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ACEPTACIÓN 32...Las Adicciones

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A] parecer, los seres humanos podemos hacernos adictos | prácticamente a cualquier cosa. Nos hacemos adictos a las drogas, a los cigarrillos, al alcohol, al juego, a los sedantes, a comprar, a Internet y los videojuegos, a los deportes extremos y peligrosos, a la comida... Nos hacemos adictos a las relaciones, a estar constantemente con gente, a seguir en contacto con ella a través del teléfono móvil las veinticuatro horas del día, a poner constantemente al tanto de nuestras vidas a todo el mundo en Facebook y en Twitter, a asegurarnos de que saben que existimos y que continuamos existiendo... Nos hacemos adictos a nuestras carreras profesionales, a trabajar un número disparatado de horas al día haciendo cosas con las que ni siquiera necesariamente disfrutamos. Y no siempre es porque necesitemos tanto dinero que no nos queda otro remedio que trabajar así; trabajamos debido a conceptos abstractos como el estatus, el prestigio, el deber, la seguridad..., cosas en las que supuestamente hemos de creer, ya que todo el mundo parece creer en ellas. ¿Nos hemos preguntado alguna vez si nosotros creemos en ellas y por qué?

Somos adictos a objetos materiales, a sustancias, a sistemas de creencias, a otras personas, pero en la raíz de todas estas adicciones está nuestra adicción principal: la adicción a nosotros mismos. Somos adictos al relato de «mí». Somos adictos a mantener esa imagen de nosotros y a defenderla a muerte; a realizar trabajos constantes en esa imagen, a mejorarla, comparándola y contrastándola con otras imágenes; a crear la imagen perfecta, a completarla antes de morir y a asegurarnos de que los demás tengan esa imagen de nosotros incluso después de que hayamos muerto. En este sentido, todos somos adictos, nos guste o no, tengamos o no un diagnóstico clínico de adicción.

¿Es posible ir más allá de la idea de que la adicción es una enfermedad, dejar de lado todas nuestras nociones preconcebidas y examinar con una mirada nueva lo que de verdad sucede, al nivel más profundo? Quiero ir más allá de las explicaciones físicas, sociológicas y psicológicas, y ver lo que sucede, en el nivel más profundo de todos, cuando alguien se siente arrastrado una y otra vez, aparentemente sin poder controlarlo y muchas veces incluso contra su voluntad, a comportamientos, personas, lugares o sustancias que en última instancia no son buenos para él, que no le sanan, en el verdadero sentido de la palabra. ¿Qué busca en realidad esa persona?

A menudo, se entiende por adicción la incapacidad de dejar de hacer algo, que, en el caso más extremo, es el sentimiento de tener que hacer algo simplemente para poder funcionar, para poder seguir adelante, para disfrutar de un bienestar básico, a pesar de los efectos secundarios y las consecuencias.

Probablemente sea verdad que nadie se hace adicto a nada intencionadamente. Un cigarrillo, una copa o una droga pueden resultar, al principio, desagradables e incluso repugnantes. Muchos adictos cuentan que detestaron su primera experiencia con las drogas, pero que querían simplemente experimentar, flirtear con el peligro, o encajar en el grupo o sentirse incluidos. Algunos, después de este primer experimento, empiezan a consumir la sustancia (o a utilizar el objeto o a la persona, o a vivir la experiencia) con más regularidad. Y como su organismo se hace cada vez más tolerante a ella, necesitan una cantidad cada vez mayor para obtener el efecto deseado. En casos extremos, la necesidad de una droga puede hacerse devastadora y quitarle la vida a esa persona, destruir su carrera profesional, sus relaciones y su salud.

No creo que ni los psiquiatras, ni los psicólogos, ni los sociólogos, ni ninguna otra rama de investigadores hayan llegado realmente hasta el fondo de por qué algunas personas se hacen adictas y otras no. Hay muchas teorías sobre la adicción, pero no se sabe mucho de sus causas últimas. Por ejemplo, muchísima gente ingiere alcohol en este mundo, y sin embargo son pocas las personas que beben mucho, y todavía menos las que se hacen adictas al alcohol. ¿Por qué unas se hacen adictas y otras no? La literatura sugiere que hay factores de riesgo asociados a la adicción —tales como el maltrato o la negligencia sufridos durante la infancia, enfermedades mentales, la pobreza, el estrés o la falta de estudios— y se dice que puede haber en ella un componente genético, que la adicción puede ser hereditaria, que hay personas que sencillamente tienen una predisposición a hacerse adictas a algo sin que puedan hacer mucho para remediarlo. Mucha gente considera que la adicción es una enfermedad o una disfunción cerebral, y hay quienes llegan a asegurar que es algo de lo que uno nunca se libra definitivamente, y que no queda más remedio que aprender a vivir con ella toda la vida. Una vez que uno se hace adicto, es adicto para siempre, afirman. En algunos casos, la adicción define realmente quién es alguien. Hay personas que se aferran con fuerza a la imagen de adictas que tienen de sí mismas.

No quiero decir que nadie esté equivocado. Solo deseo que profundices más de lo que quizá hayas profundizado nunca.

Veamos, antes de seguir adelante, quiero dejar algo claro: no estoy sugiriendo que, si te consideras un adicto, dejes de hacer de inmediato todo lo que estés haciendo para sanarte de esa adicción. Únicamente quiero presentar una perspectiva de las cosas distinta, y no pretendo que esta perspectiva reemplace lo que estés haciendo ahora. No quiero animar a nadie a que deje de asistir a la clínica o al grupo de rehabilitación, la terapia o el programa de los doce pasos. Sigue haciendo lo que estés haciendo, si funciona; pero quizá el hecho de mirar desde otro punto de vista qué es lo que ocurre en lo más hondo te permita descubrir una libertad que el programa que sigues actualmente no te esté dando.

Podemos hablar de los factores de riesgo de la adicción; podemos dar sobre ella explicaciones psicológicas y fisiológicas; podemos definir con detalle el comportamiento de un adicto desde fuera y desde dentro, por así decirlo, pero ¿qué es lo que de verdad sucede —a nivel de la experiencia del momento presente— cuando busco la siguiente copa? ¿Qué intento hacer, en lo más hondo? ¿Cuál es la experiencia de la adicción? ¿Quién es en realidad el adicto? Hasta que les preguntemos a los adictos: « ¿Quién eres, más allá de todas las ideas que tienes sobre ti?», no vamos a llegar de verdad a la raíz del problema, y todas las soluciones que ideemos estarán basadas en suposiciones deficientes e indirectas, y en una forma de pensar dualista.

Aquellos a los que llamamos adictos no son básicamente distintos del resto de nosotros. En cierto sentido, un buscador es siempre un adicto...: adicto al futuro, adicto a escapar de este momento, adicto a encontrar alivio de la forma que pueda. Hallamos una vía de escape en el sexo, en las drogas, en los cigarrillos, en oír música ensordecedora, en comprar por fin ese bolso de Gucci, o ese coche deportivo de serie limitada, o el último videojuego. Y durante un tiempo, breve, parece que nos hayamos liberado del peso de buscar, del peso de la carencia. Durante unos inestimables momentos, mientras aspiro profundamente el humo del cigarrillo, me olvido de todos mis problemas; el pasado y el futuro desaparecen o retroceden hasta perderse de vista, y lo único que queda es el humo cálido y relajante que baja por la garganta y entra en los pulmones. Ya no hay sentimiento de vacío; hay una especie de plenitud que solo parece posible lograr con este cigarrillo. En cierto modo, el cigarrillo, la copa de vino, la música ensordecedora se convierten en un amante, una madre, un gurú que me proporciona el alivio que ansío. Me devuelve al vientre materno. Me libera de las cargas que llevo a cuestas. Me quita el malestar. Me trae a casa... temporalmente.

Mucha gente encuentra una vía de escape en el sexo. En el momento del clímax, el mundo entero desaparece, v se produce una unión total. Nado en un océano de amor, donde solo existe la total sencillez de la vida tal como es, de este momento...; solo lo que está sucediendo justo ahora. Todo lo demás cae en el olvido. No es de extrañar que los franceses llamen a esta experiencia la petite mort, «la pequeña muerte». Todo lo demás deja de tener importancia; la ola se derrumba en el océano, me pierdo en la vida. Estoy de vuelta en el vientre. Mi lucha ha muerto. Mi anhelo más profundo se ha cumplido... temporalmente.

Consigo el coche más potente, la casa más grande, el reloj nuevo, y tengo la sensación de que mi búsqueda ha tocado a su fin. Realmente parece que el sexo, las drogas, el cigarrillo, el dinero, la fama tengan el poder de hacer que desaparezca el dolor, el poder de completarme, de una manera que no es capaz de hacerlo nada ni nadie. Algunos buscadores no conocen otra forma de completarse que con el objeto de la adicción.

Es casi como si intentáramos anulamos a nosotros mismos con las drogas, el alcohol o el sexo. A cierto nivel, así como la ola anhela retornar al océano, nosotros también anhelamos deshacernos de la carga que supone ser un yo separado. Anhelamos perdernos en la vida, que la vida nos absorba. Cuando vuelvo a casa después de un largo y agotador día de trabajo, me tomo una copa, y otra, y otra, y pronto todos mis pensamientos parecen estar muy lejos, como si no existieran ni hubieran existido nunca. No es simplemente que me olvide de ellos..., literalmente han desaparecido de mi experiencia, en este momento. A cierto nivel, el objeto de la adicción nos permite satisfacer el anhelo más profundo que tiene todo ser humano: desaparecer, dejarnos absorber por la vida, desintegrarnos en el momento, volver a casa, regresar al vientre materno, librarnos del peso de ser un yo separado, disolvernos de nuevo en el océano y descansar, descansar al fin. Mientras me bebo otra jarra de cerveza, me inyecto la droga de moda o conduzco de camino a casa en mi deportivo nuevo, siento que todo está bien..., durante un rato.

Sería maravilloso si este mecanismo nos diera de verdad lo que nos había prometido: completitud permanente. Pero no es así, porque siempre llega el bajón. La luminiscencia va perdiendo intensidad, y el malestar aflora otra vez. Vuelve el dolor. Regresa el sentimiento de incompletitud, a veces con más intensidad que nunca, y entonces pierdo la cabeza por la siguiente dosis, el siguiente momento de alivio, la siguiente experiencia. El buscador reaparece, aún incompleto, aún insatisfecho..., tal vez más insatisfecho que nunca. El sentimiento de vacío y descontento vuelve a aflorar; la sensación de carencia regresa. Y yo retorno al relato de mi vida vacía e insatisfecha, y luego anhelo librarme de todo ello otra vez.

Si el mecanismo de búsqueda cumpliera sus promesas y realmente eliminara el sentimiento de carencia e incompletitud, no habría ningún problema. No existirían las adicciones. No necesitaría drogas, cigarrillos, comida o sexo para que se llevaran mi dolor. No me sentiría impulsado a ceder a ninguno de ellos con tanta frecuencia, o quizá no cedería nunca. La vida estaría en equilibrio total. El hecho es que el cigarrillo no me da completitud. No me quita los problemas; no me libra del malestar durante demasiado tiempo. Pero tal vez el siguiente sí. El efecto de la droga no dura mucho, pero tal vez la próxima vez sí lo haga. He jugado y he ganado, y no me satisface, pero tal vez si vuelvo a ganar, si gano más, me sienta satisfecho. Siempre buscamos el siguiente momento de liberación, y el ciclo continúa.

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Quisiera que te dieras cuenta de que, en realidad, no somos adictos a los cigarrillos; somos adictos a la aparente liberación, a fundirnos con la vida, a la supresión temporal de la carencia que el cigarrillo parece darnos. No somos en realidad adictos al sexo; somos adictos a la aparente liberación que nos proporciona, a sentirnos temporalmente libres de la carga del «yo». No somos en realidad adictos al juego; lo que ocurre es que el juego nos saca de nosotros mismos durante unos inestimables minutos, horas o días. No somos en realidad adictos a los objetos o a las personas; somos adictos al sentimiento de liberación que parecen traer consigo.

El buscador es adicto al placer. Es la ola que quiere volver al océano. ¡Qué alivio, por un momento, pensar que has encontrado lo que buscas! ¡Qué alivio ser el océano, aunque solo sea por unos momentos perfectos! ¡Y qué infierno perder ese respiro y verte arrastrado otra vez, tan rápido, al mundo de los problemas humanos!

La adicción al alcohol, a sustancias diversas, al juego, al sexo, a las personas, a los gurús, al dinero, a la fama...: parece que hubiera muchos tipos diferentes de adicción. Pero, de hecho, solo existe una: la adicción del buscador a la liberación; y cuando entiendes esto, cuál sea el objeto de la adicción empieza a ser menos importante. Muchas veces, al intentar sanarnos de las adicciones, prestamos demasiada atención a los detalles del objeto de la adicción y al relato de nuestra adicción, y no la suficiente al mecanismo esencial que alimenta nuestra necesidad del objeto. Quizá me cure de la adicción al tabaco, pero si no afronto el sentimiento de carencia que hay por debajo de ella, volverá a surgir en cualquier otra área de mi vida. He conocido a personas que dejaron de fumar después de veinte años, y luego inmediatamente empezaron a comer en exceso. La gente que es adicta las relaciones rompe con su pareja actual e inmediatamente empieza a consumir drogas. La gente que tiene una adicción comprar deja de repente esa adicción y se hace adicta a un gurú espiritual. Ninguna cura, remedio o terapia que se centre en el objeto de la adicción, y no en la búsqueda a la que está sujeto el adicto, resolverá de verdad la adicción. Quizá sea una ayuda, pero no sanará al adicto en el verdadero sentido de la palabra.

Da igual que se trate de un cigarrillo, una botella de cerveza o la emoción ante la promesa de ganar un millón en la ruleta; toda adicción sirve al mismo propósito: parece hacer que desaparezca el malestar de este momento tal como es. Promete liberación, y parece dárnosla efectivamente durante un rato. Pero no nos da lo que de verdad anhelamos.

¿Qué intentan arreglar los adictos cuando buscan una dosis? Aunque probablemente no lo sepan, en el fondo tratan de arreglar un sentimiento esencial de separación, de incompletitud. Como ya hemos visto una y otra vez, nada ni nadie puede arreglar la separación v la incompletud; ningún objeto externo ni ninguna persona lo pueden hacer. El único arreglo para la incompletitud es abrazar radical y totalmente la propia incompletitud..., el abrazo que eres en esencia. Eso es lo que en realidad anhelamos en lo más hondo: intimidad con nosotros mismos.

Por supuesto, no echamos mano de un cigarrillo, de un sedante o de una botella de cerveza porque pensemos:

«Me siento incompleto y esto me va a completar». No, simplemente sentimos un deseo, un ansia. Nos sentimos extrañamente arrastrados hacia el objeto de nuestra adicción, casi contra nuestra voluntad. «Si tuviera elección —me digo—, no estaría haciendo esto.» Pero siento que no tengo elección. El cigarrillo parece tener un extraño poder sobre mí. El juego, el sexo, el dinero... parecen ejercer un extraño poder que me domina, un misterioso poder que me arrastra, por mucho que yo proteste. El chocolate... está ahí en el armario, llamándome: cómeme, cómeme. Te haré sentirte mejor. La cerveza está ahí, como el demonio, tentándome, prometiéndome alivio: venga. Solo un sorbito...

No es algo intelectual; no es que conscientemente te des cuenta de que buscas algo. Simplemente te encuentras encendiendo un cigarrillo. Te encuentras vaciando otro vaso de vodka. Te encuentras poniéndote morado de chocolate. Y tienes la sensación de que no puedes hacer nada al respecto. Tienes la sensación de que el objeto de la adicción te controla de algún modo, y no está en tu mano impedirlo. Sí, la sensación es esa..., como si fuéramos víctimas de la adicción: eso llamado «adicción» le está sucediendo a alguien llamado «yo».

Cuando creemos que un objeto, una sustancia o una persona es capaz de completarnos de algún modo, proyectamos en ellos una especie de misterioso poder. Ya se trate de la comida, un gurú espiritual, un amante, una celebridad, un líder político o religioso, una botella de whisky, un cigarrillo o el objeto que fuere, podemos tener realmente la sensación de que ejerce un poder sobre nosotros; parece que tuviera una especie de aura, que algo así como una energía dominadora, magnética, emanara de él. Parece que irradiara poder.

Pero no es un poder real. Nada ni nadie tiene esa clase de poder...: el poder de completarte. Ninguna ola tiene más poder que cualquier otra; toda ola es igualmente océano. El poder nunca es externo, en este caso. Lo que en tu experiencia parece ser un poder que te llega de fuera, del mundo, es sencillamente tu propio poder proyectado. Es el poder de la vida proyectado en el exterior y enfocado en otro objeto o en otra persona. El poder no está realmente en el objeto ni en la persona, aunque eso sea lo que parece, aunque esa sea la sensación que tenemos, aunque eso sea a lo que sabe y a lo que huele. El poder no le pertenece a nadie ni a nada, ya que la vida es el único poder.

Esta idea —de que la completitud reside «ahí fuera», en el tiempo y el espacio, en el mundo, y de que algunos objetos y personas la tienen y otros no— es la proyección que da fuerzas al buscador para seguir adelante. El buscador debe situar siempre el final de la búsqueda Juera de sí mismo para poder seguir vivo. El buscador debe proyectar fuentes de un poder invisible en el exterior, en el mundo visible, y luego buscar ese poder. Desde los albores de la humanidad, hemos proyectado el poder «ahí fuera»: en el sol, en las estrellas, en la naturaleza, en objetos inanimados, en otras personas. Los seres humanos siempre hemos tenido dioses; incluso los ateos son profundamente religiosos en este sentido.

El que busca liberarse de su carga proyecta el poder de liberación en un objeto, de la misma manera que el que busca la iluminación proyecta la propia iluminación en otra persona y el que busca amor centra en otra persona todo su anhelo, otorgándole a ese objeto el aparente poder de completarlo. La consecuencia es que tienes la sensación de que realmente necesitas el objeto, la sensación de que necesitas tu dosis que te «arregle», que necesitas sexo, chocolate, una copa, un cigarrillo, ir a otro satsang o a otro retiro espiritual, estar cerca de tu gurú, cualquiera que sea el objeto del que esperas recibir amor, para volver a estar completo.

Se podría decir que esa necesidad es la manera en que se manifiesta el mecanismo de búsqueda en nuestra experiencia. No experimentamos el mecanismo en sí directamente; experimentamos la necesidad, el anhelo, el deseo, el ansia, la impotencia ante la vida. Nunca entenderemos el deseo hasta que entendamos el mecanismo de búsqueda que hay detrás de él. Es un mecanismo asombrosamente creativo que parece impedirnos tener consciencia de quien verdaderamente somos. Cuando no vemos este mecanismo como lo que es, es cuando nos quedamos atrapados en buscar, en vez de ver la búsqueda como lo que es y reconocer que somos el espacio de consciencia plenamente abierto en el que la búsqueda tiene lugar, es entonces cuando sufrimos y apelamos a lo exterior para escapar del sufrimiento.

Lo cierto es que ponerte morado de chocolate continuamente no sería un problema si, al cabo del tiempo, no te produjera obesidad y te hiciera propenso a problemas cardíacos y a las trombosis. En sí mismo, comer chocolate no tiene nada de malo. Es algo que forma parte de la vida, también. Es cuando lo utilizas el como vía de escape, como liberador tuyo..., es entonces cuando empieza el problema. Es lo que buscas en el chocolate lo que es el problema. Chocolate + búsqueda = adicción.

Y lo mismo sucede con el alcohol. En sí mismo, no es malo, no es diabólico, forma parte de la vida. El alcohol es una sustancia neutral que no necesitamos utilizar de la manera en que lo hacemos. Cuando lo empleamos para distraernos de lo que realmente está sucediendo, para dejar de sentirnos mal, para que nos dé completitud, para escapar del momento tal como es..., es entonces cuando empieza el problema. Alcohol + búsqueda = adicción.

Y tampoco el dinero en sí mismo es malo. Es el uso que hacemos de él —la forma en que atesoramos dinero, la forma en que hacemos daño y matamos para conseguir el dinero de otros, la competición y la envidia a las que puede conducir cuando no aceptamos profundamente nuestros sentimientos de insuficiencia e impotencia—, es eso lo que podríamos calificar de «malo». El dinero en sí no tiene ningún poder maléfico. Nada lo tiene.

Ya entiendes a lo que me refiero. Las sustancias y las actividades —el sexo, la bebida, comer chocolate, hacer apuestas en el casino o en el mercado bursátil— no son un problema en sí mismas; pueden ser partes de la vida divertida, agradable e inocente. Es cuando el buscador empieza a utilizar estas actividades para obtener algo cuando comienza el problema.

Cuando buscas algo a través de un cigarrillo, en realidad ya no lo estás fumando; casi ni te das cuenta de la experiencia real de fumar el cigarrillo momento a momento. No estás en realidad presente con la experiencia, porque las expectativas que tenías puestas en ese cigarrillo eran demasiado altas. En realidad, no estás fumándote el cigarrillo, estás intentando fumar completitud. No estás realmente jumando el cigarrillo..., lo estas utilizando para llegar a alguna parte. Has dejado de ver —de ver realmente— lo que hay delante de ti. Estás buscando un momento futuro, y este momento es ahora tan solo un medio para alcanzar un fin. Estás intentando trasladarte desde aquí hasta allí sirviéndote de un pobre cigarrillo.

Hacer del tabaco tu enemigo no te va a servir de nada. Eso es lo que muchos libros y cursos de autoayuda para la adicción parecen dar a entender, que el cigarrillo, el alcohol* las drogas son una especie de enemigo, que son malos, que deberíamos luchar sin piedad contra ellos, quizá durante el resto de nuestra vida.

Yo quiero proponer otra manera de contemplar las adicciones. El cigarrillo no es el enemigo. Cuando ves —cuando ves de verdad— el mecanismo de la búsqueda en funcionamiento, con todos sus detalles y sutilezas, te das cuenta de que el cigarrillo es inocente. No tiene ningún poder sobre ti ni nunca lo ha tenido. Lo estabas usando para conseguir completitud. Te convertiste en un usuario, en el verdadero sentido de la palabra. El cigarrillo siempre ha sido inocente, siempre ha sido neutral, y tú, intentando liberarte a toda costa, lo empleaste, y luego has olvidado por qué lo hiciste (si es que alguna vez lo supiste, claro). Y luego te has dado la vuelta y le has echado la culpa de haberte hechizado. En realidad, fue al revés: fuiste tú quien le hizo una especie un sortilegio. En tu inocencia, en tu búsqueda de completitud, proyectaste en él el poder de darte esa completitud. Lo hiciste simbolizar el final de la búsqueda. Lo convertiste en tu gurú y le otorgaste un poder que nunca había tenido y que nunca podría tener.

No es cuestión de culpar a nadie —ni al cigarrillo ni al que lo fuma—. Porque no es que el cigarrillo sea inocente y tú seas culpable. Sois los dos inocentes. Cuando estás atrapado en la búsqueda, no tienes otra elección que echar mano de cualquier cosa que te parezca que ofrece liberación. En tu inocencia, echas mano de un cigarrillo. Cuando tienes la sensación de que necesitas algo, tienes también la sensación de que no tienes otra elección que conseguir lo que necesitas. Eres inocente de buscar algo, así que no estoy culpando a nadie. No es necesario jugar aquí a culpar y avergonzar a nadie. Solo trato de que veas lo que está sucediendo en tu experiencia, y no de que te juzgues a ti mismo.

Seguiremos…

 

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Salir de la autopista por la que todo el mundo va

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Sentirse incomprendido - Virginia Gawel

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“Que la muerte me halle sembrando coles en mi jardín”

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La Espiritualidad Evolutiva – Mary H. Reaman

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Por qué la curación requiere tomar el control de nuestra propia energía - Laura Bungarz

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COMO ESTAR DESPIERTO PERO NO MUERTO - SCOTT KILOBY

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Encontrándote con tu Yo-del-pasado fuera del tiempo - Gerrit Gielen

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