consiste realmente el despertar.

Cuando reconoces que eres el vasto e íntimo espacio abierto de la consciencia, ya no hay una entidad llamada «yo» que vaya despertando más con el paso del tiempo, o que vaya a alcanzar la integración total en el futuro, pues, desde la perspectiva de quien realmente soy, se ve con claridad que toda ola que aparece ahora mismo está ya integrada en el océano..., que todas las olas tienen ya una intimidad total con lo que soy. No se trata, por tanto, de que yo avance hacia un punto final de integración total en el futuro.

Ese es el sueño del buscador, que vive siempre en el cuento del logro espiritual enmarcado en el tiempo. De lo que se trata siempre, absolutamente siempre, es de reconocer esa integración en la experiencia presente aquí y ahora. Se trata de despertar a la completud y aceptación profunda de este momento, tal como es. Se trata de ver que estas olas ya están profundamente aceptadas, aquí y ahora. La integración de mañana no es asunto mío, y el relato del despertar de ayer es ir relevante. Aquí y ahora es donde está la vida, toda. Y solo hay aquí y ahora.

Y aunque este parezca ser un proceso que se desarrolla en el tiempo —quemar las imágenes que tienes de ti, reconocer la búsqueda en todas sus formas sutiles y aún más sutiles, descubrir la aceptación en esas olas que nunca habías imaginado que se pudieran aceptar, encontrar amor y paz en lugares que pensabas que el amor y la paz habían abandonado, descubrir más y más intimidad en tus relaciones personales aunque a la vez te das profunda cuenta de que no hay «otros» fuera de ti— de hecho, es un proceso atemporal que siempre sucede solamente ahora. La vida se integra consigo misma, aquí y ahora, y tú eres el testigo de su danza. La vida se sana a través de ti.

Sí, esta es la bellísima paradoja del despertar espiritual. La vida está ya completa, radicalmente completa, aquí y ahora. No eres un ser defectuoso. Incluso con tus imperfecciones, eres perfecto exactamente como eres. La vida ya se ha completado en este momento y siendo este momento, y esta es la bella verdad última de la existencia. Y, sin embargo, asimismo, esa completud continúa expresándose como invitación sin fin a redescubrir la completud en medio de esta experiencia encarnada, personal, profundamente humana, aquí y ahora.

Cada ola que aparece, cada pensamiento, sonido, olor, sentimiento y sensación que aflora en el océano que eres te susurra suavemente: «Por favor, no te escapes de mí, por muy doloroso o intenso que parezca ahora mismo. Confía en mí, soy el océano también. Aunque ahora adopto esta forma y tal vez no te resulte obvio, es aquí adonde pertenezco. No te preocupes, no es necesario que me aceptes, ya estoy dentro.

Y no te preocupes, tampoco puedes rechazarme; ya estoy dentro, ¿te has dado cuenta? ¿Estás dispuesto a ir más allá de todas las ideas que tienes sobre ti, de todos los cuentos sobre tu pasado y tu futuro, y a admitir simplemente que ya estoy aquí, que ya se me ha admitido? ¿Puedes admitir que quien realmente eres es lo bastante vasto como para contener la totalidad de la vida, lo bueno y lo malo?».

Mira tu vida. La invitación está en todas partes. Está en la alegría y en el dolor, en el aburrimiento y en el entusiasmo, en el pesar y en el éxtasis, en la dulzura y en la amargura, en tu nacimiento y en tu lecho de muerte. La invitación está aquí, en cada momento de este precioso y frágil regalo de una vida que tan fácilmente damos por hecha. Y justo ahora, mientras lees estas palabras, te llama con suavidad para que vuelvas a ella.

 

FÍN DEL LIBRO "LA MÁS PROFUNDA ACEPTACIÓN"...que con Amor he compartido♥

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Aceptación 35…LO QUE ERES NO ES UN ADICTO

 

 

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¿Es un adicto lo que de verdad eres?

 ¿Te define tu adicción?

¿Es realmente cierto que, en el nivel más básico, tienes un problema muy serio?

Cualquier terapia o programa de rehabilitación que primero no llegue hasta el fondo de estas cuestiones lo único que conseguirá es perpetuar la ilusión.

 No trato de decirte que deberías dejar todo lo que estás haciendo para librarte de tu adicción, pero estoy seguro de que, acompañado del entendimiento profundo de quién eres realmente, cualquier plan de rehabilitación será mucho más efectivo.

 ¡Y quién sabe!, quizá a partir de cierto momento ya no necesites más planes de rehabilitación.

 Te encontrarás ansiando la siguiente dosis, y hallarás dentro de esa misma ansia, dentro de cualquier malestar que aparezca, un profundo saber que todo está bien.

  Encontrarás libertad en todo aquello de lo que escapabas y, en ese lugar de aceptación total, descubrirás que no eres un adicto.

 Descubrirás que no te ocurre nada extraño.

 Lo que eres nunca ha querido ni ha necesitado hacer uso de nada para escapar de este momento. Lo que eres permite profundamente que este momento sea como es.

 

Un hombre que en un tiempo se había definido a sí mismo como alcohólico me dijo:

 —Nunca he dejado la bebida. Nunca he dejado de ser alcohólico. Simplemente,

nunca me he tomado la siguiente copa.

 En este momento en que no bebes, ¿eres bebedor? En este momento en que no fumas, ¿eres fumador? En este momento en que no te lanzas en pos del objeto de tu adicción, ¿eres adicto?

 Tal vez algún día —y ese día podría ser hoy— encontrarás un cigarrillo o una copa o unas onzas de chocolate delante de ti y, al fin, sabrás, en lo más profundo, que no te darán nada que no esté ya aquí.

 No harán que esta experiencia sea más completa de lo que ya es.

 Puedes honrar la aparición de cualquier deseo apremiante. Puedes honrar el deseo apremiante de hacer algo respecto a ese deseo. Puedes honrar cualquier malestar que sientas por no conseguir lo que quieres. Y puedes dejar que simplemente todo esté aquí, tal como es, sin necesidad de cambiarlo de ninguna manera.

 Si vas a canalizar tus energías de búsqueda, hazlo de manera que fluyan de vuelta hacia aquí, hacia dónde estás realmente, y abraza todo lo que está sucediendo ahora mismo.

 Olvídate de esa búsqueda de un momento futuro en el que estarás libre de la adicción y descubre lo que hay de verdad aquí, justo ahora.

 Y quizá, pronto, esta se haya convertido en la necesidad más imperiosa de todas: la de aceptar el momento totalmente.

 Tal vez te hagas adicto a la más profunda aceptación de este momento, una adicción de la que no necesitarás rehabilitarte nunca, una adicción sin efectos secundarios.

 Y entonces, incluso en medio del dolor, el malestar y los misteriosos deseos que no puedes controlar y ni tan siquiera nombrar, quizá te acuerdes de lo que siempre has sabido en lo más hondo, y que Julián de Norwich expresó tan claramente:

  «Todo está bien, y todo estará bien, y toda clase de cosas estarán bien».

 

Es la libertad la que te libera, no tu esfuerzo por ser libre.

Krishnamurti

 

Seguiremos con… LA BÚSQUEDA DE ILUMINACIÓN ESPIRITUAL

Ya estamos llegando al final del tipeo de este libro de Jeff Foster...LA MÁS PROFUNDA ACEPTACIÓN...

mas continuaré tipeando para ustedes otros que no se hallen en Internet♥

Tahíta

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ACEPTACIÓN 34…LA RESPUESTA A UN DESEO IMPERIOSO

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PROBABLEMENTE estés pensando: «De acuerdo, intelectualmente entiendo que el cigarrillo no me va a completar, ¡pero sigo teniendo la sensación de que necesito un cigarrillo!». Un deseo de este tipo parece físico. Antes de que te des cuenta, parece realmente que tu cuerpo necesita una dosis. Como explicaba antes, el cuerpo no sabe diferenciar una amenaza real de una amenaza imaginaria, y tampoco una carencia real de una carencia imaginaria.

La realidad es que el cuerpo nunca necesita un cigarrillo. Lo necesitas . Lo necesita el buscador. No es el cuerpo el que intenta completarse; eres . Creo que una de las grandes mentiras que decimos es: «El cuerpo me pide un cigarrillo», «No puedo vivir sin un cigarrillo» o «Me moriré sin un cigarrillo». Sí, de acuerdo, puede que tengas esa sensación, pero simplemente porque sientas eso no significa que la necesidad sea real.

Lo que realmente queremos decir con «necesito un cigarrillo» es «no estoy dispuesto a experimentar el malestar de no fumarme un cigarrillo». Y ahí está: no quiero experimentar el malestar —la incompletitud, el dolor, el daño que me hace, la falta de bienestar— de no conseguir lo que quiero. No deseo que esas olas vengan. Tengo la sensación de que me ahogaré en ellas. Tengo la sensación de que me superarán, de que no podré hacerles frente. Tengo la sensación de que me moriré, sin el objeto de la adicción, sin mi vía de escape, sin nada con lo que subyugar el dolor que me causa la existencia.

Cuando se le quita al buscador la esperanza de completitud, ¿qué le queda?

Cuando se te quita el tiempo, cuando toda esperanza de conseguir lo que quieres y estar completo desaparece, ¿con qué te quedas?

Te quedas con lo que es. Te quedas con el malestar, con la incompletitud, con todo aquello de lo que escapabas, y sin esperanza de escapar de ello. Te quedas frente a la vida tal como es..., frente a las olas que has rechazado, frente a los pensamientos y sentimientos de los que has estado escapando, quizá toda tu vida. Te quedas frente a tu dolor, tu tristeza, tu culpa, tu remordimiento, tu sentimiento de soledad, tus miedos más atroces. Te quedas aquí, ahora, en este momento, frente a lo que es.

Para una persona separada, tener que hacer frente a todo esto es un problema muy serio. Pero en el espacio abierto que eres, no hay problema alguno: todas las olas pueden, simplemente, existir. El malestar extremo. Un sentimiento de carencia. Un deseo imperioso de fumar. Un ansia. La sensación de que hay algo que necesita completarse.

Dolor. Agitación. Palpitaciones quizá. Sudor. Todo tipo de imágenes..., de lo horrible que es tu vida, de ti fumando el cigarrillo extasiado, de ti aspirando profundamente el humo tibio, de toda la relajación que te proporciona, de la liberación que supone. La liberación está tan cerca que casi puedes tocarla.

Hay un deseo desesperado de alargar el brazo y encender un cigarrillo. En un momento, todo este malestar desaparecería. En un momento, el infierno podría convertirse en cielo. Sientes unas ganas insoportables. Quieres fumar desesperadamente. El cigarrillo te quitará todo este malestar. Solo uno, pequeño, diminuto. Está a solo unos momentos de distancia. Vamos. Solo uno pequeño. ¡Ah, es tan tentador!

Como hemos visto, no es que en verdad quieras un cigarrillo; lo que realmente quieres es que el momento presente vuelva a estar profundamente bien. Lo que realmente quieres es dejar de sentir que necesitas algo. Lo que realmente quieres es que no vuelva a faltarte nada. Lo que realmente quieres es que todo este malestar se acepte profundamente. Quieres estar profundamente bien dónde estás; quieres estar en casa aquí y ahora, y piensas que fumarte un cigarrillo es la única manera de lograrlo.

«Quiero un cigarrillo» es mentira. Una mentira basada en una identificación errónea, una mentira basada en suposiciones tremendas de quién eres en realidad, una mentira que nace de tu negativa a ver la completitud de tu experiencia presente.

Pero, escucha, no te estoy diciendo que finjas que no quieres un cigarrillo.

Fingir nunca funciona; solo te lleva a más fingimiento. No te estoy diciendo que finjas que no tienes deseos ni ansias. Eres un ser humano, no un robot. Te estoy pidiendo que honres el deseo, pero también que te sumerjas en él hasta llegar a su raíz; que te deshagas de todas las suposiciones que hasta ahora has dado por hechas y veas con ojos nuevos lo que es de verdad, más allá de lo que te han contado que es, más allá de lo que supones que es, más allá de lo que crees que es.

Nos hemos abierto paso sin miramientos a través de la experiencia del ansia simplemente para descubrir el mecanismo que la pone en marcha. No es el cigarrillo lo que anhelas (o la copa, o el sexo, o el siguiente atraco de comida), sino la aceptación más profunda. No anhelamos un cigarrillo; anhelamos la intimidad inherente a la consciencia del momento presente..., el espacio abierto en el que se aceptan todas las olas de experiencia. No es que en realidad tengamos ansia de un cigarrillo; anhelamos que el ansia de fumar ese cigarrillo se acepte profundamente. Anhelamos amar esa ansia tal como es, por muy disparatado que esto suene de entrada.

Cuando permito que un ansia cualquiera exista en este momento, con todo el malestar que conlleva, y cuando permito que exista en este momento el deseo imperioso de escapar del malestar —cuando permito que todo pensamiento, toda sensación, todo sentimiento estén donde están, y veo que la experiencia presente se acepta profundamente en este instante—, ya no necesito un cigarrillo que me complete. Aquí es donde se puede romper el ciclo de la necesidad: en el alma misma de esa necesidad. Esto es libertad en la necesidad, libertad en el ansia, no liberación del ansia. Estoy hablando de descubrir la libertad en la que el ansia y la necesidad imperiosa de satisfacer esa ansia pueden, ambas, aparecer y se admite que aparezcan, al igual que todas las olas del océano están ya admitidas en el océano.

No estoy hablando de combatir el ansia o ignorarla. Hablo de permitir profundamente que el ansia esté presente, así como la necesidad, incluso una necesidad desesperada, de satisfacer esa ansia. Un deseo imperioso y el deseo imperioso de satisfacerlo son amigos inseparables. Si vas a permitir que exista el deseo, tienes que darle también la bienvenida a su mejor amigo, el deseo de escapar de ese deseo, y descubrir en lo que eres el lugar que acoge a ambos con profunda aceptación.

Permitir que el ansia esté presente —sentarse tranquilamente con ella, observar todas las imágenes que pasan flotando, sentir todas las sensaciones que vienen y van, permitirte de verdad sentir profundamente el deseo imperioso de fumar un cigarrillo, permitir el malestar e incluso el deseo más fuerte, el deseo que es tan fuerte que tienes la sensación de que estás a punto de hacer algo al respecto, estar con todo ello— puede parecer una experiencia muy extraña. Pero recuerda que ningún deseo es demasiado fuerte para que esta profunda aceptación «se encargue de él». Te sientes como si estuvieras a punto de morir si no te fumas un cigarrillo, v, aun así, incluso dentro de ese sentimiento, la más profunda aceptación sigue presente. La más profunda aceptación puede acoger ese sentimiento también. Es insoportable. No puedo más. También ese. Es demasiado doloroso. No lo aguanto. Y ese… estoy muriendo! Todavía estás vivo. ¡No puedo con ello! Estás pudiendo. ¡No lo soporto! Lo estás soportando.

Lo que he descubierto es lo siguiente: que incluso sin un cigarrillo, incluso con todos estos sentimientos que aparecen en ausencia de un cigarrillo, incluso en la experiencia de no conseguir lo que quiero, estoy profundamente bien. Incluso sin el cigarrillo, estoy completo en esta experiencia presente. En medio del ansia más intensa, esta profunda aceptación sigue estando absolutamente presente. No significa que el ansia desaparezca, sino que mi relación con el ansia se transmuta. Ya no es una ola separada que se vaya a rechazar...; es una expresión del océano que el océano acoge.

Y una vez que he descubierto esta completitud, sigo siendo libre de fumarme un cigarrillo o no. Esto es crucial. Soy libre de fumar, pero ya no necesito hacerlo para que me dé completitud. Fumarme un cigarrillo y no fumármelo empiezan a ser extrañamente iguales en esencia. En esta profunda aceptación, acabo consiguiendo lo que el cigarrillo nunca podría darme: la libertad de fumarme un cigarrillo o no. No dependo va de él. Ya no me controla. Me he liberado de las garras de mi gurú. Se ha roto el hechizo. Me salgo de la secta del cigarrillo. Ya no soy impotente. Ya no soy una víctima.

En pocas palabras: cuando un deseo imperioso —de un cigarrillo, de una copa, de sexo, de una excursión al casino, de una tableta de chocolate— se admite profundamente, se admite tal como es, deja de ser un deseo imperioso, deja de ser expresión de carencia, deja de ser expresión de incompletitud y deja de ser una búsqueda de completitud. Ahora es simplemente un puñado de sensaciones que tienen profundo permiso para aparecer y desaparecer en lo que eres, a pesar de que puedan ser desagradables en este momento. Los deseos vienen y van, y lo que tú eres permanece. El final de la adicción reside en un abrazo profundo y total del querer, del desear, por muy paradójico que esto suene al principio, Una vez más, fíjate en que no te estoy pidiendo que luches contra el deseo, no te estoy diciendo que lo ignores, que lo rechaces ni que practiques la abstinencia. La aceptación profunda no tiene nada que ver con negar lo que sientes. No te estoy diciendo: «No te des lo que deseas, e intenta ser feliz sin ello». No te estoy pidiendo que toleres nada.

Oigo ya desde aquí las críticas a este mensaje: «Jeff Foster nos dice que dejemos de conseguir lo que queremos. Dice que debe parecemos bien no lograr nuestros deseos, que deberíamos negarnos cualquier tipo de placer! ¡Suena completamente derrotista, una negación de la vida, completamente deprimente!».

No, no es eso lo que digo. No digo que debería parecerte bien no conseguir lo que quieres; te invito a que olvides todas las conclusiones anteriores y hagas la prueba de nuevo, para ver si puedes encontrar una tranquila aceptación, en el sentido más profundo, en la experiencia de no conseguir lo que quieres. Comprueba si es una posibilidad en tu mundo.

Encontrar el lugar de la más profunda aceptación no tiene nada que ver con tolerar o aguantar no conseguir lo que quieres; tiene que ver con encontrar el lugar donde incluso la intolerancia y la frustración se aceptan.

Y te pido que cuestiones la idea misma de que conseguir lo que quieres es realmente lo que quieres y, por debajo de eso, que cuestiones la idea de que eres una persona separada que quiere algo. Eso es muy diferente de fingir que no pasa nada porque no consigas lo que quieres. Es muy diferente de que te niegues a ti mismo cualquier placer, que es como la mente puede interpretar la idea. Te pido que veas si puedes aceptar de verdad no conseguir lo que pensabas que querías, pero que en realidad nunca has querido.

Puede ser algo muy extraño permitir profundamente un deseo. La mayor parte del tiempo la pasamos o intentando ignorar un deseo (con lo que solo conseguimos que se intensifique) o cediendo a él. Aceptar profundamente el deseo es el camino del medio.

Entre rechazarlo y ceder a él, está ver..., y permitir, y encontrar libertad incluso en los lugares más inquietantes.

De modo que tu nueva práctica espiritual es esta: siéntate con el malestar, y con su mejor amigo, el deseo imperioso de escapar del malestar. Siéntate sin hacer nada con ellos. Siéntate sin expectativas de que cambien. Siéntate sin intentar arreglarte a ti mismo. Siéntate sin la esperanza de que esto tenga ningún resultado en particular. Y date cuenta de que cada pensamiento, cada sensación, cada sentimiento —incluidos cualquier expectativa, frustración, falta de aceptación o intento de cambiar este momento—ya están admitidos en este momento. Encuentra el conocimiento de que todo está bien en medio del sentimiento de que no está bien. Encuentra el lugar donde sabes que este momento está bien, incluso aunque sientas que es un momento muy difícil y que no está bien. Ese lugar es la libertad. Ese lugar es lo que eres. Y si no puedes encontrar ese lugar ahora mismo, y aparece cualquier sentimiento de fracaso, admite profundamente eso también. Simplemente percibe lo que quiera que haya aquí, y que a lo que quiera que haya aquí ya se le ha permitido entrar. Percibir así es la esencia misma de la meditación.

Y sí, puede ser muy difícil estar en este lugar del que no hay escape. Conozco a un adicto a la heroína que dejó la droga de forma abrupta. Su novia me dijo que el síndrome de abstinencia estaba siendo horroroso: calambres terribles por todo el cuerpo, temblores y sudor constantes, alucinaciones. En muchos momentos, pensaba que se iba a morir. La llamaba por teléfono y le chillaba: « ¡No puedo más! ¡Me voy a morir!». Lo curioso es que no era esta tanda de calambres musculares la que le iba a matar..., era la ronda siguiente. Siempre iba a matarle la tanda siguiente... No le había matado todavía. El buscador siempre vive sumido en el recuerdo de lo terribles que fueron las cosas y anticipando lo terribles que podrían ser. El buscador siempre vive en el tiempo.

Finalmente su novia, sobre todo por miedo a que no lo soportara (aunque le había visto ya antes pasar por el síndrome de abstinencia y sobrevivir) accedió a llevarle al otro extremo de la ciudad, donde vivía su proveedor de droga, a conseguir una dosis. En el coche, de camino hacia allí, empezó a sentirse mejor de repente. En cuanto supo que iba a conseguir una dosis, se relajó. Todavía estaba nervioso y ansioso y sufría algún dolor, pero ya no se sentía aterrado ni gritaba en tono amenazador que estaba a punto de morirse. La droga había llegado a representar para él lo que le libraba de la muerte, y cuando supo que iba a poder conseguir una dosis, su organismo se relajó.

Ante la imposibilidad de lograr lo que quieres, ante el fracaso de tu búsqueda, puedes experimentar impotencia, indefensión, miedo y falta de control absolutos. Realmente tienes la sensación de que estás a punto de morir. Te encuentras frente a frente con todo aquello de lo que querías escapar, frente a frente con tu propia impotencia ante la vida. Enfrentarse a todo esto se parece mucho a enfrentarse a la muerte. Si a esto se añade el dolor físico del cuerpo que empieza a reajustarse, he ahí una situación aparentemente insoportable que solo puede resolver —o eso parece— otra dosis.

El mecanismo de búsqueda puede ser despiadado y el síndrome de abstinencia, horrorosamente difícil, no nos engañemos. Pero ¿te das cuenta de que incluso el malestar más extremo contiene una invitación a la completitud? ¿Te das cuenta de que incluso cuando las olas son terriblemente difíciles, el océano sigue presente? Es una invitación que nunca desaparece, da igual lo que esté sucediendo.

Puede que el cuerpo tiemble de un modo incontrolable. Puede que el dolor sea terrible. Puede incluso surgir el sentimiento de «me voy a morir» o «no aguanto más». Pero lo que soy es el espacio abierto en el que todos estos sentimientos y sensaciones se desarrollan. Ni el dolor, ni el miedo, ni la frustración, ni siquiera el sentimiento de indefensión o el terror absoluto..., ninguna de estas olas es realmente un problema para quien yo soy. Forman parte de la constante invitación de la vida; están profundamente permitidas en lo que soy. Existen para que les prestemos atención, para que las consideremos parte inseparable de la vida; no son una amenaza para la vida. No son malas, no son enemigas nuestras, no son impurezas que hayamos de destruir; son únicamente amadas partes de mí mismo. Y yo soy la calma en el ojo del huracán. El cuerpo hace lo que le corresponde hacer, y lo que yo soy nunca necesita escapar de lo que está sucediendo, incluso aunque exista el deseo imperioso de escapar de ello. Aquí, donde estoy, todo está siempre bien, de una manera que nunca seré capaz de explicar.

Poner fin a las adicciones no tiene nada que ver con librarse del ansia; tiene que ver con entender el ansia como lo que es y permitirle desde lo más profundo estar presente. Sí, al final, la libertad existe incluso cuando no consigues lo que quieres. Este descubrimiento contradice el saber convencional, está en contra de mucho de nuestro condicionamiento y no se enseña en ninguno de los libros de autoayuda sobre el pensamiento positivo. En una sociedad que da tanta importancia a conseguir lo que se quiere, y en la que se nos dice que conseguir lo que se quiere conduce a la felicidad, parece casi una locura sugerir que podrías ser libre y feliz cuando no consigues lo que quieres.

 

¡Quizá en un mundo rematadamente loco, haya que estar loco para estar cuerdo!

 

Cuando descubres quién eres realmente, eres libre, tanto si consigues lo que quieres como si no. De cualquiera de las dos maneras, estás completo..., y ni todos los cigarrillos, el alcohol, el sexo, la comida o el dinero del mundo pueden darte eso, como tampoco la ausencia de ellos puede quitártelo.

 

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Continuaremos con… LO QUE ERES NO ES UN ADICTO

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ACEPTACIÓN 33...DESEOS, ANSIAS, NECESIDADES Y CARENCIAS

 

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¿Qué sensación produce un deseo apremiante? ¿Qué sensación produce el ansia?

¿Qué sensación produce necesitar algo?

Es difícil describir o definir lo que es el ansia o lo que es el deseo imperioso.

Una vez más, nos referimos a deseos, ansias o necesidades como si supiéramos exactamente de qué hablamos. Pero, como venimos haciendo, vayamos más allá del relato, del relato del deseo imperioso, y volvamos a la experiencia real que tenemos de él momento a momento. Más allá del relato que nos contamos, ¿qué es lo que sucede en realidad?

Estoy sentado en mi silla favorita leyendo un libro. No falta nada.

Simplemente, la vida está sucediendo...; hay sonidos, olores, pensamientos, sentimientos, y todos vienen y van. Estoy disfrutando de la sencillez de este momento.

Y, de repente, me encuentro dominado por el ansia, el ansia de un cigarrillo.

¿Qué es lo que acaba de ocurrir? Volvamos a la experiencia del momento y recorrámosla a cámara lenta.

Primero ha aparecido un sentimiento de inquietud Algo de repente se sentía insatisfecho e incompleto, y quería estar completo otra vez. Quería echar mano... de un cigarrillo, de eso que pensaba que eliminaría ese sentimiento de incompletud, y he sentido el deseo imperioso de fumar —en otras palabras, el deseo imperioso de encontrar completud fumando—. Pensaba que fumar haría desaparecer el malestar.

Tiene algo de urgente, ese deseo imperioso, ¿verdad? Nunca es una experiencia relajada, tranquila, fluida. Algo se siente tenso y contraído. Da la sensación de que es necesario satisfacer algo urgentemente. De repente, la vida se reviste de un halo de urgencia. Tienes la sensación de que necesitas un cigarrillo ahora mismo..., no mañana, no dentro de un rato, sino ahora.

Hace unos momentos, la vida parecía estar completa. Yo permanecía cómodamente sentado en la silla leyendo un libro. No faltaba nada. Y ahora, de repente, siento como si faltara algo en mi experiencia presente. Se ha abierto un agujero en la experiencia presente. ¿Qué es lo que falta? ¿Qué puede llenar ese agujero? ¿Qué pondrá fin a esa carencia? ¿Es realmente posible que no falte nada y, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, falte algo?

Todos los deseos —de hecho, toda búsqueda— empieza siempre por una sensación de carencia, y luego esta sensación de carencia general pasa a ser la carencia de algo específico.

¿Qué es lo que falta? ¡Ah, ya sé! Falta un cigarrillo en la experiencia presente.

El agujero es un agujero con forma de cigarrillo. Si estuviera fumando justo ahora, la experiencia presente estaría completa; el cigarrillo haría que desapareciera el agujero.

El significado original de la palabra «querer» era «carecer». Ha sido en estos últimos siglos cuando «querer» se ha convertido en sinónimo de «desear». Por tanto, cuando digo: «Quiero un cigarrillo ahora mismo», lo que en realidad trato de decir es: «Siento como si ahora mismo careciera de un cigarrillo. Me falta un cigarrillo». Hace un momento, no faltaba. Luego, de repente, lo necesito.

De repente, carezco de un cigarrillo; de repente, quiero un cigarrillo...; es lo mismo.

Pero no es que el cigarrillo falte de la experiencia presente. La experiencia presente siempre está completa en sí misma. Nunca puede faltar nada de la experiencia presente, al igual que el océano nunca falta, sean cuales sean las olas que aparezcan. Solo el pensamiento podría decir que «falta algo», pero incluso eso es simplemente un pensamiento que aparece en este espacio abierto. pensamiento y el sentimiento de que falta algo no faltan de aquí! Están plenamente presentes. Nada, lo que se dice nada, falta en este momento.

El comienzo de una gran libertad es darse cuenta de que nunca falta nada en la experiencia presente. Lo único que existe jamás en este sentido es el relato, el sentimiento, de que falta algo, y todos los relatos y los sentimientos asociados a ellos aparecen en el espacio plenamente abierto que eres, que siempre está completo en sí mismo. No falta nada en el espacio abierto que eres, puesto que ese espacio abierto abarca todo cuanto viene y va. Incluso el más intenso sentimiento de carencia aparece y desaparece en lo que eres. Incluso la carencia forma parte de la completud de este momento. Aquí, donde estás, incluso la carencia está completa.

He aquí una analogía magnífica: imagina que estás viendo una escena de una película en la que hay unos personajes sentados a una mesa, hablando sobre otro personaje, que dicen que no se ha presentado a la comida. Pero, desde tu perspectiva de espectador, ¿falta realmente ese personaje, falta de la escena? No, la escena está completa tal como es. Los personajes que están sentados a la mesa y hablan sobre el que no está constituyen una escena completa de la película. Nada falta nunca de cualquier escena de una película. Nunca ves una escena y te dices: «No sé, qué extraño. En esta escena falta algo». Incluso aunque la escena sea sobre alguien que no aparece, sabes que en realidad no falta nada ni nadie. Ningún personaje puede faltar nunca en una película; cualquier escena de una película está siempre completa. De la misma manera, muere alguien a quien querías, y lo echas de menos, pero ¿falta de verdad? Nada ni nadie falta del océano de la vida.

Así que es mentira, una gran mentira, que te falte un cigarrillo. La carencia de ese cigarrillo es mentira. Es falso que quieras un cigarrillo.

Quiero dejar claro que, en última instancia, no tiene nada de malo querer cosas en la vida. Porque ahora corremos el riesgo de caer en otra trampa espiritual. A lo largo de los años he conocido a mucha gente que intentaba desesperadamente no querer nada, pensando que esa era la vía hacia la iluminación. Creían de verdad que una persona iluminada no quería nada.

En primer lugar, querer dejar de querer cosas es el querer más intenso de todos.

En segundo lugar, una vida en la que no se quisiera nada sería una vida de lo más insulsa. Dudo que sea posible ser humano, un ser humano vivo que respira, y no desear nada. Quiero ir a una galería de arte. Quiero una taza de te. Quiero hacer una visita a mi madre y a mi padre a los que amo con todo mi corazón. Te has tropezado, y te quiero ayudar a levantarte. Quiero tener un hijo. Quiero que leas mi libro. Quiero ser sincero contigo sobre lo que siento. Quiero salir de este campo de prisioneros de guerra. Todas estas son expresiones de la vida perfectas, y negarlas, o intentar fingir que no las tenemos, puede ser muy poco saludable. Intentar no querer nada es simplemente una parte más del juego de la búsqueda.

Creo que podría ser una ayuda diferenciar lo que es querer algo de forma auténtica, sana —por ejemplo: «Hoy quiero ir al parque»— y el querer que está basado en un sentimiento de carencia, motivado por la búsqueda, se podría decir—como por ejemplo: «Quiero un cigarrillo porque sin él me siento incompleto»—. Me parece que es muy importante hacer esta distinción.

Es cierto que muchas enseñanzas espirituales hablan del querer como algo negativo: «Querer es expresión del ego. Querer es egoísta. Querer es una ilusión. Querer es dualista. Querer conduce siempre al sufrimiento, y, si queremos poner fin al sufrimiento, debemos deshacernos de todos los deseos, de todos los apegos; debemos aspirar a vivir en un estado en que no queramos nada. Debemos dejar de querer tener dinero. Debemos dejar de querer tener posesiones. Debemos desprendernos de todo lo que tenemos y vivir en la calle. Entonces seremos libres. Debemos dejar de querer tener relaciones sexuales; debemos renunciar al deseo de tener ningún contacto sexual, y llevar una vida de castidad.

Entonces seremos puros y estaremos más cerca de Dios. Debemos dejar de querer sentir placer, porque el placer es malo y contrario a la espiritualidad, y solo si nos desconectamos de todas las fuentes de placer que hay en la vida, alcanzaremos la "iluminación”». Esto es lo que muchas enseñanzas espirituales parecen decir.

Pero la otra cara de la moneda es que, cuando renunciamos a todos nuestros deseos, acabamos llevando una vida tediosa, triste, desconectada de todo..., y siempre terminamos en guerra con las cosas que queremos. Porque, secretamente, en realidad no nos hemos desecho de ninguna de ellas, simplemente las hemos reprimido. Reprimimos el deseo sexual, por ejemplo, y fingimos ante los demás y ante nosotros mismos que nos hemos librado de él, pero secretamente el deseo de sexo continúa, y cuanto más nos empeñamos en enterrarlo, mayor es la amenaza de que explote..., hasta que al final explota. Y es fácil saber cuáles son las consecuencias de eso; fíjate en la cantidad de escándalos relacionados con líderes religiosos, supuestamente célibes, que ha habido en el último siglo. Cualquier cosa que intentemos reprimir acabará saliendo, tarde o temprano, de forma distorsionada. La fuerza vital sencillamente quiere expresarse; no se la puede refrenar.

Hace poco una mujer me hablaba de los veinte años, ni mucho menos felices, que llevaba casada con su marido. En los últimos años, había emprendido el camino de la búsqueda espiritual y había pasado muchas horas practicando cierto método dirigido a eliminar todos sus deseos en el marco del matrimonio..., porque los deseos, había llegado a entender, eran exigencias irracionales que nadie tenía derecho a hacer a otro ser humano. Así, una vez que dejara de querer nada de su marido, sería libre. Llamaba a este método «librarse del ego».

El caso es que había conseguido librarse de todos sus deseos, y, en cierto sentido, era maravilloso. Mucho, muchísimo de lo que había esperado de él eran exigencias absurdas e injustas, que habían sido expresión de su búsqueda a ciegas; habían sido tentativas de convertir a su marido en algo que, por más que quisiera, no podía ser, solo para complacerla. Intentar «arreglarle» había sido motivo de mucho sufrimiento para ella, así que era un alivio dejar de querer todas aquellas cosas sin sentido derivadas simplemente de su búsqueda.

Pero había llevado el exterminio demasiado lejos, y había acabado con todos los deseos. Y lo peor era que la relación con su marido no había mejorado nada. Lo había eliminado todo; de hecho, ya no quedaba apenas relación entre ellos. La relación se había muerto.

Le dije:

—Dime, ¿qué quieres de una relación?. Titubeó, y respondió luego:

—Ah, yo creía que no debía querer nada.

Se lo pregunté otra vez. Estuvo un rato largo pensando, pero no se le ocurría nada. 

—Bueno, deja que te ayude —le dije—. ¿Qué te parece algo sencillo, como tener a alguien con quien hablar?

—Ah, sí, eso me gustaría, claro. Eso sería estupendo —contestó.

Me pareció una respuesta conmovedora. Había en ella un querer genuino, un querer auténtico, que no provenía de su búsqueda de completud, de un sentimiento de carencia.

Venía del corazón. Fue, en sí misma, una expresión preciosa y apasionada de la vida. Fue algo que quería genuina, auténticamente, y que había enterrado, intentando no querer nada en absoluto y ser libre. Este pequeño deseo sencillamente no había tenido la oportunidad de respirar. Al destruir todos sus deseos, había destruido aquello que quería de verdad. Había tirado las frutas frescas con las podridas.

No todo lo que queremos es expresión de una carencia. Cuando expresamos un querer sano, genuino, decimos algo como: «Quiero esto. Me gustaría experimentar esto. Pero, lo consiga o no, seguiré estando absolutamente bien. No conseguir lo que quiero no va a quitarle nada al bienestar de este momento».

Es diferente querer un cigarrillo que querer un cigarrillo para que te complete, algo que el cigarrillo no puede hacer. Querer un cigarrillo no es un problema, hasta que lo quieres para que te quite el malestar. Entonces, quererlo nace de la búsqueda, es un querer que expresa carencia, y que desembocará directamente en el sufrimiento y en una carencia aún mayor. Porque lo que estás diciendo en ese caso es: «Quiero esto, y si no lo consigo, no voy a estar bien. Lo único que va a hacer que todo esté bien es conseguir un cigarrillo».

Ese es un querer basado en la ilusión de la carencia, en la ilusión de que falta algo y en la ilusión de que solo un cigarrillo puede llenar el vacío.

Ya no vemos la realidad como es; hemos entrado en la búsqueda. Entramos en un sueño y, por tanto, en el sufrimiento.

 

Continuaremos con...

LA RESPUESTA A UN DESEO IMPERIOSO

 

 

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ACEPTACIÓN 32...Las Adicciones

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A] parecer, los seres humanos podemos hacernos adictos | prácticamente a cualquier cosa. Nos hacemos adictos a las drogas, a los cigarrillos, al alcohol, al juego, a los sedantes, a comprar, a Internet y los videojuegos, a los deportes extremos y peligrosos, a la comida... Nos hacemos adictos a las relaciones, a estar constantemente con gente, a seguir en contacto con ella a través del teléfono móvil las veinticuatro horas del día, a poner constantemente al tanto de nuestras vidas a todo el mundo en Facebook y en Twitter, a asegurarnos de que saben que existimos y que continuamos existiendo... Nos hacemos adictos a nuestras carreras profesionales, a trabajar un número disparatado de horas al día haciendo cosas con las que ni siquiera necesariamente disfrutamos. Y no siempre es porque necesitemos tanto dinero que no nos queda otro remedio que trabajar así; trabajamos debido a conceptos abstractos como el estatus, el prestigio, el deber, la seguridad..., cosas en las que supuestamente hemos de creer, ya que todo el mundo parece creer en ellas. ¿Nos hemos preguntado alguna vez si nosotros creemos en ellas y por qué?

Somos adictos a objetos materiales, a sustancias, a sistemas de creencias, a otras personas, pero en la raíz de todas estas adicciones está nuestra adicción principal: la adicción a nosotros mismos. Somos adictos al relato de «mí». Somos adictos a mantener esa imagen de nosotros y a defenderla a muerte; a realizar trabajos constantes en esa imagen, a mejorarla, comparándola y contrastándola con otras imágenes; a crear la imagen perfecta, a completarla antes de morir y a asegurarnos de que los demás tengan esa imagen de nosotros incluso después de que hayamos muerto. En este sentido, todos somos adictos, nos guste o no, tengamos o no un diagnóstico clínico de adicción.

¿Es posible ir más allá de la idea de que la adicción es una enfermedad, dejar de lado todas nuestras nociones preconcebidas y examinar con una mirada nueva lo que de verdad sucede, al nivel más profundo? Quiero ir más allá de las explicaciones físicas, sociológicas y psicológicas, y ver lo que sucede, en el nivel más profundo de todos, cuando alguien se siente arrastrado una y otra vez, aparentemente sin poder controlarlo y muchas veces incluso contra su voluntad, a comportamientos, personas, lugares o sustancias que en última instancia no son buenos para él, que no le sanan, en el verdadero sentido de la palabra. ¿Qué busca en realidad esa persona?

A menudo, se entiende por adicción la incapacidad de dejar de hacer algo, que, en el caso más extremo, es el sentimiento de tener que hacer algo simplemente para poder funcionar, para poder seguir adelante, para disfrutar de un bienestar básico, a pesar de los efectos secundarios y las consecuencias.

Probablemente sea verdad que nadie se hace adicto a nada intencionadamente. Un cigarrillo, una copa o una droga pueden resultar, al principio, desagradables e incluso repugnantes. Muchos adictos cuentan que detestaron su primera experiencia con las drogas, pero que querían simplemente experimentar, flirtear con el peligro, o encajar en el grupo o sentirse incluidos. Algunos, después de este primer experimento, empiezan a consumir la sustancia (o a utilizar el objeto o a la persona, o a vivir la experiencia) con más regularidad. Y como su organismo se hace cada vez más tolerante a ella, necesitan una cantidad cada vez mayor para obtener el efecto deseado. En casos extremos, la necesidad de una droga puede hacerse devastadora y quitarle la vida a esa persona, destruir su carrera profesional, sus relaciones y su salud.

No creo que ni los psiquiatras, ni los psicólogos, ni los sociólogos, ni ninguna otra rama de investigadores hayan llegado realmente hasta el fondo de por qué algunas personas se hacen adictas y otras no. Hay muchas teorías sobre la adicción, pero no se sabe mucho de sus causas últimas. Por ejemplo, muchísima gente ingiere alcohol en este mundo, y sin embargo son pocas las personas que beben mucho, y todavía menos las que se hacen adictas al alcohol. ¿Por qué unas se hacen adictas y otras no? La literatura sugiere que hay factores de riesgo asociados a la adicción —tales como el maltrato o la negligencia sufridos durante la infancia, enfermedades mentales, la pobreza, el estrés o la falta de estudios— y se dice que puede haber en ella un componente genético, que la adicción puede ser hereditaria, que hay personas que sencillamente tienen una predisposición a hacerse adictas a algo sin que puedan hacer mucho para remediarlo. Mucha gente considera que la adicción es una enfermedad o una disfunción cerebral, y hay quienes llegan a asegurar que es algo de lo que uno nunca se libra definitivamente, y que no queda más remedio que aprender a vivir con ella toda la vida. Una vez que uno se hace adicto, es adicto para siempre, afirman. En algunos casos, la adicción define realmente quién es alguien. Hay personas que se aferran con fuerza a la imagen de adictas que tienen de sí mismas.

No quiero decir que nadie esté equivocado. Solo deseo que profundices más de lo que quizá hayas profundizado nunca.

Veamos, antes de seguir adelante, quiero dejar algo claro: no estoy sugiriendo que, si te consideras un adicto, dejes de hacer de inmediato todo lo que estés haciendo para sanarte de esa adicción. Únicamente quiero presentar una perspectiva de las cosas distinta, y no pretendo que esta perspectiva reemplace lo que estés haciendo ahora. No quiero animar a nadie a que deje de asistir a la clínica o al grupo de rehabilitación, la terapia o el programa de los doce pasos. Sigue haciendo lo que estés haciendo, si funciona; pero quizá el hecho de mirar desde otro punto de vista qué es lo que ocurre en lo más hondo te permita descubrir una libertad que el programa que sigues actualmente no te esté dando.

Podemos hablar de los factores de riesgo de la adicción; podemos dar sobre ella explicaciones psicológicas y fisiológicas; podemos definir con detalle el comportamiento de un adicto desde fuera y desde dentro, por así decirlo, pero ¿qué es lo que de verdad sucede —a nivel de la experiencia del momento presente— cuando busco la siguiente copa? ¿Qué intento hacer, en lo más hondo? ¿Cuál es la experiencia de la adicción? ¿Quién es en realidad el adicto? Hasta que les preguntemos a los adictos: « ¿Quién eres, más allá de todas las ideas que tienes sobre ti?», no vamos a llegar de verdad a la raíz del problema, y todas las soluciones que ideemos estarán basadas en suposiciones deficientes e indirectas, y en una forma de pensar dualista.

Aquellos a los que llamamos adictos no son básicamente distintos del resto de nosotros. En cierto sentido, un buscador es siempre un adicto...: adicto al futuro, adicto a escapar de este momento, adicto a encontrar alivio de la forma que pueda. Hallamos una vía de escape en el sexo, en las drogas, en los cigarrillos, en oír música ensordecedora, en comprar por fin ese bolso de Gucci, o ese coche deportivo de serie limitada, o el último videojuego. Y durante un tiempo, breve, parece que nos hayamos liberado del peso de buscar, del peso de la carencia. Durante unos inestimables momentos, mientras aspiro profundamente el humo del cigarrillo, me olvido de todos mis problemas; el pasado y el futuro desaparecen o retroceden hasta perderse de vista, y lo único que queda es el humo cálido y relajante que baja por la garganta y entra en los pulmones. Ya no hay sentimiento de vacío; hay una especie de plenitud que solo parece posible lograr con este cigarrillo. En cierto modo, el cigarrillo, la copa de vino, la música ensordecedora se convierten en un amante, una madre, un gurú que me proporciona el alivio que ansío. Me devuelve al vientre materno. Me libera de las cargas que llevo a cuestas. Me quita el malestar. Me trae a casa... temporalmente.

Mucha gente encuentra una vía de escape en el sexo. En el momento del clímax, el mundo entero desaparece, v se produce una unión total. Nado en un océano de amor, donde solo existe la total sencillez de la vida tal como es, de este momento...; solo lo que está sucediendo justo ahora. Todo lo demás cae en el olvido. No es de extrañar que los franceses llamen a esta experiencia la petite mort, «la pequeña muerte». Todo lo demás deja de tener importancia; la ola se derrumba en el océano, me pierdo en la vida. Estoy de vuelta en el vientre. Mi lucha ha muerto. Mi anhelo más profundo se ha cumplido... temporalmente.

Consigo el coche más potente, la casa más grande, el reloj nuevo, y tengo la sensación de que mi búsqueda ha tocado a su fin. Realmente parece que el sexo, las drogas, el cigarrillo, el dinero, la fama tengan el poder de hacer que desaparezca el dolor, el poder de completarme, de una manera que no es capaz de hacerlo nada ni nadie. Algunos buscadores no conocen otra forma de completarse que con el objeto de la adicción.

Es casi como si intentáramos anulamos a nosotros mismos con las drogas, el alcohol o el sexo. A cierto nivel, así como la ola anhela retornar al océano, nosotros también anhelamos deshacernos de la carga que supone ser un yo separado. Anhelamos perdernos en la vida, que la vida nos absorba. Cuando vuelvo a casa después de un largo y agotador día de trabajo, me tomo una copa, y otra, y otra, y pronto todos mis pensamientos parecen estar muy lejos, como si no existieran ni hubieran existido nunca. No es simplemente que me olvide de ellos..., literalmente han desaparecido de mi experiencia, en este momento. A cierto nivel, el objeto de la adicción nos permite satisfacer el anhelo más profundo que tiene todo ser humano: desaparecer, dejarnos absorber por la vida, desintegrarnos en el momento, volver a casa, regresar al vientre materno, librarnos del peso de ser un yo separado, disolvernos de nuevo en el océano y descansar, descansar al fin. Mientras me bebo otra jarra de cerveza, me inyecto la droga de moda o conduzco de camino a casa en mi deportivo nuevo, siento que todo está bien..., durante un rato.

Sería maravilloso si este mecanismo nos diera de verdad lo que nos había prometido: completitud permanente. Pero no es así, porque siempre llega el bajón. La luminiscencia va perdiendo intensidad, y el malestar aflora otra vez. Vuelve el dolor. Regresa el sentimiento de incompletitud, a veces con más intensidad que nunca, y entonces pierdo la cabeza por la siguiente dosis, el siguiente momento de alivio, la siguiente experiencia. El buscador reaparece, aún incompleto, aún insatisfecho..., tal vez más insatisfecho que nunca. El sentimiento de vacío y descontento vuelve a aflorar; la sensación de carencia regresa. Y yo retorno al relato de mi vida vacía e insatisfecha, y luego anhelo librarme de todo ello otra vez.

Si el mecanismo de búsqueda cumpliera sus promesas y realmente eliminara el sentimiento de carencia e incompletitud, no habría ningún problema. No existirían las adicciones. No necesitaría drogas, cigarrillos, comida o sexo para que se llevaran mi dolor. No me sentiría impulsado a ceder a ninguno de ellos con tanta frecuencia, o quizá no cedería nunca. La vida estaría en equilibrio total. El hecho es que el cigarrillo no me da completitud. No me quita los problemas; no me libra del malestar durante demasiado tiempo. Pero tal vez el siguiente sí. El efecto de la droga no dura mucho, pero tal vez la próxima vez sí lo haga. He jugado y he ganado, y no me satisface, pero tal vez si vuelvo a ganar, si gano más, me sienta satisfecho. Siempre buscamos el siguiente momento de liberación, y el ciclo continúa.

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Quisiera que te dieras cuenta de que, en realidad, no somos adictos a los cigarrillos; somos adictos a la aparente liberación, a fundirnos con la vida, a la supresión temporal de la carencia que el cigarrillo parece darnos. No somos en realidad adictos al sexo; somos adictos a la aparente liberación que nos proporciona, a sentirnos temporalmente libres de la carga del «yo». No somos en realidad adictos al juego; lo que ocurre es que el juego nos saca de nosotros mismos durante unos inestimables minutos, horas o días. No somos en realidad adictos a los objetos o a las personas; somos adictos al sentimiento de liberación que parecen traer consigo.

El buscador es adicto al placer. Es la ola que quiere volver al océano. ¡Qué alivio, por un momento, pensar que has encontrado lo que buscas! ¡Qué alivio ser el océano, aunque solo sea por unos momentos perfectos! ¡Y qué infierno perder ese respiro y verte arrastrado otra vez, tan rápido, al mundo de los problemas humanos!

La adicción al alcohol, a sustancias diversas, al juego, al sexo, a las personas, a los gurús, al dinero, a la fama...: parece que hubiera muchos tipos diferentes de adicción. Pero, de hecho, solo existe una: la adicción del buscador a la liberación; y cuando entiendes esto, cuál sea el objeto de la adicción empieza a ser menos importante. Muchas veces, al intentar sanarnos de las adicciones, prestamos demasiada atención a los detalles del objeto de la adicción y al relato de nuestra adicción, y no la suficiente al mecanismo esencial que alimenta nuestra necesidad del objeto. Quizá me cure de la adicción al tabaco, pero si no afronto el sentimiento de carencia que hay por debajo de ella, volverá a surgir en cualquier otra área de mi vida. He conocido a personas que dejaron de fumar después de veinte años, y luego inmediatamente empezaron a comer en exceso. La gente que es adicta las relaciones rompe con su pareja actual e inmediatamente empieza a consumir drogas. La gente que tiene una adicción comprar deja de repente esa adicción y se hace adicta a un gurú espiritual. Ninguna cura, remedio o terapia que se centre en el objeto de la adicción, y no en la búsqueda a la que está sujeto el adicto, resolverá de verdad la adicción. Quizá sea una ayuda, pero no sanará al adicto en el verdadero sentido de la palabra.

Da igual que se trate de un cigarrillo, una botella de cerveza o la emoción ante la promesa de ganar un millón en la ruleta; toda adicción sirve al mismo propósito: parece hacer que desaparezca el malestar de este momento tal como es. Promete liberación, y parece dárnosla efectivamente durante un rato. Pero no nos da lo que de verdad anhelamos.

¿Qué intentan arreglar los adictos cuando buscan una dosis? Aunque probablemente no lo sepan, en el fondo tratan de arreglar un sentimiento esencial de separación, de incompletitud. Como ya hemos visto una y otra vez, nada ni nadie puede arreglar la separación v la incompletud; ningún objeto externo ni ninguna persona lo pueden hacer. El único arreglo para la incompletitud es abrazar radical y totalmente la propia incompletitud..., el abrazo que eres en esencia. Eso es lo que en realidad anhelamos en lo más hondo: intimidad con nosotros mismos.

Por supuesto, no echamos mano de un cigarrillo, de un sedante o de una botella de cerveza porque pensemos:

«Me siento incompleto y esto me va a completar». No, simplemente sentimos un deseo, un ansia. Nos sentimos extrañamente arrastrados hacia el objeto de nuestra adicción, casi contra nuestra voluntad. «Si tuviera elección —me digo—, no estaría haciendo esto.» Pero siento que no tengo elección. El cigarrillo parece tener un extraño poder sobre mí. El juego, el sexo, el dinero... parecen ejercer un extraño poder que me domina, un misterioso poder que me arrastra, por mucho que yo proteste. El chocolate... está ahí en el armario, llamándome: cómeme, cómeme. Te haré sentirte mejor. La cerveza está ahí, como el demonio, tentándome, prometiéndome alivio: venga. Solo un sorbito...

No es algo intelectual; no es que conscientemente te des cuenta de que buscas algo. Simplemente te encuentras encendiendo un cigarrillo. Te encuentras vaciando otro vaso de vodka. Te encuentras poniéndote morado de chocolate. Y tienes la sensación de que no puedes hacer nada al respecto. Tienes la sensación de que el objeto de la adicción te controla de algún modo, y no está en tu mano impedirlo. Sí, la sensación es esa..., como si fuéramos víctimas de la adicción: eso llamado «adicción» le está sucediendo a alguien llamado «yo».

Cuando creemos que un objeto, una sustancia o una persona es capaz de completarnos de algún modo, proyectamos en ellos una especie de misterioso poder. Ya se trate de la comida, un gurú espiritual, un amante, una celebridad, un líder político o religioso, una botella de whisky, un cigarrillo o el objeto que fuere, podemos tener realmente la sensación de que ejerce un poder sobre nosotros; parece que tuviera una especie de aura, que algo así como una energía dominadora, magnética, emanara de él. Parece que irradiara poder.

Pero no es un poder real. Nada ni nadie tiene esa clase de poder...: el poder de completarte. Ninguna ola tiene más poder que cualquier otra; toda ola es igualmente océano. El poder nunca es externo, en este caso. Lo que en tu experiencia parece ser un poder que te llega de fuera, del mundo, es sencillamente tu propio poder proyectado. Es el poder de la vida proyectado en el exterior y enfocado en otro objeto o en otra persona. El poder no está realmente en el objeto ni en la persona, aunque eso sea lo que parece, aunque esa sea la sensación que tenemos, aunque eso sea a lo que sabe y a lo que huele. El poder no le pertenece a nadie ni a nada, ya que la vida es el único poder.

Esta idea —de que la completitud reside «ahí fuera», en el tiempo y el espacio, en el mundo, y de que algunos objetos y personas la tienen y otros no— es la proyección que da fuerzas al buscador para seguir adelante. El buscador debe situar siempre el final de la búsqueda Juera de sí mismo para poder seguir vivo. El buscador debe proyectar fuentes de un poder invisible en el exterior, en el mundo visible, y luego buscar ese poder. Desde los albores de la humanidad, hemos proyectado el poder «ahí fuera»: en el sol, en las estrellas, en la naturaleza, en objetos inanimados, en otras personas. Los seres humanos siempre hemos tenido dioses; incluso los ateos son profundamente religiosos en este sentido.

El que busca liberarse de su carga proyecta el poder de liberación en un objeto, de la misma manera que el que busca la iluminación proyecta la propia iluminación en otra persona y el que busca amor centra en otra persona todo su anhelo, otorgándole a ese objeto el aparente poder de completarlo. La consecuencia es que tienes la sensación de que realmente necesitas el objeto, la sensación de que necesitas tu dosis que te «arregle», que necesitas sexo, chocolate, una copa, un cigarrillo, ir a otro satsang o a otro retiro espiritual, estar cerca de tu gurú, cualquiera que sea el objeto del que esperas recibir amor, para volver a estar completo.

Se podría decir que esa necesidad es la manera en que se manifiesta el mecanismo de búsqueda en nuestra experiencia. No experimentamos el mecanismo en sí directamente; experimentamos la necesidad, el anhelo, el deseo, el ansia, la impotencia ante la vida. Nunca entenderemos el deseo hasta que entendamos el mecanismo de búsqueda que hay detrás de él. Es un mecanismo asombrosamente creativo que parece impedirnos tener consciencia de quien verdaderamente somos. Cuando no vemos este mecanismo como lo que es, es cuando nos quedamos atrapados en buscar, en vez de ver la búsqueda como lo que es y reconocer que somos el espacio de consciencia plenamente abierto en el que la búsqueda tiene lugar, es entonces cuando sufrimos y apelamos a lo exterior para escapar del sufrimiento.

Lo cierto es que ponerte morado de chocolate continuamente no sería un problema si, al cabo del tiempo, no te produjera obesidad y te hiciera propenso a problemas cardíacos y a las trombosis. En sí mismo, comer chocolate no tiene nada de malo. Es algo que forma parte de la vida, también. Es cuando lo utilizas el como vía de escape, como liberador tuyo..., es entonces cuando empieza el problema. Es lo que buscas en el chocolate lo que es el problema. Chocolate + búsqueda = adicción.

Y lo mismo sucede con el alcohol. En sí mismo, no es malo, no es diabólico, forma parte de la vida. El alcohol es una sustancia neutral que no necesitamos utilizar de la manera en que lo hacemos. Cuando lo empleamos para distraernos de lo que realmente está sucediendo, para dejar de sentirnos mal, para que nos dé completitud, para escapar del momento tal como es..., es entonces cuando empieza el problema. Alcohol + búsqueda = adicción.

Y tampoco el dinero en sí mismo es malo. Es el uso que hacemos de él —la forma en que atesoramos dinero, la forma en que hacemos daño y matamos para conseguir el dinero de otros, la competición y la envidia a las que puede conducir cuando no aceptamos profundamente nuestros sentimientos de insuficiencia e impotencia—, es eso lo que podríamos calificar de «malo». El dinero en sí no tiene ningún poder maléfico. Nada lo tiene.

Ya entiendes a lo que me refiero. Las sustancias y las actividades —el sexo, la bebida, comer chocolate, hacer apuestas en el casino o en el mercado bursátil— no son un problema en sí mismas; pueden ser partes de la vida divertida, agradable e inocente. Es cuando el buscador empieza a utilizar estas actividades para obtener algo cuando comienza el problema.

Cuando buscas algo a través de un cigarrillo, en realidad ya no lo estás fumando; casi ni te das cuenta de la experiencia real de fumar el cigarrillo momento a momento. No estás en realidad presente con la experiencia, porque las expectativas que tenías puestas en ese cigarrillo eran demasiado altas. En realidad, no estás fumándote el cigarrillo, estás intentando fumar completitud. No estás realmente jumando el cigarrillo..., lo estas utilizando para llegar a alguna parte. Has dejado de ver —de ver realmente— lo que hay delante de ti. Estás buscando un momento futuro, y este momento es ahora tan solo un medio para alcanzar un fin. Estás intentando trasladarte desde aquí hasta allí sirviéndote de un pobre cigarrillo.

Hacer del tabaco tu enemigo no te va a servir de nada. Eso es lo que muchos libros y cursos de autoayuda para la adicción parecen dar a entender, que el cigarrillo, el alcohol* las drogas son una especie de enemigo, que son malos, que deberíamos luchar sin piedad contra ellos, quizá durante el resto de nuestra vida.

Yo quiero proponer otra manera de contemplar las adicciones. El cigarrillo no es el enemigo. Cuando ves —cuando ves de verdad— el mecanismo de la búsqueda en funcionamiento, con todos sus detalles y sutilezas, te das cuenta de que el cigarrillo es inocente. No tiene ningún poder sobre ti ni nunca lo ha tenido. Lo estabas usando para conseguir completitud. Te convertiste en un usuario, en el verdadero sentido de la palabra. El cigarrillo siempre ha sido inocente, siempre ha sido neutral, y tú, intentando liberarte a toda costa, lo empleaste, y luego has olvidado por qué lo hiciste (si es que alguna vez lo supiste, claro). Y luego te has dado la vuelta y le has echado la culpa de haberte hechizado. En realidad, fue al revés: fuiste tú quien le hizo una especie un sortilegio. En tu inocencia, en tu búsqueda de completitud, proyectaste en él el poder de darte esa completitud. Lo hiciste simbolizar el final de la búsqueda. Lo convertiste en tu gurú y le otorgaste un poder que nunca había tenido y que nunca podría tener.

No es cuestión de culpar a nadie —ni al cigarrillo ni al que lo fuma—. Porque no es que el cigarrillo sea inocente y tú seas culpable. Sois los dos inocentes. Cuando estás atrapado en la búsqueda, no tienes otra elección que echar mano de cualquier cosa que te parezca que ofrece liberación. En tu inocencia, echas mano de un cigarrillo. Cuando tienes la sensación de que necesitas algo, tienes también la sensación de que no tienes otra elección que conseguir lo que necesitas. Eres inocente de buscar algo, así que no estoy culpando a nadie. No es necesario jugar aquí a culpar y avergonzar a nadie. Solo trato de que veas lo que está sucediendo en tu experiencia, y no de que te juzgues a ti mismo.

Seguiremos…

 

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ACEPTACIÓN 31…ESCUCHAR LA VERDAD DE LOS DEMÁS

 

A veces alguien se me acerca y me dice:

—Jeff, entiendo de verdad lo que dices; todo tiene que ver con estar presente con lo que es y admitir sencillamente lo que es verdad. Pero hay ocasiones, por ejemplo cuando alguien es desagradable conmigo, o un compañero de trabajo me critica, o mi pareja se queja de algo que he hecho, en que todo se derrumba, y se me olvida cómo permitir el momento presente y me vuelvo a quedar atrapado en el sueño, en la búsqueda.

La belleza de los demás es que no podemos controlarlos.

Por muy sinceros, por muy generosos, cariñosos, comprensivos o cooperativos que seamos, por muy iluminados que creamos estar o muy profundamente enraizados en la aceptación que parezca que estamos, la gente se incomoda con nosotros. Se siguen enfadando; siguen malinterpretándonos, queriendo que cambiemos, pensando que estamos equivocados, que no vemos las cosas con claridad, que no vivimos de la manera en que deberíamos vivir. La gente nunca dejará de contarnos sus relatos, de explicarnos lo que opinan del mundo y de nosotros. Y esto es o algo terrible («El infierno son los otros», como decía Jean-Paul Sartre en A puerta cerrada), o una auténtica oportunidad de descubrir realmente con qué estamos todavía en guerra, qué olas de nuestra experiencia seguimos sin aceptar.

Por muy iluminado que creas estar, la gente seguirá proyectando sus ideas en ti. ¡No hay esperanza de que puedas parar esto! O entras en guerra con ellos, defendiendo tu imagen de ti mismo, o empiezas a escuchar —a escuchar de verdad—y acabas por entender por qué te ven como te ven. Quizá si tú hubieras visto lo que ellos han visto, si hubieras oído lo que ellos han oído, si hubieras experimentado lo que ellos han experimentado, te verías del mismo modo que ellos te ven. Si vieras a través de sus ojos, igual pensarías y sentirías exactamente lo mismo que ellos piensan y sienten ahora. No lo sabes.

Una cosa es decir tu verdad —¡quizá esa es la parte fácil!—, y otra —la parte más difícil— es ser capaz de escuchar la verdad de otro, prestar atención realmente a su respuesta, su perspectiva o su punto de vista, sobre todo si es acerca de ti y encontrar el lugar donde ese punto de vista «esté bien», donde esté bien que esa persona piense lo que piensa y sienta lo que siente, en este momento, incluso aunque estés totalmente en desacuerdo con lo que dice, incluso aunque ahora mismo no entiendas cómo es posible que sienta eso.

La auténtica comunicación no tiene nada que ver con estar siempre de acuerdo con todo el mundo ni con darles la razón a los demás y asumir que tú estás equivocado. Ni la una ni la otra son opciones realistas, y probablemente ambas se deriven del buscar..., de la necesidad de que los demás te valoren, te den su aprobación, te admiren, te quieran. La auténtica comunicación tiene que ver únicamente con escuchar —escuchar de verdad— la perspectiva de otra persona, con encontrarte con esa persona donde está. Y luego, después de dar con un terreno común, después de «encontrarnos con esa persona en su mundo», como me gusta decir, sigues teniendo plena libertad de hacerte escuchar. Pero ya no hablas con esa persona como si fuera tu enemiga; ya no estáis en mundos separados; te encuentras con ella en su mundo, en su perspectiva, y caminas con ella a partir de ahí.

¿Qué haces cuando entra tu pareja y te dice que el otro día le pareció que fuiste desagradable con sus amigos? ¿O cuando admite que a veces tiene fantasías con otras mujeres? ¿O cuando asegura que está enfadada porque no participas lo suficiente en las tareas domésticas? ¿O te reconoce que no eres la mujer con la que quiere estar? En caliente, ¿cómo reaccionas?

«En caliente» es la hora de la verdad, en el viaje del despertar espiritual.

Aquí es donde empieza gran parte del conflicto de las relaciones: me cuentas algo íntimo, y me hace daño en cierto nivel. Me cuentas lo que sientes, cómo me ves; me cuentas cuál es tu punto de vista, tu perspectiva, lo que crees. Y me hace daño. Me da miedo o me enfurece, o simplemente me incomoda o me hace sentir que, en un sentido u otro, no estoy a la altura. Inmediatamente me siento en la necesidad de demostrarte que estás equivocada, de hacer que dejes de pensar o de sentir eso que me has dicho, de corregir tu experiencia, de cambiarte y de controlarte. Si me siento lo bastante herido por lo que me has dicho, puede que incluso quiera contraatacar, hacerte el mismo daño que tú me has hecho..., quizá de una forma sutil y astuta, para que no parezca que intento hacerte daño.

O me siento tan herido que me aparto totalmente de ti. Te digo que nunca voy a volver a hablar contigo, como manera de castigarte. Te amenazo con irme de tu lado, con acabar la relación. Pero lo que en realidad deseo que acabe no es la relación, sino mi propia falta de aceptación profunda dentro de la relación. Lo que en realidad quiero abandonar es la falta de sinceridad, la fachada, tener que mantener una imagen, la falta de relación en el momento presente. Nunca podemos abandonar definitivamente las relaciones, puesto que siempre nos relacionamos de un modo u otro, nos contemos o no el relato de que estamos «en una relación».

Cuando me dices algo y me hace daño, y, en ese dolor, me siento rechazado, aparece la tentación de escapar del sentimiento de ofensa, de no permitirme sentirlo y de cambiar inmediatamente de posición para defenderme, ya sea apartándome de ti o atacándote de la forma que sea. Es tan fuerte la tentación de «saltarme un paso»..., es decir, de saltarme el paso de sentir el daño que me has hecho, y aceptarlo profundamente, que, en vez de hacer esto, adopto de inmediato una actitud defensiva y agresiva. En general, no aceptamos el sentimiento de ofensa, que puede manifestarse como una náusea en el estómago, tensión en el pecho o una presión en la garganta, e intentamos rehuirlo.

Me siento amenazado por lo que me dices —en otras palabras, aflora el miedo a la muerte, la muerte del ego—, así que rápidamente actúo para invalidar tu experiencia, para neutralizar la amenaza. Tus pensamientos sobre mí están totalmente equivocados. Tus sentimientos sobre mí no tienen ninguna base. Tu punto de vista es un disparate, « ¡No puedo creer que pienses eso! ¡No puedo creer que sientas eso! ¡Cómo te atreves!», digo. Tal es la prisa por defendernos que acabamos desconectándonos o encerrándonos en nosotros mismos del modo que sea. La defensa es el primer acto de la guerra, como nos recuerda Byron Katie.

La verdad, te guste o no, estés de acuerdo conmigo o no, es que la otra persona piensa y siente exactamente eso ahora mismo, en este momento. Puede que a ti no te guste, pero esa es su experiencia del momento presente. Tal vez mañana ya no sienta ni piense lo mismo; tal vez no piense ni sienta lo mismo dentro de una semana, pero ahora sí. ¿Puede ser aceptable que el otro experimente lo que experimenta en este instante? ¿Puede ser aceptable que, solo por un momento, no le corrijas o le digas que se equivoca? ¿Puede ser aceptable que te sientas herido en este momento y no hagas nada al respecto, por mucho que el ego se rebele contra ello?

 

El conflicto termina cuando puedes escuchar a alguien desde una posición no defensiva, de aceptación profunda y amor, desde una posición que esté más allá del «yo tengo razón y tú no», una posición desde la que puedas honrar y permitir plenamente su experiencia presente de la vida, por muy absurdas o crueles que te suenen sus opiniones. El conflicto termina cuando estás abierto a que se considere que te equivocas, aunque estés casi seguro de que eres tú el que lleva la razón. El conflicto termina cuando dejas de fingir que tienes todas las respuestas, y, en vez de eso, escuchas, escuchas de verdad.

 

¿Qué significa honrar la experiencia de alguien? ¿Puedo permitirte que pienses lo que piensas y sientas lo que sientes ahora mismo? ¿Puedo permitirte que expreses tu experiencia libre y abiertamente delante de mí? ¿En qué momento hago que lo que dices, piensas y sientes no esté bien? ¿En qué momento entro en guerra contigo?

Si me dices que tengo el pelo púrpura, no me hace daño. Sé a ciencia cierta que no hay ni un ápice de verdad en tus palabras. Si me dices que soy un bicho raro porque tengo cinco piernas, no me hace daño, porque veo que tus palabras son absurdas. Pero si me dices algo que pone en peligro una imagen real que tengo de mí, bueno, ahora sí veo que hay cierta verdad en tu comentario. ¿Recuerdas que antes he hablado sobre los pensamientos negativos y lo que sucede cuando intentamos mantener una imagen determinada de nosotros mismos? Bien, pues cuando esa imagen se ve amenazada, existe la posibilidad de que nos sintamos ofendidos.

Me dices algo, y de alguna manera me siento atacado. Me dices que no tengo razón, que te ha dolido algo que he señalado, que tú no ves en mí la persona que yo creo ser, que no se puede contar conmigo, que ni soy inteligente ni estoy iluminado, que no he hecho algo que debería haber hecho. Lo que me has dicho me ha hecho daño. No quiero ser «ese con el que no se puede contar», ni «ese que no está iluminado», ni «ese que le falla a la gente». Rechazo esas imágenes. No son yo. No tienen cabida en lo que yo soy. No puedo admitirlas en mí.

Siento que, si de verdad me amaras, no me dirías esas cosas. Me verías por quien soy realmente y no creerías en todo eso que piensas sobre mí. Siento que no me amas, que no me valoras, que no me entiendes y, casi de inmediato, surge en mí la reacción de lucha o huida. El cuerpo, ¡pobre!, no sabe diferenciar una amenaza real (un tigre que se me acerca, enseñándome los dientes, preparándose para atacarme) de una amenaza psicológica (un metafórico tigre masticador de imágenes que se me acerca, ávido por devorar las imágenes que tengo de mí). Entre la amenaza de muerte física y la amenaza de muerte de la identidad..., es difícil ver la diferencia, a veces. Escapamos físicamente del tigre que amenaza con devorarnos el cuerpo y escapamos mentalmente de aquello que amenaza nuestras imágenes de nosotros mismos. ¿Qué diferencia hay? Atacamos al tigre físicamente y atacamos la propia imagen que el tigre metafórico tiene de sí mismo, intentando hacerla pedazos. ¿Cuál es realmente la diferencia?

Es muy raro que a la mayoría de nosotros nos ataquen físicamente. La mayor parte de nuestro sufrimiento proviene del ataque, la ofensa, la amenaza o los golpes de algún tipo a nuestras identidades y de cómo respondemos a esos ataques. Actuamos como si nos estuvieran atacando físicamente. En defensa de las imágenes, en defensa de los preciosos cuentos de nosotros mismos que nos contamos, entramos en guerra unos con otros.

La cuestión es: cuando te hace daño lo que alguien te ha dicho, ¿por qué te afecta? ¿Por qué te enfadas tanto? ¿Qué intentas defender? ¿Qué imagen de ti se siente amenazada? ¿Qué pensamientos y sentimientos indeseados aparecen en ese momento en el espacio que eres? Fíjate en lo rápido que aparece el imperioso impulso de no sentir esas olas..., acompañado del imperioso impulso de defenderte o atacar.

¿Es posible, en medio de ese acaloramiento, en vez de apresurarme a defender una imagen de mí que siento amenazada, encontrar un lugar donde haya una aceptación profunda de todo lo que aparece justo ahora? ¿Puedo simplemente considerar este momento como una gigantesca imitación a una aceptación profunda? Sentir que no me amas, la posibilidad de que tengas razón y lo que eso dice de mí, el miedo a que me rechaces, incluso el miedo a que este sea el final de la relación y a que te vayas..., ¿puede todo esto simplemente estar aquí, en este momento? La tensión del pecho, sentir que, metafóricamente, acabas de recibir un golpe en el estómago, la sensación de opresión en la garganta, el sentimiento de que todo tu mundo se está derrumbando..., ¿puedes permitir, permitir profundamente, que todas estas olas de experiencia existan de modo manifiesto en este momento? Olvídate de permitirlo mañana; olvídate de si eras o no capaz de permitirlo ayer. ¿Puedes permitir que existan ahora? Ahora es lo único que importa.

Incluso aunque me hayas dicho algo auténticamente provocador, incluso aunque me sienta profundamente dolido, insultado, rechazado, no querido, ¿puedo descubrir la más profunda aceptación en medio de todos estos sentimientos? ¿Puedo simplemente permitirme sentir la ofensa y el dolor, sentir la tristeza y la rabia, sentir que no me amas, sentirme indefenso e impotente en tu presencia y no hacer nada al respecto, solo por un momento? ¿Puedo permitir que el dolor de la ofensa esté plenamente en mí, solo por un momento? ¿Puedo encontrar el lugar donde el dolor de la ofensa ya está aceptado?

Cuando nos permitimos sentimos plenamente dolidos —y por mucho que esa admisión sea contraria al sentido común y amenace nuestro sentimiento egoico de orgullo—, dejamos de estar dolidos. En otras palabras, cuando el dolor de la ofensa se acepta profundamente, destruye el relato de que soy «el ofendido».

El conflicto de las relaciones empieza cuando no admito profundamente el dolor de la ofensa y entro en el relato de que soy «el ofendido», la víctima de la ofensa, lo cual, inevitablemente, me hará convertirte en «la persona que me ofendió», e, inevitablemente, empezaré a castigarte de un modo u otro..., a atacarte o a defenderme de un modo u otro de tu amenaza. Como víctima tuya, comenzaré a temerte.

Cuando se acepta profundamente, el dolor que siento no es el final de la relación, sino que empieza a formar parte de la relación. Puede incluso hacer que nazca una mayor intimidad entre nosotros; podemos encontrar el lugar donde amarnos mutuamente incluso en nuestro dolor respectivo. Cuando se acepta profundamente, el dolor no es el fin de nuestro amor. No se opone a nuestro amor; se le da cabida en nuestro amor. Nuestro amor es lo bastante vasto como para acoger cualquier cantidad de daño, cualquier intensidad de dolor. De modo que continuamos relacionándonos, seguimos juntos, incluso en presencia de esos sentimientos.

Sí, esta es la clave para abrirnos paso a través de todos los conflictos de la relación: si quiero estar conectado contigo en este momento, debo admitir profundamente cualquier dolor que aparezca. Esto contradice todo nuestro condicionamiento, que nos advierte que nos protejamos de la posibilidad de que nos hagan daño. Pero la actitud que me desconecta del dolor, la actitud que adopto para no admitir el dolor justo ahora, es la actitud que me distancia de ti. Cuando me desconecto del dolor, me evado de la vida. Y cuando me he desconectado de la vida, me he alejado de la persona que tengo delante, que es la vida misma también.

Si quiero amarte —amarte de verdad—, debo encontrar el lugar donde amar también el dolor. Debo descubrir el lugar donde el dolor ya está admitido con amor. Si quiero abrirte mi corazón, si quiero estar radicalmente abierto a ti, debo abrirme plenamente al dolor en este momento. Ese es el trato. De lo contrario, me convierto en el ofendido..., o en el tipo al que nadie quiere, en el indefenso o en el que sufre. Me desconecto de ti, y el corazón se cierra. Desde donde estoy ahora, solo puedo intentar amarte. Mientras sea el ofendido, no puedo amarte de verdad; solo puedo intentar «hacer amor».

Y el amor no es algo que se hace; es lo que eres, y está presente de modo natural cuando el dolor se acepta profundamente en este momento. En esa profunda aceptación, me doy cuenta de que no soy, de ningún modo, el ofendido. Mi imagen de que soy el ofendido, la crucifica el propio dolor de la ofensa. El dolor, cuando se admite profundamente, destruye la imagen de que me han hecho daño, y me relajo en el espacio plenamente abierto en el que todo dolor puede aparecer y desaparecer. Soy lo bastante vasto como para admitir todo el dolor en mí. A quien soy, nunca, jamás puedes hacerle daño, ni tú ni nadie. En este lugar, ya no eres quien me hizo daño, ni yo soy ya tu víctima, de modo que podemos finalmente encontrarnos. Aquí, nunca, jamás puedes ser mi enemigo. Aquí, nunca tengo razón para temerte.

Así que ¿puedo simplemente estar aquí, con cualquier dolor que aparezca cuando me dices tú verdad?

Tengo que ser sincero conmigo mismo. Lo que podría aparecer en la experiencia presente, en respuesta al dolor, es un impulso apremiante de arremeter contra ti. ¿Se puede admitir también ese impulso si aparece? No voy a fingir que no está en mí; estoy hablando de ser radicalmente sincero respecto a mi experiencia. El dolor está presente, y el impulso de hacerte daño a ti está presente.

¿Puedo estar simplemente aquí, con el dolor y el impulso apremiante de escapar del dolor? Este puede ser un lugar maravilloso para sentarme sin ninguna expectativa.

Empiezo entonces a darme cuenta de que tanto el dolor como el impulso de escapar de él tienen permiso para estar en el espacio que soy. La vida acoge, con la más profunda aceptación, tanto el dolor como la incapacidad de admitirlo totalmente. Esto es perdón radical, ¿no te parece?

¿Puedo encontrar esta profunda aceptación aquí mismo, en el momento en que tengo más ganas que nunca de hacer daño a otro ser humano? ¿Puedo encontrar el final de la guerra aquí, justo en el momento en que la guerra está a punto de empezar? ¿Puede un impulso de este tipo considerarse simplemente una ola más del océano, una ola que el océano que soy ya ha aceptado?

Puede resultar de lo más extraño..., admitir el impulso de querer hacer daño a alguien, ¡sobre todo si intentamos aferramos a una imagen nuestra de buena persona o de persona generosa o compasiva, o incluso de ser humano espiritual, puro, perfecto, no violento, que jamás tiene un sentimiento «negativo» hacia nadie!

Se nos ha enseñado que no deberíamos sentir nada negativo hacia nadie. Se nos ha enseñado que solo deberíamos albergar sentimientos cordiales, buenos pensamientos. Tenemos miedo de que si admitimos un impulso de ese tipo, acabaremos actuando en consecuencia. Pero es un condicionamiento claramente falso, cuando se coteja con la realidad. Un impulso apremiante que se niega, que se rechaza, que se aparta de la mente tiende a crecer y crecer. Un impulso apremiante que se niega acabará haciéndose irremediablemente inaplazable, urgente, y, en un momento u otro, nos parecerá que no tenemos más remedio que actuar basándonos en él. Sin embargo, admitir profunda y plenamente el impulso, permitirle que esté —no hacer algo con él, no juzgarlo, sino permitirle simplemente que esté presente tal como es, sin expectativas, sin siquiera la expectativa de que desaparezca—, equivale a quitarle a ese impulso apremiante la urgencia irremediable. Esto no significa que el impulso en sí desaparezca, pero ya no es una amenaza que se apodera de nosotros, por así decirlo. Ya no es peligroso o amenazador. Ya no te define. La gente más violenta suele ser aquella que está emocionalmente más reprimida. Intentan a toda costa mantener a raya sus sentimientos y sus impulsos —sentimientos de tristeza, de impotencia, de miedo o de fracaso— y, a causa de esa represión, acaban explotando de manera destructiva.

Vemos, así pues, que los impulsos más extraños y destructivos tienen permiso para estar en lo que somos. Las olas más intensas ya tienen la aceptación del océano. No hay ninguna parte de la existencia que el océano no ame. Veremos en el capítulo siguiente que este descubrimiento puede ayudarnos a entender las adicciones desde dentro y a encontrar la libertad incluso en presencia de los más fuertes y arrebatadores deseos.

Recuerda que la aceptación no significa que el dolor o el daño se esfumen. Creo que este es un gran error que la gente comete. Esperan que una vez que descubren esta profunda aceptación, todo el daño, el dolor y los extraños impulsos desaparecerán como por arte de magia; y cuando ven que no es así, se sienten más heridos, confundidos y fracasados que nunca, i La más profunda aceptación ha fracasado, lo cual hace de ellos el más rotundo fracaso como personas! Pero la idea de que cualquier ola habría de desaparecer es la idea del buscador. Y no hay ningún problema, si eso ocurre. ¡El sentimiento de ser un fracaso por no conseguir deshacerse de las olas también tiene permiso para aflorar!

Puede haber dolor; puede haber un deseo imperioso de librarse del dolor, un impulso de arremeter contra la otra persona y resarcirse de la ofensa y también un deseo de que todo ello desaparezca. Todo se permite aquí, en este momento. Todo lo que sucede en este momento está profundamente permitido. Ninguna ola puede hacerte daño..., aunque duela. Nunca deja de sorprenderme la naturaleza omnímoda de la consciencia. Su abrazo está tan lleno de amor, es tan incondicional que nunca hay ni un solo pensamiento, sentimiento, sensación, olor ni sonido que rechace. Acoge incluso el propio rechazo. ¿No es esto lo que significa «ama a tus enemigos»?

Así que, en nombre del amor verdadero, me desprendo de todas las ideas que tengo sobre lo que es el amor. Me desprendo de todas las ideas sobre lo que es la relación, de todas las ideas sobre lo que debería o no debería pensar y sentir cuando estoy contigo. Descubro que, así como cuando no estoy contigo soy el espacio plenamente abierto en el que todos los pensamientos y sentimientos tienen permiso profundo para ir y venir, también cuando estoy contigo soy ese mismo espacio abierto de aceptación incondicional. Si la alegría, la dicha y los sentimientos tiernos y placenteros vienen y van en mí en tu presencia, ¡maravilloso!; te amo en medio de esos sentimientos. Pero el amor verdadero no consiste solo en experimentar lo bueno; no consiste solo en sentimientos tiernos, dulces, placenteros, románticos. Esa es una idea horrorosamente limitada del amor. El amor es lo bastante inmenso como para contenerlo todo. Si la frustración, la confusión, la angustia, la ira, la tristeza, el dolor, el tedio, e incluso la desesperación, el disgusto y la impotencia vienen y van en mí en tu presencia, descubro que también estas olas están profundamente admitidas en lo que soy. No son una amenaza para el amor; son una expresión de amor, por muy extraño que esto le suene a la mente condicionada. Y, por tanto, puedo seguir estando radicalmente abierto a ti; puedo seguir relacionándome contigo, incluso en medio de los sentimientos más dolorosos o inquietantes. ¿Por qué tenemos la idea de que la relación es una especie de burbuja protectora en la que ciertas olas del océano no tienen cabida? ¿Qué es lo que intentamos proteger, exactamente? ¿Una imagen prestada de la apariencia que debería tener una relación? ¿Por qué limitamos nuestro amor de esta manera? Una relación, lo mismo que quienes realmente somos, es un océano, lo bastante inmenso como para acoger cualquier ola.

Prueba a encontrarte con el otro en este lugar de profunda aceptación, hoy y durante el resto de tu vida. Porque puede que este sea el último momento en que estéis juntos y tal vez no tengas otra oportunidad. ¿Necesitas de verdad un futuro para conectar ahora?

Una de las cosas que más me gusta hacer es sentarme con mi anciano padre. Es precioso el simple hecho de estar sentado con él en un lugar de profundo no saber, un lugar donde desconozco qué hacer o qué decir. Me siento, sin expectativas, sin intentar repararle, sin tratar de manipular su experiencia ni la mía en modo alguno. Simplemente escucho, sin procurar mejorar las cosas en el momento, sin desempeñar el papel de «el que sabe». Como espacio de consciencia plenamente abierto, simplemente estoy a su disposición, abierto a lo que quiera que suceda cuando estamos juntos. En el instante que me siento a su lado, noto una aceptación profunda y total de cualquier ola de frustración, tristeza o malestar que aparezca en mi océano de experiencia. Su dolor, mi dolor...; no hay diferencia alguna. A veces hasta me olvido de si es él o soy yo el que siente dolor.

Me parece a mí que esto es en esencia una relación de verdad: encontrarse —encontrarse realmente— en este momento, sin esperanza, sin futuro, sin expectativas, sin un relato; encontrarte cara a cara contigo mismo. Me encanta lo que dice Nisargadatta Maharaj: «Cuando el yo personal se disuelve, el sufrimiento personal desaparece». Pero, y esto es crucial, añade además: «Lo que queda es la gran tristeza de la compasión». Sí, la ausencia de un yo separado no es un frío desapego y un rechazo del mundo, sino la entrega e intimidad más inimaginables. Pues cuando ya no vives con miedo a la vida, ¿por qué habrías de querer o necesitar aferrarte a nadie, ni mantener a nadie a distancia?

 

El mundo no se puede comprender, pero se puede abrazar.

Martin Buber

 

Continuaremos con…Las Adicciones

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ACEPTACIÓN 30…Decir la verdad de este momento

 

Ahora estamos en condiciones de examinar con más detalle el aspecto que tiene una comunicación sincera, y lo sencilla que es cuando ya no buscas algo..., es decir, cuando has descubierto la profunda aceptación que hay en el momento y, por tanto, ya no esperas aceptación, validación o amor de otra persona. La comunicación sincera es lo más sencillo del mundo cuando estás dispuesto a ser un buscador fracasado..., cuando estás dispuesto a experimentarlo todo en este momento; cuando estás dispuesto a permitir profundamente todas las olas que aparezcan ahora mismo, por muy incómodas que sean; cuando estás dispuesto a sacrificar la relación (sobre la que versa el relato de la relación) y a relacionarte de verdad en el momento; cuando estás dispuesto a desprenderte de la imagen y a ser quien realmente eres.

Conocí una vez a una mujer que me contó que su marido estaba bastante enfermo, y, aunque ella le quería mucho y su marido le importaba de verdad, no estaba segura de si quería seguir siendo su esposa, después de que él le hubiera sido infiel durante muchos años. La enfermedad le producía ahora unos dolores terribles y ella sentía una profunda compasión por él, pero, a otro nivel, sentía también que las cosas no podían seguir como hasta entonces en lo que a su relación romántica se refería. Se sentía muy confundida con respecto a qué hacer. Estaba dividida entre la bondad y la sinceridad. No quería hacerle daño a su esposo, pero, a la vez, no podía continuar ocultando cómo se sentía. Se pasaba las noches en vela intentando tomar una decisión.

La mujer había sido una buscadora espiritual toda su vida, y una de las cosas que había «aprendido» en el camino espiritual era la importancia que tenía aceptarlo todo. Así que procuraba desesperadamente aceptar a su marido tal como era, incluidas sus infidelidades, pero no podía, por más que lo intentara. Sentía una ira tremenda por la forma en que la había tratado durante tantos años. A un nivel más profundo, se sentía herida, traicionada, y no sentía que él la amara (mucho de nuestro dolor es simplemente una variación de no sentirnos amados). Hacía muchos años que había puesto su vida en suspenso, esperando a que él la amara, esperando a que la aceptara, esperando a que él le pidiera perdón desde lo más hondo y se transformara y fuera la persona que ella siempre había querido que fuera. Llevaba toda su vida viviendo con un sueño de él, viviendo en la esperanza, y aquel sueño esperanzado se estaba muriendo.

La verdad era que, en este momento, a pesar de toda la comprensión espiritual lograda a lo largo de los años, no podía aceptar a su marido, y esta imposibilidad de aceptarle era un durísimo golpe para su identidad espiritual. Como buscadora espiritual veterana, se sentía auténticamente mal consigo misma por no haber sido capaz de aceptar la situación. ¿Cómo era posible? Ni se había aceptado a sí misma ni había aceptado a su marido. Era una buscadora fracasada, y ese fracaso era muy difícil de admitir. Cuando vino a verme, estaba al borde de un colapso nervioso.

La aceptación que de verdad buscaba no iba a llegarle intentando aceptar (eso llevaba años haciéndolo) ni buscando la aceptación de su marido (podía tener que esperar el resto de su vida, para eso). La aceptación que de verdad buscaba era la más profunda aceptación..., la aceptación que ella era en esencia, el espacio de consciencia plenamente abierto en el que ya se han aceptado todos los pensamientos y sentimientos en su ir y venir. Lo que le pedía a su marido, él nunca se lo había podido dar, y, como no se lo había dado, la frustración, la rabia y la decepción que sentía hacia él habían alcanzado niveles insoportables.

La pregunta que tienes que hacerte a ti mismo es siempre: ¿cuál es mi verdad en este momento? Dicho de otro modo: ¿qué pienso y siento realmente ahora mismo? ¿Puedo simplemente admitir lo que aparece en la experiencia presente? ¿Puedo empezar, al menos, a admitir estos pensamientos, estas sensaciones, estos sentimientos, por mucho que no los quiera admitir, por mucho que hagan peligrar la imagen que tengo de mí? ¿Puede considerarse entonces que lo que admita ya está admitido en la experiencia presente? ¿Es posible simplemente percibir, ahora mismo, que estas olas ya se han admitido en el océano..., que lo que soy ya ha dicho sí a este momento, que la aceptación que busco ya está aquí?

Si de verdad he de aceptar este momento, como muchas enseñanzas espirituales me dicen que haga, debo aceptar todo —sencillamente todo— lo que aparece justo ahora. Y en ese «todo» podría estar incluida cualquier resistencia a aceptar o no aceptación que aparezca justo ahora. Desde el punto de vista del océano, todas las olas están aceptadas, incluidas las que no nos gustan o no queremos en este momento. La aceptación no tiene por qué ir acompañada de una sensación bonita o tener una apariencia agradable. La verdadera aceptación va más allá de todas las ideas que tengamos sobre la apariencia que debería tener. La verdadera aceptación es lo que eres en esencia; es eso que permite que este momento sea exactamente como es. Lo que eres acepta incluso lo inaceptable. Es una aceptación radical.

Recuerda:

 Admitir lo que aparece en la experiencia presente —es decir,; percibir simplemente y sin ningún esfuerzo que estos pensamientos, estas sensaciones, estos sentimientos están presentes aquí y ahora— es percibir que lo que eres ya ha admitido estos pensamientos, sentimientos y sensaciones aquí, en este momento, ¡incluso aunque no quieras admitirlos porque ponen en peligro una imagen de ti.

 Así que, en este momento, ¿cuál es mi verdad? Mi verdad es que no puedo aceptar este momento. Lo admito, aunque haga peligrar la imagen que tengo de mí mismo. Pienso que debería ser capaz de aceptarlo; sé que las enseñanzas espirituales me dicen que lo acepte, pero mi verdad, en este momento, es que no lo puedo aceptar. Eso es lo que es. Debo decir la verdad. Debo admitir que no lo acepto.

En este momento, soy incapaz de aceptar a mi marido, a mi esposa, a mi amigo, a mi jefe, a mi madre, a mi padre, a mi gurú. En este momento, soy incapaz de aceptar su comportamiento, lo que me han dicho, lo que me han hecho. En este momento, soy incapaz de aceptarlos como son. Quizá mañana pueda hacerlo. Quizá el año que viene. Quizá nunca. No lo sé. Lo único que sé es que, ahora mismo, no los puedo aceptar. Admito la verdad acerca de este momento. Admito lo que es.

La verdadera libertad llega cuando me doy cuenta de que esa imposibilidad mía de aceptarlos en el presente es totalmente aceptable para la vida, en este momento. Admito que no los puedo aceptar (o que no puedo aceptar el dolor, el miedo, la tristeza, la ira, el aburrimiento o lo que quiera que aparezca ahora) y descubro que mi falta de aceptación esta ya admitida en la experiencia presente. Es lo que es, y la vida lo acoge en este momento. Esa es la verdadera aceptación que he estado buscando..., una aceptación que es más profunda que ninguna otra que tu pudieras ofrecerme, más profunda que ninguna otra que pudiera encontrar en el mundo del tiempo y el espacio.

Cuando dejo de buscar tu aceptación, ¿qué miedo puedo tener a ser sincera contigo? No voy a perder la aceptación. Incluso aunque rechaces lo que digo, incluso aunque no estés en condiciones de escucharlo ahora mismo, incluso aunque discrepes totalmente, no voy a perder esta aceptación. Esta aceptación seguirá estando aquí incluso aunque sienta que me rechazas de la manera que sea. Me sostiene, siempre, aun en medio del conflicto.

Y, una vez que he reconocido que lo que soy ha aceptado totalmente mi verdad, en esta admisión total de la experiencia presente ahora soy libre de decírtela a ti sin miedo. Mi verdad tal vez te resulte difícil de escuchar, pero es mi verdad, y no puedo disculparme por ella. No puedo pedirte perdón por las olas que ya se han aceptado profundamente en este océano. Esta profunda aceptación no está bajo mi control. No tengo control sobre el océano.

Así que la mujer quizá se encontrara diciéndole a su marido algo parecido a: «Me entristece verte soportar tanto dolor. Te quiero de verdad. Pero, ahora mismo, no puedo aceptar nuestra relación tal como es». Sería una declaración sincera, imbuida de amor y de fuerza, hecha sin miedo. Sería una declaración de hecho; no una amenaza, ni un insulto, ni un intento de manipularle, puesto que no tendría miedo de perder la aceptación.

Una vez que ves lo que está sucediendo en tu experiencia, una vez que ves la búsqueda que está teniendo lugar y eres sincero contigo mismo acerca de ella, la comunicación fluye, sin esfuerzo. Ya no hay necesidad alguna de buscar la manera de comunicarse. Comunicarse es ahora tan sencillo como decir lo que ves; es decir la verdad sobre lo que realmente está ocurriendo desde tu perspectiva, en tu experiencia..., sin ninguna expectativa. ¿Podría haber algo más simple? La comunicación clara y sincera fluye con naturalidad cuando descubrimos la profunda aceptación de la experiencia presente.

Le pregunté a la mujer:

—¿Qué le dirías a tu marido si ya no tuvieras miedo de su respuesta..., o ya no intentaras manipularle ni esperaras que te aceptase, que te amase y ni tan siquiera que te pidiese perdón?

Me dijo que, a pesar del gran amor que sentía por él, no podía negar tampoco que tenía un deseo imperioso de hacerle daño, de castigarle de alguna manera por lo que le había hecho. Por debajo de eso, sentía una profunda tristeza y decepción..., por no haber sido el marido que ella esperaba, porque no hubiera sido el hombre capaz de completarla, por no haber podido controlar lo que sentía por ella. Y en lo más hondo, había una sensación de pérdida y un sentimiento de indefensión ante la vida, como nos sucede a todos cuando nos sentamos el tiempo suficiente con nuestro sufrimiento y le dejamos que nos revele sus secretos.

Sin la más profunda aceptación de su experiencia presente, se había identificado rápidamente con «la mujer rechazada», «la mujer indefensa» o «la esposa fracasada» y había entrado en guerra con su marido. Pero, en la más profunda aceptación, ya no había necesidad de ninguno de estos relatos. La aceptación profunda siempre destruye los relatos falsos que nos contamos. Ahora estaban plenamente acogidos el dolor, la tristeza, el desengaño, la indefensión. Estaban admitidos todos.

Admitir estos sentimientos no le parecía muy espiritual, ni muestra de amor ni de amabilidad, y destruía la imagen de persona espiritualmente evolucionada que esta mujer tenía de sí misma. Pero era su verdad, en aquel momento. Cuando nos desprendemos de todas las ideas sobre el aspecto exterior que debería tener este momento o cómo debería hacer que nos sintiéramos, somos libres de admitir la verdad. Es la verdad la que nos libera de la carga de vivir respondiendo a una imagen. La comunicación es entonces tan sencilla como poner en palabras este momento presente: «Ahora mismo, me siento triste y desilusionada, contigo y conmigo. No puedo negar que siento cierta rabia también. Sé que no quiero hacerte daño, pero no puedo negar que esa rabia está en mí. A la vez, me entristece que padezcas tanto dolor en este momento, y me entristece que nuestra relación no haya funcionado como yo había esperado y soñado. Pero todavía siento por ti un gran amor en este momento. No te pido que cambies; de verdad que no. Solo quería ser sincera contigo sobre cómo me siento hoy. Quiero dejar de fingir que soy algo que no soy. Me he pasado años esperando que me dieras algo que nunca habrías podido darme».

Puede que no parezca demasiado bondadoso hablarle así a alguien, pero esta mujer había llegado a un punto en que las cosas no podían seguir como estaban, y no podía esperar a que fuera su marido el que cambiara. Todo estaba estancado; los sentimientos se habían ido amontonando en su interior, y la única manera de abrirse paso era siendo totalmente sincera. Lo único que la mujer iba a hacer era decirlo todo, sin disculpas ni expectativas. Lo único que iba a hacer era admitir la verdad del momento. El incondicional que eres permite que haya una expresión clara y sincera del no.

No puedo pensar en ninguna situación donde la sinceridad no vaya a abrir paso a una relación más auténtica, más real. Incluso aunque la sinceridad tenga como consecuencia cambios que, de entrada, resulten difíciles, aunque parezca cruel y aunque desestabilice el statu quo y altere los patrones de conducta acostumbrados, ser sincero de la manera que he descrito nunca puede ser una equivocación.

Diciendo: «Te quiero, y no puedo aceptarte ahora mismo», esta mujer no intentaría conseguir la aceptación, la aprobación, el amor de su marido. No se contendría ni atacaría por miedo a perder su amor o su aceptación. No fingiría que todo estaba bien solo para mantener su imagen de persona iluminada o espiritual. Lo único que haría sería exponer, sincera y auténticamente, todo lo que aparecía en ese momento en el espacio que era. Sería real..., todo lo real que un ser humano puede ser en el momento.

De este modo, la sinceridad despiadada pasa a ser en sí misma expresión de amor. La sinceridad despiadada nunca es una amenaza para el amor...: es amor. Si el amor puede peligrar por una sinceridad auténtica y afectuosa como esta, no es la clase de amor que de verdad anhelas: «No digo esto para hacerte daño, sino porque te quiero, y quiero ser sincera contigo. Si no me importaras, no sería tan despiadadamente sincera como estoy siendo. No sé lo que va a pasar a partir de ahora. No tengo respuestas. No sé lo que deberíamos hacer. De verdad que no lo sé. Pero estoy abierta a explorarlo contigo».

¿Te das cuenta de que no conlleva ningún esfuerzo esta admisión de la experiencia presente? No hay ningún relato que necesite mantener, ninguna imagen de mí mismo que necesite defender, ningún discurso que necesite preparar. Cuando digo la verdad así, no puedo «equivocarme». Es la expresión natural de lo que está ocurriendo en el océano que soy. Es un simple informe sobre las olas que ya están presentes, expuesto sin la esperanza de obtener ningún resultado en particular.

Comunicarse es fácil, pero, como vamos buscando algo, parece infinitamente difícil.

Por eso siempre digo que no hay ninguna fórmula de cómo comunicarse. La comunicación clara y sincera fluye sin esfuerzo de un lugar de profunda aceptación. Cuando no buscas ni amor, ni aceptación, ni aprobación, puedes permitirte el lujo de decir la verdad de este momento, que es la verdad que eres. No supone ningún riesgo. Empiezas a comprender que el verdadero riesgo está en no decir la verdad: te arriesgas a vivir una vida de falsedad, de contención, de desconexión y de desesperación silenciosa. Vives siendo una imagen, y te sientes lejos de la persona a la que amas.

Qué peso tan enorme es tener que cargar con todos estos relatos de nosotros mismos, manipular a la gente para conseguir lo que queremos, entrar en juegos de poder, batallar el uno contra el otro por la completud..., por una completud que nunca llega. Qué agotador es no perdonar. Mucho de nuestro sufrimiento se debe a la falta de sinceridad y autenticidad en nuestras relaciones: a no decir lo que nos gustaría decir, a no expresar lo que de verdad sentimos, a no manifestar lo que realmente queremos, y a tejer cuentos astutos e intrincados para ganarnos a las personas e impedir que nos abandonen. Es un peso tan grande que llevar a cuestas, esta escisión que divide nuestra existencia en un yo público y un yo privado, para ganarme tu favor. Es una comedia constante, un rol que me cuesta un esfuerzo inmenso mantener.

El verdadero significado de la palabra «culpa» es «carga» o «deuda». Cuando buscas algo de alguien y, para obtenerlo, no le dices la verdad sobre tu experiencia presente, en cierto nivel te sientes culpable. En otras palabras, sabes que algún día tu engaño se descubrirá. Metafóricamente hablando, la deuda que tienes se habrá de saldar. De niño y de joven, era tan falso en mis relaciones, había tal abismo entre mi yo público y mi yo privado que a veces solía sentir náuseas el día entero. Me aterraba que me descubrieran. Me sentía, literalmente, culpable, a pesar de no haber hecho nada «malo».

Actualmente, como ya no busco nada de los demás, soy totalmente libre de ser sincero con ellos. ¡Constituye tal alivio vivir sin culpa! Porque me amo a mí mismo —es decir, porque veo que la vida permite y acoge todos los aspectos de mi experiencia—, puedo comunicarte esa experiencia con sinceridad y sin miedo a que me rechaces, sin miedo a perder el amor. Así que puedo amarte y estar conectado, incluso cuando no estemos de acuerdo, incluso cuando lo que dices o haces me haga daño.

La sinceridad es conexión. Cuando soy verdaderamente sincero contigo, cuando te digo realmente la verdad y no vivo contigo siendo solo una fachada, ya no me siento desconectado de ti y, por tanto, ya no anhelo estar conectado contigo en el futuro, ni temo perder esa conexión, porque me doy cuenta de que en este lugar de aceptación profunda siempre estoy ya conectado contigo.

Aquí, en la aceptación profunda, no necesitamos intentar conectar a través del relato de nuestra relación, pues ya estamos conectados, más allá de ese relato.

 

Continuaremos con… ESCUCHAR LA VERDAD DE LOS DEMÁS

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CUANDO a quien está ante de ti se le libera de todas sus cargas —la carga de tener que ser quien te complete y la carga de ser quien puede amenazar tu completitud—, se le libera de su estatus de gurú, se le despoja de su imaginario poder de completar a nadie. Y cuando esto sucede, finalmente puedes ver a esa persona por quien de verdad es. La lucha de poder entonces ha terminado, y es realmente posible un verdadero, un auténtico encuentro humano.

Cuando ya no te transfiero lo que necesito encontrar, soy libre de ver la completitud que eres tú también. Puedo verte como eres. Puedo ver tus defectos humanos, tus fallos, tu debilidad, tu tristeza, tu dolor. Finalmente puedo amarte por quien eres, no por quien pensaba que eras o quien necesitaba que fueras. Puedo amarte en tu dolor, en tu pesar, en tus imperfecciones, en toda tu humanidad. Más allá de los roles y de los relatos, veo que tus imperfecciones son perfectas.

Si el buscador carga a su gurú con el peso de sus expectativas, también se carga a sí mismo con ellas. Porque cuando buscamos algo de alguien —ya sea un amante, un amigo, un terapeuta, un padre, una madre, un maestro espiritual o un gurú, o incluso un político, una celebridad o un líder—, le otorgamos un poder que nunca había tenido, y nos sentimos atados a ese poder, atados a esa persona de alguna manera, dependientes e incapacitados para irnos libremente de su lado. Parece que ejerza un extraño y desconcertante poder sobre nosotros.

El buscador siempre está atado a lo que busca. Se siente incapaz de abandonar a su gurú, a la persona que cree que le completará. La gente se pasa décadas merodeando alrededor de su gurú espiritual, esperando obtener algo, creyendo real y verdaderamente que su gurú tiene algo que ellos no tienen. Centrar toda su atención en el gurú y esperar la transmisión o revelación por parte de él les ha hecho perder la confianza en su propia experiencia. Viven en una espera constante de validación, dependiendo de la autoridad de otro. Incluso cuando el gurú abusa de ellos —verbal, física o emocionalmente— se quedan donde están, intentando desesperadamente acallar las dudas, aferrándose desesperadamente a la esperanza de que, al final, habrá valido la pena y obtendrán lo que venían buscando.

Un hombre me contó que, teniendo poco más de veinte años, vio una vez en casa de un amigo la fotografía de un hombre indio colgada en la sala de estar. Hasta ese momento, no le había interesado la espiritualidad; no sabía nada sobre caminos espirituales, y nunca antes había visto al hombre de la foto. Pero —como me contó detalladamente— en el momento en que vio la foto, sucedió algo muy extraño. Era casi como si emanara energía de la fotografía. Percibía en ella una especie de poder, una presencia. Fue tan magnético, tan atractivo... En aquel mismo momento, el hombre de la foto empezó a ser su gurú, y él se fue a la India a buscarlo. Me dijo:

— ¡Fue tan extraño! Yo no buscaba nada en aquel tiempo. No buscaba, de ningún modo, la iluminación. Aquel poder simplemente emanaba de la fotografía. No tenía nada que ver conmigo; estaba allí, en la foto. Mira, echa un vistazo.

Me la enseñó; todavía llevaba una copia ajada en el billetero. Era una fotografía preciosa, de eso no hay duda. El gurú parecía muy sereno, feliz, en paz, en aquel momento. Estoy seguro de que tenía experiencias muy interesantes que comunicar. Pero ¿poder? Yo no sentí que emanara ningún poder de la fotografía. No me sentía más atraído hacia ese hombre que hacia cualquier otra persona. No era distinto de lo que yo soy. Era solo otra bella ola de este océano cósmico, una pieza musical distinta, pero no fundamentalmente distinta del resto de la música. Cuando no buscas, ves lo que hay en realidad, sin proyecciones.

Lo que este hombre había descrito era un perfecto ejemplo del mecanismo de búsqueda en acción. Aseguraba que él no buscaba nada cuando vio la foto. Pero todo individuo es un buscador, aunque no se dé cuenta de ello. Toda ola busca el océano. Puede que él no buscara concretamente la iluminación, pero era un buscador de amor, de completitud, de aceptación profunda, y pensó que finalmente había encontrado lo que buscaba en forma de aquel hombre indio de la fotografía.

Todo el mundo busca amor incondicional. Como no lo hemos recibido de nuestros padres, de nuestra pareja, de nuestra carrera profesional, lo vamos buscando en forma de gurú o sanador espiritual.

La mayor parte del tiempo, no nos damos cuenta de que buscamos algo; simplemente nos sentimos atraídos hacia ciertas personas, atados a ellas, aparentemente absorbidos por su energía, por su extraño poder. Sentimos el impulso irrefrenable de dejarlo todo y viajar a la India para encontrarnos con un hombre vestido con un taparrabos. Nos flaquean las piernas cuando una celebridad entra en la sala. Nos desmayamos cuando vemos a nuestros ídolos en persona. Nos sometemos a nuestros poderosos líderes; hacemos exactamente lo que nos dicen; ponemos todo nuestro pensar crítico, nuestra inteligencia y nuestros instintos viscerales en suspenso para complacerlos. Nos quedamos embobados cuando nuestra amada entra en la habitación, y hacemos todo lo posible para agradarle, para hacerla feliz, para ganarnos su estima, aunque ello nos haga sentirnos falsos. El buscador está como poseído por el objeto de su búsqueda. Pero esta experiencia de poder externo es siempre nuestra propia proyección, basada en un malentendido sobre quiénes somos realmente.

El grupo Everything But The Girl grabó una canción titulada I Didn’t KnowI Was Lookingfor Love Until I Found You. Esto es exactamente a lo que me refiero: no sabía que buscaba amor hasta que te encontré, y de repente fuiste el final de mi búsqueda de amor. No sabía que buscaba la iluminación hasta que vi la foto de un hombre indio, y de repente proyecté en él el final de mi búsqueda. Pero el amante no tiene ningún poder hasta que se lo damos, y el gurú no tiene ningún poder hasta que lo proyectamos en él. El poder de poner fin a la búsqueda, el poder de darnos la completitud que buscamos —a la que llamamos «iluminación» o «amor», o incluso «fama», «genialidad» o «poderío»—, lo proyectamos en la persona, y, a continuación, nos olvidamos de que es solo una proyección nuestra y no un poder que nadie en realidad pueda tener. Y luego nos lanzamos al mundo en busca de ese poder, para estar más cerca de él, para tocarlo, para percibirlo, para absorberlo y después para evitar perderlo.

Todo el mundo quiere estar cerca del gurú. Todo el mundo quiere estar cerca de la celebridad. Todo el mundo quiere tocar la túnica del santo, del papa, del líder espiritual. Nos sentimos extrañamente fascinados por estas personas, y no sabemos por qué; solo somos capaces de balbucear cosas como: « ¡Es increíble! Está tan presente... Tiene una energía tan poderosa... Irradia algo. No es de este mundo...».

Entran en la sala y nos desmayamos. La realidad es que nos estamos desmayando ante nuestra propia proyección. Pasan a nuestro lado y sentimos su energía, que no es sino nuestra propia energía proyectada. Nos miran a los ojos y sentimos que nos «transmiten presencia»; la verdad es que, literalmente, es tu propia presencia la que percibes. Cuando sentimos un poder que parece venir de fuera de nosotros, es en realidad nuestro propio poder proyectado. Realmente, no hay poder interior ni poder exterior; solo existe el poder de la vida, que no tiene dentro ni fuera. No hay dentro ni fuera del océano; todo es agua. No hay dentro ni fuera de este momento.

Una vez, en una conferencia, un buscador de la iluminación me dijo que había percibido la energía que emanaba de mí, que había «sentido mi presencia» desde el otro extremo del vestíbulo. Como entiendo el mecanismo de la búsqueda, vi al instante lo que ocurría. En su búsqueda de iluminación, había proyectado en mí su imagen de lo que era una persona iluminada (tenía que hacerlo; era un buscador). Así que, a sus ojos, yo parecía tener poder; parecía irradiar presencia, dejar una estela de energía tras de mí allí a donde iba.

Yo sé que no irradio nada. Sé que no dejo estelas de energía a mi paso. No soy especial en modo alguno, ni tengo el poder de completar a nadie. Y si creyera todo eso sobre mí mismo, ¡qué arrogancia sería! Pero no invalidé la experiencia de ese hombre; en lugar de eso, le recordé con delicadeza que era su propia energía, su propio poder, su propia presencia lo que sentía «llegarle de fuera». Había situado «el final de la búsqueda» fuera de sí mismo para mantener así la búsqueda en marcha. Era su propia ensoñación, que en nada se diferenciaba, esencialmente, de los sueños que tenía por la noche.

En realidad, no tiene nada de malo sentirse atraído por alguien porque crees que esa persona tiene el poder de completarte, de iluminarte, de quitarte el dolor; pero la sombra de esto es obvia: perdemos nuestro poder. Perdemos la fe en quiénes somos y en lo que somos. Dejamos de confiar en nuestra experiencia más profunda, y empezamos luego a no ser sinceros, ni con nosotros mismos ni con los demás. Dejamos de ver a ciertas personas como seres humanos y empezamos a tratarlas como dioses. Andamos con cuidado cuando estamos con ellas. Nos movemos de puntillas a su alrededor, intentando decir lo correcto, sentir lo correcto en su presencia, para que no nos rechacen, para que no nos echen del club. Las tememos tanto como las amamos. Tratamos de impresionarlas y ganarnos su afecto. Y nos sentimos perdidos sin ellas. Necesitamos frecuentarlas para conseguir el estímulo que necesitamos. Empezamos a vivir vidas de prestado, siempre a la espera de que otros nos hagan sentirnos completos en nuestra experiencia presente, siempre dependientes de la autoridad de los demás. Buscamos la más profunda aceptación en todos los sitios salvo en el único donde se puede encontrar: aquí y ahora.

He conocido a personas con las que los gurús o líderes espirituales habían cometido abusos; y lo aguantaron aunque en el fondo sabían que lo que el gurú hacía estaba mal. Vivían con la esperanza de que el gurú supiera lo que hacía, con la esperanza de que todo fuera por su bien, de que finalmente aquello las conduciría a la iluminación. Reprimían o silenciaban sus dudas, porque se les había dicho que todas las dudas, todas las discrepancias con el gurú, cualquier crítica de sus métodos era señal de debilidad, de miedo, de ego.

¿Por qué no se marcharon? No podían..., estaban buscando. El buscador no puede simplemente marcharse de una situación de abuso; es demasiado lo que hay en juego. Por mucho daño que me hagas, necesito tu amor. Necesito tu iluminación. Necesito tu aprobación. Tengo miedo de perderlos. Este es el lado oscuro del juego de la proyección: perdemos el sentido común; no hacemos caso del discernimiento; reprimimos la inteligencia; ignoramos los sentimientos más viscerales y la intuición; acallamos las dudas que aparecen, muchas de las cuales podrían ser válidas..., todo ello por conseguir la completitud que buscamos. Acabamos actuando en contra de nuestra verdad del momento presente a cambio de una posible verdad abstracta en el futuro.

Cuando buscamos, siempre perdemos la Je en nuestra propia experiencia del momento presente, de modo que acabamos buscando esa fe Juera de nosotros. Empezamos a vivir con la esperanza de una salvación futura que nunca llega.

He visto que muchas veces la ira que la gente sentía hacia los abusos de su gurú (o su padre, su madre o su pareja) se esfumaba cuando se daban cuenta de que, en realidad, siempre habían tenido la libertad de marcharse. Sentían que no podían hacerlo únicamente porque buscaban algo. Pero no es que el gurú realmente les hubiera quitado la libertad; se la habían quitado a sí mismos porque buscaban algo de él. Cuando dejaron de buscarlo, eran capaces de ver al gurú tal como era: un ser humano que tenía percepciones y experiencias muy bellas que comunicar, pero atrapado en su identidad de «ser iluminado libre de ego», en guerra con el mundo, furioso con los egos de los demás e incapaz de ver su propio ego irascible. El dios es nuevamente un ser humano, y el buscador queda libre. La verdad siempre nos hace libres. Solo la verdad nos hace libres.

Me encanta lo que dice Krishnamurti: «Si no sigues a alguien, te sientes muy solo. Estate solo, entonces. ¿Por qué te da miedo estar solo? Porque te encuentras cara a cara contigo mismo tal como eres y descubres que estás vacío, sumido en la culpa y la ansiedad, que eres anodino, estúpido, feo..., una entidad mezquina, sórdida, sin la menor originalidad. Afróntalo; mira la realidad de frente, no escapes de ella. En el momento que escapas, empieza el miedo».

Seguimos a otros, con la esperanza de que nos completen, porque no somos capaces de afrontar nuestra incompletitud. Esperamos que sea otro —un amante, un gurú, una botella de vodka— el que la haga desaparecer. Desligarnos del gurú significa desligarnos de la esperanza de escapar que él nos promete y encontrarnos cara a cara con nosotros mismos tal como somos. Y eso significa hacer frente a todas las olas que rechazamos en nosotros, las olas que consideramos oscuras, malas o letales. Solo imaginarlo, da mucho miedo.

Pero en realidad es lo más bello del mundo, comprender que nadie puede ser quien tú necesitas o quieres que sea para ti. Nadie tiene el poder de completarte. Nadie puede hacer eso por ti. Nadie puede ser eso para ti.

Todos somos inocentes de no poder darte la completitud que necesitas. Los gurús se liberan así de tener que darte lo que nunca podrían darte, y tú te quedas aquí, liberado de su poder, liberado de la necesidad de seguirlos a ciegas, afrontando tu experiencia presente, que es tu verdadero gurú. Sí, la experiencia presente es el gurú que nunca te prometerá nada que no pueda dar; nunca te inducirá a error, ni te decepcionará, ni te hará daño, ni abusará de ti, y nunca jamás te abandonará. No necesita de tu aprobación, y tú no necesitas luchar por su amor. Está siempre presente y libre.

Cuando miramos más allá del relato, todo el mundo está perdonado, en el verdadero sentido de la palabra. Todos aquellos que te han decepcionado por no haber estado a la altura de las expectativas que tenías de ellos están perdonados: tu padre, tu madre, tu hermana, tu hermano, tu amigo, tu amante, tu maestro espiritual... No podían completarte; estaban demasiado ocupados intentando completarse a sí mismos. Estaban siendo ellos mismos a la perfección. No estaban siendo a la perfección lo que tú necesitabas. No te estaban completando a la perfección a ti. ¡Y gracias a Dios que nunca te completaron!, porque te hicieron darte cuenta de que nadie te puede completar, te hicieron contemplar la posibilidad de que quizá nadie pueda completarte porque ya estás completo.

Lo único que queda es gratitud... hacia la gente que amas, hacia la gente a la que no soportas, hacia la gente que te aburre mortalmente, hacia cada persona que jamás haya entrado en tu vida, hacia todas y cada una de las personas que hayan entrado o salido de tu vida. Todos ellos desempeñan sus papeles a la perfección. Entran en el momento oportuno; salen en el momento oportuno. La obra está coreografiada magistralmente. Y todo ello es una gigantesca invitación a que veas lo que hay detrás del mecanismo de la búsqueda y vuelvas a casa..., una invitación a que veas, a que veas de verdad lo que hay aquí, más allá de lo que imaginas que hay más allá de lo que sueñas que hay, más allá de lo que piensas que debería o no debería haber aquí. Como puedes imaginar, el universo suspira aliviado cada vez que se reconoce la realidad verdadera del momento presente.

Así que ahora ya no hay dos buscadores en una relación, dos olas que intentan llegar al océano cada una por medio de la otra. Ya no hay dos personas que se utilizan la una a la otra para completarse. Ya no hay un tira y afloja, una batalla de mi imagen contra tu imagen. Ahora hay dos personas que se ven la una a la otra tal como son, que se ven la una a la otra con sus fallos, inseguridades y defectos, y que ya no intentan arreglarse mutuamente, hacerse concordar recíprocamente con la imagen del compañero perfecto, de la compañera perfecta..., de la «pareja perfecta» que supuestamente me ha de completar. Ahora hay dos personas que ven con claridad lo que hay delante de ellas. Dos personas que, al fin, pueden ser sinceras, en el verdadero sentido de la palabra. Ser sincero significa «decir la verdad sin expectativas», sin querer obtener cierto resultado con ello, sin querer hacer daño o manipular al otro en modo alguno. Sinceridad significa decir la verdad y estar dispuesto a experimentar todo lo que siga. Significa decir la verdad no con el objetivo de cambiar o arreglar a la otra persona, sino sencillamente porque la verdad es lo que más anhelo de todo. Lo que más anhelo de todo es soltar la carga de intentar mantener una imagen de mí en tu presencia. Al final, no necesitamos una razón para decir la verdad, para admitir lo que es. La verdad es su propia recompensa.

 

Continuaremos con… Decir la verdad de este momento

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ACEPTACIÓN 28…EL PERDÓN DEL MAL

 

Se podría decir que todos buscamos amor, lo mismo el santo que el pecador; simplemente, tenemos maneras distintas de expresar esa búsqueda. Podía parecer que el hombre que se me enfrentó en la reunión quería hacer añicos la imagen de «Jeff Foster», pero lo que en realidad necesitaba era amor. El alcohólico quiere otra cerveza, pero lo que en realidad necesita es amor. Se siente a disgusto en la experiencia presente —no amado en cada pensamiento, sentimiento y sensación— y busca una salida; y lo único que parece aliviar ese malestar es la cerveza. La cerveza, durante un rato, parece eliminar el «no estar bien» y traer el «estar bien». La cerveza, durante un rato, parece traer de vuelta el vientre materno. Incluso el asesino en serie, el violador, el criminal buscan el vientre, cada uno de una manera distinta. Somos todos buscadores del vientre andantes.

Hay personas que no conocen otra manera de obtener amor que haciendo daño a otros. A aquellos que se sienten completamente impotentes, ineptos, apaleados por la vida, y que añoran volver a sentir que tienen poder y dominio, hacer daño o incluso matar parece proporcionarles cierto alivio temporal. Así es, el buscador puede llegar a desesperarse en su búsqueda de completitud. Conseguiremos la completitud como sea. Lucharemos por ella. Moriremos por ella. Nos haremos volar por los aires, si es preciso, para ir al cielo, para volver a casa, para liberarnos de la carga de la separación. Hay personas que no encuentran otro camino que las conduzca de vuelta a casa que un camino sembrado de enemigos. Te conviertes en mi enemigo mortal, cuando percibo que te interpones en mi camino a casa.

Por eso entran en guerra unos con otros los seres humanos, no solo por conseguir o defender un territorio, alimentos o riquezas materiales, sino también por sus diferencias en cuanto a puntos de vista, filosofías, ideologías y creencias religiosas. Es asombroso lo rápido que las diferencias de opinión entre dos personas o grupos de personas —los dos miembros de una relación una relación o los ciudadanos de dos países— se tornan en una guerra santa. Cuando estás en desacuerdo conmigo, cuando rechazas mi punto de vista, me siento en cierto modo amenazado. Es extraño, ¿verdad? No me estás atacando físicamente y, sin embargo, me siento víctima de algún tipo de ataque. ¿Por qué? ¿Qué es realmente lo que se está atacando aquí?

Cuando me aferró a una idea, a un sistema de creencias o una ideología y he hecho de ese sistema de creencias mi camino a la completitud —mi único camino a la completitud—, y tú sugieres, con palabras o acciones, que esas creencias están equivocadas, estás amenazando mi completitud. Estás obstaculizando mi camino a casa. Estás amenazando mi vida —la que da título al relato de mi vida—. No discutimos sobre ideologías; discutimos sobre nuestros respectivos caminos hacia la completitud. La ola está intentando retornar al océano, y si hay algo que lo impide, se ve amenazada por la más terrible posibilidad: la posibilidad de nunca, jamás, volver a casa, de continuar eternamente separada; así que recurrirá a las medidas más extremas para acabar con esa amenaza. Hay personas que se hacen saltar por los aires —y que intentan hacerte saltar a ti— solo para validar su viaje de vuelta al hogar.

En lo más hondo, incluso los terroristas suicidas tratan simplemente de volver a casa, como el resto de la gente. ¿Cómo podemos, sin excusar sus acciones en modo alguno, aunque no sea más que acercarnos a sentir una pizca de compasión por gente como los terroristas? El sitio desde el que comenzar a acercarnos es descubriendo al buscador añorante del hogar que hay detrás del terrorista suicida. Esto no tiene nada que ver con justificar la violencia —en absoluto—, sino con entender de dónde puede provenir el impulso irrefrenable de violencia, en ellos en nosotros. Tal vez cuando de verdad entendamos lo que está pasando, estaremos en condiciones mucho más idóneas de resolver la realidad de la violencia en el mundo —no añadiéndole nada, sino ayudando a desentrañarla en su mismo origen—. Cuando finalmente consigamos ir más allá del relato de «nosotros y ellos», cuando finalmente logremos trascender la ilusión del bien y el mal, y la ilusión última de que somos personas separadas, quizá tengamos una oportunidad.

Descubrir que, esencialmente, todo ser humano intenta volver a casa nos ofrece una manera nueva de entender el comportamiento de la gente a la que consideramos violenta, loca, abominable o cruel. Visto así, nadie es en realidad inherentemente malo, nadie es fundamentalmente distinto de nosotros. Hay personas que sencillamente buscan la completitud de maneras desesperadas, y a las acciones destructivas que nacen de esa desesperada búsqueda las consideramos manifestaciones de «el mal».

Aquellos a los que calificamos de «malos» buscan en esencia lo mismo que buscamos nosotros, solo que, debido a su singular condicionamiento, a lo que aprendieron y vivieron al ir creciendo, al modo en que se los trató de niños, a las cartas que les ha dado la vida, la única manera en que pueden encontrar completitud ahora mismo es a través de la violencia. No sentirse profundamente completos en su experiencia presente, no percibir el amor inherente al momento presente, los convierte en buscadores desesperados de amor, y, en esa búsqueda de amor, entran en guerra con el mundo. En esa búsqueda de completitud, acaban destruyendo todo lo que les parece incompletitud «ahí fuera», en el mundo.

Todo lo que consideramos malo en nosotros, todas esas olas de experiencia a las que no permitimos profundamente elevarse y caer, todas esas olas que son una amenaza para nuestra imagen de nosotros mismos, las proyectamos en esos a los que llamamos «nuestros enemigos», ahí fuera, en el mundo. Cuando intentamos herir o eliminar a nuestros enemigos, secretamente intentamos eliminar el mal en nosotros. Cuando intentamos destruir la impureza de los demás, buscamos en realidad nuestra pureza. Cuando nos empeñamos en poner fin a la oscuridad de otros, secretamente buscamos la luz. Quiero destruir la incompletitud que hay en ti porque secretamente quiero destruirla en mí y estar completo.

Nuestros enemigos se convierten en nuestros chivos expiatorios. El buscador siempre tiene un chivo expiatorio..., una expresión de origen interesante. En las tribus de la antigüedad, cuando los aldeanos querían purificarse del pecado, sacrificaban un chivo a los dioses. Tenían la creencia de que el animal absorbería mágicamente sus pecados, y, cuando muriera, sus pecados morirían con él y ellos volverían a ser puros. Utilizar un chivo expiatorio es una manera de intentar quedar psicológicamente limpios..., es decir, de intentar liberarnos de las olas «sucias», que no aceptamos. En nuestra búsqueda, creamos chivos expiatorios todo el tiempo. Buscamos constantemente alivio fuera de nosotros y, en casos extremos, llegamos incluso a destruir a otros para eliminar las partes de nosotros con las que no queremos vivir.

Lo que no permito que exista en mí, no permitiré que exista en ti. Aquellas olas de mí de las que me quiero librar, intentaré destruirlas en ti. Adolf Hitler —a quien suele considerársele una de las personas más inhumanas de todos los tiempos— nos dio un ejemplo clásico de esto. Persiguió a los homosexuales, cuando existen sólidos indicios de que estaba profundamente en guerra con sus propios impulsos homosexuales. Acusó a sus enemigos, los judíos, de ser sexualmente impuros, cuando hay indicios que apuntan a que disfrutaba en secreto de prácticas sexuales fetichistas claramente «impuras». Decía que la sangre de los judíos era venenosa y contagiosa, cuando hay indicios de que en su juventud estaba aterrorizado de que su propia sangre fuera venenosa. ¿Creía sinceramente Hitler que destruir a sus enemigos le daría lo que de verdad anhelaba? Es increíble, este juego de la proyección..., lo simple que parece y, a la vez, la magnitud de la destrucción que causa cuando se le da rienda suelta a escala global. Tenemos la totalidad de la historia humana, que nos demuestra que recurrir a un chivo expiatorio no conduce jamás a la paz, en ninguno de los sentidos de esta palabra. Nunca podremos destruir realmente a nuestros enemigos, puesto que están en nosotros. La separación empieza en ti y en mí, aquí, en esta habitación, y acaba en la tortura y el genocidio.

¡Y qué fácil es ver este mecanismo en los demás! ¿Somos capaces de verlo en nosotros mismos? Esta es la cuestión. ¿Quiénes son tus chivos expiatorios? ¿Qué rechazas en los demás que secretamente rechazas en ti? ¿La debilidad? ¿El fracaso? ¿El miedo? ¿La homosexualidad? ¿La violencia? ¿Cuáles son los pensamientos y sentimientos que no admites en ti para poder seguir dándole al mundo una determinada imagen de quién eres?

Quiero repetir que nada de todo esto tiene que ver con justificar o excusar el comportamiento hostil, violento o destructivo. Sencillamente sugiero que profundicemos y descubramos de dónde proviene ese comportamiento. ¿Crees que quien esté auténticamente en paz con su propia experiencia, quien reconozca la más profunda aceptación en cada pensamiento, sentimiento y sensación..., crees que esa persona de verdad sentirá la necesidad de arremeter contra el mundo? ¿Crees que esa persona necesitará de verdad encontrar una forma de liberarse tan dramática y extrema? ¿Crees que alguien que comprende que la vida ha acogido, ha aceptado ya profundamente todos los aspectos de su experiencia —cada pensamiento, cada sonido, cada sensación, cada sentimiento— va a sentir la necesidad de lanzarse desesperadamente a la caza de la completitud? ¿Crees que va a sentir la necesidad de destruir el mundo que lo rodea para encontrar aquello que pueda completarle? ¿Crees que hacer daño a otros va a darle lo que anhela?

Cuando ves que otro ser humano es, en esencia, tú mismo, ¿crees realmente que va a darte alguna satisfacción hacerle daño intencionadamente? Cuando ya has dejado de defender una falsa imagen de ti (una imagen que sabes que no está ni siquiera cerca de poder abarcar lo que de verdad eres), cuando ya no ves en ningún otro ser humano una amenaza para esa imagen, ¿crees que vas a sentir la necesidad de atacarle? ¿Crees que la violencia es realmente necesaria cuando ya no temes a la persona que hay delante de ti?

Imagino que ese comportamiento violento, destructivo o intencionadamente hostil es siempre una expresión de la búsqueda que está teniendo lugar dentro de la experiencia de una persona. La violencia y el conflicto empiezan siendo una búsqueda en mi propia experiencia, y luego se proyectan fuera, en el mundo.

Piensa en todas las veces que has hecho o dicho en el pasado algo mezquino, desagradable, cruel o violento. Sé sincero: ¿de dónde venía el impulso imperioso de hacer daño a alguien? ¿Venía de un lugar donde veías con claridad que todo lo que formaba parte de tu experiencia presente estaba profundamente bien? ¿Reconocías la más profunda aceptación dentro de tu experiencia presente? ¿O venía de un lugar herido, de un sentimiento de no estar bien en el momento, de un lugar donde sentías la necesidad de arremeter contra lo que tenías delante para volver a sentirte bien y demostrar tu valía? ¿Y te dio realmente esa agresión un sentimiento de bienestar, al final? ¿O fue un alivio solo temporal? ¿Apareció después la culpa?... En otras palabras, ¿habías fingido ser algo que no eras?

Visto desde esta perspectiva, podríamos decir que el mundo acaba siendo un lienzo en blanco sobre el que representar nuestras respectivas actividades de busca. Si estoy en guerra con mi experiencia, entraré en guerra —de maneras diversas, algunas sutiles y otras no tan sutiles— con el mundo exterior. Por supuesto, en última instancia lo que llamamos «interior» y «exterior» no están realmente separados; el mundo y yo somos uno. La necesidad imperiosa de actuar con violencia es consecuencia de no ver mi intimidad con el mundo, de no ver que, como espacio abierto, soy esencialmente inseparable de lo que tú eres; es consecuencia de no ver la perfección y completitud inherentes a cada ola de experiencia. Y en mi desesperado intento de conseguir completitud, cuando veo partes de mí que considero malas, entro en guerra con esa misma maldad existente en el mundo. Inconscientemente, lo único que intento es destruir el mal que hay en mí. La «gente mala» —dictadores, criminales, violadores, asesinos en serie, terroristas— en realidad tratan de hacer que el mundo vuelva a estar completo, volver a estar completos ellos mismos, de la única manera que saben. Por muy extraño que suene, la «gente mala» intenta en realidad destruir el mal —el mal que hay en su interior—. Por lo tanto, no generemos más maldad entrando en guerra con ellos, ni justifiquemos tampoco su conducta; intentemos sencillamente entenderlos a un nivel más profundo, como no lo hemos hecho nunca, dándonos cuenta de que somos inseparables de ellos. Quizá entonces sea de verdad posible poner fin al mal.

Cuando comprendemos la verdadera naturaleza del mal es cuando puede empezar el verdadero perdón. Mientras le crucificaban, Jesús miró a sus torturadores y los perdonó.

El perdón es posible cuando te das cuenta de que la gente no es violenta, agresiva ni intolerante con tus ideas porque sea mala, sino porque busca desesperadamente y no conoce otra manera de encontrar lo que busca. No ven completitud, y salen al mundo a buscarla y destruyen todo aquello que les parece una amenaza para la completitud, todo lo que a su entender es responsable de que las cosas no estén completas. Como no ven completitud en nada, salen y destruyen a sus chivos expiatorios.

A punto de morir, dijo Jesús: «Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen». En otras palabras: «Perdona a mis enemigos... No ven. Ignoran la completitud. Ignoran quiénes son en realidad. No ven el océano en las olas. Se han identificado como individuos separados, e inocentemente llevan a cabo su búsqueda. Piensan que matarme les dará completitud, y no es así, pues ya están completos, pero no se dan cuenta. Ni matarme un millón de veces les proporcionará lo que anhelan, porque lo que en verdad anhelan es quien realmente soy..., quienes realmente son. Soy lo que ellos son. Quizá algún día vean».

¿Quién preferirías ser, Jesús, que sabía quién era realmente y reconoció la profunda aceptación de su experiencia, o sus torturadores, ignorantes de su verdadera naturaleza, totalmente identificados con imágenes falsas y profundamente en guerra consigo mismos? ¿Quién preferirías ser, el ejecutor o la víctima? ¿Y quién es la verdadera víctima, el que hiere a otros a causa del dolor que no acepta profundamente en sí mismo o el que experimenta dolor pero sabe quién es realmente en esa experiencia? ¿Quién resulta de verdad herido?

Es interesante señalar que la palabra «perdonado» significa literalmente «al que se le ha dado todo». Al darnos cuenta de que, en este momento, se nos ha dado completitud —o, lo que es lo mismo, al darnos cuenta de que en este momento, a pesar de lo que esté sucediendo o haya sucedido, a pesar de lo que alguien me haya hecho o dicho, sigo estando completo y esta experiencia presente está plenamente aceptada—, la otra persona queda libre del peso de la culpa, por así decirlo. Ya no es un enemigo; ya no es responsable de mi pérdida de completitud. Otra ola no puede quitarte la completitud. Otra ola no puede hacerte ni más ni menos océano de lo que eres. Nadie puede arrebatarte la aceptación profunda. Por eso, a este nivel, todos somos inocentes; y el perdón no consiste, por tanto, en intentar perdonar a los demás, sino en damos cuenta de que, en este lugar de profunda aceptación, todos estamos ya perdonados. A todos, incluido tú, se nos ha dado ya todo. El perdón es intrínseco a quien eres. Nada real se te puede quitar. Y, como nos recuerda Un Curso de milagros, «nada irreal existe».

 

Continuaremos con… PERDONARA NUESTROS GURÚS: EL FINAL DE LA BÚSQUEDA DE ACEPTACIÓN FUERA DE NOSOTROS

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ACEPTACIÓN 27...ADOPTAR LA PERSPECTIVA DEL OTRO

 

SI pudiera,

haría un trato con Dios

y le pediría que nos cambiáramos de sitio...

 Kate Bush,

 

Un hombre que había estado sentado en silencio en primera fila durante uno de los encuentros que organizo, al final de la sesión, cuando todo el mundo se iba ya a casa, se me acercó. Tenía la cara encendida, sudaba profusamente y temblaba de rabia. Con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, y sin pestañear, se acercó hasta estar a unos centímetros de mi cara y me espetó, en términos inequívocos, que era un farsante, un impostor, un fraude y un mentiroso; que era peligroso, que estaba confundiendo a la gente, y que más me valía despertar de inmediato, o de lo contrario... Me dijo que yo era responsable de todo el mal del mundo, que era la reencarnación de Hitler, que tenía que asumir toda la responsabilidad de lo que le había hecho al mundo. Me dijo que él estaba plenamente iluminado y había venido a despertarme, y que lo único que tenía que hacer era someterme a él. Era mi última oportunidad de despertar, me advirtió.

—Has soñado con este momento, ¿a que sí, Jeff? Me tienes miedo, ¿verdad? —profirió.

Bueno, ya puedes imaginarte lo fácil que habría sido decirle que todo aquello era un disparate, que estaba loco, hacer que lo sacaran de la sala, devolverle el ataque, adoptar el papel de gurú y hacer alarde de mi fuerza y mi superioridad, demostrarle mi elevado nivel de evolución espiritual. En respuesta a aquella clase de ira, a aquella clase de amenaza, habría sido tentador rechazarle totalmente, ya que él había rechazado todo lo que guardaba relación conmigo —toda mi enseñanza, mi existencia entera—; y no solo eso, ¡sino que además había venido a salvarme de mí mismo y pretendía que me sometiera a él!

Pero estaba decidido a relacionarme con él de una manera profundamente humana. ¿Había venido, de verdad, solo para atacarme, o sucedía algo aparte de eso? A pesar de todo lo que me había dicho, yo quería hallar el lugar donde pudiéramos encontramos. Como el vasto océano de consciencia que soy, en el que todas las olas se han aceptado ya, siempre hay un lugar donde puedo encontrarme con otra persona más allá del relato, incluso aunque ese lugar parezca estar muy lejos. ¿Dónde podía encontrarme con ese hombre? ¿Cómo podía ver a través de sus ojos, cuando sus ojos parecían verlo todo de una manera tan distorsionada?

Fui sincero con él. Le dije que no, que no le tenía miedo, pero que no me interesaba lo más mínimo participar en su concurso de miradas desafiantes. (No parpadeó ni una sola vez, e interpretó que mi parpadeo era indicio de miedo, clara señal de que no estaba iluminado, a diferencia de él.) Le expliqué que había malinterpretado mi mensaje; que yo no había dicho simplemente que «solo hay Unidad» o que «no hay personas» en el sentido en que él lo había entendido. Y no, no había soñado con él, pero me interesaba escuchar lo que tuviera que decir. Le insinué que no sentía la necesidad de despertar, y que no estaba confundiendo a la gente, pero que tenía verdaderas ganas de entender por qué estaba tan furioso conmigo. Yo también me había enfurecido tiempo atrás con algunos maestros espirituales, y por eso entendía su ira. Tal vez pudiéramos encontrarnos ahí. Intenté adoptar su postura, ver a través de sus ojos, para averiguar cómo había llegado a aquellas conclusiones. Quería ver más allá de su actuación de «gurú iluminado» y averiguar qué era lo que realmente estaba viviendo aquel hombre. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería en realidad? ¿Qué era lo que de verdad anhelaba?

Le animé a que me lo explicara, a que hablara claro sobre lo que le ocurría, y le di respuestas sinceras, que no eran un ataque a su persona, sino afirmaciones tranquilas y firmes sobre mi experiencia. No presumía de saber nada sobre la suya; solo podía hablar de la mía. Nunca podemos conocer de verdad la experiencia de otro. Y mientras estaba allí, hablando con él, intentando hallar un lugar donde pudiéramos encontrarnos de verdad, ocurrió algo extraño. Como no le estaba rechazando, ni encerrándome en mí mismo, ni reaccionando a su ira; como no le tenía miedo; como simplemente estaba siendo yo mismo en el verdadero sentido de la palabra, reconociendo la aceptación más profunda en mi propia experiencia, empezó a relajarse un poco. No se había encontrado con un ataque, sino con entendimiento, y comenzó a bajar un poco la guardia.

Mientras hablábamos, comprendí que no había venido a atacarme en modo alguno. Había venido a intentar convencerme, a hacerme coincidir con sus opiniones..., había venido a que alguien le escuchara. Tuve la sensación de que era un hombre al que nadie escuchaba, aunque hacía todo el ruido posible (suele ser así). Su argumento, que exponía dando todos los rodeos imaginables, era que las enseñanzas de Unidad se prestaban a que muchos las utilizaran como excusa para dejar de asumir la responsabilidad de sus vidas. La idea de que «no hay individuos» le parecía falsa, pues veía un mundo en el que la gente sufría, y no estaba dispuesto a permitir que nadie negara esa realidad relativa. No quería que la gente trascendiera el mundo; quería que formaran parte de él, que se comprometieran plenamente con él, en vez de escapar a la espiritualidad, y había conseguido despertar a muchos de su sueño de trascendencia. Había dado por hecho que yo no era más que otro maestro de Advaita que negaba la realidad relativa...; quizá a eso se refería cuando me llamó «Hitler»; pensó que me consideraba superior, que creía estar por encima del resto de la humanidad, ¡y llamarme «Hitler» fue una ingeniosa manera de querer hacerme bajar a tierra! A medida que iba explicándole cuál era mi postura, a medida que le iba haciendo preguntas sobre sí mismo, a medida que le escuchaba y que encontraba puntos en los que realmente estaba de acuerdo con él, o al menos veía la verdad que había en lo que él decía, se fue relajando. Yo no tenía nada que defender. Y su cuerpo entero se empezó a aflojar.

Sí, estoy de acuerdo en que la no dualidad puede utilizarse fácilmente para negar la realidad relativa. Sí, en un determinado nivel, la responsabilidad personal es muy importante. Sí, soy un ser humano igual que tú. Sí, estoy de acuerdo, es importante no inducir a error a la gente. Sí, entiendo que sería un fraude si intentara dar la imagen de que soy un maestro espiritual que tiene todas las respuestas.

Fue muy extraño. Me encontré coincidiendo con él en algunas cuestiones..., con un hombre que solo diez minutos antes me había llamado «demonio» y que había rechazado mi mensaje entero. Se fue tranquilizando cada vez más. Me pidió un poco de agua; tenía la boca seca. Le alargué mi vaso. Parecía un niño pequeño, perdido. Estuvimos un rato sentados en silencio. A continuación empezó a sincerarse sobre su vida, a revelarme detalles personales. ¡Me dijo que era su misión en la vida visitar a todos los maestros de la no dualidad del planeta (y a mí me consideraba uno de ellos) y despertarlos a todos! Me contó que yo era el primero que no le había insultado verbalmente o expulsado de la sala. Me pareció gracioso, incluso enternecedor, que ese hombre se pasara la vida intentando despertar a los maestros de la no dualidad del sueño de la no dualidad. Sentí cierto respeto por el rebelde que había en él, ya que era algo que encontraba en mí mismo. Incluso nos echamos unas risas juntos, nosotros los rebeldes.

Cuando ya se iba, no sé por qué, tuve ganas de darle un abrazo. Me previno:

—No me abraces, Jeff. Es peligroso.

De repente vi a un niño pequeño al que nadie abrazaba nunca y que había llegado a la conclusión de que debía de ser una persona peligrosa e inabrazable. Lo abracé de todas maneras. En mi experiencia, abrazar nunca es peligroso.

Sentí compasión por aquel hombre, que tenía algo muy inteligente e incluso importante que decir, pero no sabía cómo decirlo sin recurrir a las amenazas y esconderse detrás de una imagen de gurú iluminado. Creía que su deber era representar el papel de salvador de la humanidad y, al hacerlo, ahuyentaba a todo el mundo, en vez de relacionarse con la gente a nivel humano, de hablar con los demás, de dejar que entrasen en su vida y de exponer lo que pensaba de un modo que la gente pudiera entenderlo. ¡Pero eso habría sido demasiado íntimo, demasiado sincero, demasiado humano, demasiado veraz, demasiado peligroso! Encontrarse con otros en la intimidad habría destruido todas sus imágenes de sí mismo. Eso también lo puedo entender; yo también viví en ese lugar de miedo, desconexión y superioridad espiritual.

Estaba claro que él era su peor enemigo. Anhelaba que le escucharan —y, por debajo de eso, que le amaran, como nos sucede a todos—, pero la manera en que se comunicaba hacía que fuera prácticamente imposible que la gente le escuchara, le quisiera o incluso tolerara estar en la misma sala que él. A consecuencia de su ineptitud para comunicarse, le habían rechazado una y otra vez algunos de los maestros más «iluminados» del mundo. Yo me negué a entrar en su juego (de todas formas, rechazarle habría sido rechazar una parte de mí) y, en lugar de eso, me encontré con el ser humano que había detrás de la máscara.

No cuento esta historia para demostrar que soy un santo. Estoy muy lejos de eso. Quería mostrar cómo es posible hallar un terreno común incluso en los encuentros más temibles e intimidantes y hostiles, y cómo es posible encontrarse de verdad con aquellos que te rechazan (que hacen peligrar tu imagen de ti mismo) en todos los sentidos. Porque me reconozco como el espacio de consciencia plenamente abierto en el que todas las imágenes y sentimientos tienen permiso para entrar y salir; porque no intento dar una imagen de gurú no dualista ni de maestro que tenga todas las respuestas; porque sé que la incertidumbre, la duda e incluso el fracaso están profundamente aceptados en mi experiencia, no sentí la necesidad de defenderme de su ataque a los maestros no dualistas. Y como, por tanto, le prestaba atención desde más allá de cualquier imagen, era libre de escuchar lo que de verdad decía; y, lo que es más, era libre de encontrar la verdad en sus palabras.

No estaba de acuerdo con todo lo que me decía, en absoluto, ni apruebo de ningún modo la manera en que se dirige a la gente ni sus amenazas violentas, y quizá pediría que no se le permitiera entrar en ninguna de las reuniones que organice en el futuro; puede que esa fuera la medida más inteligente, y más compasiva —desde este lugar de profunda aceptación, siempre somos libres de adoptar medidas prácticas para resolver una situación de modo inteligente—. Pero esa no es la cuestión; la cuestión es que, a pesar de todo, hallamos un lugar donde encontrarnos. No se fue como un enemigo; nuestro encuentro terminó de una manera limpia..., no quedó nada por resolver. Encontramos nuestra inseparabilidad; encontramos el lugar donde no estábamos en guerra. Le encontré en mí.

Cuando de verdad escuchas a alguien, cuando de verdad escuchas su perspectiva, su punto de vista, las palabras que expresan su experiencia de la vida, su relato sobre lo que ha percibido en su mundo, siempre puedes descubrir alguna verdad en lo que dice, por muy provocadoras, intimidatorias, extrañas, extremas o absurdas que parezcan sus opiniones en un principio. No significa que estés de acuerdo con ellas. No significa que apruebes su comportamiento. No significa que ese alguien sea ahora tu mejor amigo y que salgáis los dos juntos a tomar cervezas cada fin de semana. Significa simplemente que encuentras un atisbo de verdad en lo que dice, y eso, en el momento, es el final del conflicto psicológico. Nunca he conocido a nadie con quien no pudiera encontrarme en algún nivel, por muy en desacuerdo que estuviera con lo que esa persona decía, por mucho que su intención fuera destruirme (al personaje del relato de «mí»). Cuando reconozco quién soy realmente, veo que no hay pensamiento, sentimiento ni emoción que sean ajenos a mí en el nivel más profundo, así como no hay ola que sea ajena al océano; y por eso siempre hay un lugar donde conectar, incluso con aquellos que parecen estar totalmente fuera de nuestro alcance. Como dice Ken Wilber: «Nadie es capaz de producir el cien por cien de errores; nadie es lo bastante listo como para equivocarse todo el tiempo».

No hay ningún pensamiento que puedas tener que yo no pueda. No hay nada que puedas sentir que yo no pueda. Fundamentalmente, no eres distinto de mí; no es posible. La totalidad de la consciencia humana pasa por nosotros, así que siempre podemos encontrarnos en algún lugar..., aunque se tarde un rato en dar con él.

Mira, de una manera muy misteriosa, tus pensamientos son mis pensamientos; tus sentimientos son mis sentimientos. Cualquier pensamiento y cualquier sentimiento forman parte del río de la consciencia humana que fluye a través del espacio abierto que soy, que eres. Por eso, ningún aspecto de la consciencia humana es inalcanzable, ajeno ni inhumano. Si eres un ser humano, puedo conectar contigo en algún lugar, incluso aunque cueste en un principio dar con ese lugar de encuentro donde podamos conectar, ese lugar donde ya no estemos en guerra. Incluso aunque suponga tener que acceder a partes de mí mismo que preferiría desterrar.

Esto es lo que en realidad significa encontrar un terreno común con alguien. El terreno que nos es común es el terreno de la percepción consciente. Nos encontramos en él y compartimos nuestras perspectivas. Ahí, en ese lugar, no hay necesidad de coincidir ni discrepar; solo hay que escuchar, ver y sentir la verdad que hay en lo que la otra persona dice..., aunque, al final, no estés de acuerdo con ella. Me encanta lo que dijo Voltaire: «No apruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».

El final de la guerra siempre reside en encontrar un terreno común: el terreno de la consciencia.

Y ¿quién sabe? Quizá hasta aprenda algo de aquel a quien antes consideré mi enemigo. Mi enemigo puede ser mi mejor maestro, pues, al provocar en mí el malestar, me pone también en contacto con la imagen de mí que todavía defiendo. En otras palabras, me muestra con qué partes de mi experiencia estoy todavía en guerra. Me muestra las olas a las que todavía no permito entrar en mi océano. Me refleja al enemigo que hay dentro de mí; por así decirlo, las partes de mi experiencia que he convertido en enemigas mías por no haber sabido ver su completitud inherente. El es el mejor maestro, que alumbra las olas que he rechazado, aunque probablemente no se dé cuenta.

Mi enemigo me despierta del sueño de la identificación con la imagen.

Ahora bien, aceptar profundamente la experiencia de otro no significa que debas convertirte en una persona fácil de convencer. Oigo desde aquí las objeciones: «Dice Jeff Foster que deberíamos estar de acuerdo con todo el mundo, darle la razón a todo el mundo, digan lo que digan. ¡Pero eso conduciría al caos y la destrucción!». No, no es eso en absoluto lo que quiero decir. La aceptación de la que hablo no significa creer siempre que estás equivocado y darles la razón a los demás. Aceptación profunda no equivale a pasividad; no significa ni ocultar tu punto de vista ni fingir que no lo tienes, para parecer amable o espiritual, o no parecer crítico. (¡El mayor juicio es juzgar que todos los juicios son malos!) Desde este lugar de profunda aceptación, puedo responder a tu experiencia con autenticidad y con pasión. Pero mi respuesta no proviene del lugar que piensa: «¡Cómo te atreves a decir o a pensar eso!»; no proviene ya del lugar donde te retiro mi afecto, donde mentalmente te castigo por pensar o sentir lo que piensas o sientes, donde ya he decidido que estás equivocado. No es ya una reacción, una defensa automática de una imagen de mí que siento amenazada. Es una respuesta en el verdadero sentido de la palabra. Simplemente respondo a este momento tal como aparece, a la vida tal como es, y no a la vida como pensaba o confiaba en que sería. Respondo a lo que realmente está ocurriendo ahora desde un lugar de profunda aceptación y sin buscar nada con esa respuesta. Esto es verdadera responsabilidad, habilidad de responder..., habilidad de responder desde más allá de la imagen. El final del conflicto reside, no en reaccionar, sino en esta responsabilidad total, que aflora cuando descubrimos la más profunda aceptación en este momento.

«Ama a tus enemigos», como dijo Jesús. En otras palabras: deja que tu enemigo te despierte, antes que nada, del sueño de que tienes un enemigo. Pídele a tu enemigo que te muestre la falsa imagen de ti que todavía defiendes.

Continuaremos con...EL PERDÓN DEL MAL

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Me da la impresión de que muchas enseñanzas espirituales no reconocen la conexión directa que hay entre la búsqueda y la falta de autenticidad en las relaciones. Puedes asegurar que estás iluminado, libre de separación, libre de toda búsqueda, pero ¿qué significa todo eso si, entre bastidores, sigues viviendo en un desesperado conflicto con tu esposa, tus hijos, tu jefe, tus padres, tus seres queridos, tus alumnos? Sería fácil justificar todo ese conflicto diciendo algo del tipo: «Incluso una vez que la búsqueda termina, estas imperfecciones continúan. Solo reflejan el funcionamiento impersonal del personaje, son solo el papel que la vida ha fijado, que ha fijado el destino, el guión de la película cósmica», etcétera. Pero cuando entiendes el mecanismo de la búsqueda, ves que esto es como decir: «Ya no soy un buscador, pero sigo buscando».

El final de la búsqueda y una comunicación clara, sincera y sin miedo van de la mano. De hecho, diría que es imposible escribir un libro sobre la aceptación profunda y el final de la búsqueda sin incluir una amplia sección sobre el hablar y el escuchar sinceros. Siempre que tu relación emocional con alguien está falta de sinceridad, siempre que ocultas cómo te sientes en el momento, siempre que intentas esconder una parte de tu experiencia para poder mantener tu imagen, siempre que representas un papel estando con alguien en vez de ser sincero sobre lo que te está sucediendo ahora mismo, hay muchas probabilidades de que busques algo de esa persona. Quieres que te vea de determinada manera, así que intentas manipular la imagen que tiene de ti (que es en realidad tu imagen de la imagen que tiene de ti esa persona). En su presencia, quieres considerarte a ti mismo de determinada manera. ¿Y cuál podría ser la razón de esto sino el miedo?

Intentamos protegernos de la vida y de los demás porque tenemos miedo, y lo que el buscador teme más que a nada en el mundo es que alguien le descubra. Quedar al descubierto es como la muerte. Para expresarlo en lenguaje sencillo, si me vieras como lo que realmente soy, con todas mis debilidades, mis fracasos, mis inseguridades y mi incompletud, me rechazarías. Si me vieras tal como soy, en toda mi desnudez y humanidad, sin las máscaras que llevo puestas, despojado de mi fachada, sin defensa alguna, sin las tretas que utilizo para conseguir lo que busco...., si vieras lo que de verdad hay aquí, si vieras más allá de mi imagen, me rechazarías. Si vieras mi miedo, mis frustraciones, mis dudas, mi tristeza, mi sentimiento de fracaso, mi fealdad, mi incompetencia, mi indefensión, no me amarías. O, si antes me amabas, cuando la imagen se desvanezca dejarás muy pronto de sentir ese amor por mí. Tengo miedo de que, a la luz de la verdad, a la luz de la vida, todas las pequeñas tretas que utilizo queden al descubierto, y yo permanezca ahí, desnudo y avergonzado, abandonado y solo, un proscrito, lejos del hogar.

El miedo a ser un proscrito parece llegar a enorme profundidad en la psique humana. Un proscrito es literalmente alguien a quien se proscribe de la tribu, a quien se expulsa de un grupo social o una comunidad, a quien se destierra de su pueblo, de su hogar, para que muera en el bosque, en la selva, sin nadie que lo proteja. El miedo a ser un proscrito es el miedo a pasar frío y estar solo, indefenso, olvidado, vulnerable y a estar cerca de la muerte.

Aunque quizá ya no tengamos miedo de que nos hagan pedazos en la selva los animales salvajes, inconscientemente seguimos asociando el rechazo social con una especie de muerte. Si me revelo a ti como soy, puedo morir. Esa es la sensación. Ser un proscrito es una ola del océano humano profundamente no aceptable, así que pasamos gran parte de nuestra vida evitando la intimidad y poniendo nuestra energía en conseguir metas más superficiales, como la popularidad o la fama, o simplemente tratando de encajar en la multitud. Cuando estaba en la universidad, recuerdo que había un alumno al que todo el mundo apreciaba. Siempre estaba rodeado de un grupo de amigos, fuera adonde fuera. En aquel tiempo, yo daba por hecho que, con tanta compañía, debía de ser el tipo más feliz de todos..., el más íntegro, el más completo, el más satisfecho. Me provocaba un poco de admiración, un poco de miedo, y un poco de envidia. El día de la graduación, estuvimos hablando, y me contó lo solo que se sentía, lo solo que siempre se había sentido, a pesar de que todo el mundo le conociera:

—Todos me conocen, pero nadie me conoce en realidad. Y yo conozco a mucha gente, pero me siento absolutamente aislado —me dijo antes de apurar a tragos otra cerveza.

Puedes estar rodeado de gente y, aun así, sentirte solo. Puedes tener una vida llena de fiestas, reuniones familiares, actos sociales, noches de marcha, conferencias, retiros, tertulias, talleres y festejos, y, aun así, sentirte totalmente desconectado. Puedes encontrar la persona perfecta y, juntos, ser la pareja ideal, esa pareja que todo el mundo piensa que vivirá feliz para siempre, y sentirte más aislado y solo, y probablemente más confundido, que nunca. Por muchas relaciones que tengas, por muy llena de personas y posesiones que esté tu vida, si no hay en ella una conexión profunda, auténtica sinceridad, intimidad en el verdadero sentido de la palabra, sencillamente no te sentirás satisfecho. Faltará algo. Seguirá habiendo un vacío y un sentimiento de carencia.

Y, por otra parte, incluso con todas las promesas del mundo, siempre te acechará el peligro de perder el amor. Aun con toda la seguridad externa del mundo; aun con todos los juramentos, compromisos y planes de futuro aparentemente más sólidos, te sentirás inseguro en tus relaciones. La única seguridad verdadera es la sinceridad radical en el aquí y el ahora, que significa arriesgarte a perder la imagen de ti mismo y encontrarte con los demás sin miedo y sin distancia, indefenso y desprotegido.

 

NUESTROS RELATOS RECÍPROCOS

 

¿Alguna vez llegas a conocer de verdad a otra persona?

Hablamos de «otras personas» —de enamorarnos de ellas, de tener una relación con ellas, de estar en conflicto con ellas, de que se ha terminado nuestra relación con ellas, de haber estado o ir a estar con ellas, de entenderlas, de tenerlas y perderlas—, pero ¿alguna vez tenemos una verdadera percepción directa de ellas como personas que están fuera de nosotros, o acaso nuestra percepción de los demás es siempre inseparable de nuestros propios relatos —de nuestros propios pensamientos, creencias, convicciones, proyecciones prejuicios— acerca de ellos? ¿Es «el otro» realmente «otro» en nuestra experiencia? ¿Está verdaderamente separado de lo que somos nosotros?

Así como nunca tenemos realmente una percepción del mundo exterior —de un mundo que exista fuera de la experiencia presente, como ya hemos visto—, ¿percibimos alguna vez a otras personas como si estuvieran «fuera» de nosotros? Cuando nos relacionamos con alguien, ¿con quién nos relacionamos en realidad? ¿Lo hacemos únicamente con la imagen que hemos creado de esa persona, y no con la persona que en realidad es en el momento, aquí y ahora? ¿Acabamos pasando por alto a quién tenemos delante tal como es en este momento, empeñados en aferramos a nuestro relato acerca de él, a nuestra propia versión de quién es? ¿Vemos siempre a los demás a través del filtro de la historia y el futuro, y nos perdemos lo que está presente?

¿Quién es tu amigo, tu pareja, tu madre, tu padre, tu hermano, tu hermana cuando los ves sin el relato sobre quiénes son —sin tu relato sobre lo que creen o no creen, lo que les gusta o no les gusta, lo que han hecho o no han hecho, lo que han dicho o no han dicho, cómo te hicieron daño, te elogiaron o te ignoraron— en el relato que te cuentas de tu vida? ¿Qué ocurriría si os encontrarais, aquí y ahora, más allá de todos los datos del pasado? ¿Qué ocurriría si os encontrarais, aquí, por primera vez, sin expectativas, sin decepción, sin esperanza siquiera? ¿Qué ocurriría si te encontraras con la persona que está de verdad aquí, y no con la que imaginas que está aquí?

¿Qué significaría que os encontrarais —que os encontrarais de verdad— sin historia, sin proyecciones, sin imágenes?

Tranquilo, no estoy sugiriendo en absoluto que nos deshagamos de los relatos que tenemos los unos de los otros, que nos olvidemos del pasado, de los detalles que conservamos unos de otros en la memoria, de nuestros nombres, del papel que desempeñamos los unos para los otros, etcétera. Estoy sugiriendo que, cuando vivimos únicamente en nuestros relatos recíprocos, acabamos por no percibir lo que hay realmente aquí ahora mismo. Al aferrar me firmemente a mi relato sobre ti; al aferrarme firmemente a los recuerdos, a los prejuicios, a mis ideas condicionadas sobre quién eres; al verte como personaje separado que se mueve a través del tiempo, no te veo como eres ahora, en este momento. No veo a la persona que tengo realmente delante de mí. Estoy tan encerrado en una imagen de ti hecha de pasado —en mis ideas de quién eres, en las expectativas que tengo de ti, en los desengaños que he tenido contigo, en los miedos que me provocas— que no te veo en realidad como eres, no oigo en realidad lo que me estás diciendo ahora mismo. Valoro el pasado por encima de tu percepción y experiencia del mundo en el momento presente. Es como si ya supiera quién eres, lo que vas a decir, lo que estás pensando, lo que vas a hacer, lo que crees, lo que quieres, incluso antes de que abras la boca. Todos los prejuicios empiezan aquí.

Recuerdo que hace unos años entré en la cocina y vi a mi padre por primera vez. Por supuesto, no era literalmente la primera vez que le veía —le había visto miles de veces antes de ese momento—, pero era la primera vez que le veía de verdad. Era la primera vez que vi de verdad lo que tenía delante..., no lo que imaginaba que había, no lo que esperaba que hubiera, no lo que pensaba que debería haber, sino lo que de verdad había delante de mis ojos. Vi más allá del relato que decía «es mi padre» y más allá del relato que decía «soy su hijo», y lo que vi fue..., bueno, simplemente lo que había allí: un señor mayor de pelo blanco grisáceo sentado a la mesa de la cocina comiendo copos de maíz.

¿Quién era ese hombre? Tuve que admitir, admitir realmente, la verdad: no lo sabía. Después de tantos años de «conocerle», tantos años de tener la certeza de saber quién era, la realidad era que nunca había tenido un verdadero encuentro con él. No le conocía. Había estado demasiado inmerso en mi relato de la relación padre-hijo para ver realmente a la persona que estaba de verdad allí. Durante todos los años que había pasado intentando ser un hijo, intentando representar aquel papel de la manera en que pensaba que se debía representar, intentando mantener aquella identidad falsa, intentando relacionarme con él como mi padre —con todo el condicionamiento y las expectativas que esta palabra traía consigo—, se me había pasado por alto la realidad. Le había llamado «mi padre», y había dado por hecho que sabía lo que quería decir con eso. Pero ¿podían aquellas palabras, «mi padre», empezar a captar siquiera quién y qué había de verdad aquí? ¿Podía ese hombre ser de verdad mío en ningún sentido? ¿Podía alguien ser mío? Sin el relato, ¿quién era yo, en este momento, con respecto a ese hombre?

Más allá del relato, solo había intimidad con la persona que estaba delante de mí.

Misteriosamente, fue en ese «no saber» donde de verdad nos conocimos. Más allá de los roles; más allá del relato de «padre» y del relato de «hijo»; más allá de los conceptos de cómo debería comportarse un padre, de lo que debía y no debía poder dar a su hijo; más allá de las ideas condicionadas sobre lo que un hijo debería esperar de su padre; más allá de nuestra historia, nos encontramos y nos conocimos de verdad. Nos quedamos sin pasado y sin futuro, y lo único que teníamos juntos era el ahora. Este era el único momento. Qué precioso era el momento..., y qué precioso era él, qué frágil, qué misterioso. Que fascinante también. Vi las arrugas de sus manos, las líneas de su rostro, el hilillo de saliva que le caía por la barbilla. Le temblaba un poco la mano cuando se llevaba la cuchara a la boca. El pelo blanco, muy fino, se le levantaba ligeramente por detrás. Hacía un poco de ruido al respirar.

Era casi como estar enamorado. Este hombre era una obra de arte.

Despojado del relato —el relato de las expectativas, de lo que yo precisaba que fuera, de si había sido o no el padre que necesitaba, que quería, que esperaba o que se me había prometido—, qué inocente era. Yo le había hecho culpable al esperar tanto de él, al buscar algo que él nunca había podido darme... Le había cargado un peso a la espalda..., el peso de ser «padre», el peso de ser quien debía completar a su «hijo». Sumido en mi búsqueda, en la búsqueda del hogar, en la necesidad de tener una imagen mía de «hijo», le había erigido como «padre», con todas las expectativas que esa palabra conlleva. Nunca nos habíamos encontrado de verdad.

El nunca había podido estar a la altura de mi imagen de «padre», de la imagen que todo había programado en mí. Nadie puede estar a la altura de una imagen. Comparado con esa imagen paterna, este hombre siempre había sido imperfecto. Era demasiado esto o demasiado aquello... Vivía demasiado preocupado por el dinero, era demasiado reservado a la hora de expresar sus emociones, demasiado cerrado de mente, demasiado poco espiritual; se metía demasiado en mi vida o no se metía lo suficiente; era demasiado padre o no lo bastante.

Pero, sin la imagen, había aquí una innegable perfección. No era demasiado esto o demasiado aquello, simplemente era quien era en ese momento; y nada era posible salvo ese momento.

Fue agridulce, ese encuentro. Fue íntimo y bello, pero fue también una especie de pérdida. Una pérdida de nuestros respectivos roles de «padre» y de «hijo». Una pérdida del pasado y del futuro. Una pérdida del tiempo en sí. Y lo único que quedaba era un amor atemporal, sin nombre, radicalmente impersonal e íntimamente personal a la vez. Las palabras nunca podrán estar ni siquiera cerca de captarlo, de captar el misterio que late en lo profundo de lo más ordinario..., el misterio de un hombre sentado a la mesa del desayuno comiendo copos de maíz. Basta para romperte el corazón, una y otra vez durante el resto de tu vida.

Sigo diciendo que es «mi padre», por supuesto, pero, por debajo de las palabras, algo sabe que nunca podría ser mío. No puede pertenecerme —ni él ni nadie—. No querría que fuera mío; la posesión destruye la intimidad. Sin embargo, lo cierto —y he aquí la paradoja y el misterio— es que en aquella pérdida, en la muerte de la posesión, de hecho no perdí nada; lo único que se perdió fue una ilusión, lo único que se perdió fue el sueño de que el hombre que estaba delante de mí podría algún día equipararse a la imagen que tenía de él, podría algún día ser lo que yo esperaba que fuera.

La idea de la relación padre-hijo se había interpuesto, en realidad, en la relación del momento presente con el hombre que ahora estaba ante mí. Por mantener el relato de nuestra relación, el relato de padre e hijo en el espacio y en el tiempo, habíamos dejado de vemos el uno al otro en el aquí y el ahora. En nuestra relación, habíamos dejado de relacionamos.

Más allá del relato de «nosotros», más allá del sueño, más allá de nuestras imágenes recíprocas es donde la verdadera relación es realmente posible. Más allá del relato de padre, de hijo, de madre, de hermana, de marido, de novia, de alumno, de maestro... es donde reside la verdadera intimidad. Y la realidad es que siempre nos encontramos más allá del relato. Siempre nos encontramos más allá de la imagen. Lo que soy, lo que eres, es el espacio abierto en el que las imágenes vienen y van. Lo que soy, lo que eres, no puede definirlo ningún relato. Como consciencia, soy lo que tú eres, siempre. Soy lo que tú eres, y eso es amor incondicional.

Cuando me relaciono contigo como un yo separado con otro yo separado, como un relato con otro, en sentido profundo no hay verdadera intimidad. Represento un rol, y tú otro. Yo hago de hijo y tú, de padre, con todas las expectativas y exigencias que ambas palabras llevan implícitas. Hago de hija y tú, de madre. Hago de hermana y tú, de hermano. Hago de gurú y tú, de discípulo. Hago de «mí» y tú, de «ti». Me identifico con mi papel e intento relacionarme contigo, que eres asimismo tu papel. Me atengo a mi guión y tú te atienes al tuyo.

Pero cuando me relaciono contigo, no como un yo separado, sino como el espacio plenamente abierto en el que todos los pensamientos, sentimientos y sensaciones aparecen y se desvanecen, es posible la verdadera intimidad. Nos encontramos, sin historia, espacio abierto con espacio abierto, y ese es el principio de la relación verdadera..., no de la relación de un relato con otro, no del encuentro de dos imágenes, sino el encuentro de dos campos de ser, dos campos abiertos en los que se permite que todos los pensamientos, relatos, sentimientos, sonidos y sensaciones vayan y vengan. (En realidad no son dos campos abiertos que se reúnen, pero por el momento es una forma práctica de expresarlo. En última instancia, no hay palabras que puedan captar esa intimidad. Toda forma de lenguaje es solo temporal, en este lugar que está más allá de las palabras.)

Como relato que intenta completarse gracias a ti, que busca la solución en ti, que intenta llegar a casa por mediación tuya, acabaré manipulándote, no siendo sincero contigo, representando un papel delante de ti, ocultándote lo que de verdad siento por miedo a perderte, castigándote cuando siento que me has hecho daño. Pero como espacio abierto, soy libre de comunicarme contigo con sinceridad y autenticidad, pues sé que ya soy el amor que busco; sé que no te necesito para que me completes; sé que, en lo más hondo, jamás puedo perderte. No te necesito para ser plenamente quien soy. No te necesito para que mi relato no se venga abajo.

Cuando me reconozco como el espacio abierto en el que se permite que todos los pensamientos y sentimientos vayan y vengan, y reconozco que lo que soy está más allá del «hijo» y no necesita un «padre» para estar completo, soy libre de establecer un contacto sincero y auténtico con el hombre que está ante mí. Puedo permitirle ser plenamente quien es, expresarse libremente. Puedo animarle a explorar, a expresar sus verdaderos pensamientos y sentimientos, porque, al fin, no siento que su experiencia sea una amenaza para mi identidad. En última instancia, aunque me abandone, eso no resta nada a mi completud.

Es la mayor expresión de amor que pueda hacérsele a alguien, decirle: «No te necesito. Te amo, pero no te necesito», es decir: «No te necesito para que me completes. Estoy completo sin ti. Pero disfruto de tu compañía en este momento, y me encanta estar a tu lado. Y si te fueras, te seguiría amando..., aunque hubiera dolor o tristeza a causa de tu partida».

El amor verdadero no pide nada a cambio.

Continuaremos-

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ACEPTACIÓN 25 -Relaciones...Las tretas del Poder/ Conflictos

LAS TRETAS DEL PODER

 

HAY infinidad de cursos, libros, gurús de autoayuda, terapeutas de las relaciones y coaches, o asesores de vida, que intentan enseñarte cómo disfrutar de relaciones mejores, más felices, más duraderas, más enriquecedoras y, por encima de todo, más sinceras. Pero hasta que entendamos lo que ocurre en el nivel más básico de una relación, hasta que comprendamos el mecanismo de la búsqueda y hasta que seamos capaces de identificar la dinámica que es causa de nuestra falta de sinceridad y de nuestra desconexión en primer lugar, no podremos ser verdaderamente sinceros; solo fingiremos que lo somos. Quiero que veamos lo que es la verdadera sinceridad, la verdadera honestidad, y la relación que tiene con la búsqueda.

Si preguntamos qué es lo más importante en una relación, mucha gente dirá que la sinceridad. Comunicar lo que de verdad piensas y cómo te sientes realmente, ser auténtico, vulnerable y profundamente humano en tus interacciones se considera la manera más saludable de vivir. Y a mí me gustaría objetar a esto que, cuando buscamos algo, no podemos ser verdaderamente sinceros, por mucho que lo intentemos.

¿Quieres contarle la verdad, admitir lo que realmente es verdad para ti, a tu pareja, a tu amigo, a tu madre, a tu padre? Estupendo. Pero mientras busques algo de ellos —ya sea amor, aprobación, aceptación o seguridad— o simplemente quieras que piensen bien de ti, siempre intervendrá el miedo, el miedo a perder. En pocas palabras, mientras estés buscando, siempre vas a jugarte una pequeña treta a ti mismo y a jugársela a los demás, aunque no te des cuenta. Secretamente, adaptas tu comportamiento, cambias lo que dirías, escondes lo que sientes en realidad, vas con cuidado, para asegurarte de que seguirán dándote lo que quieres. Ocultas lo que realmente piensas, lo que realmente sientes, para no perderlos y, de ese modo, no perder la posibilidad de completarte. Empiezas a representar un papel, en vez de relacionarte. Te relacionas como imagen con otra imagen, y no como espacio abierto con el espacio abierto..., y tus relaciones pueden acabar pareciéndote incompletas e insatisfactorias.

Suena bastante dramático todo esto, y tal vez respondas: «No, ¡qué va!, es demasiado exagerado. Yo no creo que busque completitud en mi pareja. Y no represento ningún papel, ¡soy yo mismo!». Ya, pero esta búsqueda puede adoptar formas muy sutiles; puede existir aunque no seas consciente de ella. La cuestión es que no percibimos directamente nuestra búsqueda de amor, solo experimentamos los efectos secundarios de la búsqueda, es decir, la tensión en las relaciones, la falta de sinceridad de nuestra pareja, la frustración o la ira que nos provoca, el sentimiento persistente de que la otra persona no es quien queremos que sea o quien pensamos que debería ser. Muchas veces, la búsqueda se percibe como un sentimiento de desconexión... de los demás, de la vida en sí. La verdad es que, si hay conflicto en tus relaciones, probablemente busques algo de tu pareja —o de tu amigo, tu padre, tu madre, tu hermana, tu hijo, tu jefe, tu terapeuta o tu maestro— sin darte cuenta de ello. La clave está en ser sincero en todo momento sobre lo que buscas, y esa sinceridad siempre empieza y termina en ti.

Buscar desemboca siempre en alguna clase de conflicto, porque, en definitiva, buscas algo que ninguna persona te puede dar. Nadie tiene el poder de completarte. Por eso, otorgar inconscientemente a otra persona el poder de completarte es el principio del problema, porque el poder que en realidad buscas —el poder de completud, la comunión, la intimidad— no reside en otra persona. La comunión que de verdad buscas es la comunión con la vida misma. Lo que de verdad anhelas es una profunda intimidad con tu propia experiencia..., es la más profunda aceptación de cada pensamiento, de cada sensación, de cada sentimiento. Y eso no puede venir de nadie que esté fuera de ti.

Lo que de verdad anhelas, en el nivel más profundó es a ti mismo..., no al ti mismo del relato mental que el pensamiento ha creado y que cuentas de ti, sino a ti mismo como espacio plenamente abierto que acoge la totalidad de la vida, al ti mismo que eres en verdad, alegue eres más allá de tu relato de ti. Lo que buscas es lo que ya eres, y no verlo te hace salir al mundo y buscar completud en otra persona.

Una vez que le has otorgado a alguien el poder)de completarte —que has cedido tu poder (aunque, en última instancia, ni siquiera sea tuyo; es una manera práctica de hablar de ello, por ahora)—, inconscientemente, le has otorgado también el poder de quitarte la completitud en cualquier momento.

Si me completas, también puedes arrebatarme, en cualquier momento, esa completud. Si tienes el poder de darme amor, también tienes el poder de quitarme el amor. Esta es la treta que empezamos a jugar con los demás.

En el momento en que le otorgas a una persona el poder de darte y quitarte el amor —en el momento en que la conviertes en un gurú (y todo buscador tiene alguna clase de gurú, como explicaré más adelante)—, a cierto nivel empiezas a temerla, porque ahora tiene el poder de volver a dejarte incompleto, de hacerte sentir que no vales nada, en el instante que se le antoje. Así que empiezas a sentir que debes andarte con cuidado cuando estás con ella. No debes hacer nada que la incomode, o te retirará la completitud: «No debes hablar de esto, ni mencionar aquello»; «Anda de puntillas; «Haz como si aquello nunca hubiera sucedido»; «No te expreses con demasiada libertad, dile solamente lo que quiera oír»; «Ten cuidado de decir las palabras correctas». O bien sientes que tienes que controlarla, que tener cierto poder sobre ella, y haces alardes de fuerza, de inteligencia, de sensualidad y de superioridad para conservarla a tu lado. Tanto si tu búsqueda se expresa como pasividad o como dominación, como inferioridad o como superioridad, el objetivo es el mismo: no revelarte completamente como eres. Contenerte. Dejar de admitir lo que de verdad sientes, crees o piensas, lo que es verdad para ti, y empezar a mostrar una imagen de ti mismo para agradar a la otra persona, para calmarla o para tener control sobre ella. Dejar de admitir quién eres y representar lo que no eres.

Esta dinámica de poder explica por qué hay tanta gente que vive sus relaciones como un auténtico drama, un drama que parece surgir de la nada. Es increíble lo rápido que el «¡te amo! ¡Tú me haces un ser completo!» puede transformarse en «¡se acabó! ¡Te odio! ¡Me voy para siempre!»..., a veces en cuestión de unos instantes. La paz puede transformarse en guerra en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué sucede? ¿Es que los seres humanos somos realmente así de irracionales y volubles por naturaleza, o es que ocurre algo a un nivel más profundo? ¿Por qué se convierten las relaciones con tanta facilidad en un campo de batalla, donde dos personas luchan cada una por su vida?

Suele decirse que hacemos daño a aquellos que amamos. Lo hacemos porque es incalculable lo que buscamos de «aquellos a los que amamos», y nos sentimos terriblemente dolidos cuando no nos lo dan o cuando dejan de darnos el amor que esperamos de ellos. El amor de tu vida puede convertirse en tu peor enemigo de un instante para otro. En nuestras relaciones más íntimas es donde podemos sentir el mayor dolor. Tiene sentido que la intimidad y el dolor parezcan ir siempre juntos. Aquellos de quienes más esperamos son quienes tienen el poder de herirnos más. Pero, cegados por nuestra búsqueda, inconscientemente les damos ese poder. No es que ellos lo tengan hasta que nosotros se lo otorgamos; somos nosotros los que, en la búsqueda de completud, hacemos a otros poderosos en nuestro mundo, y luego nos convertimos en esclavos de ese poder.

El amor que es condicional, el amor que está basado en la búsqueda, en la posesión, en obtener lo que quiero y en intentar no perder lo que tengo, puede tornarse fácilmente en frustración, agresividad e incluso violencia emocional y física. Cuando no obtengo lo que quiero, cuando se me priva de lo que creo que necesito para estar completo, aparece el conflicto. Esta clase de amor condicional nunca me dará lo que de verdad anhelo.

¿Hay un amor que no sea condicional? ¿Hay un amor que no dependa de si consigo obtener o no lo que quiero de ti? ¿Hay un amor tan radicalmente abierto que no quiera nada como contrapartida? ¿Un amor que jamás necesite que cambies? ¿Un amor que te ame tal como eres en este momento? ¿Un amor que esté más allá de la imagen que tenemos de nosotros mismos?

LA INVITACIÓN IMPLÍCITA EN EL CONFLICTO DE LAS RELACIONES

 

COMO decía Ram Dass: «Si crees que estás iluminado, vete a pasar una semana con tu familia». Aquellos que están próximos a ti, aquellos con los que tienes una historia larga y complicada, por fuerza han de hacer aflorar en ti esas pequeñas olas de experiencia que no se aceptan plenamente en la experiencia presente... o, dicho de otro modo, las olas que no consideras que formen parte del océano. Es inevitable que todas aquellas olas que no consideras que estén ya profundamente aceptadas salgan a la superficie en la relación íntima. Tu padre y tu madre harán aflorar en ti olas que quizá no hayan salido a la superficie desde la niñez, olas que quizá lleves toda tu vida evitando. Es inevitable que tu jefe o tus compañeros de trabajo pulsen las teclas relacionadas con tus aptitudes y tu destreza. Tu maestro espiritual te obligará a hacer frente a imágenes de ti mismo falsas u obsoletas a las que todavía te aferras y que sigues defendiendo. La gente siempre hará que tengas que enfrentarte a las olas que has rechazado. Y es posible que no te guste lo que veas, lo que sientas, así que probablemente harás lo mismo por tu parte; y así comienzan los juegos y la diversión.

Por muy iluminado o despierto que estés, o libre de quien piensas que eres, por mucho que te aferres a la imagen de ti mismo de persona «libre de ego», «libre de búsqueda» o «totalmente liberada y en paz», en las relaciones íntimas tendrás por fuerza un encuentro cara a cara con esas olas de experiencia que no aceptas, que no amas. Suele decirse que la relación es solo un espejo en el que te ves a ti mismo.

Incluso el individuo más «iluminado» puede seguir experimentando conflicto en sus relaciones personales más íntimas. ¿Significa esto que no está de verdad iluminado, o tal vez que debemos revisar la idea que tenemos de lo que significa estar iluminado?

Nada como las relaciones puede hacerte despertar a quien realmente eres, de eso no hay duda.

Cuando nos damos cuenta de que las relaciones íntimas siempre van a hacer que afloren las olas que hemos rechazado, las olas que no amamos, una respuesta posible sería decir: «No quiero experimentar esas olas. ¡Voy a evitar por completo todo tipo de relación! Voy a hacerme asceta espiritual; me voy a ir a vivir a una cueva de algún lugar lejano y a mantenerme apartado de la gente. Voy a hacerme célibe, a reprimir los sentimientos más íntimos; voy a desconectarme del resto de la gente, porque la gente me hace sufrir, y no quiero sufrir». Lo que sucede es que evitar la relación se convierte en realidad en otro tipo de relación: una en la que te aíslas de los demás, probablemente porque no quieres que te hagan enfrentarte a esos aspectos de ti mismo que no has permitido y aceptado en tu vida. Pero la relación no-relación es, qué duda cabe, una relación. Es una postura que adoptas ante los demás, una manera de relacionarte con ellos que probablemente nazca del miedo al rechazo.

Así que, al final, las relaciones no se pueden evitar. Siempre te relacionas con los demás y con el mundo, tanto si te gusta como si no. Siempre estás vinculado con todo: el sol, el mar, los árboles, el cielo, los animales, los pensamientos, los sentimientos, los sonidos, los olores, las sillas, las mesas, otras personas... Eres el mundo, y el mundo eres tú, como decía Krishnamurti. Eres la nada que permite que todo sea.

Recuerdo que hace años, cuando era un buscador espiritual muy serio, pensaba que estaba iluminado..., que no tenía un yo, que no era nadie. En realidad, estaba muy apegado a conceptos no duales absolutistas, como «no hay yo» y «no hay "los otros"». Creía en aquel tiempo que toda relación era ilusoria, que cualquiera que estuviera en una relación vivía engañado y estancado en el sueño de la separación. Si no hay yo, ¿cómo puede haber relación? ¿Con quién podría tener «nadie» una relación? Si no hay un yo y no hay un tú, ¿cómo puede haber relación de ninguna clase? En aquella época, cada vez que alguien decía «te quiero», me reía secretamente de su ensueño. Así que pasé un tiempo retirado del mundo, y pensé que aquello era la iluminación. Me desconecté del mundo, y me sentí libre... durante un tiempo.

Ahora me doy cuenta de que la forma en la que vivía no tenía nada que ver con la iluminación. Estaba simplemente perdido en mis conceptos sobre la iluminación. No era que realmente yo no fuera nadie y, por tanto, no pudiera tener relaciones; era que estaba asustado, aterrado incluso, de las verdaderas relaciones íntimas humanas. Estaba aterrorizado de exponerme en toda mi desnudez ante otro ser humano. ¿Por qué? Porque inconscientemente temía que alguien viera la realidad que se ocultaba tras la falsa imagen de mí mismo que había creado y me increpara el fraude que era. «No hay nadie aquí» y «no hay "los otros"» son indicadores preciosos de la verdad última de la existencia, pero el buscador secuestrará fácilmente esos indicadores y los convertirá en rígidas creencias, que utilizará para evitar las relaciones humanas auténticas, reales y sinceras en el aquí y el ahora.

No es de extrañar que me retirara a mi cueva de la iluminación y evitara las relaciones humanas íntimas. Tenía miedo de que me descubrieran. En cierto nivel, sabía que todas las imágenes de mí mismo que mostraba eran falsas... ¡incluida la imagen de que no tenía una imagen de mí! Estaba aterrado de que alguien me pusiera en evidencia, de que alguien se diera cuenta de que era un fraude. ¡Tenía miedo de perder mi imagen de no entidad trascendental y volver a ser un ser humano!

El final de la búsqueda no es un desapego frío e inhumano de la vida, de los demás, de las relaciones, aunque esta pueda ser una etapa por la que alguna gente pasa en su viaje. El final de la búsqueda es la posibilidad de tener auténticas relaciones humanas, reales, despiadadamente sinceras, porque, cuando no hay búsqueda, cuando ya no esperas que otro ser humano te complete, cuando ya no necesitas manipular a los demás en beneficio propio, cuando ya no ves separación, eres libre por fin de poder escuchar de verdad a los demás, de encontrarte de verdad con ellos exactamente donde están, de ver, oír y entender realmente quién y qué está delante de ti. El final de la búsqueda abre un inmenso espacio donde puedes ser de verdad honesto en tus relaciones, y ya no tienes necesidad de esconderte detrás de conceptos espirituales como «no hay un yo» o «las relaciones son una ilusión»..., ni detrás de ningún concepto. Todos los conceptos se convierten en cenizas en la hoguera de la vida real, en los altos hornos de la intimidad. Cuando reconoces quién eres realmente, eres libre de amar de verdad a la persona que tienes delante, sin miedo, sin tener que estar jamás a la defensiva. Descubres entonces que el amor es en verdad incondicional por naturaleza.

Todas las preciosas percepciones espirituales que tiene el buscador sobre la completitud y la no existencia son magníficas, pero si esas percepciones no se extienden hasta penetrar en las partes más íntimas de nuestra vida, si no llegan hasta lo más profundo de nuestra experiencia personal, si no conducen a la extinción de la búsqueda en todas sus manifestaciones, seguirán siendo meras palabras. Creer que no tienes un yo o que no eres «nadie» o que todo es Unidad está muy bien, pero ¿qué sucede con esas percepciones cuando tu pareja, tu hijo, tu hija, tu madre o tu padre empiezan a llorar porque se sienten heridos por algo que acabas de decir? ¿No les haces ni caso, porque «están perdidos en un relato dualista»? ¿Les pides que te dejen solo, porque «no hay nadie aquí»? ¿Les dices que lo que han de hacer es iluminarse, como tú, y entonces ya no sufrirán? ¿Te retiras y los obligas a que se vayan a algún sitio a meditar, a indagar en sí mismos, a trabajar consigo mismos hasta que se calmen y lo vean todo con claridad? ¿Les das una conferencia sobre cómo no existe ninguna relación y si piensan lo contrario, es porque «todavía tienen un ego»?

¿O estás abierto —de verdad abierto— a escuchar lo que tengan que decir y a encontrar la más profunda aceptación en tu propia experiencia mientras escuchas? Cuando ya no buscas nada de ellos, cuando no hay una imagen que defender, cuando te reconoces como espacio abierto, ¿acaso no hay espacio para escuchar sin más? ¿No hay espacio para ver el mundo a través de sus ojos, para descubrir en qué sentido lo que dicen puede ser verdad, para encontrar el lugar donde realmente la otra persona y tú veáis lo mismo? ¿Y no hay también espacio para ser de verdad sincero sobre cómo te sientes en respuesta y para permitirles dar su propia respuesta a eso, incluso aunque no sea la que tú habrías esperado..., incluso aunque dé al traste con tus sueños, tus esperanzas y tus planes, incluso aunque destruya tu preciosa imagen de ti, la que has estado protegiendo toda tu vida? ¿Es posible permanecer abierto, pase lo que pase?

Jeff Foster

(Continuaremos)

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ACEPTACIÓN 24...AMOR, RELACIONES Y SINCERIDAD RADICAL

 

No es tarea tuya buscar el amor, sino únicamente buscar y encontrar todas las barreras que has erigido dentro de ti para prevenirte de él.

Rumi

EL ORIGEN DE LA RELACIÓN

 DURANTE uno de mis retiros, una joven me dijo:

—Jeff, toda esta charla sobre la integridad, la completud, la aceptación profunda y el hecho de que no exista un yo nítidamente definido es realmente preciosa e inspiradora, pero lo que de verdad me interesa es por qué hay tanto conflicto en mis relaciones.

Era una pregunta muy interesante, y hablamos mucho rato sobre la conexión entre el despertar espiritual y las relaciones humanas. ¿Tienen importancia, o incluso relevancia, las relaciones cuando lo que queremos es despertar del sueño de la separación? Si no hay un yo separado, si soy simplemente el gran espacio abierto en el que la vida sucede, ¿son posibles siquiera las relaciones, tal como las conocemos? ¿Puede el espacio abierto estar en relación con el espacio abierto?

Cuando se acercaba el final del retiro, la misma joven se me acercó y me dijo:

—Ahora lo entiendo, Jeff. No estoy buscando la iluminación espiritual, ni riquezas materiales, ni fama, ni éxito. Pero entiendo que, esencialmente, busco lo mismo que la gente que busca esas cosas. Lo que busco es amor, es una pareja que me ame y me complete, que me haga sentirme entera; y ahora me doy cuenta de que es exactamente la misma búsqueda que impulsa a la gente a vivir en ashrams en la India, a meditar veinticuatro horas al día o a dejarse la vida trabajando para conseguir un ascenso o un coche deportivo que son pura ilusión. Ahora entiendo que estamos todos juntos en el juego de la búsqueda. Todos buscamos completitud..., solo que lo hacemos de maneras distintas. Es una auténtica lección de humildad tener que admitir todo esto.

Durante la mayor parte de la historia humana, las estructuras religiosas tradicionales nos proporcionaron una auténtica sensación de seguridad, de pertenecer a algo más grande que nosotros, y nos ayudaron a lidiar con nuestro vacío interior. Ocurriera lo que ocurriese, siempre podíamos acudir a la Biblia, al anciano de la tribu, al sacerdote, al rabino, al gurú, a la autoridad suprema en busca de consuelo, de sentido, de perspectiva, de sabiduría. Podíamos referirnos a un pasaje de un texto ancestral y decirnos: «Así es como se ha de vivir» o «Este es el sentido de todo». En los tiempos modernos, nuestras posesiones, nuestra profesión, nuestra cuenta bancaria, las corporaciones, el mercado bursátil son nuestros nuevos dioses. Hay más gente que nunca que dice ser atea, agnóstica, humanista, racionalista, escéptica, laicista o «espiritual pero no religiosa». Muchas personas solo están dispuestas a creer en aquello que esté «científicamente demostrado». Pero la ciencia no está, todavía, ni siquiera cerca de descubrir quiénes somos realmente. Cada respuesta científica conduce a un millar de nuevas preguntas. Y, además, en estos últimos años hemos perdido, casi literalmente, ¡a fe en las instituciones financieras, los bancos, las corporaciones y los gobiernos.

Así que a mucha gente, en lo que respecta a encontrar una manera de canalizar sus energías de búsqueda, lo único que le queda son las relaciones románticas. Ni todo el dinero del mundo puede completarme; ni la iglesia, ni la sinagoga, ni el templo, ni la mezquita me ofrecen ya el alivio que anhelo, y la ciencia no está ni siquiera cerca de poder satisfacer mis anhelos más profundos. Pero no todo está perdido. Todavía puedo completarme en la relación con otro ser humano; encontraré a esa persona especial, mi media naranja, mi aliada, mi compañera, y la conservaré, y tendré su amor y sus cuidados el resto de mi vida, en la salud y en la enfermedad. Estaré íntegro. Estaré completo. El amor de esa persona hará desaparecer el vacío, la sensación de «mal-estar» y carencia, la añoranza del hogar que siento en lo más hondo. El amor de esa persona me sanará de mi soledad cósmica.

Sí, nos buscamos unos a otros para tener compañía, para la procreación y para el placer, pero, por encima de todo, nos buscamos para estar completos; y esta expectativa de que las relaciones nos salvarán de nosotros mismos es la causa de tanta alegría... y de tanta tristeza.

Encontrar  a «la persona»

 ENCIENDES la radio y, al compás de la música, el anhelo del buscador te grita a todo volumen por los altavoces: «Tú me completas. Te llevo siempre conmigo. No puedo vivir sin ti. Sin ti, no soy nada. Es a ti a quien siempre he esperado...». Hablamos de encontrar a «la persona» entre los millones de personas del mundo, y es lo mismo que, en realidad, anhela encontrar siempre el buscador: la vida, que está más allá de las decenas de miles de apariencias. Pero ¿podemos realmente encontrar ese algo único en otro ser humano? ¿Puede otro ser humano proporcionarnos de verdad la completud que buscamos, todo el tiempo, o es demasiado pedir tanto de alguien? ¿No es una carga demasiado pesada para colgársela a alguien a la espalda?

¡Es tanta la gente a la que me encuentro que se siente sola, incompleta, cuando no está viviendo una relación romántica! Recuerdo que de joven solía sentirme un bicho raro porque no tenía pareja, alguien «con quien compartir mi vida»; no entendía qué me pasaba. Miraba a mi alrededor y veía a toda aquella gente resplandeciente, feliz, a todas aquellas parejas, totalmente satisfechas, que se querían y nunca se sentían solas, y anhelaba lo que parecían tener. Sentía que algo inmenso le faltaba a mi vida. Ahí , otra vez la voz del buscador! «Falta algo.» Falta la iluminación. Falta el amor. Falta el éxito. Falta la alegría. Falta la paz. El buscador vive en el mundo del «falta algo», el mundo de la carencia, y mira a su alrededor y ve que otros tienen aquello de lo que él carece; por eso la envidia y los sentimientos de inferioridad suelen aparecen cuando empezamos a compararnos con otros.

El buscador de relaciones, obsesionado con encontrar a «la persona» —aquella que le completará y pondrá fin a su búsqueda de amor— y que va de relación en relación buscándola, es como el buscador espiritual que se obsesiona con la iluminación y sigue a un gurú tras otro para alcanzarla. Pero un gurú tras otro le decepcionan, hasta que un día se detiene y se da cuenta de que, en realidad, su búsqueda interminable le está alejando cada vez más de la iluminación que anhela. Tal vez la propia búsqueda de la iluminación le esté impidiendo descubrir la iluminación que ya está presente.

Quizá nuestro anhelo de completarnos por medio de nuestras relaciones acabe finalmente por distraernos del encuentro íntimo en esas relaciones. Imagina a alguien que recorra todas las galerías de arte del mundo, todas las exposiciones, todos los museos, para encontrar una obra de arte que le complete. No sabe qué aspecto puede tener, ni cuándo ni cómo la encontrará, ni cómo sabrá que es «la obra» cuando se tope con ella; solo sabe que la tiene que encontrar. Es una búsqueda apremiante. De modo que pasa por delante de cuadro tras cuadro, de escultura tras escultura, sin ver en realidad lo que tiene delante de los ojos. Está demasiado ocupado buscando «la obra». Todos los cuadros ante los que pasa son en cierto modo menos que «la obra»: menos bellos, menos mágicos, menos maravillosos. Todos ellos se convierten simplemente en un medio para lograr un fin; todos están, por una u otra razón, incompletos en comparación con la mística completitud de esa obra única.

Y, por supuesto, nunca la encuentra, porque eso único que busca, en forma manifiesta, no existe.

¿Dónde estaba eso único? Estaba en todos y cada uno de los cuadros ante los que pasó, que ignoró, que despreció en su búsqueda de ello. Ese algo único no estaba en un cuadro determinado... ¡estaba en todos los cuadros! El uno estaba oculto en los muchos. El océano estaba en todas las olas, sin excepción.

El amor que buscamos no está contenido en ninguna parte, ¿entiendes?, como la iluminación espiritual no está contenida en ningún maestro, en ningún gurú. El amor que buscamos está en todas partes, pero nuestros ojos están cerrados a él, porque lo están buscando. En el Evangelio de Tomás, cuando a Jesús le preguntan: «¿Cuándo va a llegar el Reino?», él contesta: «No vendrá con expectación. No dirán: «¡Helo aquí!» o «¡Helo allá!», sino que el reino del Padre está extendido sobre la Tierra, y los hombres y las mujeres no lo ven».

Nuestro amado está ya extendido sobre la Tierra, y sencillamente no vemos.

ENAMORARSE

 En algún momento de tu vida, probablemente hayas tenido la experiencia de enamorarte. De repente, en presencia de otra persona (o de una obra de arte, una flor, una pieza musical, una puesta de sol..., ¡porque puedes enamorarte de infinidad de maneras!), hay un simple asombro, fascinación, admiración. El pasado y el futuro desaparecen, la ilusión del tiempo se derrumba, y solo hay lo que es..., y es un milagro inefable. Ves realmente a quien, o a lo que, tienes delante. Sientes que por fin has encontrado lo que buscabas. Lo que siempre habías buscado está justo aquí, delante de ti. Es como volver a casa, como si algo de ti hubiera encontrado reposo.

Pero la verdad es que no has encontrado el amor. Nadie ha encontrado el amor jamás..., ¡como si, de entrada, el amor fuera algo que uno puede perder! En realidad no has encontrado lo que buscabas; lo que ha sucedido es que, por un momento, tu búsqueda de amor se ha acallado. No es que el buscador haya encontrado el amor, ¡sino que el buscador ha desaparecido! Se ha detenido la búsqueda. Has dejado brevemente de buscar amor, y el amor que siempre había estado aquí se ha revelado. De repente, no había buscador, ni tiempo en el que buscar. De repente, no había nadie que estuviera separado de la vida. Había únicamente vida, en todo su misterio, su grandeza y su sencillez atemporal.

«Amor» es una palabra tan apropiada como cualquier otra para referirnos a lo que queda cuando la separación entre nosotros y los demás se disuelve. «Amor» hace referencia a la intimidad que palpita en lo más profundo de la experiencia presente, una intimidad que está siempre aquí, pero que rara vez advertimos.

La ilusión de la separación empieza cuando el pensamiento dice: «Te amo». En otras palabras, yo, una persona separada, te amo a ti, otra persona separada. Tú me das el amor que buscaba. Tú completas mi búsqueda de amor. Tú eres el final de mi búsqueda. Es grandioso y sobrecogedor estar en presencia de alguien que encama de este modo el final de tu búsqueda. Es como estar cara a cara con Dios. No es de extrañar que cuando estás enamorado te flaqueen las piernas en presencia de tu amante o de tu gurú espiritual. No es de extrañar que a veces el sentimiento no quepa en ti. No es de extrañar que sientas que tienen sobre ti un extraño poder, ya que, inconscientemente, proyectas en ellos un poder que no poseen.

«Yo» no me enamoro de «ti». Lo que en realidad sucede es que la ilusión del «yo» y del «tú» cae, se desprende de golpe...; eso es el amor. Por eso, a «enamorarse» en inglés lo llamamos falling in love, literalmente «caer en el amor», porque la ilusión de la separación cae, y lo que queda es el amor que siempre ha estado presente, pero que hemos pasado por alto mientras lo buscábamos.

Nunca ha habido dos personas que se hayan enamorado. El amor es la muerte de «dos»; es donde la ilusión de la separación termina.

En el instante en que creo que cualquier persona puede completarme, surge en mí el deseo de aferrarme a ella, de poseerla, de que me pertenezca, de retenerla conmigo. Cuando me olvido del amor que está siempre aquí, del amor que soy en esencia, y caigo en la ilusión de que el amor está contenido, de algún modo, en otra persona, quiero hacerla «mía». Si indagas a fin de descubrir cuál es el origen del conflicto en las relaciones, probablemente descubrirás que en la mayoría de los casos se reduce a esta ilusión básica de la posesión: «Me perteneces», «Eres mía», «Mi novia», «Mi novio», «Mi marido», «Mi esposa», «Mi pareja», «Mi amiga». «Y necesito que sigas siendo mía, porque ¿qué sería yo sin ti?».

¿De verdad tiene alguien el poder de completarte? ¿Hay alguien que contenga la completitud que buscas? ¿Puede alguien darte de verdad amor? ¿O es el amor que buscas en otra persona, en realidad, el amor —la profunda aceptación— que ya eres? ¿No será que en realidad te buscas a ti mismo, de un millón de maneras distintas?

En la realidad, ¿puede alguien de verdad ser mío? ¿Puede otra persona ser propiedad tuya? ¿Hace referencia a algo real la palabra «mío», a algo que no sea un relato del pensamiento que aparece en el momento? No tiene nada de malo, por supuesto, creer que alguien es tuyo y que te completa. Es un cuento muy bonito que contar una y otra vez, si eso te hace feliz. Pero he aquí el problema: cuando intentas retener a alguien, inevitablemente empezarás a manipularlo de maneras sutiles y no tan sutiles. Cuando buscas el amor, la aprobación, la aceptación, el elogio o incluso la comprensión de otro ser humano, da igual quién sea, inevitablemente empiezas a decir y a hacer cosas para agradarle, para influir en él y para controlarlo, para ganártelo, para que siga en tu vida, para impedir que te deje. Y todo nace de tu miedo a la pérdida y, en última instancia, de tu miedo a estar solo e incompleto otra vez. Por supuesto, el resultado de esta manipulación es siempre el dolor, tanto para ti como para la persona a la que tratas de controlar.

Cuando intentamos retener a aquellos a quienes amamos, nuestro amor se vuelve condicional. Nos olvidamos de que el amor es incondicional por naturaleza, lo mismo que el océano es incondicional al acoger y aceptar sus olas. Nos olvidamos de quiénes somos realmente y empezamos a buscar el amor fuera de nosotros. Nos olvidamos de que el amor nunca es resultado de la manipulación. Y nunca se puede perder o ganar; simplemente es.

Tal vez no busques la iluminación, las riquezas, la fama, o el éxito, pero ¿hasta qué punto te aferras, manipulas o intentas cambiar a otros seres humanos en tu búsqueda de amor? ¿Hasta qué punto está siendo tu búsqueda origen de conflictos en tus relaciones más íntimas? ¿Hasta qué punto evitas expresarte realmente delante de las personas que quieres retener en tu vida, por miedo al rechazo o a perderlas del todo?

Es bastante probable que, si hay conflicto en tus relaciones personales íntimas, se deba a que buscas algo que la otra persona no puede darte. Vamos a profundizar un poco más.

Seguiremos profundizando el el siguiente artículo

Jeff Foster

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ACEPTACIÓN 23...LA IDENTIDAD DE VÍCTIMA

MUCHAS personas que conozco se consideran, en cierto nivel, víctimas de la vida.

Sé que yo pasé gran parte de mi vida sintiéndome una víctima.

Si creciste en un ambiente religioso, quizá te contaran que tu dolor (o tristeza, o miedo, o cualquier otro sentimiento o emoción difícil de vivir) es un castigo o una prueba enviados por Dios para que expíes los pecados cometidos en esta vida o en vidas pasadas. O tal vez creas que el dolor que sientes se debe a tu karma, a no haber rezado con suficiente fervor o, peor aún, a que eres objeto de algún tipo de maldición

. He conocido a muchos buscadores espirituales que han adoptado creencias del movimiento Nueva Era que dicen que, si enfermaron, fue por no estar lo bastante presentes, por no ser lo bastante positivos, por haberse provocado secretamente a sí mismos la enfermedad, o por no haber realizado sus prácticas espirituales debidamente o no haber seguido al pie de la letra las enseñanzas de su gurú. Básicamente, creen que no fueron capaces de asumir el control de sus vidas y que, por ello, son responsables, en un nivel profundo, de su dolor presente.

Quizá inventemos todos estos cuentos porque no queremos afrontar la verdad: que la vida escapa a nuestro control.

¡Quizá sea más fácil inventar un cuento que explique por qué no tenemos control sobre la vida que afrontar la verdad!

«¡Si hubiera rezado con más fervor, no me habría pasado esto!»..., eso no lo puedes saber. «Si hubiera sido más positivo, si hubiera estado más presente, si hubiera dado más amor, esto no habría pasado»..., no lo puedes saber. «Esto no habría ocurrido si me hubiera rendido totalmente a mi gurú»..., Es algo que desconoces. He visto a mucha gente castigarse mentalmente por sentir dolor, debido a conceptos adoptados a ciegas y jamás verificados personalmente.

Es cierto que el dolor y la enfermedad suelen interferir en nuestros planes. Habíamos planeado una importante reunión de negocios o una fiesta; habíamos planeado hacer un retiro espiritual, triunfar, viajar por el mundo, pasarlo bien...; habíamos planeado no ponernos enfermos, y aquí estamos postrados en cama, imposibilitados por el dolor. Parece realmente que el dolor interfiera en «mi vida». Me impide hacer lo que quiero hacer, ver a quien quiero ver, ir a donde quiero ir.

El dolor no puede poner en peligro la vida en sí, pero sí parece que pueda representar una amenaza para mi vida. En otras palabras, hace peligrar mis planes, el relato de quien soy, de quien quiero ser, de la dirección en la que pensaba que iba, de mi papel en el mundo.

Quizá todo nuestro sufrimiento sea simplemente una especie de duelo por los planes que se nos han desbaratado.

He conocido a personas que dicen que una de las cosas más difíciles de asumir cuando están enfermas es la sensación de que se están perdiendo algo, sobre todo si tienen que estar en cama el día entero. Se sienten desconectadas de la vida, marginadas, abandonadas. Todo «el resto del mundo» se está divirtiendo ahí fuera, viviendo sus vidas, buscando y encontrando lo que buscan, y yo estoy aquí, confinado en mi celda de la cárcel, imposibilitado para estar donde quiero estar, sin poder continuar con mi búsqueda. Tendemos a asociar el dolor y la enfermedad con la incompletud..., con sentimientos de que nadie nos quiere, de que nadie nos necesita, de que la vida nos ha abandonado.

¿Por qué me hace esto la vida? ¿Por qué me ha enviado este dolor? Debe de ser que no me ama. La vida parece favorecer a quienes están sanos, y, en mi dolor y mi enfermedad, me siento abandonado. Es una superstición ancestral.

Pero la verdad es que no puedes estar ni más cerca ni más lejos de la vida. No puedes estar ni más ni menos vivo.

La vida no te puede abandonar, puesto que tú eres la vida, y eso significa que la vida está aquí incluso en medio de tu dolor, incluso en medio de tu enfermedad. No estás menos completo ni la vida te favorece menos por que te sientas enfermo o haya dolor. Sigues siendo el espacio plenamente abierto en el que todo viene y va, y ni todo el dolor o las enfermedades del mundo pueden quitarte eso.

En realidad, lo que eres no puede ponerse enfermo, no puede estar indispuesto, no se puede deteriorar. Solo los relatos pueden desintegrarse; solo las identidades pueden estar «enfermas». Las ideas que tenemos sobre nosotros mismos, sobre lo que debería o no debería ocurrir..., esas sí pueden romperse en dos. Lo que tú eres es siempre Uno.

Esa es la cuestión, en realidad; que el dolor y la enfermedad hacen trizas nuestros relatos sobre la vida, nuestros relatos sobre tener el control. Cuando sufrimos por un dolor o una enfermedad, lo que realmente hacemos es llorar la muerte de los sueños que teníamos sobre cómo hubiera debido ser todo. Sin esas ideas sobre lo que debía haber ocurrido, sobre lo que debería ocurrir ahora y en el futuro, lo único que hay es lo que es. El paisaje constantemente cambiante de este momento es lo único que jamás tendremos que afrontar en la vida. Y no podemos saber que este momento no sea exactamente como debería ser.

No podemos saber que las cosas no hubieran debido ser exactamente como son ahora mismo.

No podemos saber que nuestras vidas se hayan desviado de cualquier clase de guión cósmico.

No podemos saber que exista en realidad guión cósmico alguno.

Más allá del relato de mi enfermedad, más allá del relato de que mi vida no esté siendo como había planeado que fuera, más allá de lo que debería y no debería ocurrir, aquí estoy en este momento. Respirando. El corazón late. Aparecen sonidos. Danzan toda clase de pensamientos, sentimientos, sensaciones. Tal vez algún dolor. Tal vez algún miedo. Tal vez el sentimiento de que nadie me quiere, el sentimiento de abandono, de inutilidad, de debilidad, de agotamiento, de soledad. ¡Quién sabe qué ola llegará a continuación!

El gran descubrimiento es que todo está profundamente aceptado aquí, en este espacio. Lo que en verdad soy acepta siempre profundamente la experiencia presente, incluso cuando lo que sucede me parezca inaceptable ahora mismo. Lo que soy, ya le ha dado permiso para entrar.

Lo que soy, ya ha dicho sí a todo ello.

Por eso este momento es como es. Las compuertas de la vida están permanentemente abiertas; así que, cuando regreso a la experiencia presente, descubro que este momento nunca es insoportable —incluso aunque sienta que no puedo soportarlo en este instante—, al igual que ninguna ola le resulta nunca insoportable al océano. Lo que soy lo acoge todo, lo permite todo, lo admite todo; y en ello reside la paz que sobrepasa todo entendimiento incluso en medio del dolor y la enfermedad.

Así como no existe otro tiempo que el presente, y nada salvo el Todo Absoluto, nunca hay en realidad nada que alcanzar, aunque el aliciente del juego sea fingir que lo hay.

Alan Watts

Continuaremos con...

AMOR, RELACIONES Y SINCERIDAD RADICAL

 

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ACEPTACIÓN 22...EL DOLOR Y EL TIEMPO

 

A menudo, el dolor va acompañado de una reacción mental estresante, nerviosa, llena de ansiedad y de miedo..., de una avalancha de relatos sobre lo que ocurrirá o no ocurrirá en el futuro. Siento dolor (o miedo o tristeza o cualquier sentimiento desagradable) justo ahora, pero estoy preocupado por cuánto durará, por cuándo terminará o si terminará algún día, por cuánto puede intensificarse. ¿Durará este dolor el resto de mi vida? ¿Se mantendrá como es ahora, o se hará más agudo? ¿Qué pasa si se vuelve insoportable? ¿Qué pasa si acaba matándome? ¿Qué pasa si...?

Se diría que la mente siempre quiere hacer que todo parezca peor de lo que es en realidad. Si te fijas, verás que tu relato de la realidad es siempre mucho peor que la realidad en sí. En la realidad, jamás vas a tener que enfrentarte más que a este momento de dolor. Solo a este momento. Solo a lo que está sucediendo ahora mismo. En el relato, tienes que enfrentarte al dolor en el tiempo. En el relato, sí tienes que enfrentarte a todo el pasado y el futuro del dolor! Puedes incluso convencerte a ti mismo de que tienes que enfrentarte a toda una vida de dolor, lo cual suena demasiado insoportable incluso como pensamiento; es, literalmente, la idea que la mente tiene del infierno. Pero, en la realidad, la vida siempre es clemente contigo: solo te da este momento, y nunca tienes la experiencia real de una vida de dolor. En la realidad, no existen los conceptos de «siempre», «para siempre» o «sin fin». El infierno es producto del pensamiento, nada más.

Piensa en cuando vas sentado en un avión durante una fuerte turbulencia. Tienes una intensa reacción de estrés, si empiezas a imaginar que la turbulencia podría ser excesiva y hacer que el avión se estrellara. El pensamiento es inigualable contando relatos de catástrofes futuras, pero ¿cuál es la realidad de la situación? El avión atraviesa una zona de viento muy fuerte, y los vaivenes te sacuden de un lado a otro. Esa es la realidad: los bandazos del avión te zarandean en el asiento, ahora mismo. Eso es lo único que está sucediendo. Pero el pensamiento vive en el tiempo, y por tanto dice: «Bueno, en este momento todo parece estar bien, pero en el próximo momento nada estará bien. Ahora mismo la situación es tolerable y estoy vivo, pero solo dentro de un momento se volverá intolerable y moriré. La turbulencia va a empeorar cada vez más». Y como reacción a este relato, pueden aparecer un sentimiento de náusea en el estómago, una falta de aire, presión en el pecho y en la garganta, y palpitaciones. No lo olvides, el cuerpo no conoce la diferencia entre el peligro real y el imaginario. Surge un miedo terrible, como si las cosas fueran a ponerse mucho peor. El cuerpo se prepara para enfrentarse o huir, o, si considero de verdad la posibilidad de que el avión se estrelle, se prepara para la muerte.

Así que ahí estás, sentado en el avión preparándote para la muerte, mientras el piloto tranquilamente guía el avión. Se ha encontrado con turbulencias como esta cientos de veces, y para él no es nada. La verdadera turbulencia está en tu pensamiento. En tu imaginación, ¡vas a bordo de un avión que ya se ha estrellado! En tu imaginación, ya estás experimentando lo inevitable.

Podrías decir: «Ya, pero es posible que un avión se estrelle, así que no estoy completamente loco». A lo que yo te respondería: «Sí, pero el avión no se ha estrellado todavía». Mientras pienses que podría ocurrir, es que no ha ocurrido. En este momento, tu miedo más espantoso todavía no se ha hecho realidad. Y en este, tampoco. Ni en este. De hecho, nunca, jamás llegamos a vivir ese momento tan insoportable del que la mente está tan aterrada. Solo existe el miedo de un momento insoportable; el momento en sí nunca llega. Si las cosas fueran verdaderamente insoportables, si el dolor fuera de verdad demasiado intenso para el cuerpo, si la ira o el miedo fueran de verdad a superarte, si el pesar fuera realmente a hacerte pedazos, el cuerpo se quedaría inconsciente. Mientras permaneces consciente, soportas lo que quiera que esté sucediendo, aunque pienses o sientas que es insoportable. No existe el dolor insoportable. Como la propia consciencia que eres, si está sucediendo, si aparece en la experiencia presente, lo estás soportando, lo mismo que el océano soporta cualquier ola, incluso aunque la ola se sienta insoportable en el momento.

Puedes sentir que algo es insoportable, que vas a morir, que no eres capaz de aguantar; puedes sentirte totalmente desbordado, impotente y sin esperanza, pero no puedes ser ese algo insoportable. Ya hemos visto que, como espacio abierto, nunca puedes ser el desesperado, el impotente, el desbordado, pues lo que eres es pura capacidad incluso para el sentimiento aparentemente más sobrecogedor. Puedes sentir que eres incapaz de aguantar, pero lo que eres aguanta siempre, en este momento...; y solo existe este momento. Puedes sentir que estás a punto de morir, pero lo que eres está muy vivo. Como percepción consciente, ya toleras lo que está ocurriendo...; de lo contrario, no estaría ocurriendo. Si fuera de verdad insoportable, si la vida fuera de verdad incapaz de soportar lo que está sucediendo, tú no estarías aquí para saberlo.

Darnos cuenta de esto puede quitarnos el miedo básico a la vida. Nunca alcanzamos el momento insoportable, lo mismo que la ola nunca llega realmente a la playa. En cuanto llega a la playa, deja de ser ola. Por eso nadie ha experimentado nunca la muerte. La muerte no es una experiencia que «tú» puedas tener; la ola no puede experimentar su propia ausencia. En última instancia, no hay nada que temer..., incluso aunque aparezca un miedo atroz.

«No voy a salir de esta», «No puedo con ello», «Es demasiado para mí», «Me va a matar» son meras expresiones de miedo, expresiones apasionadas de un miedo que no se ha aceptado profundamente. «Es insoportable» no significa literalmente que no seas capaz de soportarlo; no significa literalmente que lo que eres es «alguien incapaz de soportar esto». Te sientes incapaz de soportarlo, pero ese miedo no te puede definir. La verdad es que ya lo estás soportando, en este momento. Y en este momento, que estás soportando, hay un miedo terrible a que no lo puedas soportar, a que no tengas las fuerzas necesarias; hay un sentimiento de ser demasiado débil para poder con ello. No pasa nada: en la más profunda aceptación, se permite que aparezcan todas estas olas. El dolor y el sentimiento de no ser capaz de soportarlo se aceptan, aquí, totalmente. Y ya estás soportándolos ambos a la perfección... Eso no es tan insoportable, ¿no?

Al final, nunca tienes que hacer frente a nada que no puedas soportar. La vida no va a darte nada con lo que no puedas —y esto incluye el sentimiento de que no puedes con la vida—, puesto que eres la vida, y la vida no está contra ti. Recuerda que, si una ola aparece en la experiencia presente, quien realmente eres ya le ha dado su asentimiento; por eso está aquí. Nunca tienes que hacer frente a nada a lo que no se le haya permitido entrar. Nunca tienes que hacer frente a lo inaceptable. Nunca tienes que soportar nada que sea realmente insoportable.

Solo cuando empiezas a comparar este momento con el momento siguiente, con un momento futuro, aparece el sufrimiento: «Este momento lo estoy soportando, pero no seré capaz de soportar el próximo. Dentro de lo que cabe, este momento está bien, pero no ocurrirá lo mismo con el próximo. Ahora mismo, la turbulencia no es un problema serio, pero dentro de un momento lo será». Hacemos así que la turbulencia presente signifique muchísimo más de lo que realmente significa.

Es posible que la turbulencia empeore, pero sin el relato de que es insoportable, sin el relato de este momento comparado con el momento siguiente o con el anterior, seguirá presente la aceptación más profunda. La más profunda aceptación no desaparece nunca, ocurra lo que ocurra. Lo que eres está presente siempre. Incluso en medio de tus miedos más terribles, esa aceptación profunda seguirá existiendo, abierta a que la descubras.

En la realidad, siempre es este momento. El futuro nunca llega realmente, ¿verdad? El futuro solo existe como relato..., y como tu reacción a ese relato que surge ahora. Cuando llegue ese momento tan temido, será de hecho el «ahora», el momento presente. La experiencia que sea tendrá lugar en este espacio, el espacio que está aquí ahora mismo, y, dado que soy este espacio, sé que nada de lo que la vida ponga en mi camino me destruirá. Así que dejemos que llegue la turbulencia. No sé cuándo llegará, y no estoy diciendo que quiero que llegue, pero si llega, ¡que llegue!, y cuando me encuentre frente a frente con ella, seguiré sabiendo que soy el espacio plenamente abierto en el que la vida sucede. Lo que soy es la calma que hay en el ojo del huracán. No estoy en guerra con el huracán. Soy el espacio abierto en el que se permite que el huracán vaya y venga. No tengo miedo del huracán, y no porque me crea fuerte y valiente, sino porque sé que la tormenta soy yo mismo y que, en el nivel más profundo, no representa un peligro para mi vida. Así que, si viene, que venga.

De modo que ya no tengo necesidad de estar preparado para luchar contra lo que haya de venir; puedo relajarme ante la vida y dejarla que se desarrolle, incluso aunque ese desarrollo traiga dolor. Como espacio en el que ese dolor se manifiesta, soy más grande que el dolor, soy más vasto que ningún miedo; soy tan abierto y espacioso que la vida toda —cada pensamiento, sonido, sentimiento y sensación— tiene un lugar aquí.

De hecho, prepararse para combatir el dolor suele en realidad amplificarlo. Cuando, para evitar sentir dolor en el presente, me anticipo al dolor futuro, lo que hago es tensar el cuerpo entero, y esto provoca que cualquier dolor duela más. Intentar evadirnos del dolor lo exagera. Cuando nos relajamos en él, en vez de hacer acopio de fuerzas para combatirlo, cuando encontramos la aceptación más profunda en medio del dolor, en vez de considerarlo un enemigo, descubrimos que la sanación está siempre muy cerca. Podemos seguir haciendo todo lo posible por sanar físicamente, pero, como ya hemos visto, la verdadera sanación no guarda ninguna relación con el cuerpo.

El cuerpo se zarandea en el asiento, y lo que tú eres es el espacio en mitad de la turbulencia, el océano en calma en mitad de la furia de la tormenta, ya completo, siempre sanado.

Jeff Foster -  Tipiado de su libro...La Más Profunda Aceptación

Continuaremos con LA IDENTIDAD DE VÍCTIMA-

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La tercera capa de ilusión es nuestro intento de escapar del dolor. Cuando el dolor no se acepta profundamente en este momento, me convierto en el que «está sumido en el dolor»; y entonces la búsqueda se pone en marcha. No quiero ser el que está sumido en el dolor. Quiero escapar de él. Quiero ser «el que no está sumido en el dolor», No quiero ser su víctima. ¡Quiero una nueva identidad! De modo que el que está sumido en el dolor empieza a buscar una manera de escapar de su condición de víctima.

La mente, debido a su dualidad, toma entonces el dolor y crea el concepto opuesto: la ausencia de dolor; y ahora intentará desplazarse del dolor (lo que es) a la ausencia de dolor (lo que no es). Como ya hemos visto, en realidad no existen los opuestos. La experiencia real del momento presente, como danza de sensaciones, momento a momento, no tiene opuesto. Lo que intentamos hacer con nuestra búsqueda es desplazarnos de nuestras sensaciones presentes a la ausencia de esas sensaciones. Intentamos desplazarnos del dolor del momento presente a la imagen de la ausencia de dolor. Está claro que es un movimiento imposible, ya que escapar del dolor y entrar en un lugar donde no haya dolor va a requerir tiempo, y es en este momento, ahora mismo, cuando quiero estar libre de dolor. Pero la vida no puede darme lo que quiero justo ahora. Intento desplazarme de aquí a allí en este momento intemporal; intento desplazarme de lo que es a lo que no es, de lo que es a mi imagen de lo que debería ser..., y ese es mi sufrimiento, esa es mi frustración, esa es mi desesperación.

Sufrir es intentar hacer un movimiento que es imposible, y por eso duele tanto.

Creemos que la sanación es la ausencia de dolor, de enfermedad, de malestar, pero la sanación verdadera nada tiene que ver con escapar de estas olas de experiencia. La sanación que de verdad anhelas es la plena aceptación del dolor, el final de todas las ilusiones. La sanación que de verdad anhelas consiste en liberarte de tu identidad de víctima del dolor. No es librarnos del dolor lo que de verdad queremos, sino escapar de la imagen que albergamos de ser «el que está sumido en el dolor». No es librarnos del dolor lo que de verdad queremos, sino experimentar una profunda aceptación en el dolor.

Descubrir que eres el espacio plenamente abierto en el que el dolor aparece, y no el relato de alguien a quien el dolor ataca, es la verdadera sanación —la sanación de la identidad—, y sus efectos van mucho más allá de la sanación física.

La gente que experimenta dolores terribles dice cosas como: «Parece que mi cuerpo se haya vuelto en mi contra». Pero cuando descubres quién eres realmente, ves que no es posible que tu cuerpo se vuelva contra ti. Hace unos años, me practicaron una operación en una parte muy sensible del cuerpo, y, pasé varias semanas en cama en medio de un dolor extremo. Aparecía una sensación aguda, punzante, que a menudo hacía que se me saltaran las lágrimas. Hoy en día, como ser humano inteligente, sé que no tiene sentido experimentar más dolor del necesario. Ese es otro de esos conceptos espirituales que hemos ido adoptando: la idea de que, cuanto más suframos, más cerca estaremos de la libertad. Pero sufrir no es el camino a la libertad futura; sufrir es una invitación a la libertad presente. Así que, naturalmente, pedí un sedante para mitigar el dolor. Me administraron morfina, y sin duda fue una ayuda. A pesar de todo, seguía habiendo dolor.

La gente suele preguntarme: «Dime, Jeff, si de verdad lo permitías todo, incluido el dolor, ¿por qué recurrir a un sedante?». La respuesta que normalmente doy es: «Todo está permitido aquí, incluidos los sedantes». También los sedantes forman parte de la vida. No me parece una postura inteligente experimentar más dolor del necesario. Y si eliges no recurrir a los medicamentos, también eso está bien.

Al final, ni los sedantes ni la ausencia de ellos conduce a la verdadera sanación, que es lo que de verdad anhelamos y sobre lo que trata este libro. Los sedantes quizá consigan aliviar el dolor físico, pero el verdadero dolor de la vida está en el sufrimiento, en la búsqueda, en la identificación, en el intento de controlar la experiencia presente. Y para eso no hay ninguna píldora mágica. No existe ninguna píldora que ponga fin al sufrimiento. Si la hubiera, los maestros espirituales, los gurús y los terapeutas se habrían quedado sin trabajo hace ya muchos años. No, este escrito trata sobre una clase de sanación que ninguna sustancia o persona (ni la ausencia de ellas) puede procurarte; trata sobre el todo completo que eres. Las pastillas pueden acallar una sensación o un sentimiento. Las pastillas pueden alterar la química del cerebro. Las pastillas pueden «colocarte». Pero las pastillas no podrán jamás procurarte la integridad; nunca podrán ofrecerte la aceptación más profunda. Quizá puedan hacer que te sientas más a gusto, pero no despertarte de las imágenes que tienes de ti mismo.

¿Puede encontrarse la más profunda aceptación de la vida incluso en la experiencia del dolor más extremo? Postrado en cama todos aquellos años, con continuas descargas de dolor agudo que atravesaban una zona muy delicada de mi anatomía, lo que descubrí es que, en el nivel más profundo, todo estaba bien, incluido el dolor. Fue un descubrimiento impactante que incidió de lleno en la esencia del sufrimiento. El dolor no era el enemigo. El dolor era sencillamente la vida, que aparecía en forma de dolor..., e incluso más allá de este relato, era sencillamente una danza de sensaciones eternamente cambiante. El dolor no obstaculizaba la vida; era la vida, en el momento. El dolor no interfería en la vida; era una expresión plena y completa de la vida. El dolor estaba intensamente vivo; era el océano, que aparecía en forma de ola de dolor. Seguía siendo doloroso, no vamos a negar la realidad ni a fingir que no era así. Seguía doliendo, pero, en el nivel más profundo, estaba bien, no era un problema. Dolía, pero yo no era «el dolorido». Dolía, pero, inexplicablemente, no podía dolerme a mí, y tenía permiso para seguir estando todo el tiempo que quisiera; tenía en mí un hogar.

Fue verdaderamente impactante descubrir la vastedad, la inclusividad total y la naturaleza omnímoda de esta profunda aceptación. Todo estaba profundamente bien tal como era. Había una total aceptación del dolor..., y también una total aceptación de mí, del personaje Jeff, que no quería que hubiera ningún dolor. Creo que hay un gran malentendido entre los buscadores espirituales, y es la idea de que ellos, personalmente, han de estar de acuerdo con todo lo que sucede. Qué carga tan enorme creer que todo tiene que parecerte bien todo el tiempo..., tener que aparentar que todo te parece bien incluso cuando no es así! Como he dicho, la aceptación profunda no exige necesariamente que estés de acuerdo con que haya dolor. Que el dolor no te parezca bien es algo que la vida acoge totalmente. ¡Esta profunda aceptación te «saca» de escena! Es un «todo está bien» de naturaleza cósmica, que va más allá de que a mí me parezca bien o no.

El dolor está presente, y lo que también puede aparecer es un rechazo, una aversión hacia el dolor. ¡Fue tal alivio —y tal revelación— ser capaz de estar en cama y no tener que hacer valer ninguna imagen de mí mismo, ni siquiera una imagen de mí mismo de persona iluminada o despierta, o de alguien a quien el dolor no le importaba! Era totalmente libre de volver a responder al dolor de una manera auténtica, sincera, humana otra vez, después de años de evasivas espirituales y de fingir y negar la realidad. Era libre de decir: «No me gusta este dolor», de admitir mi aversión hacia el dolor; y, en un nivel más profundo, experimentar una aceptación total de la situación entera. Por debajo de todo, hay un saber que todo está bien tal como es, un saber cósmico que no puede morir.

No se trataba de que me dijera a mí mismo que el dolor me era indiferente cuando en realidad no era así. No se trataba de fingir que todo me parecía bien, ni de intentar que todo me pareciera bien..., intentar ser espiritual, intentar estar en calma, intentar ser algo diferente de lo que era. Se trataba de ser radicalmente sincero. Se trataba de percibir el dolor, de reconocerlo, de admitirlo y de descubrir que la vida lo aceptaba plenamente. Y admitir la existencia del dolor significó admitir el dolor. Así que había dolor, y a Jeff no es que le gustara, precisamente; a fin de cuentas, ¿a quién le gusta el dolor? ¿Quién lo elegiría, si tuviera elección?

Pero el dolor es un maestro incomparable, porque te enseña que, al final, en el momento, no tienes elección. No tienes control sobre nada. «Hágase tu voluntad, no la mía», como dijo Jesús. Y ahí está la liberación, justo ahí.

Fue acogido el dolor, y también el que intentaba inútilmente escapar de él. Fue acogido el dolor, y también el que quería estar libre de él. ¿Había entonces algún problema? En el dolor, en el malestar, me descubrí completo. En el dolor, en el malestar extremo, me curé, me curé totalmente; me curé más allá de lo que se pueda comprender, más allá de todo lo que pueda entender la mente. Me curé de la carga de ser «el que estaba sumido en el dolor». Me curé del relato de «mi dolor pasado y futuro». Me curé de la ilusión de que el dolor me estaba ocurriendo a mí. La sanación no significó que el dolor desapareciera de inmediato, pero misteriosamente pasó a ser algo secundario. Esta sanación eternamente presente era lo que de verdad había estado buscando.

«Y por su herida fuisteis sanados», dice la Biblia... Y por mis heridas, sané. Este fue el descubrimiento verdaderamente impactante: que la sanación —en otras palabras, la integridad, la completud, el hogar que de verdad buscamos— está en realidad justo aquí, en las heridas, en medio del dolor, justo en el fondo de cada experiencia de la que tratamos de escapar. Sanamos en medio de todo aquello de lo que huimos. No es que sanemos del dolor; sanamos, estamos ya sanados, en nuestro dolor.

Podríamos ir todavía más lejos y decir que de hecho el dolor nos sana. Visto como lo que es, el dolor redirige nuestra atención al aquí y ahora, y al espacio plenamente abierto que abarca toda experiencia que viene y va. Trae nuestra atención de vuelta al hecho de que nadie está sumido en el dolor, sino que simplemente hay dolor que aparece aquí, en el espacio que soy. Así que el dolor te sana de la idea de que eres una víctima del dolor. Te sana de la ilusión de que puedes controlar las cosas. Te trae de vuelta a este momento, a tu verdadero hogar. Dice: «Se me permite estar aquí, pienses lo que pienses. Mira, ya se me ha permitido entrar en lo que eres. Ya estoy presente. No has sido capaz de impedirme entrar. Pero no hay nada que temer. Estoy hecho solo de ti. No puedo destruir a quien de verdad eres».

Así es, de un modo que nunca comprenderemos, el dolor te sana del dolor. La sanación forma parte intrínseca de todo aquello de lo que intentamos escapar. La tristeza te sana de la tristeza. El miedo te sana del miedo. La ira te sana de la ira. En el fondo del miedo más intenso, no hay «nadie» que esté sumido en el miedo. No hay nadie que esté separado del miedo. Nadie que esté asustado. En el centro de la crucifixión, en el centro del dolor físico más atroz, hay sanación. Quizá, al final, todas las religiones y enseñanzas espirituales apunten a esta verdad.

La profunda aceptación de la que hablo revoluciona la actitud que tenemos frente al dolor, la relación que tenemos con él, los miedos de los que lo rodeamos. De repente el dolor, por muy doloroso que sea, ya no es un enemigo, es una señal que nos indica el camino de vuelta a quienes somos realmente en este momento, que destruye todas nuestras ideas falsas sobre quiénes somos.

El dolor es en cierto modo compasivo, en el verdadero sentido de la palabra; destruye todas las ilusiones que albergamos sobre nosotros mismos.

Nada que sea irreal puede sobrevivir a la fiereza de su amor.

CONTINUAREMOS CON...EL DOLOR Y EL TIEMPO-

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Sin el relato, ¿tienes realmente alguna forma de saberlo que es el dolor?

Y podemos ir aún más lejos: sin el relato, ¿tienes alguna forma de saber lo que son en realidad las sensaciones?

Sin el relato, la vida es un misterio total, ¿te das cuenta? Sí, hay misterio incluso dentro de la experiencia del dolor. El dolor no lo destruye ni lo impide; está saturado de misterio. Incluso el dolor está hecho de misterio. Incluso el dolor está hecho de consciencia. Todo está formado por lo que eres.

Y fíjate en que, en este lugar que está más allá del relato, no puedes decir que las sensaciones estén ocurriendo dentro de algo llamado «mi cuerpo». Otro de los muchos supuestos comúnmente aceptados sobre la realidad es que las sensaciones suceden dentro del cuerpo; pero cuando vuelves a tu experiencia presente de la vida, ¿encuentras realmente ese cuerpo sólido y separado en el que supuestamente se producen las sensaciones, o lo único que encuentras es una danza de sensaciones del momento presente increíblemente viva, una especie de cosquilleo, una masa amorfa que se contrae y se dilata y cuyas fronteras son imposibles de detectar, que aparece en la capacidad ilimitada que eres? ¿Podría ser que «el cuerpo» fuera tan solo una idea más, una imagen, una representación mental, un pensamiento, un recuerdo, que también aparece en lo que eres? ¿Pueden el pensamiento o la imagen de «mi cuerpo» rozar siquiera la increíble vitalidad e inmediatez de la experiencia presente? ¿Puede la vastedad de la experiencia presente reducirse jamás a un pensamiento?

Si le pides a alguien que se detenga un momento, cierre los ojos y sienta su cuerpo —que sienta de verdad desde dentro los brazos, las piernas, los pies, el pecho, los dientes y la lengua—, y te describa lo que siente, casi inevitablemente empezará a contarte un relato sobre su cuerpo. En vez de sentir los brazos, las piernas, los pies, el pecho, los dientes y la lengua en este mismo instante, en vez de estar realmente presente con esas sensaciones, de explorarlas, de entablar una relación íntima con ellas, de abandonar todas las descripciones y descubrir que es inseparable de ellas y está en contacto íntimo con ellas, empezará a pensar en sus brazos, sus piernas, sus pies, su pecho, sus dientes y su lengua. Se perderá en imágenes y representaciones de su cuerpo, en recuerdos, en lo que sabe, en lugar de prestar atención directa a su cuerpo, en lugar de volver de verdad a las sensaciones presentes. Pensará acerca de su cuerpo; hablará con rodeos sobre él, en lugar de percibir directamente todo lo que hay en este momento.

¿Qué siente tu mano derecha justo ahora?

¿Te ha llegado de repente la imagen de tu mano derecha y has empezado a describir esa imagen? ¿Has sentido la mano durante un momento y luego has caído en descripciones genéricas de distintos sentimientos? Es más fácil describir una imagen que poner en palabras el misterio de lo que siente un pie, o de lo que siente un brazo, o de las sensaciones en que se concreta un dolor de cabeza. ¿Quién puede capturar realmente el misterio de un dolor de cabeza con palabras? Quizá por eso recurramos con tanta rapidez a nuestros relatos; son más fáciles, más seguros. Tal vez queramos darle a otra persona la respuesta «correcta». Tal vez recurrir a nuestros relatos forme parte de la búsqueda de un yo sólido y coherente.»Quién sabe!

Con frecuencia, cuando le pides a alguien que te hable de su dolor o su malestar, se lanza de inmediato a contarte un relato sobre su dolor, en vez de sentir realmente el dolor en este momento. Hablará acerca del dolor, y no desde él. Te contará lo terrible que es, cuánto le hace sufrir, cuánto ha mejorado o empeorado desde ayer, cuándo le incomoda, hasta qué punto está interfiriendo en los planes que tenía, lo horribles o lo maravillosos que han sido los cuidados que ha recibido, etcétera. Contar un relato sobre el dolor pasado, sobre el dolor futuro, sobre todo lo que uno sabe acerca del dolor, comparando su dolor con el de otros, es una magnífica manera de eludir sentir dolor justo ahora.

El relato es siempre una burda imitación de lo que realmente está ocurriendo, una «burda imitación de la celebración», la llamo yo. Todo relato es un reductor despiadado; intenta reducir el misterio a unas pocas palabras. Ahora mismo, por ejemplo, puede que estés sentado en una silla o tumbado en la cama. «Estoy sentado en una silla» o «estoy tumbado en la cama» es el relato sobre tu experiencia. Déjalo a un lado. ¿Cómo es, en este momento, estar aquí donde estás? El relato dice que el cuerpo está tendido o sentado, pero si nos olvidamos de él solo un instante y regresamos a las sensaciones reales del momento presente, ¿qué hay aquí? ¿Qué está ocurriendo justo ahora, en la inmediatez de la experiencia presente? Vuelve al cosquilleo, a la calidez, al latido de la sensación presente. ¿Hay alguna posibilidad de capturar de verdad esta experiencia presente con palabras o con imágenes?

Cuando devolvemos la atención a la experiencia real del momento presente y olvidamos todas las conclusiones y relatos, y empezamos a explorar de cero, por así decirlo, esa experiencia, con la inocencia de un recién nacido, solamente encontramos una asombrosa danza de sensaciones, que nunca es la misma en un momento que en el momento siguiente. La realidad es siempre mucho más misteriosa, mucho más incognoscible que nuestro relato de la realidad. Además, decimos que las sensaciones ocurren dentro de nuestro cuerpo sin haber investigado si es verdad o no. En el relato, el dolor me sucede a mí. En el relato, el dolor está localizado dentro de mi cuerpo. En la realidad, hay una asombrosa danza de sensaciones eternamente cambiante que tiene lugar en lo que soy.

En la realidad, las sensaciones simplemente danzan en el espacio que eres —el espacio de la consciencia en sí—. No experimentas que estén claramente dentro y no fuera, ¿verdad? Simplemente están aquí, presentes, vivas. ¿Acaso no es un pensamiento añadido posteriormente que las sensaciones están «dentro de mi cuerpo»? ¿Encuentras realmente esa frontera, esa brecha, esa división entre el interior y el exterior del cuerpo, aquí, en esta experiencia presente? Cierra los ojos. Regresa a la masa amorfa de sensaciones danzantes que hay ahora mismo. ¿No te parece que la propia idea de que tienes un cuerpo es solo una imagen más que aparece en este espacio? Deja atrás la imagen por un momento, y vuelve a la experiencia real. Solo existe la sensación del momento presente, ¿verdad? Cuando dejamos que se nos desprenda la idea de que las sensaciones ocurren dentro del cuerpo, estamos alineados con la realidad.

Por otra parte, como el pensamiento opera en el mundo de los opuestos, en cuanto califica de «dolor» la sensación presente, se lanza de inmediato a compararla y contrastarla con algo a lo que llama «placer» o «falta de dolor». Así que la palabra «dolor» lleva ya un juicio implícito. El dolor es ahora lo opuesto de algo y, para mucha gente, tiene toda clase de connotaciones negativas: el dolor es malo, el dolor es peligroso, el dolor es cruel, el dolor es un castigo de Dios, el dolor significa que nadie me ama..., significa que soy débil, que he fallado, que algo estoy haciendo mal. «Dolor» es una palabra que arrastra un bagaje muy pesado. Se podría decir que, para cuando pronunciamos la palabra «dolor», ya hemos dejado de ver lo que hay en realidad; hemos entrado en el relato de lo que hay. Se podría decir que llamarlo dolor es la primera capa de ilusión. Ocultos en esa palabra hay todo tipo de juicios, creencias y miedos. La palabra «dolor» es en realidad un juicio, una opinión, no algo que existe separado de ti.

La segunda capa de ilusión es la propiedad del dolor. «El dolor» pasa a ser «mi dolor». (La ilusión de la propiedad puede aplicarse igualmente a otros sentimientos: «mi miedo», «mi tristeza», «mi aburrimiento», «mi confusión», etcétera.) En un principio, como hemos visto, el dolor —o al menos eso a lo que llamamos dolor— es solo un puñado de sensaciones que danzan en lo que somos, sensaciones que todavía no le pertenecen a nadie. La vida las ha aceptado profundamente, y no son personales. ¿Puede una sensación ser propiedad de alguien? ¿Pueden ser propiedad de alguien un sonido, un sentimiento, una respiración, el canto de un pájaro? ¿Puede alguien ser propietario del calor del sol en el rostro? ¿Puede alguien ser dueño de la vida? Cuando ves la vida como lo que es, te das cuenta de que nadie puede ser su dueño, puesto que nadie puede separarse de ella. Nadie puede volverse y decir: «Es mía». La propiedad es, así pues, la segunda capa de ilusión. La vida en sí, incluidas las sensaciones más íntimas y aparentemente personales, no le pertenece a nadie.

Pero nunca nos paramos a cuestionar este proceso, así que, antes de que nos demos cuenta, literalmente se ha convertido en «mi dolor». Cuando el dolor no se acepta profundamente, entramos en el relato de «yo y mi dolor»: «El dolor es mío», «Soy dueño de mi dolor», «Tengo dolor», «Estoy sumido en el dolor», «Soy yo el que sufre el dolor». Cualquier versión que elijamos, ese relato es ahora nuestra nueva identidad. Nos convertimos en víctimas del dolor, y este es el principio del sufrimiento que rodea al dolor.

El mecanismo de la búsqueda nace enteramente de la ilusión de separación y propiedad —de la idea de que la vida te sucede—. En la raíz de nuestro sufrimiento está la sensación de que algo malo nos está sucediendo a nosotros. De hecho, eso es lo que la palabra «sufrir» significa literalmente: «padecer» o «soportar», lo cual tiene una connotación de pasividad (derivada del término latino passio, que significa «sufro»), la connotación de no tener dominio sobre nada, de ser una víctima de la vida. Pero esta pasividad —la idea de que la vida, de que el dolor, te ocurre a ti— es precisamente la ilusión, la apariencia engañosa. En realidad, el dolor no te ocurre a ti, no le ocurre a una entidad separada; simplemente aparece en lo que eres. El dolor no te ataca, sino que danza en el espacio abierto. La idea de que te está ocurriendo a ti no es más que otra idea que aparece en lo que eres. Se podría decir, por tanto, que el dolor es real, pero el sufrimiento es una ilusión, puesto que es el relato del dolor que te está sucediendo, cuando en realidad no es así. El sufrimiento, definido como la propiedad del dolor, es una ilusión.

Continuará en la parte 3

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ANTES de seguir hablando sobre la sanación, creo que es muy importante distinguir entre dolor y sufrimiento. ¿Qué es exactamente lo que intentamos sanar: el dolor o el sufrimiento?

Hablé una vez con una mujer que padecía unos dolores terribles y a la que le habían dado unas semanas de vida. Había sido desde siempre una buscadora espiritual. Había estudiado con distintos maestros espirituales e incluso había vivido varios años en un ashram en la India como parte de su búsqueda de la iluminación. Se consideraba bastante evolucionada espiritualmente, pero ahora, que tenía que hacer frente a la enfermedad, toda aquella fachada había empezado a desmoronarse. Me dijo que se sentía una fracasada. Después de tantos años de búsqueda espiritual, seguía siendo incapaz de aceptar profundamente lo que le estaba pasando. En medio del dolor, su imagen de sí misma se iba haciendo añicos.

Le daba un miedo atroz la posibilidad de no seguir viva al día siguiente, se sentía frustrada por el estado de su cuerpo (sentía que le había fallado), se lamentaba de todo lo que no había conseguido en su vida y la embargaba una profunda tristeza al pensar en todo lo que ya no volvería a ver ni a sentir cuando muriera. ¿Qué había sido de todas sus ideas sobre afrontar con ecuanimidad los retos de la vida? ¿Qué había sido de su convencimiento de que estaba plenamente presente e integrada en cada momento? ¿Qué había sido de la idea de que una persona que ha despertado experimenta paz absoluta incluso en medio de la devastación? ¿Qué había sido de su convicción de que no era «nadie»? Se sentía un fracaso y un fraude, a la vista de la realidad que la vida le estaba presentando. Sentía que la vida la había humillado. Ella, que pensaba que todo lo había resuelto, se encontraba ahora con que todo lo que creía saber la vida lo ponía en entredicho.

Su fachada de persona iluminada se estaba desmoronando por momentos. ¡Qué maravilla!, al final, todas las fachadas que la mente construye se acaban desintegrando. Esta era una invitación de la vida a trascender su imagen de sí misma y descubrir quién era realmente en este momento. No mañana, no ayer, sino en este momento.

Mientras todo le había ido bien —estaba sana, en forma y llena de energía—, le había resultado fácil sentirse iluminada y decir cosas como: «Este no es mi cuerpo» o «No hay un yo». Pero ahora, postrada en cama el día entero, frágil, dolorida y dependiente de la medicación para seguir viviendo, le parecía que todo su progreso espiritual se había ido por el retrete. Me contó que se sentía como si hubiera regresado a como era antes de iniciar la búsqueda espiritual. Se sentía como una recién nacida, totalmente incapacitada para hacer frente a la vida, identificada por completo con su cuerpo físico; y estaba increíblemente enfadada consigo misma por «haber fallado». ¿Por qué no era capaz de estar más «presente», más «despierta» a la situación, más en paz con lo que estaba sucediendo? Le resultaba obvio que nunca había despertado, que se había estado engañando durante los últimos treinta años. Así que se pasaba el día tendida en la cama flagelándose mentalmente por no estar espiritualmente más evolucionada de lo que estaba.

Esta dulce mujer estaba muy apegada a sus conceptos y creencias sobre el despertar y la iluminación. Tenía una idea fija sobre lo que debía de significar el despertar. Había hecho suyo el concepto de que una persona despierta debía sentirse realizada, feliz, en paz o incluso bien, todo el tiempo, y estas creencias prestadas, que no eran fruto de su experiencia, le estaban causando un sufrimiento enorme, la hacían sentirse un absoluto fracaso y un fraude. Recuerda, sentir algo «todo el tiempo» es sencillamente imposible en el océano que eres.

A duras penas conseguía sobrellevar el dolor y la debilidad física, pero la pérdida (muerte) de su identidad la angustiaba todavía más. Eran todas las ideas que había ido haciendo suyas durante años sobre cómo debían y no debían ser las cosas, todas las ideas sobre la apariencia que hubiera debido tener este momento lo que quizá le hacía todavía más daño que el dolor en sí. Intentaba desesperadamente sentirse bien con las cosas tal como eran, pero la realidad era que no se sentía bien y que se torturaba por ello. Intentaba desesperadamente mantenerse entera, pero el dolor amenazaba con hacer pedazos su realidad. Y cada día libraba una batalla para seguir aferrada a su identidad.

Eran los relatos que se contaba sobre el dolor —sobre lo terrible que era, cuánto podía empeorar, cómo terminaría por matarla— lo que hacían la situación intolerable, insufrible, desesperada. Era su identidad de mujer derrotada por el dolor lo que representaba la verdadera carga, no el dolor en sí. Era su relato de sí misma, que la definía como víctima del dolor, como prisionera del dolor, como persona atrapada en el dolor e incapaz de encontrar una salida lo que de verdad la hacía sufrir; era eso lo que necesitaba sanar. El origen de su sufrimiento eran sus tentativas frustradas de escapar mentalmente del momento, su necesidad desesperada de dominar la situación y el hecho de no tener ningún dominio sobre ella. El origen de su sufrimiento era su incapacidad para aceptar profundamente su total vulnerabilidad ante la vida.

El dolor físico tiene una manera de traernos, del modo más ineludible, a la realidad, y puede ayudarnos de verdad a que nos abramos paso a través de todas las imágenes, siempre que estemos dispuestos a sentir y vivir realmente su significado más profundo.

Decimos: «Tengo un dolor ahora mismo», pero, en realidad, ¿a qué nos referimos con eso? Vamos a intentar desarmar nuestro relato del dolor y regresar a lo que de verdad está ocurriendo en el momento. (Y, en última instancia, todo lo que digo puede aplicarse no solo al dolor físico, sino también a todas las clases de dolor: el miedo, la ira, la tristeza, la culpa, los celos, la frustración, el aburrimiento, el pesar... El dolor es lo que duele en el momento.)

Regresa a la experiencia presente, a lo que de verdad está sucediendo ahora mismo. ¿Qué hay aquí? Hay todo tipo de pensamientos, sentimientos, sonidos y sensaciones que aparecen y desaparecen en lo que eres.

Vete al dolor, y por el momento, como experimento, deja a un lado tu relato del dolor —despréndete de tus conclusiones, de tus suposiciones, de todo lo que sabes sobre el dolor, de tus descripciones de él, de tus recuerdos de experiencias dolorosas pasadas— y explora la experiencia presente, como si fuera la primera vez que sientes dolor. ¿Qué hay realmente aquí, más allá de tus ideas sobre lo que hay aquí? ¿Cuál es la verdad de este momento?

Tal vez empieces a darte cuenta de que eso a lo que hasta ahora habías llamado dolor no es en realidad dolor. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que no hay nada aquí que sea estático, sólido, inmutable, nada que esté separado; no vas a encontrar nada sólido llamado dolor. Incluso aunque el dolor parezca sólido, míralo más de cerca..., y más de cerca todavía. Como ya hemos visto, en la realidad, la experiencia del momento presente nunca está inmovilizada. Una ola siempre está en movimiento, aunque desde la distancia pueda parecer estacionaria. Decimos: «Eso es una ola, y sé lo que es una ola», pero para cuando hemos acabado de pronunciarlo, la ola ya no es la misma. La palabra parece inmovilizar las cosas, pero la realidad nunca está inmóvil; siempre es una ola nueva, y otra ola nueva. La realidad cambia de forma constantemente. En el momento que intentas describir una ola diciendo «es así» o «es de este otro modo», el momento va se ha ido, la forma de la ola ya ha cambiado, y lo que expresabas un momento atrás ya no es aplicable a este momento.

La vida está en movimiento, y el pensamiento siempre se esfuerza por alcanzarla. La vida precede al pensamiento. En este sentido, ¡todo pensamiento es un añadido a posteriori!

Así que regresa a estas olas de experiencia, regresa a lo que llamas dolor, y fíjate en que no es sólido, sino que de hecho consiste en toda clase de olas más pequeñas, toda clase de sensaciones cambiantes, que fluctúan, que danzan. En el instante que llegas a una conclusión sobre una sensación, en cierto sentido has dejado de ver y de sentir, de sentir de verdad, lo que hay aquí; has entrado en un relato mental sobre tu experiencia. Así que vuelve a lo que está sucediendo realmente y mira de nuevo.

Deja a un lado la conclusión de que eso que experimentas ahora se llama dolor, y redescubre lo que es en realidad. ¿Cómo son en realidad esas sensaciones a las que llamas dolor? Siéntelas..., realmente siéntelas hasta el fondo. Préstales una atención directa y afectuosa, sin esperar que cambien en modo alguno ni intentar hacerlas desaparecer. Encuéntrate con lo que hay aquí sin esperanza. ¿Son estáticas las sensaciones, son sólidas, fijas, o se mueven y danzan en la experiencia presente? ¿Cómo se mueven? ¿Lo hacen rápido o despacio? ¿A dónde van? Síguelas. ¿Da la impresión de que vayan en una dirección determinada, o en todas las direcciones a la vez? ¿Viajan en pequeños círculos, suben y bajan, van de lado a lado, o entran y salen? ¿Tienen bordes afilados, como pequeñas cuchillas, o son más bien blandas, redondeadas, dúctiles?

¿Sientes que son profundas, o superficiales? ¿Tienen distintas texturas o algún diseño que se repita? ¿Son ásperas, suaves, irregulares, tienen protuberancias, pinchan? ¿Vibran, golpean con fuerza, aletean con irregularidad, tiemblan, se ondulan, oscilan, se sacuden, laten o palpitan? ¿Tienen ritmo? ¿Tienen temperatura? ¿Sientes que están ardiendo, calientes, templadas, frías o heladas? ¿Están confinadas en cierta área, constreñidas de algún modo, encerradas, o fluyen libremente, como el agua? ¿Son sensaciones semilíquidas, líquidas, duras, gruesas, descoloridas, viscosas, puntiagudas, delicadas? ¿Hay algún color, forma o sonido asociado a ellas? ¿Son rojas, moradas, anaranjadas, amarillas, verdes? ¿Son negras, blancas o transparentes? ¿Son circulares, cuadradas, triangulares, elípticas o de alguna forma totalmente distinta? ¿Cantan, chillan, emiten un zumbido, o están en silencio? ¿Son tímidas o confiadas? ¿Parecen jóvenes o viejas?

No estés tan seguro de lo que hay aquí; no finjas que lo sabes. Sé siempre un explorador. Entabla siempre una relación íntima con lo que está de verdad presente. Préstales amorosa atención a estas pequeñas olas, a estas pobres olas que se han visto rechazadas, descuidadas, sin hogar y sin amor durante tanto tiempo, y, cuando lo hagas, fíjate en que a todas se les ha permitido estar aquí. Lo que eres ya las ha dejado entrar, por muy extrañas o desagradables que te parezcan. Las sensaciones no son tus enemigas, por muy intensas que sean.

Cuando traspasas la palabra «dolor» —una palabra que arrastra tal bagaje—, ¿qué es lo que encuentras tú, en tu propia experiencia presente? Nunca encuentras un bulto genérico, inmóvil, estático llamado dolor. El dolor nunca es algo que exista en tu cuerpo; está siempre mucho más vivo que eso. La experiencia real es siempre infinitamente más rica que el relato sobre la experiencia. Nunca encuentras una cosa; encuentras una danza de sensaciones, formas, texturas temperaturas del momento presente que, al final, no puedes poner en palabras. Incluso las palabras que antes he usado —«afiladas», «suaves», «cálidas»— son meras descripciones. Quizá parezcan acercarse un poco más a la experiencia real, pero siguen siendo solo descripciones, y ni siquiera ellas pueden captar lo que está sucediendo realmente. Deja que duerman todas las descripciones, y explora a partir de aquí.

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ACEPTACIÓN 18...EL DOLOR Y LA ENFERMEDAD

 UNA vez tuve una conversación con un médico que trabajaba principalmente con personas a las que se les había diagnosticado un cáncer. Pasaba gran parte de su tiempo con gente que a menudo sufría un extremo dolor físico. Me preguntó cómo podía integrar su interés por la curación física de sus pacientes con el deseo que sentía de ayudarles a reconocer quiénes eran realmente, más allá del relato que tenían de sí mismos que los definía como pacientes de cáncer que necesitaban curación. Me confesó que con frecuencia se sentía dividido entre ayudarles a soportar el dolor y querer ayudarles a trascenderlo. Me dijo:

—Mira, Jeff, conozco de sobra todos los conceptos espirituales (que en realidad el dolor no existe, que es una ilusión, que no somos nuestros cuerpos, que no somos nadie, etcétera) pero ¿le sirve realmente de ayuda todo eso a alguien que se ve obligado a soportar un dolor extremo?

El médico había planteado una cuestión muy importante. Todos esos conceptos espirituales (que «no hay un yo», que «no soy el cuerpo», que «el dolor es una ilusión», que «no existe la muerte») encierran una gran belleza; cuando se oyen y se utilizan de la manera correcta, pueden ayudarnos de verdad a volver a la libertad que está siempre presente en medio de cada experiencia, incluso de las más dolorosas.

Sin embargo, también es muy fácil malinterpretarlos y hacer un mal uso de ellos. Se pueden emplear también para negar la realidad de nuestra experiencia presente, y, en ese caso, nos hacen sufrir más todavía. ¡El concepto «no existe el dolor» puede ser simplemente una vía de escape que encuentran los buscadores para evitar sentir el dolor que sienten en el momento! El concepto «este no es mi cuerpo» se puede usar para evitar hacer frente a los pensamientos y sentimientos desagradables que tienen acerca de su cuerpo. El concepto «no hay un yo» o «todo es impersonal» se puede utilizar para negar sentimientos y emociones humanos muy íntimos ¡y personales, que simplemente nos piden que los acojamos profundamente en el espacio impersonal que somos. A este fenómeno consistente en utilizar los conceptos espirituales para negar emociones y sentimientos humanos que nos parecen inaceptables, se le ha llamado con frecuencia «evasiva espiritual».

Y del mismo modo, decirle a alguien que sufre un dolor terrible que «el dolor no existe, que solo hay Unidad» puede ser una manera de invalidar su experiencia del momento presente, aunque lo hagamos con la mejor intención; puede ser un modo de hacerle sentir que «no sabe» y que tu «sí sabes». Decirle este tipo de cosas puede ser de hecho una forma de arrogancia por tu parte.

El lado sombrío de las enseñanzas espirituales es que, con mucha facilidad, la mente puede utilizarles para negar la realidad... ¡y luego negar que está negando la realidad!

La verdadera espiritualidad no tiene nada que ver con esta clase de negación. La verdadera espiritualidad es el fin de la negación; y salimos totalmente del círculo de la negación cuando sencillamente admitimos la verdad de este momento, por muy doloroso que nos resulte admitirla, por mucho que destruya nuestros sueños.

Le dije que cuando hablamos con alguien que sufre un intenso dolor físico, posiblemente lo último que esa persona quiera, o pueda, oír es «no es tu dolor». La verdad es que su dolor, en ese momento, es real para ella, y si queremos encontrar la integridad, la completitud, en la experiencia presente, debemos primero validar y honrar esa experiencia presente, por muy ilusoria que percibamos que es, y, a partir de aquí, seguir avanzando para descubrir qué es realmente verdad. Me encuentro contigo en tu sueño; exploramos el sueño juntos, y finalmente vemos que es un sueño y descubrimos la verdadera naturaleza de la realidad.

Si alguien sufre, limitarnos a decirle que en realidad no está sufriendo, o que el sufrimiento es una ilusión, no pone fin a su sufrimiento. Si sufres, limitarte a creer que eres un «nadie» que ha experimentado el despertar y que, por tanto, no sufres no va a cambiar nada. Recuerda que, aunque en última instancia una ola sea el océano, aún parece ser una ola, y al ignorar o invalidar su apariencia de ola, estás en realidad rechazando al propio océano.

La libertad reside siempre en lo que es verdad ahora mismo; no en lo que pienso que es verdad, ni en lo que me han dicho que es verdad, ni en lo que creo que es verdad, sino en lo que de hecho es verdad en este momento, en esta experiencia presente, en estos pensamientos, en estas sensaciones y estos sentimientos.

La verdadera libertad reside en admitir lo que es verdad. Y lo que es verdad ahora mismo es que el dolor ¡vaya si duele! —ya sea mío o no, ya sea real o nada más que un sueño, ya haya aquí «alguien» que sufre o no haya «nadie», ya haya solamente unidad, «dosidad», «tresidad» o lo que sea—, y ni todas las ingeniosas prestidigitaciones mentales del mundo van a poner fin a ese dolor en este momento.

Intelectualizar el dolor, filosofar o pensar sobre él no le pueden poner fin. Limitarnos a añadir la creencia de que «no eres tu cuerpo» o de que «en realidad no hay nadie aquí» a la experiencia dolorosa no va a hacer que la situación mejore lo más mínimo. Ese tipo de creencias son simplemente otros roles que uno adopta, otras religiones. No estás bien, pero finges que sí lo estás para parecer espiritual o iluminado. Sufres, pero tienes que fingir que no sufres, para poder continuar sosteniendo en alto la imagen de que eres alguien que ha trascendido el sufrimiento. ¡Qué agotador!

No, la libertad de la que hablo no tiene nada que ver con escapar de la vida tal como es, ni de fingir ser algo que no eres. Tiene que ver con una honestidad total, radical, con ver la realidad tal como es, admitiéndola, en ambos sentidos de la palabra.

«Admitir» es una palabra preciosa; significa tanto «decir la verdad» como «dejar entrar». Admitir la experiencia presente —decir la verdad sobre lo que realmente está presente— es reconocer que lo que está presente ya ha sido admitido en la vida. Las olas que aparecen en el presente ya han sido admitidas en el océano, y admitir que existen es la esencia absoluta de esta enseñanza. ¡Despertar consiste solo en admitir quién eres realmente!

La verdadera sanación no radica en escapar del sufrimiento y alcanzar la completitud en algún momento futuro, sino en ver esa completitud aquí, justo ahora, justo en medio del sufrimiento. No debería sorprendernos que en inglés las palabras «completo», whole, y «sanar», heal, tengan la misma raíz. Sanar es redescubrir la completitud aquí y ahora.

Sí, la verdadera sanación nada tiene que ver con escapar del dolor y conseguir una completitud futura; la verdadera sanación, por muy paradójico y contradictorio que suene, está de hecho aquí, en el dolor.

No sanarás «algún día» (esa vuelve a ser la voz del buscador); ya estás sanado. Lo que eres ya está completo, aunque no te des cuenta, al igual que la ola que va y viene en el océano es inseparable del propio océano. Incluso en tu dolor, estás sanado.

Como en el caso de las creencias espirituales a las que antes me refería, estas son palabras muy bellas.

Pero ¿cómo reconocer esa sanación incluso en medio de las experiencias más dolorosas? Porque no basta con creer que ya estamos sanados.

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LA DIFERENCIA ENTRE EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO

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ACEPTACIÓN 17...NO EXISTEN LOS PENSAMIENTOS NEGATIVOS

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Intentamos con todas nuestras fuerzas controlar los pensamientos ¿verdad? Tratamos de tener pensamientos positivos, afectuosos, generosos, compasivos, espirituales, y desterrar los malos pensamientos, loe perversos, destructivos, egoístas, violentos y pecaminosos. Hay pensamientos que consideramos incluso impensables. No debo pensar en matar. No debo tener malos pensamientos sobre las personas a las que quiero. No debo juzgar. No debo pensar en el sexo. No debo pensar en lo que sucederá en el futuro.  No debo tener  pensamientos negativos. No debo pensar demasiado. No debo hacer caso de mis pensamientos. Debo estar iluminado y libre de todo pensamiento.

Intentar controlar los pensamientos – intentar controlar las olas del océano- acabará generando, en última instancia, un inmenso sufrimiento, ya que tal intento está basado en una idea ilusoria de quién eres. Si alguna vez has meditado durante más de cinco segundos, probablemente te hayas dado cuenta de que los pensamientos no están bajo tu control. Ni siquiera puedes saber cual será el pensamiento siguiente, ni hablemos ya de los de mañana. Pero incluso en mitad de los más ruidosos pensamientos hay algo que permanece totalmente en silencio, algo que está profundamente en paz. Es lo que eres. Y lo que eres observa todos esos pensamientos que vienen y van. Permite que todos esos pensamientos vayan y vengan

Ni siquiera tienes la facultad de no pensar en algo. Cuando intentas no pensar en algo, ese pensamiento aparece. El solo hecho de que sepas en qué no deberías pensar, significa que ese pensamiento ya ha aparecido, incluso aunque no quieras admitirlo ante ti mismo ni ante nadie.

Esta es una de las muchas ilusiones con las que vivimos: que somos dueños de nuestros pensamientos. Los pensamientos son impersonales, por más que creamos que nos pertenecen y que hay dos cosas: el pensamiento y el que tiene ese pensamiento, es decir, yo. En realidad no percibes jamás esa división entre pensamiento y pensador; lo único que encuentras es pensamientos que vienen y van en lo que eres. “Yo soy el que piensa” no es más que otro pensamiento.

Esta es la esencia de la verdadera meditación: simplemente relajarse en el vasto espacio en el que los pensamientos vienen y van, y darse cuenta de que los pensamientos no son personales.

A medida que vamos haciéndonos mayores a todos se nos condiciona a creer que ciertos pensamientos son malos, tétricos,, demenciales, enfermizos, pecaminosos y negativos y, lo que es aún más importante, a creer que somos los pensadores de esos pensamientos espantosos. Aprendemos que algunos pensamientos no están bien, y que sencillamente no deberíamos tenerlos, de modo que intentamos con todas nuestras fuerzas desterrarlos, hacer que se vayan.

Tal vez entremos en guerra con nuestros pensamientos debido a otra superstición. Al igual que creemos que, si pensamos algo durante demasiado tiempo o con demasiada intensidad, o sencillamente lo pensamos, nos convertiremos en eso, creemos también: “Si lo pienso se hará realidad. Si lo pienso sucederá. Si lo pienso lo atraeré. Si lo pienso, me convertiré en eso mismo. Si lo pienso, mi padre y mi madre lo descubrirán (o lo descubrirá mi profesora, mi jefe, mi gurú, mi pareja, dios) y me castigarán. Si lo pienso, la gente sabrá que lo estoy pensando, y me juzgarán por ello. Descubrirán quién soy en realidad, y el mundo me rechazará. Me verán como el ser impuro e imperfecto que soy.

Si descubren lo que estoy pensando, no me querrán.

Desterramos las olas de experiencia que no concuerdan con cómo queremos vernos y que nos vean los demás. Y cuando nos empeñamos en mantener una imagen positiva de nosotros, es inevitable que entremos en guerra con lo que percibimos como negativo.

Sin embargo, quien realmente eres no distingue entre pensamientos positivos y negativos; no ve que haya negativo y positivo. Todos los pensamientos tienen permiso para ir y venir en lo que eres.

Cuando surge un pensamiento tal como “no valgo para nada” o “soy un fracaso total”, o incluso uno violento como “odio a mi padre” u “ojalá se muera”, nos entra una especie de pánico: “No debería pensar estas cosas. ¡Madre mía!, ¿de dónde ha salido ese pensamiento? Estoy mal de la cabeza. ¡Pero si soy una buena persona! Quiero a mi padre y lo último que querría es le pase algo así. ¡Ay, dios mío, significa que voy a matarlo de verdad! No puede ser. No soy un asesino ¿verdad?¡Qué horror!, necesito quitarme de la cabeza este pensamiento. Este pensamiento no soy yo. ¡Es un pensamiento macabro!” Nos creemos el pensamiento “no debería haber tenido este pensamiento” y sufrimos.

Tenemos miedo de que pensar en algo acabe por hacerlo realidad, pero, como ya he dicho, esto es solo una superstición. La verdad es que cuanto más permito que un pensamiento aparezca, menos posibilidades hay de que acabe poniéndolo en práctica o haciéndolo cierto; y cuanto más me empeño en ignorar un pensamiento, en reprimirlo, en destruirlo, más entro en guerra con él, más lucho contra mí mismo y mayor sensación tengo de que quizá podría acabar haciendo eso que temo hacer. Cuanto más estoy en guerra en mi interior, más probabilidades hay de que el conflicto se exprese en el mundo.

Nos da miedo permitir que aparezcan los pensamientos más “negativos” porque tememos lo que “dicen de nosotros”, e imaginamos que, sin saber bien cómo, permitirles estar presentes en el espacio que somos significará que se apoderarán de nosotros. Lo que ocurre, de hecho, es todo lo contrario: cuando rechazamos los pensamientos, cuando intentamos escapar de ellos y nos castigamos por tenerlos, tienden a crecer y crecer en tamaño e importancia. La búsqueda, la desesperación por escapar, se vuelve tan intensa que incluso la persona aparentemente más pacífica puede acabar siendo violenta.

Es muy extraño, pero cuando a los pensamientos violentos se les da permiso total para existir en nosotros, la violencia termina. La verdadera paz no está en guerra con la violencia.

El pensamiento positivo se ha convertido en una auténtica obsesión en los últimos años; pero es una táctica que al final no funciona, ya que los “opuestos” siempre aparecen juntos. La mayoría de las veces cuando creemos que estamos “pensando en positivo”, lo que en realidad estamos haciendo es utilizar lo positivo para encubrir lo negativo. ¡Lo negativo sigue estando donde estaba, gruñendo desde abajo, listo para estropearnos toda la diversión en el momento más inesperado!

Podría decirse que al buscar lo positivo, en realidad creamos lo negativo, dado que no puede existir lo uno sin lo otro. El pensar positivo crea, de hecho, un pensar negativo.

Hay quienes dicen que se sienten atacados o invadidos por pensamientos negativos. Recuerda, sin embargo, que no se puede atacar lo que somos, solo la imagen de ello. Así que si alguna vez te parece que un pensamiento es negativo, si alguna vez te sientes atacado personalmente, es señal de que estás defendiendo una imagen de ti. Cuando no defiendes ninguna imagen, todos los pensamientos tienen permiso para aflorar y desvanecerse; entonces ves que todos los pensamientos son verdad…, o. mejor dicho, que en todos los pensamientos hay verdad. Si eres sincero, puedes encontrarlo todo en ti mismo…, y entonces el pensamiento no puede ser tu enemigo. Cada uno de esos pensamientos que consideras “negativos” es en realidad un buen amigo que trata de mostrarte la falsa imagen de ti mismo que sigues intentando defender.

Es casi como si la vida, en su compasión infinita, intentara destruir cualquier imagen falsa que tengas de ti…como si quisiera estar en perfecto equilibrio; quiere lo bello y lo feo, no lo uno y no lo otro; lo quiere todo, puesto que lo es todo. Así que quizá lo que experimentamos como un pensamiento negativo sea simplemente la vida, intentando equilibrarse. Si escuchamos de verdad al sufrimiento, siempre nos muestra aquello con lo que todavía estamos en guerra. Siempre nos muestra lo que buscamos.

¿Qué pensamientos y juicios, procedentes de ti mismo y de otros, te hacen daño? ¿En qué pensamientos percibes negatividad? ¿Puede esa percepción decirte qué imágenes de ti sigues defendiendo en el momento? ¿Qué te hace entrar en guerra para defender una falsa imagen de ti? ¿De qué olas de experiencia intentas protegerte? ¿Qué no permites que entre? Y ¿es posible que reconozcas que a eso que no permites que entre ya se le ha dejado entrar?

Todo sufrimiento, todo conflicto, contiene una invitación a que dejes de identificarte con una imagen y descubras la más profunda aceptación en la experiencia presente.

Ahora sabemos cuáles son los aspectos básicos de la búsqueda.

1-      Al sentir que somos olas que existen separadas en el océano y no darnos cuenta de  nuestra completitud en la experiencia presente, buscamos completitud en el futuro.

2-      El dinero, el sexo, la iluminación, la fama, la belleza… ¿cuál de ellos simboliza para ti el final de la búsqueda? Otorgamos poder a todos estos elementos, pensamos que tienen el poder de completarnos de modo que los mistificamos, los anhelamos, los perseguimos, los adoramos, queremos convertirnos en ellos. Nos hacemos adictos a una completitud futura. Pero no encontramos lo que de verdad vamos buscando hasta que descubrimos quiénes somos en realidad, en el momento presente.

3-      Intentamos escapar de  ciertas experiencias – la fealdad, la debilidad, el fracaso, la impotencia-, de cualquier experiencia que consideremos una amenaza para nuestra completitud. Pero ninguna de ellas lo es. Como las olas del océano, ya se han aceptado profundamente, y lo único que hemos de hacer es reconocer esa aceptación en el momento. Todos los pensamientos y sentimientos tienen permiso para ir y venir en lo que eres.

4-      La aceptación profunda no es algo que tengas que lograr, es lo que eres en esencia. Lo que eres es el espacio abierto en el que se permite a las olas de experiencia ir y venir. Y ese espacio abierto es inseparable de todo lo que aparece en él; es el océano, inseparable de todas sus olas. Esta es la intimidad y el amor que siempre hemos añorado…una intimidad que palpita justo en el corazón de nuestra experiencia presente.

5-      Como espacio abierto que eres, ninguno de los opuestos que aparentemente existen- bueno-malo, sano-enfermo, iluminado-no iluminado- pueden definirte. Escapamos de lo negativo e intentamos alcanzar lo positivo, y a este intento de escapar de la vida lo llamamos “sufrimiento”. Por eso el sufrimiento es siempre una invitación a que descubramos, en el momento, qué es lo que no aceptamos profundamente y a que comprendamos que eso que no queremos aceptar ya se ha aceptado.

6-      Como espacio abierto, lo que eres no es un buscador; eres lo que ve cómo se representa la búsqueda. No eres una entidad incompleta que intenta completarse con el tiempo.. El final de la búsqueda no es algo que el buscador vaya a encontrar en el futuro. Tú eres el final de la búsqueda, ahora. Tú eres lo que buscas, en este momento.

No puedes encontrarte a ti mismo ni en el pasado ni en el futuro. El único lugar donde puedes encontrarte es en el ahora. Ser un buscador significa que necesitas un futuro. Y si eso es lo que crees, se convierte para ti en una verdad: necesitarás tiempo para darte cuenta de que no necesitas tiempo para ser quien eres.- Eckhart Tolle.

 

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