EL MATERIAL DE ÉSTE ESPACIO ES TIPEADO DIRECTAMENTE DE LOS LIBROS DE JEFF FOSTER

ACEPTACIÓN 31…ESCUCHAR LA VERDAD DE LOS DEMÁS

 

A veces alguien se me acerca y me dice:

—Jeff, entiendo de verdad lo que dices; todo tiene que ver con estar presente con lo que es y admitir sencillamente lo que es verdad. Pero hay ocasiones, por ejemplo cuando alguien es desagradable conmigo, o un compañero de trabajo me critica, o mi pareja se queja de algo que he hecho, en que todo se derrumba, y se me olvida cómo permitir el momento presente y me vuelvo a quedar atrapado en el sueño, en la búsqueda.

La belleza de los demás es que no podemos controlarlos.

Por muy sinceros, por muy generosos, cariñosos, comprensivos o cooperativos que seamos, por muy iluminados que creamos estar o muy profundamente enraizados en la aceptación que parezca que estamos, la gente se incomoda con nosotros. Se siguen enfadando; siguen malinterpretándonos, queriendo que cambiemos, pensando que estamos equivocados, que no vemos las cosas con claridad, que no vivimos de la manera en que deberíamos vivir. La gente nunca dejará de contarnos sus relatos, de explicarnos lo que opinan del mundo y de nosotros. Y esto es o algo terrible («El infierno son los otros», como decía Jean-Paul Sartre en A puerta cerrada), o una auténtica oportunidad de descubrir realmente con qué estamos todavía en guerra, qué olas de nuestra experiencia seguimos sin aceptar.

Por muy iluminado que creas estar, la gente seguirá proyectando sus ideas en ti. ¡No hay esperanza de que puedas parar esto! O entras en guerra con ellos, defendiendo tu imagen de ti mismo, o empiezas a escuchar —a escuchar de verdad—y acabas por entender por qué te ven como te ven. Quizá si tú hubieras visto lo que ellos han visto, si hubieras oído lo que ellos han oído, si hubieras experimentado lo que ellos han experimentado, te verías del mismo modo que ellos te ven. Si vieras a través de sus ojos, igual pensarías y sentirías exactamente lo mismo que ellos piensan y sienten ahora. No lo sabes.

Una cosa es decir tu verdad —¡quizá esa es la parte fácil!—, y otra —la parte más difícil— es ser capaz de escuchar la verdad de otro, prestar atención realmente a su respuesta, su perspectiva o su punto de vista, sobre todo si es acerca de ti y encontrar el lugar donde ese punto de vista «esté bien», donde esté bien que esa persona piense lo que piensa y sienta lo que siente, en este momento, incluso aunque estés totalmente en desacuerdo con lo que dice, incluso aunque ahora mismo no entiendas cómo es posible que sienta eso.

La auténtica comunicación no tiene nada que ver con estar siempre de acuerdo con todo el mundo ni con darles la razón a los demás y asumir que tú estás equivocado. Ni la una ni la otra son opciones realistas, y probablemente ambas se deriven del buscar..., de la necesidad de que los demás te valoren, te den su aprobación, te admiren, te quieran. La auténtica comunicación tiene que ver únicamente con escuchar —escuchar de verdad— la perspectiva de otra persona, con encontrarte con esa persona donde está. Y luego, después de dar con un terreno común, después de «encontrarnos con esa persona en su mundo», como me gusta decir, sigues teniendo plena libertad de hacerte escuchar. Pero ya no hablas con esa persona como si fuera tu enemiga; ya no estáis en mundos separados; te encuentras con ella en su mundo, en su perspectiva, y caminas con ella a partir de ahí.

¿Qué haces cuando entra tu pareja y te dice que el otro día le pareció que fuiste desagradable con sus amigos? ¿O cuando admite que a veces tiene fantasías con otras mujeres? ¿O cuando asegura que está enfadada porque no participas lo suficiente en las tareas domésticas? ¿O te reconoce que no eres la mujer con la que quiere estar? En caliente, ¿cómo reaccionas?

«En caliente» es la hora de la verdad, en el viaje del despertar espiritual.

Aquí es donde empieza gran parte del conflicto de las relaciones: me cuentas algo íntimo, y me hace daño en cierto nivel. Me cuentas lo que sientes, cómo me ves; me cuentas cuál es tu punto de vista, tu perspectiva, lo que crees. Y me hace daño. Me da miedo o me enfurece, o simplemente me incomoda o me hace sentir que, en un sentido u otro, no estoy a la altura. Inmediatamente me siento en la necesidad de demostrarte que estás equivocada, de hacer que dejes de pensar o de sentir eso que me has dicho, de corregir tu experiencia, de cambiarte y de controlarte. Si me siento lo bastante herido por lo que me has dicho, puede que incluso quiera contraatacar, hacerte el mismo daño que tú me has hecho..., quizá de una forma sutil y astuta, para que no parezca que intento hacerte daño.

O me siento tan herido que me aparto totalmente de ti. Te digo que nunca voy a volver a hablar contigo, como manera de castigarte. Te amenazo con irme de tu lado, con acabar la relación. Pero lo que en realidad deseo que acabe no es la relación, sino mi propia falta de aceptación profunda dentro de la relación. Lo que en realidad quiero abandonar es la falta de sinceridad, la fachada, tener que mantener una imagen, la falta de relación en el momento presente. Nunca podemos abandonar definitivamente las relaciones, puesto que siempre nos relacionamos de un modo u otro, nos contemos o no el relato de que estamos «en una relación».

Cuando me dices algo y me hace daño, y, en ese dolor, me siento rechazado, aparece la tentación de escapar del sentimiento de ofensa, de no permitirme sentirlo y de cambiar inmediatamente de posición para defenderme, ya sea apartándome de ti o atacándote de la forma que sea. Es tan fuerte la tentación de «saltarme un paso»..., es decir, de saltarme el paso de sentir el daño que me has hecho, y aceptarlo profundamente, que, en vez de hacer esto, adopto de inmediato una actitud defensiva y agresiva. En general, no aceptamos el sentimiento de ofensa, que puede manifestarse como una náusea en el estómago, tensión en el pecho o una presión en la garganta, e intentamos rehuirlo.

Me siento amenazado por lo que me dices —en otras palabras, aflora el miedo a la muerte, la muerte del ego—, así que rápidamente actúo para invalidar tu experiencia, para neutralizar la amenaza. Tus pensamientos sobre mí están totalmente equivocados. Tus sentimientos sobre mí no tienen ninguna base. Tu punto de vista es un disparate, « ¡No puedo creer que pienses eso! ¡No puedo creer que sientas eso! ¡Cómo te atreves!», digo. Tal es la prisa por defendernos que acabamos desconectándonos o encerrándonos en nosotros mismos del modo que sea. La defensa es el primer acto de la guerra, como nos recuerda Byron Katie.

La verdad, te guste o no, estés de acuerdo conmigo o no, es que la otra persona piensa y siente exactamente eso ahora mismo, en este momento. Puede que a ti no te guste, pero esa es su experiencia del momento presente. Tal vez mañana ya no sienta ni piense lo mismo; tal vez no piense ni sienta lo mismo dentro de una semana, pero ahora sí. ¿Puede ser aceptable que el otro experimente lo que experimenta en este instante? ¿Puede ser aceptable que, solo por un momento, no le corrijas o le digas que se equivoca? ¿Puede ser aceptable que te sientas herido en este momento y no hagas nada al respecto, por mucho que el ego se rebele contra ello?

 

El conflicto termina cuando puedes escuchar a alguien desde una posición no defensiva, de aceptación profunda y amor, desde una posición que esté más allá del «yo tengo razón y tú no», una posición desde la que puedas honrar y permitir plenamente su experiencia presente de la vida, por muy absurdas o crueles que te suenen sus opiniones. El conflicto termina cuando estás abierto a que se considere que te equivocas, aunque estés casi seguro de que eres tú el que lleva la razón. El conflicto termina cuando dejas de fingir que tienes todas las respuestas, y, en vez de eso, escuchas, escuchas de verdad.

 

¿Qué significa honrar la experiencia de alguien? ¿Puedo permitirte que pienses lo que piensas y sientas lo que sientes ahora mismo? ¿Puedo permitirte que expreses tu experiencia libre y abiertamente delante de mí? ¿En qué momento hago que lo que dices, piensas y sientes no esté bien? ¿En qué momento entro en guerra contigo?

Si me dices que tengo el pelo púrpura, no me hace daño. Sé a ciencia cierta que no hay ni un ápice de verdad en tus palabras. Si me dices que soy un bicho raro porque tengo cinco piernas, no me hace daño, porque veo que tus palabras son absurdas. Pero si me dices algo que pone en peligro una imagen real que tengo de mí, bueno, ahora sí veo que hay cierta verdad en tu comentario. ¿Recuerdas que antes he hablado sobre los pensamientos negativos y lo que sucede cuando intentamos mantener una imagen determinada de nosotros mismos? Bien, pues cuando esa imagen se ve amenazada, existe la posibilidad de que nos sintamos ofendidos.

Me dices algo, y de alguna manera me siento atacado. Me dices que no tengo razón, que te ha dolido algo que he señalado, que tú no ves en mí la persona que yo creo ser, que no se puede contar conmigo, que ni soy inteligente ni estoy iluminado, que no he hecho algo que debería haber hecho. Lo que me has dicho me ha hecho daño. No quiero ser «ese con el que no se puede contar», ni «ese que no está iluminado», ni «ese que le falla a la gente». Rechazo esas imágenes. No son yo. No tienen cabida en lo que yo soy. No puedo admitirlas en mí.

Siento que, si de verdad me amaras, no me dirías esas cosas. Me verías por quien soy realmente y no creerías en todo eso que piensas sobre mí. Siento que no me amas, que no me valoras, que no me entiendes y, casi de inmediato, surge en mí la reacción de lucha o huida. El cuerpo, ¡pobre!, no sabe diferenciar una amenaza real (un tigre que se me acerca, enseñándome los dientes, preparándose para atacarme) de una amenaza psicológica (un metafórico tigre masticador de imágenes que se me acerca, ávido por devorar las imágenes que tengo de mí). Entre la amenaza de muerte física y la amenaza de muerte de la identidad..., es difícil ver la diferencia, a veces. Escapamos físicamente del tigre que amenaza con devorarnos el cuerpo y escapamos mentalmente de aquello que amenaza nuestras imágenes de nosotros mismos. ¿Qué diferencia hay? Atacamos al tigre físicamente y atacamos la propia imagen que el tigre metafórico tiene de sí mismo, intentando hacerla pedazos. ¿Cuál es realmente la diferencia?

Es muy raro que a la mayoría de nosotros nos ataquen físicamente. La mayor parte de nuestro sufrimiento proviene del ataque, la ofensa, la amenaza o los golpes de algún tipo a nuestras identidades y de cómo respondemos a esos ataques. Actuamos como si nos estuvieran atacando físicamente. En defensa de las imágenes, en defensa de los preciosos cuentos de nosotros mismos que nos contamos, entramos en guerra unos con otros.

La cuestión es: cuando te hace daño lo que alguien te ha dicho, ¿por qué te afecta? ¿Por qué te enfadas tanto? ¿Qué intentas defender? ¿Qué imagen de ti se siente amenazada? ¿Qué pensamientos y sentimientos indeseados aparecen en ese momento en el espacio que eres? Fíjate en lo rápido que aparece el imperioso impulso de no sentir esas olas..., acompañado del imperioso impulso de defenderte o atacar.

¿Es posible, en medio de ese acaloramiento, en vez de apresurarme a defender una imagen de mí que siento amenazada, encontrar un lugar donde haya una aceptación profunda de todo lo que aparece justo ahora? ¿Puedo simplemente considerar este momento como una gigantesca imitación a una aceptación profunda? Sentir que no me amas, la posibilidad de que tengas razón y lo que eso dice de mí, el miedo a que me rechaces, incluso el miedo a que este sea el final de la relación y a que te vayas..., ¿puede todo esto simplemente estar aquí, en este momento? La tensión del pecho, sentir que, metafóricamente, acabas de recibir un golpe en el estómago, la sensación de opresión en la garganta, el sentimiento de que todo tu mundo se está derrumbando..., ¿puedes permitir, permitir profundamente, que todas estas olas de experiencia existan de modo manifiesto en este momento? Olvídate de permitirlo mañana; olvídate de si eras o no capaz de permitirlo ayer. ¿Puedes permitir que existan ahora? Ahora es lo único que importa.

Incluso aunque me hayas dicho algo auténticamente provocador, incluso aunque me sienta profundamente dolido, insultado, rechazado, no querido, ¿puedo descubrir la más profunda aceptación en medio de todos estos sentimientos? ¿Puedo simplemente permitirme sentir la ofensa y el dolor, sentir la tristeza y la rabia, sentir que no me amas, sentirme indefenso e impotente en tu presencia y no hacer nada al respecto, solo por un momento? ¿Puedo permitir que el dolor de la ofensa esté plenamente en mí, solo por un momento? ¿Puedo encontrar el lugar donde el dolor de la ofensa ya está aceptado?

Cuando nos permitimos sentimos plenamente dolidos —y por mucho que esa admisión sea contraria al sentido común y amenace nuestro sentimiento egoico de orgullo—, dejamos de estar dolidos. En otras palabras, cuando el dolor de la ofensa se acepta profundamente, destruye el relato de que soy «el ofendido».

El conflicto de las relaciones empieza cuando no admito profundamente el dolor de la ofensa y entro en el relato de que soy «el ofendido», la víctima de la ofensa, lo cual, inevitablemente, me hará convertirte en «la persona que me ofendió», e, inevitablemente, empezaré a castigarte de un modo u otro..., a atacarte o a defenderme de un modo u otro de tu amenaza. Como víctima tuya, comenzaré a temerte.

Cuando se acepta profundamente, el dolor que siento no es el final de la relación, sino que empieza a formar parte de la relación. Puede incluso hacer que nazca una mayor intimidad entre nosotros; podemos encontrar el lugar donde amarnos mutuamente incluso en nuestro dolor respectivo. Cuando se acepta profundamente, el dolor no es el fin de nuestro amor. No se opone a nuestro amor; se le da cabida en nuestro amor. Nuestro amor es lo bastante vasto como para acoger cualquier cantidad de daño, cualquier intensidad de dolor. De modo que continuamos relacionándonos, seguimos juntos, incluso en presencia de esos sentimientos.

Sí, esta es la clave para abrirnos paso a través de todos los conflictos de la relación: si quiero estar conectado contigo en este momento, debo admitir profundamente cualquier dolor que aparezca. Esto contradice todo nuestro condicionamiento, que nos advierte que nos protejamos de la posibilidad de que nos hagan daño. Pero la actitud que me desconecta del dolor, la actitud que adopto para no admitir el dolor justo ahora, es la actitud que me distancia de ti. Cuando me desconecto del dolor, me evado de la vida. Y cuando me he desconectado de la vida, me he alejado de la persona que tengo delante, que es la vida misma también.

Si quiero amarte —amarte de verdad—, debo encontrar el lugar donde amar también el dolor. Debo descubrir el lugar donde el dolor ya está admitido con amor. Si quiero abrirte mi corazón, si quiero estar radicalmente abierto a ti, debo abrirme plenamente al dolor en este momento. Ese es el trato. De lo contrario, me convierto en el ofendido..., o en el tipo al que nadie quiere, en el indefenso o en el que sufre. Me desconecto de ti, y el corazón se cierra. Desde donde estoy ahora, solo puedo intentar amarte. Mientras sea el ofendido, no puedo amarte de verdad; solo puedo intentar «hacer amor».

Y el amor no es algo que se hace; es lo que eres, y está presente de modo natural cuando el dolor se acepta profundamente en este momento. En esa profunda aceptación, me doy cuenta de que no soy, de ningún modo, el ofendido. Mi imagen de que soy el ofendido, la crucifica el propio dolor de la ofensa. El dolor, cuando se admite profundamente, destruye la imagen de que me han hecho daño, y me relajo en el espacio plenamente abierto en el que todo dolor puede aparecer y desaparecer. Soy lo bastante vasto como para admitir todo el dolor en mí. A quien soy, nunca, jamás puedes hacerle daño, ni tú ni nadie. En este lugar, ya no eres quien me hizo daño, ni yo soy ya tu víctima, de modo que podemos finalmente encontrarnos. Aquí, nunca, jamás puedes ser mi enemigo. Aquí, nunca tengo razón para temerte.

Así que ¿puedo simplemente estar aquí, con cualquier dolor que aparezca cuando me dices tú verdad?

Tengo que ser sincero conmigo mismo. Lo que podría aparecer en la experiencia presente, en respuesta al dolor, es un impulso apremiante de arremeter contra ti. ¿Se puede admitir también ese impulso si aparece? No voy a fingir que no está en mí; estoy hablando de ser radicalmente sincero respecto a mi experiencia. El dolor está presente, y el impulso de hacerte daño a ti está presente.

¿Puedo estar simplemente aquí, con el dolor y el impulso apremiante de escapar del dolor? Este puede ser un lugar maravilloso para sentarme sin ninguna expectativa.

Empiezo entonces a darme cuenta de que tanto el dolor como el impulso de escapar de él tienen permiso para estar en el espacio que soy. La vida acoge, con la más profunda aceptación, tanto el dolor como la incapacidad de admitirlo totalmente. Esto es perdón radical, ¿no te parece?

¿Puedo encontrar esta profunda aceptación aquí mismo, en el momento en que tengo más ganas que nunca de hacer daño a otro ser humano? ¿Puedo encontrar el final de la guerra aquí, justo en el momento en que la guerra está a punto de empezar? ¿Puede un impulso de este tipo considerarse simplemente una ola más del océano, una ola que el océano que soy ya ha aceptado?

Puede resultar de lo más extraño..., admitir el impulso de querer hacer daño a alguien, ¡sobre todo si intentamos aferramos a una imagen nuestra de buena persona o de persona generosa o compasiva, o incluso de ser humano espiritual, puro, perfecto, no violento, que jamás tiene un sentimiento «negativo» hacia nadie!

Se nos ha enseñado que no deberíamos sentir nada negativo hacia nadie. Se nos ha enseñado que solo deberíamos albergar sentimientos cordiales, buenos pensamientos. Tenemos miedo de que si admitimos un impulso de ese tipo, acabaremos actuando en consecuencia. Pero es un condicionamiento claramente falso, cuando se coteja con la realidad. Un impulso apremiante que se niega, que se rechaza, que se aparta de la mente tiende a crecer y crecer. Un impulso apremiante que se niega acabará haciéndose irremediablemente inaplazable, urgente, y, en un momento u otro, nos parecerá que no tenemos más remedio que actuar basándonos en él. Sin embargo, admitir profunda y plenamente el impulso, permitirle que esté —no hacer algo con él, no juzgarlo, sino permitirle simplemente que esté presente tal como es, sin expectativas, sin siquiera la expectativa de que desaparezca—, equivale a quitarle a ese impulso apremiante la urgencia irremediable. Esto no significa que el impulso en sí desaparezca, pero ya no es una amenaza que se apodera de nosotros, por así decirlo. Ya no es peligroso o amenazador. Ya no te define. La gente más violenta suele ser aquella que está emocionalmente más reprimida. Intentan a toda costa mantener a raya sus sentimientos y sus impulsos —sentimientos de tristeza, de impotencia, de miedo o de fracaso— y, a causa de esa represión, acaban explotando de manera destructiva.

Vemos, así pues, que los impulsos más extraños y destructivos tienen permiso para estar en lo que somos. Las olas más intensas ya tienen la aceptación del océano. No hay ninguna parte de la existencia que el océano no ame. Veremos en el capítulo siguiente que este descubrimiento puede ayudarnos a entender las adicciones desde dentro y a encontrar la libertad incluso en presencia de los más fuertes y arrebatadores deseos.

Recuerda que la aceptación no significa que el dolor o el daño se esfumen. Creo que este es un gran error que la gente comete. Esperan que una vez que descubren esta profunda aceptación, todo el daño, el dolor y los extraños impulsos desaparecerán como por arte de magia; y cuando ven que no es así, se sienten más heridos, confundidos y fracasados que nunca, i La más profunda aceptación ha fracasado, lo cual hace de ellos el más rotundo fracaso como personas! Pero la idea de que cualquier ola habría de desaparecer es la idea del buscador. Y no hay ningún problema, si eso ocurre. ¡El sentimiento de ser un fracaso por no conseguir deshacerse de las olas también tiene permiso para aflorar!

Puede haber dolor; puede haber un deseo imperioso de librarse del dolor, un impulso de arremeter contra la otra persona y resarcirse de la ofensa y también un deseo de que todo ello desaparezca. Todo se permite aquí, en este momento. Todo lo que sucede en este momento está profundamente permitido. Ninguna ola puede hacerte daño..., aunque duela. Nunca deja de sorprenderme la naturaleza omnímoda de la consciencia. Su abrazo está tan lleno de amor, es tan incondicional que nunca hay ni un solo pensamiento, sentimiento, sensación, olor ni sonido que rechace. Acoge incluso el propio rechazo. ¿No es esto lo que significa «ama a tus enemigos»?

Así que, en nombre del amor verdadero, me desprendo de todas las ideas que tengo sobre lo que es el amor. Me desprendo de todas las ideas sobre lo que es la relación, de todas las ideas sobre lo que debería o no debería pensar y sentir cuando estoy contigo. Descubro que, así como cuando no estoy contigo soy el espacio plenamente abierto en el que todos los pensamientos y sentimientos tienen permiso profundo para ir y venir, también cuando estoy contigo soy ese mismo espacio abierto de aceptación incondicional. Si la alegría, la dicha y los sentimientos tiernos y placenteros vienen y van en mí en tu presencia, ¡maravilloso!; te amo en medio de esos sentimientos. Pero el amor verdadero no consiste solo en experimentar lo bueno; no consiste solo en sentimientos tiernos, dulces, placenteros, románticos. Esa es una idea horrorosamente limitada del amor. El amor es lo bastante inmenso como para contenerlo todo. Si la frustración, la confusión, la angustia, la ira, la tristeza, el dolor, el tedio, e incluso la desesperación, el disgusto y la impotencia vienen y van en mí en tu presencia, descubro que también estas olas están profundamente admitidas en lo que soy. No son una amenaza para el amor; son una expresión de amor, por muy extraño que esto le suene a la mente condicionada. Y, por tanto, puedo seguir estando radicalmente abierto a ti; puedo seguir relacionándome contigo, incluso en medio de los sentimientos más dolorosos o inquietantes. ¿Por qué tenemos la idea de que la relación es una especie de burbuja protectora en la que ciertas olas del océano no tienen cabida? ¿Qué es lo que intentamos proteger, exactamente? ¿Una imagen prestada de la apariencia que debería tener una relación? ¿Por qué limitamos nuestro amor de esta manera? Una relación, lo mismo que quienes realmente somos, es un océano, lo bastante inmenso como para acoger cualquier ola.

Prueba a encontrarte con el otro en este lugar de profunda aceptación, hoy y durante el resto de tu vida. Porque puede que este sea el último momento en que estéis juntos y tal vez no tengas otra oportunidad. ¿Necesitas de verdad un futuro para conectar ahora?

Una de las cosas que más me gusta hacer es sentarme con mi anciano padre. Es precioso el simple hecho de estar sentado con él en un lugar de profundo no saber, un lugar donde desconozco qué hacer o qué decir. Me siento, sin expectativas, sin intentar repararle, sin tratar de manipular su experiencia ni la mía en modo alguno. Simplemente escucho, sin procurar mejorar las cosas en el momento, sin desempeñar el papel de «el que sabe». Como espacio de consciencia plenamente abierto, simplemente estoy a su disposición, abierto a lo que quiera que suceda cuando estamos juntos. En el instante que me siento a su lado, noto una aceptación profunda y total de cualquier ola de frustración, tristeza o malestar que aparezca en mi océano de experiencia. Su dolor, mi dolor...; no hay diferencia alguna. A veces hasta me olvido de si es él o soy yo el que siente dolor.

Me parece a mí que esto es en esencia una relación de verdad: encontrarse —encontrarse realmente— en este momento, sin esperanza, sin futuro, sin expectativas, sin un relato; encontrarte cara a cara contigo mismo. Me encanta lo que dice Nisargadatta Maharaj: «Cuando el yo personal se disuelve, el sufrimiento personal desaparece». Pero, y esto es crucial, añade además: «Lo que queda es la gran tristeza de la compasión». Sí, la ausencia de un yo separado no es un frío desapego y un rechazo del mundo, sino la entrega e intimidad más inimaginables. Pues cuando ya no vives con miedo a la vida, ¿por qué habrías de querer o necesitar aferrarte a nadie, ni mantener a nadie a distancia?

 

El mundo no se puede comprender, pero se puede abrazar.

Martin Buber

 

Continuaremos con…Las Adicciones

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“Que la muerte me halle sembrando coles en mi jardín”

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La Espiritualidad Evolutiva – Mary H. Reaman

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Por qué la curación requiere tomar el control de nuestra propia energía - Laura Bungarz

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COMO ESTAR DESPIERTO PERO NO MUERTO - SCOTT KILOBY

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Encontrándote con tu Yo-del-pasado fuera del tiempo - Gerrit Gielen

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