EL MATERIAL DE ÉSTE ESPACIO ES TIPEADO DIRECTAMENTE DE LOS LIBROS DE JEFF FOSTER

ACEPTACIÓN 30…Decir la verdad de este momento

 

Ahora estamos en condiciones de examinar con más detalle el aspecto que tiene una comunicación sincera, y lo sencilla que es cuando ya no buscas algo..., es decir, cuando has descubierto la profunda aceptación que hay en el momento y, por tanto, ya no esperas aceptación, validación o amor de otra persona. La comunicación sincera es lo más sencillo del mundo cuando estás dispuesto a ser un buscador fracasado..., cuando estás dispuesto a experimentarlo todo en este momento; cuando estás dispuesto a permitir profundamente todas las olas que aparezcan ahora mismo, por muy incómodas que sean; cuando estás dispuesto a sacrificar la relación (sobre la que versa el relato de la relación) y a relacionarte de verdad en el momento; cuando estás dispuesto a desprenderte de la imagen y a ser quien realmente eres.

Conocí una vez a una mujer que me contó que su marido estaba bastante enfermo, y, aunque ella le quería mucho y su marido le importaba de verdad, no estaba segura de si quería seguir siendo su esposa, después de que él le hubiera sido infiel durante muchos años. La enfermedad le producía ahora unos dolores terribles y ella sentía una profunda compasión por él, pero, a otro nivel, sentía también que las cosas no podían seguir como hasta entonces en lo que a su relación romántica se refería. Se sentía muy confundida con respecto a qué hacer. Estaba dividida entre la bondad y la sinceridad. No quería hacerle daño a su esposo, pero, a la vez, no podía continuar ocultando cómo se sentía. Se pasaba las noches en vela intentando tomar una decisión.

La mujer había sido una buscadora espiritual toda su vida, y una de las cosas que había «aprendido» en el camino espiritual era la importancia que tenía aceptarlo todo. Así que procuraba desesperadamente aceptar a su marido tal como era, incluidas sus infidelidades, pero no podía, por más que lo intentara. Sentía una ira tremenda por la forma en que la había tratado durante tantos años. A un nivel más profundo, se sentía herida, traicionada, y no sentía que él la amara (mucho de nuestro dolor es simplemente una variación de no sentirnos amados). Hacía muchos años que había puesto su vida en suspenso, esperando a que él la amara, esperando a que la aceptara, esperando a que él le pidiera perdón desde lo más hondo y se transformara y fuera la persona que ella siempre había querido que fuera. Llevaba toda su vida viviendo con un sueño de él, viviendo en la esperanza, y aquel sueño esperanzado se estaba muriendo.

La verdad era que, en este momento, a pesar de toda la comprensión espiritual lograda a lo largo de los años, no podía aceptar a su marido, y esta imposibilidad de aceptarle era un durísimo golpe para su identidad espiritual. Como buscadora espiritual veterana, se sentía auténticamente mal consigo misma por no haber sido capaz de aceptar la situación. ¿Cómo era posible? Ni se había aceptado a sí misma ni había aceptado a su marido. Era una buscadora fracasada, y ese fracaso era muy difícil de admitir. Cuando vino a verme, estaba al borde de un colapso nervioso.

La aceptación que de verdad buscaba no iba a llegarle intentando aceptar (eso llevaba años haciéndolo) ni buscando la aceptación de su marido (podía tener que esperar el resto de su vida, para eso). La aceptación que de verdad buscaba era la más profunda aceptación..., la aceptación que ella era en esencia, el espacio de consciencia plenamente abierto en el que ya se han aceptado todos los pensamientos y sentimientos en su ir y venir. Lo que le pedía a su marido, él nunca se lo había podido dar, y, como no se lo había dado, la frustración, la rabia y la decepción que sentía hacia él habían alcanzado niveles insoportables.

La pregunta que tienes que hacerte a ti mismo es siempre: ¿cuál es mi verdad en este momento? Dicho de otro modo: ¿qué pienso y siento realmente ahora mismo? ¿Puedo simplemente admitir lo que aparece en la experiencia presente? ¿Puedo empezar, al menos, a admitir estos pensamientos, estas sensaciones, estos sentimientos, por mucho que no los quiera admitir, por mucho que hagan peligrar la imagen que tengo de mí? ¿Puede considerarse entonces que lo que admita ya está admitido en la experiencia presente? ¿Es posible simplemente percibir, ahora mismo, que estas olas ya se han admitido en el océano..., que lo que soy ya ha dicho sí a este momento, que la aceptación que busco ya está aquí?

Si de verdad he de aceptar este momento, como muchas enseñanzas espirituales me dicen que haga, debo aceptar todo —sencillamente todo— lo que aparece justo ahora. Y en ese «todo» podría estar incluida cualquier resistencia a aceptar o no aceptación que aparezca justo ahora. Desde el punto de vista del océano, todas las olas están aceptadas, incluidas las que no nos gustan o no queremos en este momento. La aceptación no tiene por qué ir acompañada de una sensación bonita o tener una apariencia agradable. La verdadera aceptación va más allá de todas las ideas que tengamos sobre la apariencia que debería tener. La verdadera aceptación es lo que eres en esencia; es eso que permite que este momento sea exactamente como es. Lo que eres acepta incluso lo inaceptable. Es una aceptación radical.

Recuerda:

 Admitir lo que aparece en la experiencia presente —es decir,; percibir simplemente y sin ningún esfuerzo que estos pensamientos, estas sensaciones, estos sentimientos están presentes aquí y ahora— es percibir que lo que eres ya ha admitido estos pensamientos, sentimientos y sensaciones aquí, en este momento, ¡incluso aunque no quieras admitirlos porque ponen en peligro una imagen de ti.

 Así que, en este momento, ¿cuál es mi verdad? Mi verdad es que no puedo aceptar este momento. Lo admito, aunque haga peligrar la imagen que tengo de mí mismo. Pienso que debería ser capaz de aceptarlo; sé que las enseñanzas espirituales me dicen que lo acepte, pero mi verdad, en este momento, es que no lo puedo aceptar. Eso es lo que es. Debo decir la verdad. Debo admitir que no lo acepto.

En este momento, soy incapaz de aceptar a mi marido, a mi esposa, a mi amigo, a mi jefe, a mi madre, a mi padre, a mi gurú. En este momento, soy incapaz de aceptar su comportamiento, lo que me han dicho, lo que me han hecho. En este momento, soy incapaz de aceptarlos como son. Quizá mañana pueda hacerlo. Quizá el año que viene. Quizá nunca. No lo sé. Lo único que sé es que, ahora mismo, no los puedo aceptar. Admito la verdad acerca de este momento. Admito lo que es.

La verdadera libertad llega cuando me doy cuenta de que esa imposibilidad mía de aceptarlos en el presente es totalmente aceptable para la vida, en este momento. Admito que no los puedo aceptar (o que no puedo aceptar el dolor, el miedo, la tristeza, la ira, el aburrimiento o lo que quiera que aparezca ahora) y descubro que mi falta de aceptación esta ya admitida en la experiencia presente. Es lo que es, y la vida lo acoge en este momento. Esa es la verdadera aceptación que he estado buscando..., una aceptación que es más profunda que ninguna otra que tu pudieras ofrecerme, más profunda que ninguna otra que pudiera encontrar en el mundo del tiempo y el espacio.

Cuando dejo de buscar tu aceptación, ¿qué miedo puedo tener a ser sincera contigo? No voy a perder la aceptación. Incluso aunque rechaces lo que digo, incluso aunque no estés en condiciones de escucharlo ahora mismo, incluso aunque discrepes totalmente, no voy a perder esta aceptación. Esta aceptación seguirá estando aquí incluso aunque sienta que me rechazas de la manera que sea. Me sostiene, siempre, aun en medio del conflicto.

Y, una vez que he reconocido que lo que soy ha aceptado totalmente mi verdad, en esta admisión total de la experiencia presente ahora soy libre de decírtela a ti sin miedo. Mi verdad tal vez te resulte difícil de escuchar, pero es mi verdad, y no puedo disculparme por ella. No puedo pedirte perdón por las olas que ya se han aceptado profundamente en este océano. Esta profunda aceptación no está bajo mi control. No tengo control sobre el océano.

Así que la mujer quizá se encontrara diciéndole a su marido algo parecido a: «Me entristece verte soportar tanto dolor. Te quiero de verdad. Pero, ahora mismo, no puedo aceptar nuestra relación tal como es». Sería una declaración sincera, imbuida de amor y de fuerza, hecha sin miedo. Sería una declaración de hecho; no una amenaza, ni un insulto, ni un intento de manipularle, puesto que no tendría miedo de perder la aceptación.

Una vez que ves lo que está sucediendo en tu experiencia, una vez que ves la búsqueda que está teniendo lugar y eres sincero contigo mismo acerca de ella, la comunicación fluye, sin esfuerzo. Ya no hay necesidad alguna de buscar la manera de comunicarse. Comunicarse es ahora tan sencillo como decir lo que ves; es decir la verdad sobre lo que realmente está ocurriendo desde tu perspectiva, en tu experiencia..., sin ninguna expectativa. ¿Podría haber algo más simple? La comunicación clara y sincera fluye con naturalidad cuando descubrimos la profunda aceptación de la experiencia presente.

Le pregunté a la mujer:

—¿Qué le dirías a tu marido si ya no tuvieras miedo de su respuesta..., o ya no intentaras manipularle ni esperaras que te aceptase, que te amase y ni tan siquiera que te pidiese perdón?

Me dijo que, a pesar del gran amor que sentía por él, no podía negar tampoco que tenía un deseo imperioso de hacerle daño, de castigarle de alguna manera por lo que le había hecho. Por debajo de eso, sentía una profunda tristeza y decepción..., por no haber sido el marido que ella esperaba, porque no hubiera sido el hombre capaz de completarla, por no haber podido controlar lo que sentía por ella. Y en lo más hondo, había una sensación de pérdida y un sentimiento de indefensión ante la vida, como nos sucede a todos cuando nos sentamos el tiempo suficiente con nuestro sufrimiento y le dejamos que nos revele sus secretos.

Sin la más profunda aceptación de su experiencia presente, se había identificado rápidamente con «la mujer rechazada», «la mujer indefensa» o «la esposa fracasada» y había entrado en guerra con su marido. Pero, en la más profunda aceptación, ya no había necesidad de ninguno de estos relatos. La aceptación profunda siempre destruye los relatos falsos que nos contamos. Ahora estaban plenamente acogidos el dolor, la tristeza, el desengaño, la indefensión. Estaban admitidos todos.

Admitir estos sentimientos no le parecía muy espiritual, ni muestra de amor ni de amabilidad, y destruía la imagen de persona espiritualmente evolucionada que esta mujer tenía de sí misma. Pero era su verdad, en aquel momento. Cuando nos desprendemos de todas las ideas sobre el aspecto exterior que debería tener este momento o cómo debería hacer que nos sintiéramos, somos libres de admitir la verdad. Es la verdad la que nos libera de la carga de vivir respondiendo a una imagen. La comunicación es entonces tan sencilla como poner en palabras este momento presente: «Ahora mismo, me siento triste y desilusionada, contigo y conmigo. No puedo negar que siento cierta rabia también. Sé que no quiero hacerte daño, pero no puedo negar que esa rabia está en mí. A la vez, me entristece que padezcas tanto dolor en este momento, y me entristece que nuestra relación no haya funcionado como yo había esperado y soñado. Pero todavía siento por ti un gran amor en este momento. No te pido que cambies; de verdad que no. Solo quería ser sincera contigo sobre cómo me siento hoy. Quiero dejar de fingir que soy algo que no soy. Me he pasado años esperando que me dieras algo que nunca habrías podido darme».

Puede que no parezca demasiado bondadoso hablarle así a alguien, pero esta mujer había llegado a un punto en que las cosas no podían seguir como estaban, y no podía esperar a que fuera su marido el que cambiara. Todo estaba estancado; los sentimientos se habían ido amontonando en su interior, y la única manera de abrirse paso era siendo totalmente sincera. Lo único que la mujer iba a hacer era decirlo todo, sin disculpas ni expectativas. Lo único que iba a hacer era admitir la verdad del momento. El incondicional que eres permite que haya una expresión clara y sincera del no.

No puedo pensar en ninguna situación donde la sinceridad no vaya a abrir paso a una relación más auténtica, más real. Incluso aunque la sinceridad tenga como consecuencia cambios que, de entrada, resulten difíciles, aunque parezca cruel y aunque desestabilice el statu quo y altere los patrones de conducta acostumbrados, ser sincero de la manera que he descrito nunca puede ser una equivocación.

Diciendo: «Te quiero, y no puedo aceptarte ahora mismo», esta mujer no intentaría conseguir la aceptación, la aprobación, el amor de su marido. No se contendría ni atacaría por miedo a perder su amor o su aceptación. No fingiría que todo estaba bien solo para mantener su imagen de persona iluminada o espiritual. Lo único que haría sería exponer, sincera y auténticamente, todo lo que aparecía en ese momento en el espacio que era. Sería real..., todo lo real que un ser humano puede ser en el momento.

De este modo, la sinceridad despiadada pasa a ser en sí misma expresión de amor. La sinceridad despiadada nunca es una amenaza para el amor...: es amor. Si el amor puede peligrar por una sinceridad auténtica y afectuosa como esta, no es la clase de amor que de verdad anhelas: «No digo esto para hacerte daño, sino porque te quiero, y quiero ser sincera contigo. Si no me importaras, no sería tan despiadadamente sincera como estoy siendo. No sé lo que va a pasar a partir de ahora. No tengo respuestas. No sé lo que deberíamos hacer. De verdad que no lo sé. Pero estoy abierta a explorarlo contigo».

¿Te das cuenta de que no conlleva ningún esfuerzo esta admisión de la experiencia presente? No hay ningún relato que necesite mantener, ninguna imagen de mí mismo que necesite defender, ningún discurso que necesite preparar. Cuando digo la verdad así, no puedo «equivocarme». Es la expresión natural de lo que está ocurriendo en el océano que soy. Es un simple informe sobre las olas que ya están presentes, expuesto sin la esperanza de obtener ningún resultado en particular.

Comunicarse es fácil, pero, como vamos buscando algo, parece infinitamente difícil.

Por eso siempre digo que no hay ninguna fórmula de cómo comunicarse. La comunicación clara y sincera fluye sin esfuerzo de un lugar de profunda aceptación. Cuando no buscas ni amor, ni aceptación, ni aprobación, puedes permitirte el lujo de decir la verdad de este momento, que es la verdad que eres. No supone ningún riesgo. Empiezas a comprender que el verdadero riesgo está en no decir la verdad: te arriesgas a vivir una vida de falsedad, de contención, de desconexión y de desesperación silenciosa. Vives siendo una imagen, y te sientes lejos de la persona a la que amas.

Qué peso tan enorme es tener que cargar con todos estos relatos de nosotros mismos, manipular a la gente para conseguir lo que queremos, entrar en juegos de poder, batallar el uno contra el otro por la completud..., por una completud que nunca llega. Qué agotador es no perdonar. Mucho de nuestro sufrimiento se debe a la falta de sinceridad y autenticidad en nuestras relaciones: a no decir lo que nos gustaría decir, a no expresar lo que de verdad sentimos, a no manifestar lo que realmente queremos, y a tejer cuentos astutos e intrincados para ganarnos a las personas e impedir que nos abandonen. Es un peso tan grande que llevar a cuestas, esta escisión que divide nuestra existencia en un yo público y un yo privado, para ganarme tu favor. Es una comedia constante, un rol que me cuesta un esfuerzo inmenso mantener.

El verdadero significado de la palabra «culpa» es «carga» o «deuda». Cuando buscas algo de alguien y, para obtenerlo, no le dices la verdad sobre tu experiencia presente, en cierto nivel te sientes culpable. En otras palabras, sabes que algún día tu engaño se descubrirá. Metafóricamente hablando, la deuda que tienes se habrá de saldar. De niño y de joven, era tan falso en mis relaciones, había tal abismo entre mi yo público y mi yo privado que a veces solía sentir náuseas el día entero. Me aterraba que me descubrieran. Me sentía, literalmente, culpable, a pesar de no haber hecho nada «malo».

Actualmente, como ya no busco nada de los demás, soy totalmente libre de ser sincero con ellos. ¡Constituye tal alivio vivir sin culpa! Porque me amo a mí mismo —es decir, porque veo que la vida permite y acoge todos los aspectos de mi experiencia—, puedo comunicarte esa experiencia con sinceridad y sin miedo a que me rechaces, sin miedo a perder el amor. Así que puedo amarte y estar conectado, incluso cuando no estemos de acuerdo, incluso cuando lo que dices o haces me haga daño.

La sinceridad es conexión. Cuando soy verdaderamente sincero contigo, cuando te digo realmente la verdad y no vivo contigo siendo solo una fachada, ya no me siento desconectado de ti y, por tanto, ya no anhelo estar conectado contigo en el futuro, ni temo perder esa conexión, porque me doy cuenta de que en este lugar de aceptación profunda siempre estoy ya conectado contigo.

Aquí, en la aceptación profunda, no necesitamos intentar conectar a través del relato de nuestra relación, pues ya estamos conectados, más allá de ese relato.

 

Continuaremos con… ESCUCHAR LA VERDAD DE LOS DEMÁS

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