EL MATERIAL DE ÉSTE ESPACIO ES TIPEADO DIRECTAMENTE DE LOS LIBROS DE JEFF FOSTER

ACEPTACIÓN 27...ADOPTAR LA PERSPECTIVA DEL OTRO

 

SI pudiera,

haría un trato con Dios

y le pediría que nos cambiáramos de sitio...

 Kate Bush,

 

Un hombre que había estado sentado en silencio en primera fila durante uno de los encuentros que organizo, al final de la sesión, cuando todo el mundo se iba ya a casa, se me acercó. Tenía la cara encendida, sudaba profusamente y temblaba de rabia. Con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, y sin pestañear, se acercó hasta estar a unos centímetros de mi cara y me espetó, en términos inequívocos, que era un farsante, un impostor, un fraude y un mentiroso; que era peligroso, que estaba confundiendo a la gente, y que más me valía despertar de inmediato, o de lo contrario... Me dijo que yo era responsable de todo el mal del mundo, que era la reencarnación de Hitler, que tenía que asumir toda la responsabilidad de lo que le había hecho al mundo. Me dijo que él estaba plenamente iluminado y había venido a despertarme, y que lo único que tenía que hacer era someterme a él. Era mi última oportunidad de despertar, me advirtió.

—Has soñado con este momento, ¿a que sí, Jeff? Me tienes miedo, ¿verdad? —profirió.

Bueno, ya puedes imaginarte lo fácil que habría sido decirle que todo aquello era un disparate, que estaba loco, hacer que lo sacaran de la sala, devolverle el ataque, adoptar el papel de gurú y hacer alarde de mi fuerza y mi superioridad, demostrarle mi elevado nivel de evolución espiritual. En respuesta a aquella clase de ira, a aquella clase de amenaza, habría sido tentador rechazarle totalmente, ya que él había rechazado todo lo que guardaba relación conmigo —toda mi enseñanza, mi existencia entera—; y no solo eso, ¡sino que además había venido a salvarme de mí mismo y pretendía que me sometiera a él!

Pero estaba decidido a relacionarme con él de una manera profundamente humana. ¿Había venido, de verdad, solo para atacarme, o sucedía algo aparte de eso? A pesar de todo lo que me había dicho, yo quería hallar el lugar donde pudiéramos encontramos. Como el vasto océano de consciencia que soy, en el que todas las olas se han aceptado ya, siempre hay un lugar donde puedo encontrarme con otra persona más allá del relato, incluso aunque ese lugar parezca estar muy lejos. ¿Dónde podía encontrarme con ese hombre? ¿Cómo podía ver a través de sus ojos, cuando sus ojos parecían verlo todo de una manera tan distorsionada?

Fui sincero con él. Le dije que no, que no le tenía miedo, pero que no me interesaba lo más mínimo participar en su concurso de miradas desafiantes. (No parpadeó ni una sola vez, e interpretó que mi parpadeo era indicio de miedo, clara señal de que no estaba iluminado, a diferencia de él.) Le expliqué que había malinterpretado mi mensaje; que yo no había dicho simplemente que «solo hay Unidad» o que «no hay personas» en el sentido en que él lo había entendido. Y no, no había soñado con él, pero me interesaba escuchar lo que tuviera que decir. Le insinué que no sentía la necesidad de despertar, y que no estaba confundiendo a la gente, pero que tenía verdaderas ganas de entender por qué estaba tan furioso conmigo. Yo también me había enfurecido tiempo atrás con algunos maestros espirituales, y por eso entendía su ira. Tal vez pudiéramos encontrarnos ahí. Intenté adoptar su postura, ver a través de sus ojos, para averiguar cómo había llegado a aquellas conclusiones. Quería ver más allá de su actuación de «gurú iluminado» y averiguar qué era lo que realmente estaba viviendo aquel hombre. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería en realidad? ¿Qué era lo que de verdad anhelaba?

Le animé a que me lo explicara, a que hablara claro sobre lo que le ocurría, y le di respuestas sinceras, que no eran un ataque a su persona, sino afirmaciones tranquilas y firmes sobre mi experiencia. No presumía de saber nada sobre la suya; solo podía hablar de la mía. Nunca podemos conocer de verdad la experiencia de otro. Y mientras estaba allí, hablando con él, intentando hallar un lugar donde pudiéramos encontrarnos de verdad, ocurrió algo extraño. Como no le estaba rechazando, ni encerrándome en mí mismo, ni reaccionando a su ira; como no le tenía miedo; como simplemente estaba siendo yo mismo en el verdadero sentido de la palabra, reconociendo la aceptación más profunda en mi propia experiencia, empezó a relajarse un poco. No se había encontrado con un ataque, sino con entendimiento, y comenzó a bajar un poco la guardia.

Mientras hablábamos, comprendí que no había venido a atacarme en modo alguno. Había venido a intentar convencerme, a hacerme coincidir con sus opiniones..., había venido a que alguien le escuchara. Tuve la sensación de que era un hombre al que nadie escuchaba, aunque hacía todo el ruido posible (suele ser así). Su argumento, que exponía dando todos los rodeos imaginables, era que las enseñanzas de Unidad se prestaban a que muchos las utilizaran como excusa para dejar de asumir la responsabilidad de sus vidas. La idea de que «no hay individuos» le parecía falsa, pues veía un mundo en el que la gente sufría, y no estaba dispuesto a permitir que nadie negara esa realidad relativa. No quería que la gente trascendiera el mundo; quería que formaran parte de él, que se comprometieran plenamente con él, en vez de escapar a la espiritualidad, y había conseguido despertar a muchos de su sueño de trascendencia. Había dado por hecho que yo no era más que otro maestro de Advaita que negaba la realidad relativa...; quizá a eso se refería cuando me llamó «Hitler»; pensó que me consideraba superior, que creía estar por encima del resto de la humanidad, ¡y llamarme «Hitler» fue una ingeniosa manera de querer hacerme bajar a tierra! A medida que iba explicándole cuál era mi postura, a medida que le iba haciendo preguntas sobre sí mismo, a medida que le escuchaba y que encontraba puntos en los que realmente estaba de acuerdo con él, o al menos veía la verdad que había en lo que él decía, se fue relajando. Yo no tenía nada que defender. Y su cuerpo entero se empezó a aflojar.

Sí, estoy de acuerdo en que la no dualidad puede utilizarse fácilmente para negar la realidad relativa. Sí, en un determinado nivel, la responsabilidad personal es muy importante. Sí, soy un ser humano igual que tú. Sí, estoy de acuerdo, es importante no inducir a error a la gente. Sí, entiendo que sería un fraude si intentara dar la imagen de que soy un maestro espiritual que tiene todas las respuestas.

Fue muy extraño. Me encontré coincidiendo con él en algunas cuestiones..., con un hombre que solo diez minutos antes me había llamado «demonio» y que había rechazado mi mensaje entero. Se fue tranquilizando cada vez más. Me pidió un poco de agua; tenía la boca seca. Le alargué mi vaso. Parecía un niño pequeño, perdido. Estuvimos un rato sentados en silencio. A continuación empezó a sincerarse sobre su vida, a revelarme detalles personales. ¡Me dijo que era su misión en la vida visitar a todos los maestros de la no dualidad del planeta (y a mí me consideraba uno de ellos) y despertarlos a todos! Me contó que yo era el primero que no le había insultado verbalmente o expulsado de la sala. Me pareció gracioso, incluso enternecedor, que ese hombre se pasara la vida intentando despertar a los maestros de la no dualidad del sueño de la no dualidad. Sentí cierto respeto por el rebelde que había en él, ya que era algo que encontraba en mí mismo. Incluso nos echamos unas risas juntos, nosotros los rebeldes.

Cuando ya se iba, no sé por qué, tuve ganas de darle un abrazo. Me previno:

—No me abraces, Jeff. Es peligroso.

De repente vi a un niño pequeño al que nadie abrazaba nunca y que había llegado a la conclusión de que debía de ser una persona peligrosa e inabrazable. Lo abracé de todas maneras. En mi experiencia, abrazar nunca es peligroso.

Sentí compasión por aquel hombre, que tenía algo muy inteligente e incluso importante que decir, pero no sabía cómo decirlo sin recurrir a las amenazas y esconderse detrás de una imagen de gurú iluminado. Creía que su deber era representar el papel de salvador de la humanidad y, al hacerlo, ahuyentaba a todo el mundo, en vez de relacionarse con la gente a nivel humano, de hablar con los demás, de dejar que entrasen en su vida y de exponer lo que pensaba de un modo que la gente pudiera entenderlo. ¡Pero eso habría sido demasiado íntimo, demasiado sincero, demasiado humano, demasiado veraz, demasiado peligroso! Encontrarse con otros en la intimidad habría destruido todas sus imágenes de sí mismo. Eso también lo puedo entender; yo también viví en ese lugar de miedo, desconexión y superioridad espiritual.

Estaba claro que él era su peor enemigo. Anhelaba que le escucharan —y, por debajo de eso, que le amaran, como nos sucede a todos—, pero la manera en que se comunicaba hacía que fuera prácticamente imposible que la gente le escuchara, le quisiera o incluso tolerara estar en la misma sala que él. A consecuencia de su ineptitud para comunicarse, le habían rechazado una y otra vez algunos de los maestros más «iluminados» del mundo. Yo me negué a entrar en su juego (de todas formas, rechazarle habría sido rechazar una parte de mí) y, en lugar de eso, me encontré con el ser humano que había detrás de la máscara.

No cuento esta historia para demostrar que soy un santo. Estoy muy lejos de eso. Quería mostrar cómo es posible hallar un terreno común incluso en los encuentros más temibles e intimidantes y hostiles, y cómo es posible encontrarse de verdad con aquellos que te rechazan (que hacen peligrar tu imagen de ti mismo) en todos los sentidos. Porque me reconozco como el espacio de consciencia plenamente abierto en el que todas las imágenes y sentimientos tienen permiso para entrar y salir; porque no intento dar una imagen de gurú no dualista ni de maestro que tenga todas las respuestas; porque sé que la incertidumbre, la duda e incluso el fracaso están profundamente aceptados en mi experiencia, no sentí la necesidad de defenderme de su ataque a los maestros no dualistas. Y como, por tanto, le prestaba atención desde más allá de cualquier imagen, era libre de escuchar lo que de verdad decía; y, lo que es más, era libre de encontrar la verdad en sus palabras.

No estaba de acuerdo con todo lo que me decía, en absoluto, ni apruebo de ningún modo la manera en que se dirige a la gente ni sus amenazas violentas, y quizá pediría que no se le permitiera entrar en ninguna de las reuniones que organice en el futuro; puede que esa fuera la medida más inteligente, y más compasiva —desde este lugar de profunda aceptación, siempre somos libres de adoptar medidas prácticas para resolver una situación de modo inteligente—. Pero esa no es la cuestión; la cuestión es que, a pesar de todo, hallamos un lugar donde encontrarnos. No se fue como un enemigo; nuestro encuentro terminó de una manera limpia..., no quedó nada por resolver. Encontramos nuestra inseparabilidad; encontramos el lugar donde no estábamos en guerra. Le encontré en mí.

Cuando de verdad escuchas a alguien, cuando de verdad escuchas su perspectiva, su punto de vista, las palabras que expresan su experiencia de la vida, su relato sobre lo que ha percibido en su mundo, siempre puedes descubrir alguna verdad en lo que dice, por muy provocadoras, intimidatorias, extrañas, extremas o absurdas que parezcan sus opiniones en un principio. No significa que estés de acuerdo con ellas. No significa que apruebes su comportamiento. No significa que ese alguien sea ahora tu mejor amigo y que salgáis los dos juntos a tomar cervezas cada fin de semana. Significa simplemente que encuentras un atisbo de verdad en lo que dice, y eso, en el momento, es el final del conflicto psicológico. Nunca he conocido a nadie con quien no pudiera encontrarme en algún nivel, por muy en desacuerdo que estuviera con lo que esa persona decía, por mucho que su intención fuera destruirme (al personaje del relato de «mí»). Cuando reconozco quién soy realmente, veo que no hay pensamiento, sentimiento ni emoción que sean ajenos a mí en el nivel más profundo, así como no hay ola que sea ajena al océano; y por eso siempre hay un lugar donde conectar, incluso con aquellos que parecen estar totalmente fuera de nuestro alcance. Como dice Ken Wilber: «Nadie es capaz de producir el cien por cien de errores; nadie es lo bastante listo como para equivocarse todo el tiempo».

No hay ningún pensamiento que puedas tener que yo no pueda. No hay nada que puedas sentir que yo no pueda. Fundamentalmente, no eres distinto de mí; no es posible. La totalidad de la consciencia humana pasa por nosotros, así que siempre podemos encontrarnos en algún lugar..., aunque se tarde un rato en dar con él.

Mira, de una manera muy misteriosa, tus pensamientos son mis pensamientos; tus sentimientos son mis sentimientos. Cualquier pensamiento y cualquier sentimiento forman parte del río de la consciencia humana que fluye a través del espacio abierto que soy, que eres. Por eso, ningún aspecto de la consciencia humana es inalcanzable, ajeno ni inhumano. Si eres un ser humano, puedo conectar contigo en algún lugar, incluso aunque cueste en un principio dar con ese lugar de encuentro donde podamos conectar, ese lugar donde ya no estemos en guerra. Incluso aunque suponga tener que acceder a partes de mí mismo que preferiría desterrar.

Esto es lo que en realidad significa encontrar un terreno común con alguien. El terreno que nos es común es el terreno de la percepción consciente. Nos encontramos en él y compartimos nuestras perspectivas. Ahí, en ese lugar, no hay necesidad de coincidir ni discrepar; solo hay que escuchar, ver y sentir la verdad que hay en lo que la otra persona dice..., aunque, al final, no estés de acuerdo con ella. Me encanta lo que dijo Voltaire: «No apruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».

El final de la guerra siempre reside en encontrar un terreno común: el terreno de la consciencia.

Y ¿quién sabe? Quizá hasta aprenda algo de aquel a quien antes consideré mi enemigo. Mi enemigo puede ser mi mejor maestro, pues, al provocar en mí el malestar, me pone también en contacto con la imagen de mí que todavía defiendo. En otras palabras, me muestra con qué partes de mi experiencia estoy todavía en guerra. Me muestra las olas a las que todavía no permito entrar en mi océano. Me refleja al enemigo que hay dentro de mí; por así decirlo, las partes de mi experiencia que he convertido en enemigas mías por no haber sabido ver su completitud inherente. El es el mejor maestro, que alumbra las olas que he rechazado, aunque probablemente no se dé cuenta.

Mi enemigo me despierta del sueño de la identificación con la imagen.

Ahora bien, aceptar profundamente la experiencia de otro no significa que debas convertirte en una persona fácil de convencer. Oigo desde aquí las objeciones: «Dice Jeff Foster que deberíamos estar de acuerdo con todo el mundo, darle la razón a todo el mundo, digan lo que digan. ¡Pero eso conduciría al caos y la destrucción!». No, no es eso en absoluto lo que quiero decir. La aceptación de la que hablo no significa creer siempre que estás equivocado y darles la razón a los demás. Aceptación profunda no equivale a pasividad; no significa ni ocultar tu punto de vista ni fingir que no lo tienes, para parecer amable o espiritual, o no parecer crítico. (¡El mayor juicio es juzgar que todos los juicios son malos!) Desde este lugar de profunda aceptación, puedo responder a tu experiencia con autenticidad y con pasión. Pero mi respuesta no proviene del lugar que piensa: «¡Cómo te atreves a decir o a pensar eso!»; no proviene ya del lugar donde te retiro mi afecto, donde mentalmente te castigo por pensar o sentir lo que piensas o sientes, donde ya he decidido que estás equivocado. No es ya una reacción, una defensa automática de una imagen de mí que siento amenazada. Es una respuesta en el verdadero sentido de la palabra. Simplemente respondo a este momento tal como aparece, a la vida tal como es, y no a la vida como pensaba o confiaba en que sería. Respondo a lo que realmente está ocurriendo ahora desde un lugar de profunda aceptación y sin buscar nada con esa respuesta. Esto es verdadera responsabilidad, habilidad de responder..., habilidad de responder desde más allá de la imagen. El final del conflicto reside, no en reaccionar, sino en esta responsabilidad total, que aflora cuando descubrimos la más profunda aceptación en este momento.

«Ama a tus enemigos», como dijo Jesús. En otras palabras: deja que tu enemigo te despierte, antes que nada, del sueño de que tienes un enemigo. Pídele a tu enemigo que te muestre la falsa imagen de ti que todavía defiendes.

Continuaremos con...EL PERDÓN DEL MAL

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Comentarios

  • Infinitas gracias Tahíta. Muy hermoso
    Bendiciones

  • Mil Gracias

  • Muchas gracias 

  • Aceptación profunda...Gracias :)

  • Gracias

  • Gracias!!!

  • Gracias! Resuena:

    La aceptación de la que hablo no significa creer siempre que estás equivocado y darles la razón a los demás. Aceptación profunda no equivale a pasividad; no significa ni ocultar tu punto de vista ni fingir que no lo tienes, para parecer amable o espiritual, o no parecer crítico. (¡El mayor juicio es juzgar que todos los juicios son malos!) Desde este lugar de profunda aceptación, puedo responder a tu experiencia con autenticidad y con pasión.

  • Maravillosa experiencia que me lleva a estar mas atenta de lo que yo doy. Gracias.Smile.gif

  • Gracias. " ...Simplemente respondo a este momento tal como aparece, a la vida tal como es, y no a la vida como pensaba o confiaba en que sería. Respondo a lo que realmente está ocurriendo ahora desde un lugar de profunda aceptación y sin buscar nada con esa respuesta..."

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