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ACEPTACIÓN 16 - LA DIFERENCIA ENTRE SENTIR Y SER

Como espacio abierto en el que todas las olas aparecen, ninguna de esas olas te puede en realidad definir. La ira, el miedo, el aburrimiento, la alegría…son olas que simplemente aparecen y desaparecen en lo que eres. Tienes una relación íntima con ellas, pero no te pueden definir. Los sentimientos más felices, los más tristes o más dolorosos, los más intensos, todo tipo de pensamientos, por muy extraños, desagradables o “anormales” que sean, pueden todos ir y venir en lo que eres, y lo que eres permanece intacto, de la misma manera que, proyectes lo que proyectes en la pantalla del cine, se conserva la pantalla prístina.

Lo que eres es sencillamente la capacidad de pensar cualquier cosa y de sentir cualquier cosa, pero no te define ninguno de los pensamientos y sentimientos que aparezcan. Lo que eres es como un cedazo a través del cual puede pasar toda la experiencia humana. Eres la pantalla de cine a la que ninguna película se puede adherir jamás.

La furia puede ir y venir en lo que eres, pero no hay dentro de ti una persona furiosa. Hay temor, pero no una persona atemorizada. Hay tristeza, pero no encontramos por ninguna parte una persona triste. Tú no eres un ser limitado; eres capacidad ilimitada y eterna para la vida toda.

Para entender lo que significa ser capacidad para toda ola, es importante que entendamos la diferencia entre “sentir” algo y “ser” algo. Puedes “sentirte feo” ( o débil, inútil, confuso, atemorizado, aburrido, entusiasmado…,lo que sea) en el momento, pero, como espacio abierto, no puedes ser feo.  No hay una persona fes; el sentimiento “feo” no puede definirte. El espacio abierto que eres está más allá de todos los opuestos. Aparecen en lo que eres sentimientos de fealdad y de belleza, y lo que tú eres permanece intacto; no pueden afectarte ninguna de las dos polaridades. Lo que eres no está menos completo porque aparezcan sentimientos de belleza. Lo que eres no es feo ni hermoso; permite que existan tanto la fealdad como la belleza, pero ninguna de las dos lo puede definir, al igual que el océano permite que existan todas sus olas, pero no lo puede definir ninguna de las olas individuales que aparecen.

Así que no puedes ser feo, pero te puedes sentir feo. Tú no puedes ser un fracaso, pero te puedes sentir un fracaso. A todos los sentimientos – cualquiera del que un ser humano sea capaz, o que un ser humano hay tenido-, se les permite ir y venir en lo que eres. La totalidad de la conciencia humana está, en este sentido, a tu disposición. Cualquier cosa que tú sientas, yo la puedo sentir.. Cualquier cosa que tú pienses, yo la puedo pensar. No hay ninguna ola que sea ajena al océano de la consciencia.. No hay, en realidad, ningún pensamiento ni sentimiento que sea ajeno a lo que eres. Eres el espacio que contiene a toda la humanidad; permites que el río entero de la conciencia humana fluya a través de ti. Eres la nada que abarca todo lo que fluye a través de ella. En ausencia de una persona separada, descubres a toda la humanidad.

Mucho de nuestro sufrimiento está basado en la idea de que, si sentimos algo durante demasiado tiempo, o con demasiada intensidad, o lo sentimos siquiera, nos convertiremos en ello. Estamos convencidos de que, si en verdad permitimos que el sentimiento esté en nosotros, se nos adherirá y acabará por definirnos. ¡Mucho de nuestro sufrimiento está basado en lo que, en definitiva, es pura superstición! Solo porque te sientas fracasado no significa que seas un fracasado. Solo porque te sientas feo, no significa que seas feo. Solo porque te sientas una ola, no significa que la ola pueda definirte.

En nuestro afán por definirnos, por distinguirnos de los demás, por mantener en pie un relato coherente sobre quiénes somos, lo que acabamos haciendo es no permitirnos albergar sentimientos que se contrapongan a la imagen o el relato de nosotros mismos que intentamos mantener. Decimos “Este sentimiento es yo” o “Este sentimiento no es yo”. Si la imagen que tengo de mi es la de una persona guapa, atractiva, no voy a permitir que entre una ola fea; esa ola sencillamente no concuerda con cómo quiero verme a mí mismo y con cómo quiero que tú me veas. Si me siento feo, empiezo a sentir que algo no va bien…, que hoy no “me siento a mí mismo”.  O si tengo la idea de que soy un triunfador, no voy a permitir que entre la ola del fracaso. No concuerda con la idea que tengo de mí. No me puedo permitir sentirme fracasado. Si tengo la imagen de que soy una persona fuerte y quiero que otros me vean así, no me puedo permitir sentirme débil. No puedo permitir que entre en mi experiencia ninguna idea que ponga en peligro la idea que tengo de mí mismo.

Si de verdad tuviéramos algún control sobre las olas que aparecen, podríamos impedirles la entrada a todas aquellas que no respalden nuestro relato de nosotros mismos. Pero la realidad es que el océano de la vida no está bajo nuestro control. A pesar de todos nuestros esfuerzos, los pensamientos y sentimientos que no deseamos siguen apareciendo. Intentamos desterrar las olas feas, temerosas, dolorosas, perturbadoras; las olas de fracaso, de debilidad, de “energía negativa”; las olas “oscuras”, y descubrimos finalmente que no es posible. Aparecen de todos modos. No podemos cerrarle el paso a la mitad del océano. El océano de la vida es salvaje y libre, y no se puede domar ni reprimir.

¿Por qué no tenemos control sobre las olas? ¿Por qué aparecen las olas indeseadas? Porque en el mundo de la dualidad, los opuestos tienen que mostrarse juntos. Es muy importante que entendamos también esta verdad. Nuestra experiencia está en perfecto equilibrio: si hay “guapo”  tiene que haber “feo”. Si hay éxito, tiene que haber fracaso. Si hay iluminado, tiene que haber no iluminado. Si hay amado, tiene que haber no amado. Así son las cosas, y no es un problema hasta que entramos en guerra con el modo en que son, hasta que nos oponemos al equilibrio de la vida.

La belleza de la vida es que está en constante movimiento, siempre cambiando. No podemos sentir lo mismo todo el tiempo. En la experiencia presente no hay “todo el tiempo”, y tampoco hay “nunca”; solo la danza de las olas, ahora.

En el océano que eres, el cambio, la fluctuación, y la impermanencia son la manera de ser de las cosas. Al océano inmutable le encanta expresarse en forma de olas que cambian constantemente; lo que sucede es que, en nuestro empeño por ser un yo coherente, por tener un relato de quiénes somos, sólido, congruente e inmutable, consideramos negativa la incoherencia y la volubilidad, e intentamos evitarlas a toda costa. Queremos sentirnos igual mañana que hoy. Queremos tener los mismos pensamientos y opiniones, querer las mismas cosas, albergar las mismas creencias día tras día y año tras año. No queremos cambiar de idea. No queremos que nos consideren personas volubles, cambiantes, con las que no se sabe a qué atenerse, incapaces de decidirse por una cosa o por otra. El cambio, el movimiento, el flujo, son la marca de ser de todo cuanto existe, y sin embargo, nosotros deseamos ser inamovibles, llevar por bandera una imagen definida e inmutable de quiénes somos, contar un cuento coherente sobre nosotros mismos día tras día. Queremos ser “algo”, y, no obstante, nuestra naturaleza nos impide ser jamás “algo” fijo. Y a causa de nuestro malentendido sobre quiénes somos realmente, entramos en guerra con la integridad de la experiencia, intentando inmovilizar el flujo natural de la vida…, lo cual tiene como resultado una gran frustración y sufrimiento.

Estamos en guerra con los opuestos; rechazamos cualquier opuesto que no se ajuste a nuestra imagen de nosotros mismos y no nos damos cuenta de algo muy importante: de que en realidad no hay opuestos. Los opuestos son creación de la mente. Solo la mente separa la realidad, divide en dos las experiencias y luego se lanza en pos de uno de los opuestos e intenta escapar del otro.

He aquí algo que resulta crucial entender: en realidad, lo sentimientos no tienen opuesto. La energía del cuerpo no tiene opuesto. La vida no tiene opuesto.

No existe un opuesto de un sentimiento o una emoción. Todo sentimiento y toda emoción son una experiencia completa en sí mismos.

La experiencia en sí no tiene opuesto.

Como decía antes, sin relato, no tienes forma de saber lo que estás experimentando. Sin ningún relato, sin nombrar las olas, la vida es simplemente energía en bruto, energía pura en movimiento. Es el océano – sin nombre y misterioso- . Intentamos calificar esa energía, la juzgamos, tratamos de escapar de ella, la convertimos en el negativo de un opuesto positivo, y luego buscamos lo positivo.

Y sin embargo, por debajo de todo eso, ni siquiera sabemos, en realidad, de qué huimos. Llamamos a una ola “miedo”, “ira”, “tristeza”, “aburrimiento”, “pesar”, “alegría” o “dolor” porque estos son los nombres y conceptos que hemos aprendido- solo por eso-, y luego, o intentamos escapar de estas olas o nos aferramos a ellas. Pero quítales todos esos rótulos que les has puesto y, en realidad, ¿de qué intentas escapar, o a qué te aferras? ¿Lo sabes? ¿Qué sucede cuando nos desprendemos de todos los rótulos, de todas las descripciones que hemos aprendido, y afrontamos la energía en bruto de la vida tal como es en este momento, sin intentar cambiarla, eludirla ni aferrarnos a ella? ¿Qué ocurre cuando nos desprendemos de todas las descripciones  de lo que es o no es este momento y sentimos profundamente las sensaciones presentes?

Aquí es donde empieza la verdadera aventura de la vida.

Cuando trasciendes el relato de lo que sientes en cualquier momento, acabas viendo que en realidad nunca has sabido realmente de qué escapabas. Y te encuentras con la energía en bruto de la vida. Estás desnudo ante la vida… y esta es la verdadera sanación. Es el derrumbe de todas las ideas sobre cómo debería ser este momento.

En realidad, no anhelamos encontrar lo que buscamos; anhelamos descubrir que ya somos lo que estamos buscando, incluso en medio de sentimientos de fealdad, de fracaso, de debilidad, de inseguridad, de devastación total. En realidad, anhelamos todo aquello de lo que escapamos – la fealdad, el fracaso, el miedo, la debilidad, la inseguridad, la devastación-, porque, en cierto nivel, sabemos que es en estas cosas donde reside la completitud. Anhelamos permitirlo todo.

La vida se presenta con todos los aspectos- belleza, fealdad, y todo lo que hay entre ellos- en el espacio abierto que soy, y a todos se les permite ir y venir en él. Lo contengo todo. Lo abarco todo. Lo incluyo todo. Lo encuentro todo en mí. Soy bello. Soy feo. Soy digno de amor. No soy digno de amor. Soy un éxito. Soy un fracaso. Soy jovial. Soy desdichado. Soy fuerte. Soy débil. Sé. No sé. Estoy iluminado. No estoy iluminado. Me siento seguro. Me siento inseguro. Cuando dejas de estar en guerra con los opuestos, hay suficiente sitio para todo esto. La totalidad de la consciencia humana puede pasar entonces por ti. Todo aquello a lo que en un tiempo llamamos “negatividad” ahora forma parte de la celebración de la vida. Todas las olas tienen permiso para estar en el océano. Las ideas que albergábamos sobre lo que es negativo y lo que no es negativo se liberan completamente cuando hay una profunda aceptación.

¿Quieres ser bello? Entonces has de aceptar profundamente tu fealdad, has de darte cuenta de que tiene permiso para estar en lo que eres. Ese es el trato. ¿Quieres ser fuerte? Entonces debes aceptar profundamente tu debilidad, debes ver que solo cuando permites por completo todos los sentimientos de debilidad, aflora una fuerza verdadera…, una fuerza que no está en guerra con la debilidad. Ese es el trato. ¿Quieres ser un triunfador? Entonces es necesario que triunfes en amar tu fracaso, que te des cuenta de que incluso el más completo sentimiento de fracaso tiene permiso para estar en lo que eres. Ese es el trato. ¿Quieres sentirte amado? Entonces tienes que poder aceptar profundamente el no sentirte amado, aquí y ahora. Ahí es donde descubres un amor sin opuesto…un amor al que nada se puede oponer. Ese es el trato.

Si te abres paso a través de tus miedos más profundos y oscuros – el miedo a ser feo, el miedo al fracaso, el miedo a la pobreza, el miedo a la enfermedad-, al tocar fondo, lo que casi siempre encontrarás es el miedo esencial “nadie me querrá”. Seré feo y se me despreciará por mi fealdad; sentiré dolor y estaré solo e indefenso por ese dolor;  sentiré añoranza del hogar, estaré incompleto, y más cerca de la muerte, si fracaso. Nuestro miedo no es en realidad miedo al fracaso, a la fealdad o al dolor, sino a lo que todo ello simboliza en nuestro mundo. Y para mucha gente el fracaso está ligado a la desaprobación, al rechazo, al abandono y, en última instancia, a la falta de amor.

Cuando descubres quién eres realmente- el espacio plenamente abierto que lo entraña todo- , descubres que el fracaso, la enfermedad, la fealdad, la indefensión, la inseguridad y la debilidad existen para que los abraces, no para que los eludas. El océano de la vida ya ha abrazado todas las olas – incluidas las que más tememos, incluidas las que nos parecen una amenaza mayor para quienes somos-. Lo que eres no es una imagen, y ninguna ola puede ponerlo en peligro. Lo único que puede peligrar es la imagen.

Cuando empiezas a vivir como el vasto espacio que eres, el espacio en el que todo sucede, y sabes que eres la capacidad para que exista este momento, te das cuenta de que todos los sentimientos – buenos y malos, positivos y negativos-  están ya aceptados profundamente en lo que eres. Llevan apareciendo toda tu vida, y no necesitas más prueba que esa. Ese abrazo total a todas las olas de experiencia es el amor que siempre has buscado.

 

Continuaremos...

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ACEPTACIÓN 15 - EL RELATO DE MI MISMO

 

No solo no tienes un dentro y un fuera, sino que tampoco has experimentado nunca real y directamente que seas una persona, (¡intenta contarle esto a un psiquiatra!).Lo único que encuentras son pensamientos que aparecen, sonidos y sentimientos que aparecen en lo que eres. Y luego el pensamiento dice:” Estos son mis pensamientos, mis sentimientos, mis emociones. La vida me está sucediendo a mí”. Ahí es donde empieza el relato de la persona: en la identificación con las formas que pasan por la pantalla de la conciencia, la identificación con los pensamientos y sentimientos, con las olas que aparecen y desaparecen en el océano que eres tú.

Busca una fotografía de cuando eras niño. ¿Quién es ese de la fotografía? Puedes responder: ”Soy yo”. Pero esa respuesta nos obliga a preguntarnos: ¿Qué es ese “yo” que dices ser? ¿Es ese “yo” de la fotografía el mismo “yo” que está aquí ahora?

Los pensamientos sentimientos, creencias e ideas que aparecen y desaparecen en tu experiencia actual no son de ningún modo los mismos que aparecían y desaparecían hace tantos años. Tu relato de ti mismo ha cambiado desde entonces, quizá hasta el punto de que ni siquiera puedas reconocer el de antes. Antes querías ser bombero o bailarín de ballet. Antes te aterraba el monstruo que podía haber escondido en el armario, y creías que en el jardín de tu vecino vivían bajo tierra unos pequeños dinosaurios rosados.

Hoy en día, tus prioridades han cambiado. Ya no te preocupa el monstruo del armario; te preocupa ganar suficiente dinero para pagar el colegio de tus hijos, tu pensión, el mercado bursátil, la guerra, el último ataque terrorista, no iluminarte en ésta vida. ¿Puedes decir realmente que seas el mismo “yo” que eras entonces? Tu aspecto físico ha cambiado por completo; de hecho, no queda en tu cuerpo ni una sola célula de aquel “yo”. Tu cara, tu voz, tu pelo…todo se ha transformado.

Pero por alguna razón sigues sintiendo que eres tú, de una manera que no sabrías explicar. Hay cierta sensación de “estar aquí” que no ha cambiado. El sentimiento de “yo soy” ha permanecido constante. El océano sigue igual, son las olas las que se han modificado. Millones de pensamientos han ido y venido; han aparecido y desaparecido toda clase de sentimientos. Pero éste sentimiento básico de “Ser” se ha mantenido intacto…Y, sin embargo, no podemos en realidad decir nada sobre lo que es ese Ser. Sientes que es algo íntimo, algo que de algún modo es totalmente tú, y es a la vez misteriosamente incognoscible; enigmáticamente te supera.

Siempre es extraño en la actualidad encontrarme con alguien que me conocía cuando era más joven. Cada persona vive con su propia versión de mí. Aunque hayas cambiado hasta tal punto de que sea imposible reconocerte- ¡incuso aunque hayas muerto!-, la gente seguirá llevando consigo su relato individual de quién eres, basado en la memoria. Vivimos cada uno en nuestros relatos de los demás. ¿Nos encontramos alguna vez de verdad unos con otros?

Sin hacer referencia al pasado ni al futuro, ¿quién eres ahora mismo?

Hablamos sobre descubrir nuestra “verdadera identidad”, pero nuestra verdadera identidad no reside en el relato de nuestras vidas. Yo no soy el relato de mis logros y fracasos, de mi estatus social, de mi riqueza o de mi pobreza. No soy el relato de mis relaciones florecientes o fallidas, de mi enfermedad o incapacidad. No soy el relato de mi niñez ni de mis vidas pasadas o futuras. No soy el relato de mi raza, de mi color ni de mi religión. No soy el relato de mis creencias, de mi búsqueda de la iluminación ni de mi éxito o mi fracaso al intentar alcanzarla.

Soy únicamente lo que sucede en éste momento. Ahí es donde en verdad reside mi identidad: en el aquí y el ahora, no en un relato de mí enmarcado en el tiempo. Soy idéntico a este momento. Ese es el verdadero significado de la palabra “identidad” “ser idéntico a”. Lo que soy es idéntico a la Vida tal como aparece ahora, lo mismo que el océano es siempre idéntico a sus olas.

¿Quiénes somos en realidad? Como olas individuales del océano de la vida, es posible que todos seamos diferentes en cuanto a forma, tamaño, color, creencias, pasado, experiencias, conocimientos, capacidades, pero ¿acaso no somos todos: agua? Puede que seamos distintos en apariencia, que cada uno seamos una expresión única del océano, pero nuestra esencia es la misma. ¿Es un rey realmente más poderoso, en esencia, que su bufón?

Por debajo de nuestros roles, por debajo de todas las imágenes que tenemos de nosotros, aunque seamos reyes o vasallos, santos o pecadores, ¿acaso no somos todos simplemente este íntimo espacio abierto de la consciencia? ¿Acaso no somos todos simplemente idénticos a este momento?

Los pensamientos aparecen y desaparecen, como los sentimientos, las sensaciones, sonidos olores y sabores de toda clase. Vienen y van. Aquí, todo está vivo, siempre en movimiento. Tendría que pulsar el botón de “pausa” en este paisaje eternamente cambiante para empezar a contar un relato inmutable de mí mismo. Necesitaría inmovilizar de algún modo el río de la vida, fijar este momento, señalarlo y decir: “Este pensamiento, éste sentimiento… ¡esto soy yo!”. Pero la belleza de la vida radica en que no se puede inmovilizar ni fijar. Existe en constante movimiento, en una danza eterna. Al río de la Vida no lo puede parar nadie.

No es de extrañar que la palabra “momento” y la palabra “movimiento” tengan la misma raíz (del latín “moveré”, que significa “mover”). Este momento es inseparable del movimiento de la vida. La quietud está enamorada del movimiento. El océano está enamorado de sus olas.

Es de esperar que en este momento seamos capaces de entender con claridad a qué se refieren las enseñanzas espirituales cuando dicen que “no hay un yo” o “no hay un ego”. Profundiza en la experiencia presente y descubrirás que no hay un algo separado, independiente, llamado yo en este espacio abierto que eres. Lo único que hay es la danza de la vida, la danza de las olas…pensamientos, sensaciones, sentimientos…que aparecen y desaparecen, que llegan y se van.

El pensamiento “no hay un yo” también es una ola que viene y se va y no define lo que soy. Hay que tener cuidado. Si no vas con mucho cuidado, simplemente empiezas a “creer” que no hay un yo. Ahora “no hay un yo” es tu nueva religión, ¡tu nueva imagen de ti mismo! Un yo empieza a creer que no hay un yo. Una ola, que sigue considerándose una ola separada, que sigue sufriendo y añorando el reposo, se dice a sí misma “No hay ola”. Es ingenioso el buscador ¿a que si?

Algo que parece ser también fuente de confusión entre los buscadores espirituales es la idea de que el yo es una ilusión. Puede ser que sea una ilusión, pero cuando accidentalmente me doy un golpe en la cabeza al salir del coche, ¡vaya si duele!

Quizá sea de ayuda saber lo que significa en realidad la palabra “ilusión”. Se deriva del término latino “illudere”, que significa “reírse de” o “jugar con”. Luego, ilusión significa simplemente “un juego” o “una apariencia engañosa”;  no significa “no existencia”. Esto puede aclarar mucho la confusión. El yo, el Ego, es una ilusión, no porque no exista, sino porque no existe de la manera que lo imaginamos. Imaginamos que hay un yo sólido y separado –una entidad separada aquí, en el centro de la vida-, pero cuando investigamos, esa idea tan arraigada se desmorona, y vemos a través de la ilusión que lo que de vedad soy es intimidad con la vida en sí. No es que la ola no exista, sino que es inseparable del océano.

La idea de que el yo ( o ego) está separado de la vida en sí es la ilusión, pero el yo, como expresión única, incomparable e irrepetible del océano, sigue pareciendo que existe.

Así que no es que no haya un yo, sino que, cuando miro de nuevo con atención, ahora mismo, no encuentro algo separado de la vida llamado yo. No encuentro nada aquí que sea sólido y perdurable en el tiempo y el espacio. No encuentro nada separado de este momento. Solo encuentro formas pasajeras –olas de experiencia que aparecen y desaparecen-. Solo encuentro pensamientos, recuerdos, imágenes, sonidos, sensaciones, olores, sentimientos…que vienen y van en el espacio que soy. Y el relato de “mí mismo” es también algo que viene y va en el espacio que soy.

¡”Yo” voy y vengo en lo que soy!

La ilusión es que existe aquí algo sólido, fijo, separado. En definitiva, puedo decir que “no hay un yo fijo”; o, en realidad, podría decir que “todo es yo”, puesto que todas las olas son inseparable de lo que soy. Las palabras que emplees dejan de importar cuando de verdad ves lo que está pasando. Todas las palabras del mundo vuelven a disolverse en el espacio, en el silencio.

 

Continuaremos…

 

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ACEPTACIÓN 14…TODO ESTÁ EN TU MENTE

Hay una idea bastante común en las enseñanzas espirituales, con las que comulgan algunos científicos y filósofos, y es la idea de que el mundo existe solo en nuestras mentes o en nuestros cerebros, de que el mundo es pura imaginación nuestra o, peor aún, de que es un simple error de percepción. Pero ¿alguna vez forma esto parte de tu experiencia directa de la vida? ¿Percibes el mundo como si estuviera dentro de algo, de algo llamado mente? ¿Dónde se encuentra, con exactitud, esa mente dentro de la cual se supone que está el mundo? Y ¿de quién es esa mente? ¿Mía? ¿Qué es “mía”  en la experiencia directa?

Cuando miro de manera nueva, ahora mismo, lo que vuelvo a encontrar es que aparecen pensamientos, aparecen olores, aparecen sonidos, aparecen sentimientos – todos en el espacio abierto que soy- , pero no hay ninguna prueba de que lo hagan dentro de algo diferente llamado mente. No encuentro ninguna prueba de que algo llamado mente esté produciendo todo lo que se piensa, se ve, se huele, se oye o se siente. No encuentro ninguna prueba de que estas olas de experiencia provengan de una mente ni de alguna otra cosa o lugar. Solo puedo decir que no encuentro algo como la mente – fuera del pensamiento que surge en el presente-. El pensamiento dice: “hay una mente separada”, pero no es más que un pensamiento que aparece. De niño, aprendí que “tengo” una mente. Pero ¿es verdad?

Lo único que encuentro cada vez que miro es la experiencia presente. No encuentro ni pasado ni futuro, sino ahora, y si acaso encuentro pasado y futuro, se trata de recuerdos e ideas que aparecen ahora. Todo es “ahora”.

Y lo que encuentro ahora es que la experiencia no está ni dentro ni fuera de mí. Sencillamente, aquí no encuentro ni dentro ni fuera; lo único que hay es intimidad total con todo lo que aparece. La experiencia no está contenida dentro de nada, ni encuentro ninguna prueba de que esté fuera de nada.

Así que mi experiencia de la habitación en la que estoy sentado no se halla “en mi mente”; no encuentro ninguna prueba de eso. Mi experiencia de la habitación está justo aquí, como habitación; no está separada de la habitación. Es la habitación, y es percibida. La experiencia no tiene localidad; no está localizada ni en la cabeza ni en el cerebro. Está en todas partes, lo mismo que el océano está presente en todas sus olas. Es la taza de té que me estoy tomando. Es el cielo y las estrellas. Es las hojas que crujen bajo mis pies mientras camino hacia la oficina de correos. El mundo, ni está “ahí fuera” ni está en mi mente. Es íntimamente uno con lo que soy. Me sigue a todas partes. No puedo sacudírmelo de encima. No entro en el mundo y salgo de él; el mundo está siempre aquí. No me muevo por el mundo; él se mueve conmigo. Y no hay un yo separado de él. (¡Ah!, ¿verdad que son maravillosas las palabras?

Aunque desde cierta perspectiva pueda parecer que una ola está muy alejada de otra ola del océano, desde la perspectiva del océano, dado que cada ola es el propio océano, el concepto de distancia o de ausencia de distancia no significa nada. El océano no tiene una localización específica, lo cual equivale a decir que está en todos los lugares a la vez. En otras palabras, está siempre “aquí”.

Todas las olas del océano que  soy, son esencialmente yo, incluso aunque parezcan estar a millones de kilómetros de mí.

EL RELATO DEL MUNDO

Puedes tener una experiencia diferenciada y concreta de cualquier cosa que haya en tu mundo – un coche, un árbol, el dolor, la frustración, un bocadillo de queso, el sol, una cuchara- solo si en cierto nivel te cuentas a ti mismo lo que estás experimentando. Para poder experimentar algo, necesitas tener un relato de pensamiento sobre lo que es; de lo contrario, no tienes manera de saber lo que estás experimentando. Sin el relato, realmente no tienes forma de saber lo que miras. El pensamiento etiqueta todo lo que aparece. ¿Cómo sabes que estás mirando el sol si el pensamiento no te dice qué es el sol? ¿Cómo sabes que te estás comiendo un bocadillo de queso si no tienes el relato titulado “Este es un bocadillo de queso”? ¿Cómo puedes saber los nombres de todos los platos que tienes a tu disposición en el restaurante de la vida sin haber consultado primero el menú del pensamiento?

Es cierto que algunas personas han llevado éste mensaje demasiado lejos, hasta el punto de decir que, sin pensamiento no hay nada. Es un error de concepción, porque “nada” no es más que otro pensamiento…el opuesto de “algo”. La realidad está más allá incluso de esto. Sin el relato mental que te dice lo que estás experimentando, no es que haya algo llamado “nada”, sino que no tienes manera de saber lo que estás experimentando. Hay un puro “no saber”. Te encuentras con el mundo por primera vez. Estás en el Jardín del Edén, y no tiene nombre todavía. Esto trasciende todas las ideas que puedas tener sobre “algo” y “nada”.

Para experimentar cualquier cosa – o mejor dicho, para saber lo que estás experimentando-, debes contarte a cierto nivel lo que estás experimentando. Para percibir una silla, por ejemplo, debes contarte en cierto nivel que eso es una silla; el relato de la silla tiene que haber empezado a hablarte; si no, no tienes forma de saber lo que es.

Antes de que nombremos al mundo, solo hay misterio.

Para experimentar lo que son tu madre, tu padre, tu hermana o tu hermano, en cierto nivel debes contarte (o recordarte) quiénes son. Sin tu relato sobre quiénes son, no tienes forma de saber quiénes son, ¿verdad? Sin tu relato, te encuentras con ellos, literalmente, por primera vez. Sin el relato, lo único que hay es intimidad total. Más allá del relato, hay amor. Y amor significa “no dos”.

Sin embargo, nos olvidamos de que estamos experimentando nuestro propio relato del mundo…, nuestros propios pensamientos y rótulos, nuestras propias interpretaciones y recuerdos, nuestros propios prejuicios y miedos, nuestro propio condicionamiento y nuestros propios sueños. Y todos caemos en la creencia de que hay realmente un mundo separado ahí fuera, con objetos y personas segregados unos de otros y de que experimentamos éste mundo objetivamente y hacemos luego un informe de él. Olvidamos que lo que experimentamos es una proyección de nuestro propio sueño, y vivimos como si estuviéramos separados –y fuéramos esclavos y víctimas- de un mundo que está “ahí fuera”. Olvidamos la total intimidad que hay en lo más hondo y esencial de la vida, y caemos en un mundo de separación y fragmentación, un mundo donde yo estoy aquí y todo lo demás está allí, y siempre nos encontramos a mayor o menor distancia de ello. Este olvido es el origen de que nos sintamos solos, del aislamiento y de la depresión.

Después empezamos a hablar de cosas como “mi mente”, como si fuera algo real, una sustancia, una entidad en nuestro mundo. Olvidamos quiénes somos realmente- el espacio abierto que contiene toda forma- y nos identificamos con la idea de que somos mentes y cuerpos separados, personas separadas confinadas en nuestros mundos separados. Las consecuencias son la fragmentación y el aislamiento. Y luego, en nuestro estado fragmentado, nos volvemos hacia la religión y la espiritualidad para librarnos de la fragmentación. Y hacemos todo esto porque no nos paramos a indagar realmente, hasta lo más hondo, en nuestra experiencia y no nos damos la oportunidad de descubrir la verdad íntima.

Piensa en la libertad que se desencadenaría si enseñáramos a nuestros hijos a mirar – a mirar realmente- su experiencia presente y a descubrir la intimidad que hay en ella. Sacudiría la sociedad hasta su cimiento. Quizá por eso no lo hacemos.

 

Continuaremos…

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ACEPTACIÓN 13...LA PERCEPCIÓN DIRECTA DEL MOMENTO PRESENTE

LA PERCEPCIÓN DIRECTA DEL MOMENTO PRESENTE

El aprendizaje más útil…es desaprender lo que no es verdad  (Antisthenes)

 

Ha llegado la hora de cuestionar algunas de nuestras ideas más sólidas y fundamentales sobre lo que es la realidad.

Detente un momento. Vuelve de inmediato a la experiencia presente, a lo que está ocurriendo realmente donde te encuentras ahora. Ve, oye, contempla con una mirada nueva tu experiencia. Empieza de nuevo, como si fueras un niño que ve el mundo por primera vez…, puesto que, de hecho, siempre lo ves por primera vez. En este momento, la vida es siempre nueva. Nunca antes has vivido este momento, y nunca lo volverás a vivir. Nunca antes has oído los sonidos de este momento. Nunca antes has sentido los sentimientos de este momento. Nunca antes has leído estas palabras. Incluso si crees que sí, es solo un pensamiento sobre el pasado, un recuerdo que aparece ahora, en este momento nuevo, intacto.

Cuando regresas a lo que está sucediendo ahora mismo, lo que encuentras es simplemente el espontáneo juego de la vida. La vida es una danza de pensamientos, sonidos, sensaciones, olores, que aparecen y desaparecen, todos radiantes y libres en el espacio que eres. Y fíjate que no has de hace ningún esfuerzo para ver, oír y sentir.

Escucha…sin que tengas que hacer nada, los sonidos simplemente aparecen. El silbido de la respiración, el estruendo de los coches tocando el claxon, el ruido de la televisión, un pájaro que canta…Todos estos sonidos sencillamente aparecen, y los oyes, sin esfuerzo. Cierra los ojos si quieres, y date cuenta de la absoluta falta de esfuerzo que hay en e oír. Ni siquiera necesitas recordarte que has de hacerlo; no necesitas decirles a los oídos “oíd”. Sucede sin más, con naturalidad, sin esfuerzo. Se podría decir que el oír sucede sin que tú intervengas ni lo más mínimo.

Y luego aparece un pensamiento: “Estoy oyendo”. ¿Qué significa eso? Significa:” Yo soy una persona separada que oye esos sonidos. Por un lado estoy yo, y por otro lado los sonidos. Yo soy el sujeto, y los sonidos son los objetos. Hay un perceptor separado de lo percibido. El sonido está fuera, y yo estoy aquí dentro”.

El pensamiento hace suposiciones de inmensa magnitud sobre la realidad, y rara vez nos paramos a examinarlas y comprobar si se sostienen ante una sencilla investigación.

“Oigo los sonidos” ¿De verdad es así?

Estamos cuestionando algunos de los supuestos más básicos sobre nuestra manera de percibir el mundo, supuestos que quizás hayas dad por hechos desde que eras muy pequeño. Pero, como dijo Jesús, debemos volver a ser como niños para entrar en el reino de los cielos (Que es el reino del momento presente). Así que exploremos.

“Oigo los sonidos.” ¿Es decir, que hay dos cosas: el sonido y ú que lo oyes?¿Existe realmente alguna vez esta separación entre el sonido y la persona que lo oye? En realidad-en la experiencia directa y sin filtrar-, ¿hay alguna prueba de que haya aquí un alguien separado que oye los sonidos? ¿Hay en realidad, un yo que oiga los sonidos, o el oír es algo que simplemente sucede, sin esfuerzo?

Compruébalo tú mismo. En tu experiencia personal, justo ahora, ¿encuentras dos cosas: la que oye el sonido y el sonido en sí? ¿O hay una sola cosa, que es el oír sin esfuerzo? ¿Ves que en tu propia experiencia haya alguna línea divisoria, en el tiempo o en el espacio, entreoír el sonido y el sonido en sí? ¿Encuentras al que oye el sonido aquí, y allí, separado, el sonido, o acaso el aquí y el allí en realidad nunca forman parte de tu experiencia directa?

Durante la mayor parte de mi vida, viví convencido de que aquí había un yo separado, justo en el centro de toda experiencia, una entidad que se encargaba de oír, deber, de pensar. Y sin embargo, al investigarlo, esa teoría jamás comprobada se desmoronó. No hay aquí nadie que se encargue de vivir; lo único que hay es la vida que aparece, lo único que hay son las diversas olas de experiencia que se elevan y caen, y en el centro de todo ello no hay nadie.

Repito que no quiero que me creas, sino que lo descubras tú mismo. ¿Puedes  detectar al que oye, al que ve, al que piensa, o acaso la realidad es mucho, muchísimo más sencilla: los sonidos aparecen, el ver sucede, los pensamientos surgen…¡y no es sino un pensamiento más el que dice: “Estoy haciendo esto.”!?

Compruébalo tú mismo. ¿Qué es más verdad, decir: “Los sonidos simplemente aparecen” u “Oigo sonidos.”? ¿Cuál de los dos enunciados se sostiene tras una investigación directa? Reflexiona sobre esta pregunta. Medita sobre ella.

Aún así, al pensamiento “oigo el sonido” o “tengo el pensamiento” se le permite aparecer; es una  ola más a la que, en el sentido más profundo, se le permite existir en el océano que eres. E incluso a pesar de que, en última instancia, estos pensamientos no sean verdad, este modo de hablar resulta práctico para la comunicación humana. En el mundo en el que vivimos, decirle al otorrinolaringólogo: “Simplemente hay sonidos que aparecen, pero no consigo encontrar a alguien separado que los oiga” no serviría de mucho…y lo más probable es que, a quien lo dice, lo enviaran rápidamente a un tipo de médico muy distinto.

Así que al pensamiento “oigo” se le permite aflorar. Pero el misterio de la existencia es que el oír sigue teniendo lugar aun sin el pensamiento “oigo”, ¿no es cierto? El pensamiento “oigo” por sí mismo no oye nada ¿verdad? Sin el pensamiento “veo”, e ver sigue sucediendo, y sin el pensamiento “pienso”, siguen apareciendo los pensamientos, ¿te das cuenta? La realidad es siempre anterior al pensamiento. Este siempre llega después, intentando desesperadamente capturar una realidad que es ilimitada, íntegra, que está unificada, completa y convertirla en un “relato” sobre la realidad que es siempre limitado, divisivo, dualista y más incompleto. El pensamiento se apodera de un “oír” que no conlleva el menor esfuerzo y dice: “Oigo”, de un “ver” que no exige esfuerzo alguno y dice: “Veo”, de un vivir fluido y espontáneo y dice: “¡Esta es mi vida!”. Es casi como si el pensamiento intentara demostrar que la vida le pertenece. El pensamiento dice: ¡”Eso lo he hecho yo! ¡Yo he hecho que ocurra!”. Quiere atribuirse la autoría de todo. Quiere tener el control absoluto. Quiere ser Dios.

La verdad es que no somos los “hacedores” de la vida. La vida hace lo que hace, y solo después llega el pensamiento y se atribuye la autoría de cosas que nunca hizo. El pensamiento dice:”¡Yo he hecho eso! ¡Yo he hecho que ocurra! ¡Tengo la vida bajo control!”, y nos lo creemos hasta el día que morimos.

Así que decimos: “Veo un árbol”, y esa afirmación nos obliga a preguntarnos: ¿quién es el que ve el árbol? ¿Hay dos cosas: la vida y yo, el árbol y la entidad que lo ve? ¿O acaso existe la sola realidad homogénea, indivisible, inefable, unificada, que es la vida misma, una realidad que no puedo de ninguna manera separar de mí? Cuando regreso a la experiencia presente, lo único que encuentro es un “ver” sin esfuerzo que está sucediendo ahora mismo, sin ninguna división entre el que ve y todo aquello que está viendo. La vida no tiene fronteras. Ver no tiene dentro y fuera. Hay simplemente ver, simplemente formas, colores y texturas que aparecen en la vasta percepción consciente que soy. Sencillamente, no puedo encontrar la línea divisoria entre lo que soy y todo lo que aparece. No puedo encontrar el lugar donde yo termino y la vida empieza. Tal vez  la línea no existe ni nunca haya existido.

Es más tarde cuando el pensamiento dice: “Yo. Yo veo. Yo veo un árbol”. Ahora parece que hay dos cosas: el árbol y yo. Ahora me siento separado del árbol de un modo inexplicable; parece que estuviera, no se sabe cómo, fuera de mí. A cierto nivel, ahora me siento limitado y echo de menos el hogar; me siento separado del  árbol y añoro la unión. Me siento separado del cielo, me siento separado de mi cuerpo, de ti, y añoro la unión. Pero antes del pensamiento, antes del sueño de dentro y fuera ¿existe realmente algo que nos separe? ¿Acaso lo único que existe no es intimidad? ¿Hay necesidad de “re-unión” cuando ya hay unión?

Antes del pensamiento, ¿quién está separado de la vida? ¿Quién está incompleto? ¿Quién añora la unión?

Jesús dijo una vez: “Tienes que perder la vida para salvarla”. Siempre me había desconcertado esta frase-parece la  paradoja suprema- , hasta que me di cuenta de que quizá se refería a la intimidad total entre lo que soy, en esencia, y la vida en sí. Así son las cosas, en el lugar donde sería de esperar que encontrara una entidad llamada “yo”, lo único que de verdad encuentro es esta asombrosa danza de olas, y nada que me separe de ellas. En la ausencia del “yo”, encuentro la presencia del mundo. El mundo y yo estamos enamorados-en el verdadero sentido de la palabra “amor”-. Pierdo la identificación con “mi vida” y descubro mi inseparabilidad de la vida en sí. Descubro que no soy una consciencia, un alma o un espíritu desencarnados separados de la vida, flotando sobre ella, más allá o detrás de la vida,  o que hayan existido antes o existan después de la vida. Soy la vida.

La experiencia presente está tan llena de visiones, sonidos, olores y sensaciones que no queda  sitio para un yo separado. ¡La vida me excluye!

Nisargadatta Maharaj pronunció estas bellas palabras:"La sabiduría dice que no soy nada. El amor dice que lo soy todo. Entre ambos fluye mi vida”. Como vasto océano del Ser, no eres nada en particular. No eres un yo ni un tú. Lo que eres es el inmenso espacio abierto en el que todo sucede, y reconocer esto da claridad y sabiduría. Pero la claridad y la sabiduría no están completas sin su reflejo: el amor. Y el amor nace de reconocer que, como espacio abierto, como océano,  lo que eres acepta incondicional y profundamente todas las olas que aparecen…, todas las visiones, sonidos, olores y sensaciones que están apareciendo ahora. Todo es inseparable de la nada que eres. En tus ojos, todo es amado. El reconocimiento de la sabiduría está verdaderamente incompleto sin el reconocimiento del amor.

Veo que muchos buscadores espirituales se atascan el el aspecto “nada” de la realización, y se quedan solamente con un entendimiento intelectual del despertar, que no les da ni libertad ni descanso. El verdadero final del sufrimiento nace de reconocer esta intimidad total con la propia vida…, en otras palabras, la profunda aceptación de “todo” lo que aparece en la experiencia. En esta profunda aceptación, la mente y el corazón son uno. Nada es todo; nunca han sido dos cosas separadas. La claridad y la certeza mentales dan lugar a la profunda aceptación de este momento.  Y ahí, la guerra termina.

Sí, justo en el centro de nuestra experiencia encontramos una intimidad, una total inseparabilidad de todas las olas de la experiencia: pensamientos, sonidos, olores, sensaciones, sentimientos. Olas que no son cosas separadas que vienen y van dentro de nosotros, o que llegan del exterior y nos atraviesan. Son nosotros.

Esta intimidad es lo que todos buscamos, de un millón de maneras distintas. Es la perfecta inseparabilidad de lo absoluto y lo relativo, el yin y el yang, lo masculino y lo femenino, nada y todo, claridad y amor, humanidad y divinidad, y está justo aquí, en algo tan sencillo como ver un árbol, oír cantar a un pájaro o sentir un intenso dolor. Y, sin embargo, lo buscamos “ahí fuera”, en el mundo del tiempo y el espacio, en otras personas, en lugares lejanos, en otros ámbitos en el más allá. Pero si escuchamos con mucha atención, percibiremos quela vida nos llama constantemente de vuelta aquí, donde ya estamos, a nuestro verdadero hogar que está más allá de las palabras, el verdadero más allá.

Jeff Foster-

Continuaremos con…TODO ESTÁ EN TU MENTE-

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ACEPTACIÓN 12..El Verdadero significado de la Aceptación

 

Profundicemos un poco más en la idea de la aceptación, una palabra que suele malinterpretarse con mucha frecuencia.

Mira, se podría decir que lo que eres, lo mismo que el océano, acepta cada ola simplemente  porque es cada ola. No tiene elección, ¡no tiene más posibilidad que aceptar!

El océano no acepta unas olas y rechaza otras; la suya es una aceptación incondicional que está mucho más allá de nuestras ideas condicionadas sobre la aceptación. La aceptación de todas sus olas está más allá de los opuestos conceptuales de aceptación y no aceptación. La aceptación es la inseparabilidad del océano y las olas, y, como tal, no tiene opuesto. Toda ola está aceptada de antemano, y es esa naturaleza ya aceptada de las olas lo que constituye la esencia sobre la que trata éste texto. M e refiero a la más profunda aceptación de la vida, que como individuo no puedes conseguir.

En realidad, la cuestión no es intentar conseguir esa profunda aceptación, sino reconocerla, verla, percibirla en todas y cada una de tus experiencias. No tienes que lograr esta profunda aceptación; eso ya ha sucedido, lo único que te queda por hacer es darte cuenta, sin esfuerzo, de que ya ha sucedido, en este momento y en cada momento. Toda ola de experiencia –todo pensamiento, toda sensación, todo sentimiento, todo sonido, todo olor-tiene permiso para estar aquí. Para cuando una ola aparece, lo que realmente eres ya la ha aceptado. La llegada de una ola es su aceptación. Las compuertas ya están abiertas; a este momento ya se le ha permitido entrar, exactamente como es ahora mismo. ¡Lo único que experimentamos es lo que ya se ha permitido!

Lo que eres ya ha aceptado el momento presente, tal y como es. Lo que eres ya ha dicho sí a lo que es; de lo contrario, lo que aparece en este instante no aparecería. Lo que eres no puede oponer resistencia a nada de lo que aparezca ahora, puesto que es todo lo que aparece ahora. A lo que eres, todo le resulta sencillamente irresistible.

Así que, cuando hablo de aceptación, no uso la palabra de la manera en que se nos ha condicionado a usarla. La uso de una manera nueva, que hace referencia a la más profunda aceptación de la vida…una aceptación, una autorización a estar presente, que ya ha sucedido. Por lo tanto, cuando te sugiero que aceptes o permitas lo que es, es una manera taquigráfica de dirigir tu atención al hecho de que, en este momento…a éstos pensamientos, sensaciones, sentimientos, visiones, sonidos y olores ya se les ha permitido entrar, puesto que ¡ya están apareciendo!

Aceptar nuestros pensamientos y sentimientos es darse cuenta, simple y llanamente, sin hacer el menor esfuerzo, de que esos pensamientos y sentimientos ya han sido aceptados, de que ya se les ha permitido entrar. Ya están aquí. Aceptar no es un logro sujeto al tiempo, sino la realidad del eterno momento presente.

Tú no puedes aceptar, pues lo que eres es aceptación en sí. No eres en realidad una persona separada; eres un espontáneo sí  a éste momento.

Esta definición pone muchas enseñanzas espirituales patas arriba. La aceptación no es un estado que se deba alcanzar en el futuro. No es algo que hayamos de buscar, esperar, anhelar, suplicar. No es un logro personal ni algo que llegue tras años de esfuerzos. No es un acontecimiento mágico, una transformación de la consciencia ni un cambio energético que se producirá algún día. No es una tarea ni el trabajo espiritual que has de desempeñar con disciplina. Es algo que has de redescubrir justo en mitad de tu experiencia presente, aquí  y ahora, esté ocurriendo lo que esté ocurriendo. La aceptación no es una meta futura, sino una realidad presente, siempre. Si es la gracia, entonces es una gracia siempre presente, al alcance de todos, todo el tiempo.

Esta definición revoluciona totalmente la idea que tenemos de la aceptación y el rechazo. La aceptación ya no depende de mí, un individuo separado que intenta aceptar,  que intenta vivir en un estado de constante aceptación, que intenta alcanzar la aceptación como una meta futura, que intenta estar a la altura de un inalcanzable ideal de aceptación que los maestros espirituales y los gurús han fomentado, y que no es sino otra forma de búsqueda. La aceptación consiste en reconocer que eres el espacio abierto de la aceptación, el océano que acepta de antemano todas sus olas, incondicionalmente, aquí y ahora…, incluida cualquier ola de no aceptación.

Recuerdo que hace años, cuando me consideraba un buscador espiritual, sediento de la liberación y la huída que representaba la iluminación, solía creer que aceptar, o mejor dicho “hacer aceptación”, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, era la clave para iluminarse. Si era capaz de aceptarlo todo en todo momento, sería libre…, o eso pensaba yo. Era una idea preciosa, pero por más que intentara aceptarlotodo, estar presente con todo, permitirlo todo incondicionalmente, darme cuenta de todo sin elección, seguía habiendo cosas que no podía aceptar. El dolor físico extremo, la violación, la tortura, el genocidio… ¿cómo podría aceptar experiencias como esas? Cuando experimentaba en mi persona un dolor extremo, trataba desesperadamente de aceptarlo, pero me agotaba en el intento, y luego me castigaba por no haber sabido estar a la altura de lo que yo suponía que debía estar a la altura.

Ahora me doy cuenta de que había una estrategia (en otras palabras, una búsqueda) detrás de aquel intento de aceptación: secretamente creía que, si aceptaba el dolor, el dolor desaparecería. ¡Seguía siendo un rechazo del dolor, solo que disfrazado de aceptación! Qué lugar tan ingenioso había encontrado el buscador para esconderse: ¡justo en el centro de una bella práctica espiritual! La aceptación que se hace con cualquier tipo de esperanza, motivo o expectativa no es aceptación real, sino rechazo disfrazado.

Lo que entonces aún no había descubierto era la naturaleza incondicional  y omnímoda de esta profunda aceptación. Estaba tan ocupado intentando aceptar que terminé pasando por alto esta profunda aceptación de la vida… ¡en la que incluso mi incapacidad de aceptar estaba aceptada! Sí, así de radical es esta aceptación: ¡incluso a tu falta de aceptación del dolor  se le permite formar parte de lo que eres! Todas las olas tienen la aceptación del océano, y si lo que está sucediendo justo ahora es que no aceptas el dolor, eso está aceptado también. El dolor está bien, y la aversión que sientes hacia él, tu deseo de librarte de él, también está bien. Se acepta al buscador incluso cuando es incapaz de aceptar.

Y aquí hay una clara paradoja. Si la vida acepta, acepta totalmente, mi falta de aceptación del dolor, eso significa que deja de ser una falta de aceptación. La no aceptación se trasmuta. Lógica, filosófica y racionalmente esto no tiene sentido, pero es así. Sin embargo, no quiero que me creas; quiero que descubras tú mismo esta verdad.

Hablamos sobre reconocer un significado más profundo de que todo está bien, incluso cuando en la superficie, las cosas no lo estén, sobre percibir una completitud más profunda, incluso cuando en la superficie las cosas no parezcan estar completas. De lo que hablo esa de la relajación suprema, de la paz suprema, del reposo supremo. No de ti, no de que una persona separada se sienta relajada o en paz, o intente hallar reposo, sino de un sentimiento de relajación más profundo que nace de saber que todo pensamiento, toda sensación, todo sentimiento, incluidos los dolorosos, ya se han aceptado en el espacio que eres. Saber que, en el momento, incluso tu falta de aceptación se ha aceptado profundamente es algo que puede desintegrar de raíz incluso el más férreo sufrimiento. Podría decirse que tal ve todo sufrimiento sea sencillamente la ceguera a ésta profunda aceptación.

Visto desde  esta perspectiva, todo sufrimiento es una invitación a aceptar profundamente el momento presente. El sufrimiento, es estrés o malestar psicológico deja de ser algo malo o dañino que hayamos de trascender o destruir, y se transforma en una oportunidad única de que veas con qué sigues en guerra, qué es lo que todavía buscas. En el interior del sufrimiento, siempre encontrarás esta guerra; siempre encontrarás la ceguera a esta profunda t total aceptación.

La guerra es, por lo tanto, una invitación a regresar a esta aceptación profunda y total. El sufrimiento duele, y el dolor nos señala el camino a casa.

“Nostalgia” es una bella palabra que literalmente significa “el dolor del regreso al hogar”. Pero también podría significar “el descubrimiento del hogar incluso en medio del dolor”, porque el hogar está siempre presente, aún en mitad de todas esas experiencias de las que preferirías escapar, lo mismo que el océano está  siempre presente en cada ola y adopta la forma de cada ola.

Intentamos cultivar en nosotros cualidades como el amor, la paz, la aceptación y el desapego.  Nos agotamos intentando amar, intentando aceptar, intentando relajarnos, intentando no juzgar y no identificarnos con nada, e incluso intentando poner fin a la búsqueda de una vez por todas. Pero cuando descubrimos quienes somos realmente, nos damos cuenta de que todas estas cualidades no son el resultado del esfuerzo de una persona separada, sino que están ya presentes de modo natural en quienes somos antes de que nos identifiquemos como personas separadas. Lo que somos es por naturaleza expresión de amor y aceptación, está profundamente relajado y siempre en paz, nunca apegado a ninguna forma, y nunca ha buscado nada. Por naturaleza, no juega ni elige, y está siempre libre de toda identificación. Es el océano, siempre en reposo en medio de la tormenta, permitiendo eternamente la existencia de cada ola, sin juzgarla, sin oponerle resistencia ni apegarse a ella. El final de la búsqueda de toda una vida  no es una meta futura, sino lo que ya somos.

¿Qué aspecto tiene la vida cuando se mira desde este lugar de profunda aceptación, desde este lugar de completitud siempre presente? ¿Qué aspecto tiene la vida cuando comprendes que no eres una persona separada, una ola separada e incompleta en el vasto océano, en busca del hogar, sino el propio océano, ya completo, ya en casa, ocurra lo que ocurra en éste momento? ¿Qué aspecto tiene la vida cuando sabes que eres el espacio plenamente abierto de la aceptación, en el que todos los pensamientos, sentimientos y sensaciones, todas las olas de experiencia, tienen un profundo permiso de ir y venir?

Y una vez que comprendes que eres este vasto océano, ¿qué relación tienes entonces con las olas? ¿Están separadas de lo que eres, o eres ahora íntimamente inseparable de cada una de ellas?

 

Seguimos con el libro…LA MÁS PROFUNDA ACEPTACIÓN, de Jeff Foster-

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ACEPTACIÓN 11...Decididos a Gestionar las Olas

Desde la perspectiva del océano, nada es un problema, en el más profundo sentido. El dolor, la ira, la frustración…vienen y van en el océano, y no son, en sentido real, un problema. Pero como los seres humanos no nos damos cuenta de quienes somos realmente, hacemos un problema de ellos. Decimos “¡Esta ola no debería estar en el océano! Pone al océano en peligro…, pone en peligro lo que soy. Impide, en cierto modo, la completitud del océano, y, si pudiera librarme de ella, volvería a haber completitud”.

Lo que hacemos, en esencia, es no permitir que una ola esté en el océano. ¡No permitimos que una ola, que ya es expresión perfecta de la vida, esté en la vida. Estamos tan profundamente condicionados a juzgar las olas, a dividirlas en buenas, malas, feas, hermosas, seguras, peligrosas, positivas o negativas, que acabamos pasando por alto la completitud inherente a cada ola de experiencia: a cada pensamiento, sentimiento y sensación.

Nos erigimos en jueces de las olas y, básicamente,  juzgamos que unas están bien y otras no están bien, así que permitimos que algunas existan en lo que somos y otras no. Y aquí es donde empieza eso a lo que llamamos: resistencia. Muchos maestros espirituales hablan de “la resistencia que oponemos al momento presente” y de cómo esa resistencia se haya en la raíz de todo nuestro sufrimiento psicológico. Ahora podemos entender por qué nos resistimos a un pensamiento o sentimiento: le oponemos resistencia porque no vemos la completitud en él, porque, a cierto nivel, lo percibimos como una amenaza a lo que somos. Nos resistimos por miedo, porque no vemos la inseparabilidad e intimidad que hay entre lo que somos y lo que aparece en la experiencia presente. Así que, a cierto nivel, sentimos que lo que está ocurriendo no está bien, y nos retiramos para evitarlo.

Ingeniamos maneras de hacerlo muy complicadas, pero, en esencia, lo que intentamos hacer es muy simple: librarnos de las olas que no nos gustan. Deseamos tener el océano bajo control gestionando las olas, de modo que solo aparezcan aquellas que queremos que aparezcan. Todo el sufrimiento humano es una variación de este tema: intentar controlar las olas, intentar controlar la experiencia del momento presente para que se amolde a nuestras ideas y conceptos de cómo debería ser. Si quieres sufrir, ¡compara este momento con tu imagen de cómo debería ser!

Acabo escapando de cualquier aspecto de mi experiencia presente que considero que pone en peligro la completitud. Literalmente, entro en guerra conmigo mismo. Me divido en dos: yo, contra las “olas malas”, las “olas peligrosas”,  las “olas oscuras” o las “olas diabólicas” que hay en mí. Ciertas olas que hay en mí se convierten en una amenaza, así que echo mano del mundo –del siguiente cigarro, la siguiente relación sexual, la siguiente jarra de cerveza, el siguiente subidón espiritual- para dejar de sentir lo que siento, para eludir ciertas olas y, en definitiva, para librarme de esta incompletitud, este vacío, este sentimiento de carencia que palpita en el centro de mi ser. Me hago adicto ( a amantes, a gurús, a sustancias diversas), me apego a rígidos sistemas de creencias o me mato trabajando…, todo para no tener que experimentar lo que experimento, para no tener que sentir lo que realmente siento en este momento, para poder anestesiarme y no sufrir el dolor de ser humano. Como seres humanos hacemos cosas muy complicadas, peligrosas e incluso violentas para escapar del malestar que nos provoca la experiencia presente. Pero lo que ocurre por debajo de esto es siempre muy simple: nos resistimos a lo que es.

Durante un rato, el dinero, el cigarrillo, el encuentro sexual, la experiencia espiritual parecen proporcionarnos alivio de este aprieto; el objetivo externo o la persona parecen hacer que desaparezca la tristeza, la soledad, el miedo, y parecen darnos la completitud que anhelamos. Me aferro a cualquier cosa que crea que me proporciona integridad. Muchas enseñanzas espirituales hablan del “apego”, y ahora podemos entender por qué nos apegamos: cuando pensamos que esos objetos externos y esas personas nos están dando integridad, no podemos soltarnos de ellos, porque hacerlo significaría perder la integridad. Continuar enganchados a ellas puede llegar a ser una cuestión de vida o muerte.

Más adelante hablaré de cómo inconscientemente les otorgamos poder a esas personas y objetos de nuestro mundo que creemos que nos dan integridad y, al hacerlo, perdemos nuestro poder y dejamos de confiar en nuestra experiencia. Por eso el buscador siempre busca un gurú –algo o alguien que tiene poder sobre él- . El gurú adopta muchas formas distintas: puede ser un gurú espiritual (que parece tener el poder de la iluminación), un amante (que parece tener el poder del amor) o una botella de cerveza (que parece tener un misterioso poder de hacerte sentir mejor). El objeto o la persona teóricamente te quitan el malestar durante un tiempo. Durante un tiempo muy breve, el peso del yo, el peso de la búsqueda, desaparece, y sientes un alivio temporal del malestar, del dolor, del sufrimiento. Cuando estás cerca de tu amante o de tu maestro espiritual, cuando estás viendo jugar a tu equipo favorito, cuando estás inmerso en la intimidad del encuentro sexual, en la emoción de los deportes extremos o en las profundidades de la meditación, todo parece volver a estar bien. La búsqueda se relaja y, durante un rato, dejas de sentir el peso de ser una ola separada.

Pero he aquí el problema: cuando retiras el alcohol, el maestro espiritual, el amante o la actividad, el malestar reaparece, a veces, multiplicado. Cuando te separas del objeto buscado –el objeto de la adicción, aquello que imaginabas que te estaba completando-, la búsqueda empieza de nuevo. Muchas veces, solo cuando pierdes lo que pensabas que te completaba te das cuenta de la búsqueda que borboteaba por debajo de ello; simplemente no eras consciente de que estuvieras usando a tu “gurú” para que te completara. La búsqueda era inconsciente.

Sí, es fácil creer que no buscas nada cuando todo te va bien, cuando tienes lo que quieres y la vida se porta bien contigo. Dices:”¡No necesito nada para completarme! ¡Estoy completo!”. Pero entonces pierdes tu dinero, tus posesiones, la salud, a tu pareja, a tu gurú espiritual, la fama, el éxito, tu aspecto, los recuerdos de tu experiencia de iluminación; pierdes el objeto, la persona o la experiencia que pensabas que te completaba…, y la consiguiente incompletitud, la consiguiente soledad, la profunda insatisfacción con la vida –todo lo que se suponía que tus “poderosos” objetos o personas habían hecho desaparecer- vuelve a aflorar. Ni el objeto, ni la persona, ni la experiencia pasajera tenían en realidad ningún poder…, al menos no el poder que tú realmente anhelabas: el poder de poner fin a la búsqueda, de una vez por todas.

Sí es, normalmente no nos damos cuenta de qué estamos buscando hasta que experimentamos la pérdida; y la pérdida puede ser algo terrible…, o una auténtica oportunidad de comprender que, para estar completos, nunca hemos necesitado lo que creíamos necesitar.

¿Qué crees que necesitas para estar completo? ¿Qué tienes miedo de perder? ¿Qué, en caso de que lo perdieras, te haría estar incompleto?

La verdadera libertad no depende de ninguna fuente exterior. La verdadera libertad es ser libre de toda dependencia, es dejar de depender de las fuentes externas para que te completen. El cigarrillo, los encuentros sexuales, la afectuosa mirada de un gurú, no pueden darte una libertad permanente. Solo cuando tu atención gire ciento ochenta grados para contemplar las olas no deseadas de las que huyes, existe la posibilidad de que descubras la libertad total y la paz en tu propia experiencia.

 

Continuaremos con…EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA ACEPTACIÓN-

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ACEPTACIÓN 10...El Océano de la Aceptación

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Cuando te detienes y traes toda tu atención de vuelta a la experiencia presente, a lo que está ocurriendo justo ahora, a donde estás, ¿qué es lo que encuentras? ¿Encuentras que algo aquí sea definitivo, inmutable, inamovible? ¿Encuentras un yo separado y permanente? ¿Encuentras algo sólido llamado yo?¿O lo que ves es que todo lo que hay aquí está constantemente cambiando, en movimiento, danzando de momento en momento?

Los pensamientos aparecen y desaparecen, ellos solos. Las imágenes, los recuerdos y las ideas van pasando uno tras otro por la pantalla de nuestra consciencia, se quedan un rato y luego desaparecen. Van y vienen toda clase de sentimientos: tristeza, aburrimiento, frustración, ira, miedo…Se suceden las sensaciones por todo el cuerpo, los sonidos surgen de la nada: el tráfico de la calle, el zumbido de un televisor, un portazo, tu propia respiración, el canto de un pájaro.

A lo largo de todo el día, asciende y descienden todo tipo de pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos en el océano de consciencia que eres. A todo lo que aparece en la pantalla de nuestra consciencia, podríamos llamarlo “onda de experiencia”. Un pensamiento es una onda. Un sonido es una onda. Un sentimiento, una sensación son una onda. Y todas estas ondas, todas estas olas de pensamiento, de sonido, de sentimiento y de sensación aparecen y desaparecen en el espacio plenamente abierto de la consciencia, el vasto océano que eres en esencia.

¿Eres capaz de reconocer que tu experiencia de la vida es siempre una simple danza de olas en el momento presente, que se suceden todas en el vasto océano que eres? (Y el término “océano” puedes sustituirlo por consciencia, percepción consciente, ser o presencia…o cualquier palabra que te parezca apropiada para nombrar esta realidad que está más allá de las palabras. Yo las empleo indistintamente. Da lo mismo el nombre que des a lo que eres en realidad.)

Lo que eres, igual que el océano, abarca todas las pequeñas ondas de experiencia que ascienden y descienden, que nacen y mueren. Los pensamientos, las sensaciones, los sentimientos y los sonidos van y vienen en ti. Tú no eres tus pensamientos, ni tus sentimientos, ni tus ideas y juicios sobre ti mismo, ni la historia de tus éxitos y fracasos, ni ninguna de las sensaciones o sonidos que aparecen y desaparecen. Y sin embargo, lo que eres –como el espacio plenamente abierto en el que se permite que aparezcan y desaparezcan todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos- es a la vez, misteriosamente, “inseparable” de esos pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos. Tú no eres tus pensamientos, pero, a la vez, todos los pensamientos tienen permiso para ir y venir en la intimidad que eres. Lo que eres no son sonidos, y, no obstante, todos los sonios tienen permiso para aparecer y desaparecer en ti.

No te preocupes si estas palabras te resultan un poco confusas y paradójicas en este momento. Volveremos a hablar repetidamente de esta intimidad, de ésta inseparabilidad, de ésta dualidad entre lo que eres y la vida en sí. Haré referencia a ello desde diferentes ángulos y lo explicaré de muchas maneras distintas.

Y bien, desde la perspectiva de lo que eres, desde la perspectiva del océano, aunque las olas sean todas diferentes en apariencia, en esencia son todas lo mismo. Todas son agua. Así que, utilizando esta metáfora, podría decirse que el océano “sabe” que todas las olas son sencillamente parte de él. Cada pensamiento, cada sentimiento y cada sensación que aparece en ti es sencillamente el océano en su danza.. Desde las potentes olas violentas hasta las más suaves y plácidas, todas son agua. Así que, en el nivel más profundo, el océano no tiene ningún problema con ninguna de las olas, porque sabe que ninguna de ellas puede poner en peligro lo que él es en realidad. Hay, por tanto, un profundo bienestar respecto a todas ellas, una paz que escapa al entendimiento, que nace de haber reconocido que, en esencia, son inseparables del océano.

Ninguna de las olas de la vida puede dañar al océano que eres. Ninguna puede destruirte. Ninguna puede sustraerte nada, y ninguna puede añadir nada a lo que eres. Ninguna de las olas es ajena a ti.

De modo que, ya aparezca el océano como una ola de pensamiento, de dolor, de miedo, de entusiasmo, de alegría o como cualquier otra ola, sabe que, a nivel esencial, , todas esas apariencias están bien. Todas tienen un hogar en lo que eres. Lo que eres es lo bastante vasto como para contenerlas a todas.

Como nos han recordado todos los maestros espirituales a través de los tiempos, en realidad no eres una persona separada, no eres un yo individual, sino el espacio abierto en el que todas las pequeñas olas de experiencia – pensamientos, sensaciones, sentimientos, sonidos- vienen y van. Eres, literalmente, eso que buscas. Eres la consciencia que sostiene la danza de la forma. Eres la vasta expansión de percepción consciente en la que el mundo aparece y desaparece. Sea lo que sea lo que aparece y desaparece e tu experiencia, tú permaneces en calma en medio de la tormenta; eres el vasto y profundo océano que ni siquiera la ola más violenta puede destruir. Por mucho que las olas se eleven y rompan estrepitosamente, en las profundidades del océano hay silencio…silencio y saber.

Eres como las páginas en blanco que hay debajo de éstas palabras. Estás detrás de cada palabra, siempre presente, siempre como telón de fondo; eres esencial para que las palabras se vean, pero rara vez percibido y menos aún apreciado.

Creo que es a esto a lo que apuntan en definitiva todas las enseñanzas religiosas y espirituales: al hecho de que hay algo – llámalo como quieras, pues no siendo una cosa, es en verdad innombrable- aquí, justo en las profundidades de la experiencia presente, que no viene y va, que no puede romperse, pudrirse ni desintegrarse, ni siquiera en medio de la ,ás extrema tristeza, dolor o miedo.. Es un lugar que está siempre profundamente bien, incluso cuando todo en la superficie parece no estarlo. Y, dado que se encuentra más allá de los opuestos, más allá del mundo dualista del pensamiento, está asimismo más allá del ciclo de nacimiento y muerte. Nunca nació, y no puede morir. Es la completitud que la ola desesperada busca pero nunca encontrará. Es el Hogar.

Estamos tan ocupados intentando escapar del malestar y el dolor, y alcanzar la completitud en el futuro, que acabamos pasando por alto la incompletitud presente. Estamos tan ocupados intentando volver a casa que pasamos por alto el hecho ineludible de que ya estamos en casa. Estamos tan ocupados intentando mantener una imagen de nosotros, intentando demostrarnos y demostrarle al mundo quiénes somos, que pasamos por alto que lo que somos es sencillamente el inconmensurable espacio abierto en el que todas las imágenes vienen y van. Estamos tan ocupados buscando, que acabamos pasando por alto este espacio abierto que lo contiene todo, un espacio abierto que es “en sí mismo” el final de la búsqueda.

Eres “eso que buscas”, como los grandes maestros espirituales nos lo han dicho siempre. Y no lo encontrarás en el futuro. Solo se puede encontrar en el ahora.

Continuaremos...

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ACEPTACIÓN 9... ¿POR QUÉ SUFRIMOS? – Parte 5 de 5

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EL INTENTO DE CONTROLAR ESTE MOMENTO

 

Un hombre me habló una vez del problema que tenía para controlar su ira cuando estaba con sus hijos. Decía que aquella ira era como un volcán, que entraba en erupción sin motivo aparente en el momento menos pensado. Volvía casa del trabajo, cansado, después de un largo día en la oficina, y encontraba a sus hijos chillando, corriendo de un lado para otro, poniéndolo todo patas para arriba. Él hacía todo lo posible por calmarlos, por hacer que se comportaran; probaba todas las tácticas que había aprendido a lo largo de los años: hablarles con suavidad, razonar con ellos, ignorarlos, estar “presente”, ser firme, ser “espiritual” con ellos, ofrecerles una recompensa, castigarlos…Pero nada funcionaba. Sencillamente, no le escuchaban, y él empezaba entonces a sentir cómo borboteaba la ira en su interior. Intentaba desesperadamente mantenerla a raya; trataba de contenerla, aceptarla, amarla, dejarla existir, trascenderla, “ser consciente de ella sin elección”, reprimirla, “ser” ella, pero acababa siempre por explotar, daba igual lo que hiciera o no hiciera.  Y entonces se encontraba de pronto fuera de sí, chillándoles, insultándolos, diciéndoles cosas que en realidad no sentía, comportándose de un modo que luego tendría que lamentar. La ira parecía estar totalmente fuera de su control.

¿Te suena? ¿Te sorprendes a veces reaccionando de manera incomprensible, con tus hijos, tu pareja, tu padre, tu madre, tus amigos?

Recuerda que todos estos ejemplos debes aplicarlos a ti. En el instante que lees cada ejemplo, vete directamente a tu propia experiencia y descubre el aspecto de tu vida en el que tiene relevancia.

Este hombre había ido a ver a varios maestros espirituales, les había contado su problema, y ellos le habían dado respuestas del tipo de: “Elige no enfurecerte”, “No está en tu mano elegir que la ira surja o no” o “Solo hay Unidad. Todo es igual, luego no importa si te enfureces o no con tus hijos. N o hay una entidad aparente que se enfurezca”. Estas ideas le reportaron cierto alivio temporal, pero no pusieron fin a su sufrimiento. Había conseguido entender que, en última instancia, las explosiones de ira formaban parte de la vida y tenían su lugar, pero eso no impedía que sucedieran ni ponía fin a su sufrimiento al respecto. La ira aparecía, dijeran lo que dijeran las enseñanzas, y estaba destruyendo su relación con las personas a las que más quería. Ninguno de los conceptos espirituales del mundo parecía llegar a la raíz de su problema. Sintió que no había nada que hacer, y tuvo que aprender a tolerarla.

Le pregunté qué buscaba en aquella situación, y no supo responder. Tenía la sensación de que las explosiones de ira le ocurrían, sin más; no entendía qué relación podían tener con la búsqueda de integridad, ni qué significaran que su Ser estaba en guerra con la experiencia presente. No consideraba que buscara nada. No buscaba la iluminación. No buscaba fama ni riquezas. A su entender, lo único que hacía era responder a una situación, muy difícil, lo mejor que podía.

A veces, para encontrar la búsqueda en una situación, hace falta pararse, respirar hondo y mirar con la lupa la experiencia presente. El hombre y yo empezamos a examinar su experiencia, y, tras una investigación muy sencilla y sincera, pronto estuvo claro que era mucho lo que ocurría durante los breves momentos que tardaba en pasar, de pedir educadamente a sus hijos que se tranquilizaran a explotar lleno de ira.

Cuando veía a sus hijos chillar y vociferar, afloraban en él todo tipo de pensamientos y sentimientos inquietantes…, sentimientos sobre su incompetencia como padre y su impotencia frente a la situación: “¿Qué me pasa? ¿Cómo es que no puedo controlarlos? Soy un hombre hecho y derecho…, debería ser capaz de dominar la situación. Pero no puedo. Estoy fracasando como padre y como hombre.” Aparecían sentimientos de intensa frustración, y luego de desesperación e indefensión absoluta, y aquellos sentimientos se apoderaban de él por completo. El hombre adulto comenzaba a sentirse como un niño indefenso, y no como el padre fuerte y maduro que quería ver en sí mismo. Sentía como si su identidad entera se desmoronara, y le invadía una especie de pánico existencial. Era casi como si se enfrentara a su propia muerte física; de hecho, se enfrentaba a la muerte de su imagen personal de figura paterna fuerte y madura, a la muerte de quien pensaba que era, de quien pensaba que debía ser en aquel momento, de quien los demás pensaban que era. Se enfrentaba a la muerte de la imagen de sí mismo con la que había vivido, la imagen que había estado proyectando en el mundo. Y aquella confrontación la provocaba el simple hecho de que sus hijos fueran un poco escandalosos.

A causa de la indefensión, la impotencia y el pánico, sentía la necesidad irrefrenable de arremeter contra ellos. A causa de la debilidad, quería volver a sentirse fuerte. Había algo en él que no quería sentirse impotente e incapaz de controlar la situación… ¡menos aún en presencia de sus hijos!

Cuando te sientes totalmente impotente e incapaz de controlar el momento, empezar a gritar y hacer una demostración de poder puede resultar un alivio, aunque solo temporal. Atacar a otro ser humano es una manera perfecta de distraerte de tus sentimientos profundamente perturbadores…, sentimientos que no quieres permitir que existan en ti. Normalmente, cuanto más impotentes nos sentimos (y no somos capaces de percibir nuestra impotencia ni de admitir, ni admitir ante otros, que nos sentimos así) es cuando nos volvemos más irracionales, más violentos, y a veces acabamos haciendo daño a quienes más queremos. En vez de permitirnos sentir el daño que nos hace la situación, hacemos daño a otros; y luego les echamos la culpa, les decimos que se merecían lo que han recibido, que fueron ellos los que provocaron la explosión, que fueron ellos los que nos hicieron perder el control. Y finalmente, si hemos incorporado a nuestro saber conceptos de no dualidad, ¡les decimos que no tuvimos elección!

En determinado momento de su vida, éste hombre aprendió- como la mayoría de nosotros- que ciertos sentimientos, como la indefensión y la impotencia, no están bien. No está bien ser incapaz de controlar el momento. No está bien ser débil. Asociamos sentimientos como la indefensión, con la falta de seguridad, con el peligro, con no sentirse querido o aceptado, y, en última instancia, con la muerte. Para mucha gente, el sentimiento de indefensión es algo que se debe evitar a toda costa. Mucho de nuestro sufrimiento proviene de la profunda falta de aceptación de sentimientos de indefensión, impotencia, debilidad, inseguridad e incertidumbre ante el momento.

Probablemente todo nuestro sufrimiento podría reducirse a:

“Quiero controlar este momento, ¡pero no puedo!”

Tal vez éste hombre no buscara la iluminación, ni fama, ni gloria, pero, en el momento, era un buscador desesperado. Buscaba urgentemente la manera de controlar y rehuir los sentimientos de debilidad e impotencia frente a la vida. En el momento, se convertía en un buscador de poder, de control y, en última instancia, de amor. Buscaba un modo de escapar de lo que sentía, y pegar a sus hijos le proporcionaba, por un momento, esa vía de escape, la liberación que ansiaba.

Superficialmente, parecía tan solo un padre incapaz de controlar su ira ante las travesuras de sus hijos. Pero cuando uno examina lo que sentía en realidad, ve a alguien que se siente absolutamente frustrado, alguien que se siente un completo imbécil, un fracasado como padre y como hombre, impotente, indefenso y débil, y que busca desesperadamente una manera de salir de semejante aprieto. Y ve a alguien que es incapaz de admitir nada de esto, ni a sí mismo ni ante sus hijos. Por debajo de nuestra cólera, siempre encontraremos un dolor o impotencia no aceptados.

Hasta que se dio cuenta de verdad de la búsqueda que había dentro de aquella experiencia, el hombre tenía la impresión de que su sufrimiento era algo que simplemente le ocurría…, de que era una víctima indefensa de la vida, de que quizá estaba genéticamente programado para enfurecerse o de que la respuesta que daba a sus hijos estaba cósmicamente predestinada, de algún modo, y no había por tanto esperanza de que nada cambiara. Sin embargo, al sacar la búsqueda a la luz, como hizo, pudo ver con claridad exactamente por qué sufría y cómo se creaba ese sufrimiento. Sencillamente, no se permitía a sí mismo sentir lo que sentía en el momento. No se permitía sentirse perdido e indefenso, ni siquiera por un momento. No era capaz de percibir la profunda aceptación que había en su experiencia presente de indefensión.

Al ver finalmente  de qué escapaba (de la indefensión) se dio cuenta automáticamente de que ya no necesitaba escapar de ella…, de que no sucedía nada por sentirse indefenso, de que el sentimiento de indefensión, en aquel momento, se podía aceptar totalmente. El problema era que nunca se había permitido sentirse verdaderamente indefenso, ni siquiera por un momento (y es seguro que alguna vez tendremos que afrontar un momento de indefensión), siempre había dado por hecho que no estaba bien sentirse así. Al comprobar que estaba perfectamente bien sentirse indefenso, en este momento, y que había incluso una extraña alegría y paz en medio de la indefensión, dejó de sentir la necesidad imperiosa de escapar.

Aceptar su sentimiento de indefensión significaba que ya no era una víctima de la vida. La indefensión ya no tenía dominio sobre él, porque ahora estaba permitiendo que el sentimiento apareciera y desapareciera en él. Y lo que descubrió fue que, al permitirse finalmente sentirse débil e indefenso-totalmente indefenso- se sentía menos indefenso y con más control de sí mismo que nunca. La fuerza no es lo opuesto de la debilidad.

 La verdadera fuerza reside en abrazar la debilidad por completo.

Cuando ves lo que buscas, y cuando ves que aquello de lo que intentas escapar está perfectamente bien, ese reconocimiento es, en sí mismo, el final de la búsqueda. Ver es el final de la búsqueda. Y no hay un siguiente paso. No se necesita ningún método.

Más adelante explicaré con más detalle cómo, en cada momento, todas las distintas partes de tu experiencia presente ya han sido profundamente aceptadas. Pero, por ahora solo quiero indicar que en toda experiencia de sufrimiento, cuando dejas de enfocar toda tu atención en los detalles de la situación, en el relato de lo que está sucediendo, en las circunstancias externas y vuelves realmente a la experiencia presente-a los pensamientos, sentimientos y sensaciones corporales presentes-, siempre encontrarás la búsqueda, incluso aunque esa búsqueda esté actuando de maneras muy sutiles. Siempre encontrarás que hay algo que no te permites experimentar plenamente, algo que inocentemente intenta expresarse en ti, pero que choca de frente con el miedo y la resistencia.

Siempre encontrarás una invitación a aceptar profundamente éste momento, por muy inaceptable que parezca.

Jeff Foster-

 

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ACEPTACIÓN 8... ¿POR QUÉ SUFRIMOS? – Parte 4 de 5

Pero hay otra manera de contemplar nuestra búsqueda del Hogar. Imagina que eres un recién nacido. Nunca antes has visto el mundo; todo te resulta nuevo y misterioso: ¡todas esas extrañas visiones, sonidos y olores!, ¡todos esos extraños sentimientos y sensaciones a los que todavía no puedes dar nombre! Te despiertas en mitad de la noche. Estás solo y tienes hambre y miedo (aunque aún no dispongas de palabras para referirte a ninguno de esos sentimientos). A cierto nivel “no estás bien” , y la única manera que tienes de comunicarlo es llorando y chillando. No puedes decir: “¡Disculpad! ¡No me siento bien! ¡Por favor, que alguien me ayude!”. Solo puedes chillar y esperar a que la ayuda llegue.

Tu madre entra, te toma en brazos, te calma y te amamanta. De repente, todo vuelve a estar bien. De repente, el malestar no parece tan terrible. El miedo no parece tan terrible. Ya no estás solo. Te sientes seguro de nuevo. Te sientes protegido por fuerzas exteriores a ti. Tu “no estar bien” se ha tornado en un “estar bien”. Algo, fuera de ti, ha venido y ha hecho que todo vuelva a ser perfecto.

Pero en realidad, no era mamá quien hacía que todo volviera a estar bien. Mamá no tiene realmente el poder de hacer que desaparezca el sentimiento de “no estar bien” …, eso es simplemente lo que le parece a u recién nacido. Es una preciosa ilusión pensar que los objetos, las personas o cualquier cosa exterior a nosotros pueden hacernos sentir bien, pueden devolvernos al Hogar. Rápidamente empezamos a creer que buscar algo fuera de nosotros acabará por hacer  que desaparezcan todos los malos pensamientos, sensaciones y sentimientos. . El mecanismo de búsqueda se ha puesto en marcha, probablemente desde una edad muy temprana y buscamos en el exterior algo que lo arregle todo. Quizá el apego a nuestras madres sea la primera expresión de esa búsqueda…, pero no es a nuestras madres a quien estamos apegados, sino al Hogar. Para la mayoría de los bebés, imagino que su madre es la primera persona que simboliza el Hogar.

Me pregunto si, de un millón de maneras diferentes, lo que intentamos con nuestra búsqueda no es simplemente volver al vientre materno, al lugar de la no separación. Allí no había separación entre el vientre y yo; no había separación entre mi madre y yo; solo había integridad, sin fuera ni dentro. Allí no existía el “otro”, es decir, todo era el vientre. Es como si el mundo entero estuviera allí, como si estuviera allí el universo entero, para cuidar de mí, para protegerme. Me sentía inmerso en un océano de amor, siempre. Era el hogar, sin ningún opuesto, ya que en él yo no conocía los conceptos de dentro y fuera. Era el océano en el que todas y cada una de las olas de experiencia se aceptaba profunda y absolutamente. Era yo mismo.

De hecho, ni siquiera estaba en el vientre; yo era el vientre. Así de completo estaba. No existíamos el vientre y yo (dos cosas); solo existía el vientre (una cosa, todas las cosas). De manera que, en verdad, no salí de él. En mi esencia más profunda, era- y soy- el vientre. Soy la integridad que añoro.

Pero, de este lugar de completitud total siempre presente y sin opuesto, parece que se me expulsó sin previo aviso. De repente, toda aquella seguridad natural desapareció. De repente me encontré ante un mundo de objetos separados, un mundo azaroso, impredecible, un lugar donde la comodidad, la seguridad- el estar bien- podían aparecer y desaparecer en cualquier momento. Ahora estaba en un mundo en el que el estar bien batallaba con el no estar bien.

No es irracional sugerir que, puesto que todo ser humano que existe o ha existido estuvo en el vientre materno, puede que todavía alberguemos un vago recuerdo pre verbal de aquel profundo sentimiento de bienestar, y que todos anhelemos intensamente regresar a él. Quizá la búsqueda del Hogar sea también la búsqueda del vientre…, no del lugar físico, sino de la integridad que allí había. Añoramos sentirnos a salvo, protegidos, ser uno con todo. Añoramos volver a estar profundamente bien.

Ahora que somos adultos ya no chillamos, literalmente, reclamando a nuestras madres; en vez de eso, tenemos maneras más sofisticadas de buscar alivio para nuestro malestar. Metafóricamente, chillamos por el siguiente cigarrillo, la siguiente copa, la siguiente conquista sexual, el siguiente ascenso en el trabajo, la siguiente experiencia espiritual, la siguiente vía de escape: cualquier cosa que haga que todo vuelva a estar bien, cualquier cosa que haga desaparecer el no estar bien.

Ni siquiera los niños que han tenido una infancia idílica y llena de afecto escapan a este sentimiento básico de separación, de carencia. Se diría que es inherente a la experiencia de ser un individuo. Ningún padre ni madre es culpable de haber creado este sentimiento de separación, esta sensación de carencia; nadie hace intencionalmente de su hijo un buscador. Los organismos recién nacidos que tienen capacidad de pensamiento abstracto acaban buscando, de un modo natural,  una completitud conceptual en el futuro, elaborando todo tipo de ideas sobre lo que les hace sentirse bien y mal en sus experiencias, e intentan escapar de todo aquello que perciben como causante del no estar bien, al fin de llegar al lugar del estar bien. Visto así, desarrollar un sentimiento de separación y,  luego, buscar la manera de corregirlo encontrando integridad, forma parte de la evolución natural de la vida. Buscar no es un error, y no es el enemigo. Es simplemente una cuestión de identidad equivocada.

LA RESISTENCIA QUE OPONEMOS AL MOMENTO PRESENTE

Estaré completo…

Cuando finalmente encaje entre mis semejantes, entre mis compañeros de trabajo, en la sociedad,

Cuando finalmente la gente me entienda y apruebe lo que hago, cuando toda la gente de mi alrededor cambie,

Cuando haya creado una obra maestra que todo el mundo alabe,

Cuando tenga un cuerpo perfecto,

Cuando finalmente haya manifestado mi destino,

Cuando haya encontrado a mi alma gemela,

Cuando haya experimentado el pleno despertar,

Cuando gane una medalla de oro,

Cuando tenga un hijo,

Cuando por fin encuentre lo que busco.

 

Buscamos completitud en el futuro porque, a cierto nivel, nos sentimos incompletos en el momento presente.

¿Quieres que te comprendan en el futuro? Eso significa que, a cierto nivel, ahora te sientes incomprendido. ¿Quieres alcanzar la iluminación en el futuro? Eso significa que, acierto nivel, ahora sientes que no estás iluminado. ¿Quieres encontrar amor en el futuro? Eso significa que, a cierto nivel, ahora no te sientes amado. La pregunta ¿Qué buscas en el futuro?  Es idéntica a la pregunta ¿De qué huyes ahora mismo?.

Es crucial que entendamos que nuestra búsqueda de algo abstracto en el futuro- la iluminación, riqueza, poder, éxito, amor- está siempre profundamente enraizada en la resistencia que oponemos al momento presente. La búsqueda de completitud fuera siempre tiene sus raíces en una experiencia de incompletitud presente.  Es en la incompletitud del momento presente donde empiezan todo nuestro sufrimiento y nuestra búsqueda; y en una profunda aceptación del momento presente es donde pueden terminar.

A veces la gente acude a mí y me preguntan cómo pueden iluminarse. Creen que estoy iluminado (aunque yo nunca diría que lo esté)  y que puedo enseñarles a ser como yo. Suelo contestar simplemente: “Bueno, ¿qué significa para ti la palabra “iluminación”? Cuando te ilumines ¿en qué se diferenciará tu experiencia de la de “este momento”?, y, en respuesta a mi pregunta suelen decir algo como: “Creo que la tristeza y el dolor desaparecerán. Creo que la iluminación se llevará todo lo malo que hay en mí”.

¿Te das cuenta? En realidad, nadie quiere “iluminarse”; lo que desean es escapar de los sentimientos presentes de insatisfacción, tristeza, dolor, ira, frustración, aburrimiento, vacío, o de no sentirse amados o valorados. Lo único que quieren es poner fin a su sufrimiento; pero, en vez de hacer frente a ese sufrimiento en éste mismo instante y de ver la integridad que hay en él, viven esperando a que un acontecimiento o un estado futuro lleguen y le pongan fin por ellos. Lo único que ansían es volver al Hogar, que es lo que queremos todos…, solo que, en su caso, están obcecados con la idea de que la iluminación será su futuro hogar.

No queremos que llegue el dolor, y sin embargo, llega. No queremos que aparezca el miedo, y sin embargo, aparece. Debido a nuestro condicionamiento, no vemos que el dolor, el miedo, la tristeza, la ira y todos los demás tipos de sentimientos forman parte de la completitud, forman parte de la integridad de la vida. Se nos ha condicionado a considerar que ciertas áreas de nuestra experiencia son imperfecciones, contaminaciones, aberraciones, impurezas, expresiones de incompletitud. Dicho de otro modo, se nos ha instruido, adiestrado e incluso hecho un lavado de cerebro para que veamos en ellas una auténtica amenaza para la vida en sí.  Creemos que esas áreas de nuestra experiencia están de algún modo “en contra” de la vida…, que no merecen ocupar un lugar dentro de nosotros. A la ira, al miedo, la tristeza, el malestar, el dolor…no se les debería dejar entrar. Si los rechazo es porque creo que no deberían existir en mí, porque no considero que formen parte de la integridad de la vida. Creo que son peligrosos para mi bienestar. Así que me paso todo el tiempo escapando de ellos.

¿Qué partes de tu experiencia sientes que no te pertenecen? ¿Qué pensamientos, sensaciones y sentimientos consideras que son ajenos a ti? ¿Cuáles te parecen que están fuera de lugar, que no deberían existir en ti, que no son realmente tú?

Sencillamente, buscamos pureza, perfección y completitud fuera de la experiencia presente porque tenemos la impresión de que nuestra experiencia presente está incompleta, es defectuosa, imperfecta, de algún modo, no íntegra. Buscamos integridad, porque no vemos integridad en el momento presente. No vemos que haya integridad en los pensamientos, sensaciones y sentimientos actuales, así que la buscamos en el futuro. Nos hacemos buscadores de integridad, y ahora necesitamos un futuro para completarnos. El buscador siempre necesita tiempo para encontrar lo que busca. El momento presente se convierte así en un medio para lograr un fin.

Y aquí es donde empieza todo el sufrimiento: en la pérdida del momento presente, la pérdida de nuestro verdadero Hogar.

 

Continuará…

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ACEPTACIÓN 7... ¿POR QUÉ SUFRIMOS? – Parte 3 de 5

Sentimos la imperiosa necesidad de marcharnos  de casa en busca de lo que quiera que sea que nos haga sentirnos completos, pero sentimos la misma necesidad imperiosa de regresar. Después de un largo día, agotador, de guardería u oficina, lo único que queremos es volver a casa, volver a estar con nuestra madre, con nuestro padre, con las personas queridas, volver a dormir. De niños, añoramos nuestro hogar cuando estamos lejos demasiado tiempo, lejos de las personas a las que queremos. Cuando alguien muere decimos que “ha vuelto a casa” o han encontrado un nuevo hogar donde poder descansar eternamente, donde poder, al fin, descansar en paz.

A lo largo de toda la historia humana, la búsqueda del hogar se ha expresado en todas y cada una de las facetas de nuestra vida: arte, música, ciencia, matemáticas, literatura, filosofía nuestra implacable búsqueda de amor, nuestra espiritualidad. La búsqueda del hogar nace de lo más profundo de la mente humana.

En el arte, la interacción del buscador y lo buscado, el primer plano y el fondo, la luz y la sombra, el espacio negativo y el positivo crean tensión, drama. Un chiste busca el golpe de efecto, una frase busca completitud. Es nuestro inherente anhelo de resolución lo que hace que una obra de arte, un chiste, una frase sean tan atrayentes, tan dramáticos, tan satisfactorios. Quizá sea el mismo anhelo que ha llevado a los matemáticos, filósofos y físicos, durante toda la historia humana a buscar algún tipo de gran teoría unificada y omnímoda de la realidad, integridad en el caos, amor en medio de la devastación, una conclusión cósmica. Según nos cuentan, incluso el universo se expande y se contrae, buscando de algún modo el equilibrio, buscando el hogar. Todo anhela entrar en reposo.

El hogar no es un sitio, una cosa ni una persona. Es descanso. Originariamente, la palabra “hogar” significa “descansar” o “yacer”.

Somos como olas, anhelantes de retornar al océano del que nunca salimos. Una ola se percibe a sí misma “separada” del océano y, desde ese lugar de falsa identificación esencial, empieza a buscar el océano de un millón de maneras distintas. Se busca a sí misma sin saberlo. Su anhelo del hogar es su anhelo de sí misma. Tal es la condición humana.

¿Cómo se manifiesta este sentimiento de separación en nuestra experiencia presente? Vivimos con el sentimiento persistente de que algo “nos falta” en la vida, ¿verdad? Es un sentimiento de carencia, un extraño sentimiento de vacío, como si hubiera en nosotros un agujero que es necesario llenar, como si no fuéramos lo bastante competentes tal como somos, como si estuviéramos fundamentalmente defectuosos.

A  ésta sensación básica de vacío se debe que nos lancemos al mundo del tiempo y el espacio  en busca de nuestro verdadero hogar, en busca del reposo cósmico, en busca de alivio, en busca de la plenitud de las cosas. Siempre vamos en pos de la plenitud, algo que llene el vacío. A causa de nuestra añoranza cósmica del hogar, buscamos la unión con Dios, con el Espíritu, con la naturaleza, con un gurú. Ansiamos llenarnos la barriga y tener una cuenta bancaria rebosante. Lo masculino y lo femenino se buscan mutuamente, intentando completarse mediante la unión; buscamos a nuestras almas gemelas, nuestra media naranja que nos complete. Perseguimos nuestro destino, sin darnos cuenta de que ya lo estamos viviendo.

Por ese sentimiento de no estar completos, iniciamos la búsqueda de una completitud futura. Ciegos a nuestra verdadera identidad que es el océano de la experiencia presente,  empezamos a buscar el océano, y creemos de verdad que lo encontraremos en el futuro, en ese “algún día”. Nos decimos a nosotros mismos: “Ahora estoy incompleto, pero algún día, una vez que haya encontrado lo que busco, estaré completo”.

“Algún día encontraré el amor, y entonces estaré completo. Algún día alcanzaré la iluminación espiritual, y estaré completo. Algún día triunfaré y ese día estaré completo. Algún día seré rico. Algún día sanaré. Algunos días todos me darán su beneplácito. Algún día estaré plenamente presente. Algún día seré consciente por completo. Algún día viviré en el ahora. Algún día encontraré la paz. Algún día seré plenamente yo mismo. Algún día me entenderán. Algún día seré una estrella. Algunos días todos me querrán y me aceptarán. Algún día seré un individuo plenamente evolucionado. Algún día seré padre o madre. Algún día seré libre. Algún día seré feliz. Sí me sentiré completo algún día. Pero todavía no. Todavía no”.

Buscamos riquezas, poder, amor, éxito e iluminación en el futuro, en el “algún día”, porque todas estas cosas simbolizan para nosotros el hogar. Pensamos que conseguir lo que queremos, encontrar lo que buscamos, nos llevará de vuelta a casa. Nuestra añoranza cósmica del hogar es la raíz de todo.

A veces incluso conseguimos lo que queremos- el coche nuevo, una relación, el nuevo trabajo, el cuerpo esbelto y en forma, la nueva experiencia espiritual, la fama, la adulación, el éxito-, y nos sentimos  íntegros y completos temporalmente. Pero pronto regresa ese sentimiento de vacío, de descontento, y la búsqueda vuelve a empezar. Es como si hubiera algo en nosotros que está perpetuamente insatisfecho con lo que es; siempre quiere más.  Por mucho que obtenga, quiere más. Por mucho que posea  o logre, quiere más. Por muchas experiencias que tenga, por mucho que se añada a sí mismo, quiere más.

Por muy completa que sea la historia de mi vida, siempre podría ser más completa. El trabajo siempre podría reportarme más beneficios y mi relación de pareja ser más satisfactoria; siempre podría tener más dinero, más éxito, recibir más halagos. La experiencia espiritual siempre podría ser más profunda, más duradera. Me digo que siempre podría estar más cerca de la iluminación, o más iluminado, más presente; podría ser más consciente, más libre, más querido. O podría haber en mi vida menos de lo que no quiero: menos dolor, miedo, tristeza, ira, sufrimiento, pensamientos, ego…El relato de mi vida nunca estará completo, o, lo que es lo mismo, nunca me completaré en el tiempo.

Conocí a un hombre que era millonario antes de cumplir los cuarenta. Trabajaba con ahínco y siempre conseguía lo que quería: más dinero del que jamás podría necesitar, una casa grande y lujosa, una compañera cariñosa y muy bella, unos hijos encantadores, inteligentes, obedientes y trabajadores…montones de amigos, adulación y respeto. Se retiró a los treinta y siete años. Literalmente el día después de haberse retirado, estaba sentado solo en casa y, de repente,  aquel sentimiento de vacío, de incompletitud, de añoranza del hogar afloró de nuevo…el mismo sentimiento que había tenido de adolescente, el mismo sentimiento que le había hecho dejarse la piel trabajando para conseguir sus millones, el mismo sentimiento del que se había pasado la vida tratando de escapar. Era el sentimiento que, supuestamente, el dinero, la gran casa, la esposa y la familia harían desaparecer. Eso es lo que el mundo le había prometido.

Ahora se encontraba ante un serio problema. Tenía lo que quería, y aún se sentía incompleto. Aún añoraba el hogar. ¿Qué demonios le pasaba? Ya no contaba con la distracción de trabajo. Ahora, frente a frente de nuevo con el sentimiento de carencia, no tenía forma de escapar de él.

Aquella tarde, el joven millonario se tomó una copa, luego otra…y muy pronto se había hecho adicto a la bebida. Cambió su adicción al trabajo por una adicción al alcohol. Después de todo, tenía que eliminar como fuera su sensación de carencia cósmica.

La historia de este hombre es un perfecto ejemplo de cómo es imposible satisfacer al buscador, incluso cuando consigue lo que quiere. El sentimiento de carencia básico que experimentamos no lo puede acallar nada de cuanto existe en el mundo del tiempo y el espacio. Conseguir lo que deseas no erradica tu añoranza intrínseca del hogar.

Y hay otro problema, un problema que los budistas siempre han tenido presente: en un mundo que es totalmente impermamente, en un mundo de cambio constante, en un mundo que en última instancia escapa a cualquier tentativa tuya de controlarlo, incluso si consigues lo que quieres, puedes luego perder lo que tienes. En definitiva, la vida no ofrece ninguna clase de seguridad. Lo que aparece, siempre desaparece.

En lo más hondo, sabemos que nada, absolutamente nada, puede protegernos de la posibilidad de perder lo que tenemos, y por eso sentimos tal ansiedad en nuestra vida. Ahora que tenemos una casa nueva, nos preocupa la posibilidad de quedarnos sin trabajo y no poder atender los pagos en el plazo previsto. Ahora que tenemos dinero más que abundante en nuestra cuenta bancaria, nos preocupa que pueda quebrar la economía y que nuestros ahorros se queden en nada. Por muy feliz que seas en la relación con tu pareja, te preocupa que pueda dejarte, enfermar o algo aún peor. Te preocupa que tus hijos se hagan daño. Te preocupa tu cuerpo, todo lo que podría ocurrirle. Y sabes que nada- ni tu gran casa, ni los muebles, ni tu vistoso automóvil, ni la piscina, ni todo el dinero que tienes en el banco, ni siquiera tu amado gurú espiritual- puede protegerte de una pérdida potencial, del cambio, de la impermanencia, del rumbo que toman las cosas.

Claro que las personas y los objetos pueden darte personalmente un sentimiento de seguridad, de comodidad y de placer, pero no pueden proporcionarte lo que de verdad anhelas, que es vivir a salvo de cualquier clase de pérdida, a salvo de cualquier carencia y, en última instancia, a salvo de la muerte. No pueden ofrecerte la seguridad cósmica que tan desesperadamente buscas, no pueden llevarte de vuelta a casa. No hay nada en el exterior que pueda llevarte de vuelta a casa.

 

Continuará….

 

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ACEPTACIÓN 6...¿POR QUÉ SUFRIMOS? – Parte 2 de 5

Comprender que nada exterior a nosotros provoca en realidad nuestro sufrimiento es la clave de una increíble libertad. Las circunstancias nunca pueden ser realmente la causa de nuestro sufrimiento; es siempre la respuesta que damos a las circunstancias la que nos hace sufrir. Sufrimos solo cuando buscamos la forma de escapar de ciertos aspectos de nuestra experiencia presente y,  al hacerlo, nos separamos de la vida y entramos en guerra con nosotros mismos y con los demás- a veces de manera obvia y a veces de manera muy sutil-. Nuestro sufrimiento tiene sus raíces en la negativa a sentir lo que sentimos, a experimentar lo que experimentamos ahora mismo. El sufrimiento es inherente a nuestra guerra con la vida tal como es, inherente a la ceguera que nos impide ver que todo lo que sucede en el momento está siempre aceptado, en el sentido más profundo.

Existe mucha confusión en torno a la palabra “aceptación”, así que, antes de que sigamos adelante, quiero explicar algo sobre ella. Una de las primeras reacciones que me llegan de la gente que tiene su primer contacto con éste mensaje es: “¿Qué quieres decir Jeff, que tenemos que aceptarlo todo…, sentarnos cómodamente, sin hacen nada, asumiendo que no hay posibilidad de lograr ningún cambio? S i nos limitamos a aceptar todo lo que ocurre, ¿no conduce eso a la pasividad, la apatía, la inacción y la impotencia?”.

Aceptación no significa que deberíamos renunciar a toda tentativa de impedir que suceda aquello que no deseamos-como si eso fuera posible- . No estoy diciendo que deberíamos sentarnos tranquilamente y dejar que todo ocurra si podemos hacer algo al respecto. Nadie quiere que enfermen sus seres queridos, nadie quiere perder todos sus bienes o tener un accidente de coche, nadie quiere que su pareja le deje de improviso, ni que le agredan físicamente, pero son cosas que pasan. La vida no siempre se ajusta a nuestros planes. Incluso cuando tenemos la mejor de las intenciones; incluso cuando hacemos planes con la base más sólida posible, apelamos al pensamiento positivo, practicamos la oración e intentamos de buena fe manifestar nuestro destino; incluso cuando seguimos un camino espiritual y trabajamos en nuestra evolución, ocurren cosas que no habríamos elegido que ocurrieran, y se hace patente, una y otra vez, que, en última instancia, no tenemos control sobre esto a lo que llamamos vida. Incluso  las personas a las que se han considerado más iluminadas han terminado en una cama de hospital, con dolores terribles a causa de un tumor, pidiendo más morfina.

Lo que trato de decir es que, si queremos ser verdaderamente lire, debemos hacer frente a esta realidad con los ojos bien abiertos. Debemos dejar de engañarnos, debemos  apartarnos de las ensoñaciones y la esperanza, y decir la verdad sobre la vida tal como es. La gran libertad reside en “admitir la verdad de este momento”, por mucho que choque con nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros planes.

Lo que intento que entiendas es que, en definitiva, la propia realidad- no lo que nosotros pensamos sobre ella-  es la que manda. Aceptación significa ver la realidad, ver las cosas como son realmente, y no como esperamos o deseamos que sean. Y, desde ese lugar de alineamiento total con lo que es, toda acción creativa, afable e inteligente fluye con naturalidad.

Juzgamos la vida constantemente. Suceden cosas, y a continuación las aprobamos o las desaprobamos. Las aceptamos o las rechazamos. Decimos: “No debería haber sucedido esto”. Decimos: “La vida es mala”, “La vida es buena”, “La vida no tiene sentido”, o “La vida es cruel”. Decimos: “La vida se porta siempre bien conmigo” o: “La vida nunca me da lo que quiero”. Pero la vida en sí lega antes que todas las etiquetas que le pongamos; llega antes que todos nuestros juicios sobre ella. La vida no puede ser buena ni mala. La vida es simplemente la vida, que toma la apariencia de todo cuanto hay, de lo que llamamos positivo y de lo que llamamos negativo. La vida “hace que el sol brille sobre los buenos y los malos por igual”, como dice la Biblia. La vida hace que el sol brille, y la vida es el sol que brilla y todo aquello sobre lo que brilla el sol, incluido aquello sobre lo que preferiríamos que el sol no brillara.

Más adelante, hablaré mucho más sobre la verdadera naturaleza de la aceptación en éste sentido auténticamente profundo. Pero, por ahora, digamos simplemente que, desde un lugar de profunda aceptación de la manera en que son las cosas- por haber visto la perfección inherente a la vida en sí-, seguimos siendo totalmente libres de hacer lo que sintamos el impulso de hacer: de ayudar a cambiar las cosas, a hacer del mundo un lugar más humano. La diferencia estriba en que nuestras acciones ya no provendrán de la suposición básica de que” la realidad está estropeada y es necesario arreglarla”, y, por debajo de eso, de la suposición de que “cada uno de nosotros está separado de la vida”. Cualquier movimiento que proceda del supuesto de que la vida es defectuosa no hará sino perpetuar la enfermedad que promete curar.

No hablo de sentarse cómodamente alejados de la vida y no hacer nada; eso es desapego , que es otra forma de separación. Les hablaré sobre la relación íntima con la vida, con la vida toda, que podríamos decir que es la muerte del desapego. Es imposible tener una actitud pasiva hacia la vida cuando te das cuenta de que ERES la vida misma.

El despertar no es el final del compromiso con la vida…;es solo el principio. Paradójicamente, cuando comprendemos lo perfecta que es la vida, como todo sucede exactamente como ha de suceder, nos sentimos más libres que nunca de salir al mundo y cambiar las cosas para mejor. Al ver lo perfecto que es alguien exactamente como es, eres más libre que nunca de ayudarle a ver con claridad lo que a sus ojos es imperfección. Tu acción ya no proviene del supuesto básico de que esa persona es una entidad defectuosa que es necesario reparar; ves que ya es un ser íntegro y, desde las profundidades de esa comprensión, le señalas el camino de vuelta a su integridad inherente. Enraizado en la integridad, eres libre de participar  plenamente en la danza de la separación aparente.

Cuando ya no intentas arreglar la vida, quizá puedas serle de gran ayuda a la vida. Cuando ya no intentas arreglar a los demás, quizás puedas ser para ellos una gran bendición. Tal vez  la verdadera sanación se produce cundo dejas de interferir.

Posiblemente lo que la vida necesite más que ninguna otra cosa sean personas que ya no ven problemas, sino que ven la inseparabilidad de sí mismos y el mundo, y que se implican plenamente en el mundo desde ese lugar de la más profunda aceptación. La más profunda aceptación de las cosas tal como son y el compromiso valiente con la vida son uno, por muy paradójico que le suene a la mente racional.

COMPLETARNOS EN EL FUTURO

En la novela “La Carretera”, de Cormac McCarthy, un padre y un hijo, andrajosos y famélicos, viajan juntos por la América post-apocalíptica. Los árboles y las flores se están secando;  la mayoría de seres humanos han muerto, y gran cantidad de los vivos han optado por el canibalismo. Lo que les da fuerza para seguir adelante a ese padre y su hijo es la esperanza de un futuro mejor. Una de sus escasas posesiones es un viejo mapa destrozado. No saben en realidad a dónde van, lo único que saben es que tienen que dirigirse hacia el sur. Desconocen lo que encontrarán allí, ni siquiera si hay algo que encontrar allí; solo saben que tienen que seguir caminando hacia el sur. El sur representa para ellos todo lo hermoso, bueno y verdadero de la vida.

No voy a develar el argumento, pero, al final, resulta que, si hubieran estado un poco más atentos a lo que iba sucediendo por el camino, a lo que la vida trataba de mostrarles una y otra vez, no habrían tenido tal ansia por llegar a su destino. Obcecados con el destino, se perdieron el viaje, qe era donde de verdad estaban la vida y el amor.

Este relato es una magnífica metáfora de cómo vivimos todos, siempre intentando llegar “allí”, cuando es “aquí” donde está la vida. Todos tratamos de llegar a casa, cuando quizá, simplemente quizá, ya estemos en casa en nuestra experiencia presente, solo que no nos damos cuenta.

Es una dinámica en torno a la cual giran muchas novelas, obras de teatro, películas, mitos y cuentos espirituales. Los personajes, por lo general, viajan lejos de casa, descubren quiénes son realmente, y entonces regresan a su hogar, cambiados en cierto modo, en cierto modo,  iguales. En El Mago de Oz , quizás la película más entrañable de todos los tiempos, una joven deja su ciudad natal, sosa, incolora, y emprende un viaje increíble, lleno de colorido; se encuentra con diversas facetas de sí misma, y regresa finalmente al mismo lugar…,solo que entonces ve  lo que realmente hay en él. Su hogar no ha cambiado, pero sus ojos se han abierto a él.

Se ha sugerido que, en el nivel más básico,  todo relato tiene esta estructura en común: un héroe va de lo conocido a lo desconocido, pero al final siempre regresa a casa. El buscador espiritual se marcha en busca de la iluminación, y a su regreso descubre que la iluminación que buscaba había estado allí desde el principio.

Continuaremos...

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ACEPTACIÓN 5...¿POR QUÉ SUFRIMOS? – Parte 1 de 5

No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez. (T.S.Eliot)

 

He sido, la mayor parte de mi vida, un pequeño yo triste y solitario, una ola deprimida en el océano cósmico de la vida. Me sentía totalmente separado de ese océano, y vivía en lucha constante conmigo mismo y con los demás, sin disfrutar jamás de un solo momento de descanso. Pasé muchos años intentando desesperadamente encajar, triunfar, conectarme con los demás, encontrar amor, descubrir mi sitio en el mundo, pero, a pesar de todos mis esfuerzos, caí en una depresión cada vez más profunda. Culpaba a todo y a todos de cómo me sentía: a mis genes, la química de mi cerebro, la educación que recibí, mis padres, mis amigos, mi jefe, la crueldad de la vida, nuestra sociedad obsesionada con el dinero, los medios de comunicación, los carnívoros, los políticos, las corporaciones, los “malechores”…Mi desdicha  nada tenía que ver conmigo, o eso creía yo. Era la única respuesta posible a una vida que se había vuelto contra mí. La vida era cruel, era injusta, era hostil; la vida me había maldecido. La culpaba de mi desdicha, y sentí que tenía perfecto derecho a hacerlo. “Si hubieras pasado por lo que yo he pasado, ¡tú también te sentirías como yo!” así es como me gustaba justificar mi desdicha ante los demás.

La vida no había estado a la altura de mis expectativas, la gente me había defraudado y, por más que lo intentaba, no tenía ningún control sobre el rumbo que mi existencia había tomado. A consecuencia de todo ello, acabé postrado en cama, sin energía para levantarme, asqueado,  con un sentimiento de opresión y ganas de morir, sin fuerzas ni ánimo para hacer frente al día que se presentaba. ¿Qué sentido tenía salir de la cama? Detrás de la puerta de mi habitación, lo único que me esperaba era más desdicha. Sabía lo que era la vida, y quería eludirla a cualquier precio. La vida era dolor, y yo no quería sentir dolor.

¿Cómo había terminado así? En pocas palabras, a lo largo de los años había forjado muchas ideas sobre “cómo debía ser la vida”. Había recopilado muchas creencias acerca de la realidad, muchas teorías sobre la manera en que realmente funcionaban las cosas, muchos conceptos sobre lo que debía y no debía suceder en el mundo. Había llegado a infinidad de conclusiones sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, sobre lo que era bueno y lo que era malo, lo que era normal y anormal, apropiado e inapropiado.

Y tenía muchas imágenes de mí mismo que había intentado sostener en pie, muchas exigencias sobre cómo quería que los demás me vieran y cómo quería verme a mí mismo.

Deseaba ver y que los demás vieran en mí a un triunfador, a un hombre atractivo, inteligente, generoso, bueno, compasivo y virtuoso. Pero la vida se interponía continuamente en mi camino impidiendo que se cumplieran mis deseos; la vida, sencillamente, no me dejaba ser quien yo quería ser. La vida no me entendía. Nadie captaba quién era yo. ¡Nadie me entendería jamás!El hecho de ver frustradas mis expectativas de la vida y de juzgarme, además, a mí mismo continuamente me acarreaba dolor, y yo detestaba el dolor y no quería tener que soportarlo ni un minuto más.

A pesar de todo, alrededor de los veinticinco años, tras una serie de percepciones muy lúcidas, empecé a entender con claridad que, en el nivel más básico, la depresión que sufría era en realidad la experiencia de “mi profunda resistencia” a la vida. No es que experimentara algo ajeno a mí llamado “depresión”. No es que algo llamado depresión me estuviera sucediendo. Lo que experimentaba era mi propia guerra interior con la manera de ser de las cosas y, en la raíz de esa guerra, estaba mi propia ignorancia de “quién era realmente”. Había dejado de ver la completitud de la vida; había olvidado cuál era mi verdadera naturaleza, e, indignado me había lanzado a combatir la experiencia presente. Incapaz de darme cuenta de quién era en realidad, e identificándome por tanto como un “yo” separado, había entrado en guerra con el momento presente.

La depresión estaba enteramente relacionada con mi forma de ver el mundo: con los juicios que hacía de él, las creencias que tenía de él, las exigencias que albergaba sobre cómo debería ser éste momento. Por debajo e aquella expectativa de controlar la vida con el pensamiento, estaba el miedo a los desafíos, a las pérdidas y, en última instancia, a la muerte. La resistencia que le oponía a la vida me llevó a una depresión extrema, suicida…,pero todos estamos desconectados de la integridad en mayor o menor medida, y el grado en que nos desconectamos e la integridad es el grado en que sufrimos. Yo me había desconectado de la vida totalmente, y el sufrimiento se hizo insoportable. Me había convertido en un cadáver andante, pero no era la vida la culpable de ello; inocentemente, lo había hecho yo, “en mi porfiada búsqueda de una integridad futura quenunca iba a llegar”.

En la raíz de la depresión estaba el sentimiento de que yo era una persona separada…, un yo individual, una entidad desvinculada de la vida en sí y apartada de este momento. Y aquel yo individual tenía que encontrar la manera de mantener, sostener y sustentar algo llamado “mi vida”…, de orquestarlo, de hacer que tomara la dirección en la que yo quería que fuera, de tener control sobre ello. Eso era lo que me habían enseñado de muy niño, y eso es lo que el mundo me había estado gritando: se esperaba de mí que tomara las riendas de mi vida, que supiera lo que quería y fuera capaz de lanzarme a conseguirlo. Los demás parecían saber todos dónde estaban, qué hacían, a dónde iban, y yo, en cambio, era incapaz de sostener en pie el relato de mi vida sin queme cayera encima y me aplastara. La depresión fue la experiencia de no ser capaz de mantener mi vida en pie y de sentir, como consecuencia, que mi vida, literalmente, me deprimía.

En la actualidad, veo que a todos nos “deprime” (del latín premere, ”presionar”, y de “hacia abajo”) el peso de nuestras vidas, el peso de nuestra historia y de nuestros futuros imaginados. En este sentido, puede decirse que ¡todos estamos deprimidos en mayor o menor medida!, pese a que solo cuando el peso se vuelve prácticamente imposible de acarrear nos atribuyamos el calificativo de “deprimidos” y nos separemos de nosotros mismos y de los demás. Aunque no todos suframos de depresión clínica, todos vamos por ahí cargados con un relato de nosotros mismos que hemos ido elaborando, intentando hacer que nuestra vida vaya por donde queremos que vaya. Y en uno u otro nivel, todos fracasamos en esa tentativa de ser quienes no somos.

Mi sufrimiento tomó forma de depresión, angustia existencial, timidez enfermiza y total falta de intimidad en mis relaciones. Pero todos sufrimos a nuestra manera; ahora bien, o vemos en el sufrimiento un estado terrible que se ha de evitar a toda costa o lo vemos por lo que realmente es: una señal muy clara que nos indica el camino de vuelta a casa.

En medio de la depresión extrema, brilló de pronto otra posibilidad: quizá mi fracaso al intentar sostener mi vida no fuera en realidad una enfermedad, una perturbación mental ni una señal de debilidad o de disfunción. Quizá, de entrada, aquella no fuera mi vida, la vida que debía sostener en pie, y yo no fuera quien pensaba que era. Quizá la verdadera libertad no tuviera nada que ver con ser una ola mejor dentro del océano, con perfeccionar el relato de mí mimo que me contaba. Quizá la libertad tenía que ver sola y exclusivamente con despertar del sueño en el que somos olas separadas, y con abrazar todo lo que aparece en el océano de la experiencia presente. Quizá ese fuera mi trabajo, mi verdadera vocación en la vida: aceptar profundamente la  experiencia presente, desprenderme de todas las ideas sobre cómo debería ser  este momento, en vez de empeñarme en sostener una falsa imagen de mí mismo.

Empecé a perder interés en fingir que era lo que no era. Empecé a perder interés en oponer resistencia al momento presente. Empecé a enamorarme de la experiencia presente. Descubrí la profunda aceptación inherente a cada pensamiento, a cada sensación, a cada sentimiento, y el sufrimiento comenzó a caer en picada. Me di cuenta de que no era un ser defectuoso ni nunca lo había sido, y de que esto era igualmente aplicable a todos los demás seres humanos del planeta.

El sufrimiento humano puede parecer tan insondable, incontrolable, impenetrable…, un problema demasiado descomunal  para poder remediarlo. A veces parece tan sin sentido, tan inexplicable o tan fortuito y repentino que lo único que uno puede decir es:”¿Qué me pasa?¿Qué es lo que estoy haciendo mal?”, “¡Debe de ser por mí, por mi forma de ser!””¿Será que es mi destino sufrir así?”,”Seguro que es la genética, o algún desequilibrio químico del cerebro”

Yo no creo que haya nadie fundamentalmente incapacitado para la vida, que nadie tenga que sufrir, que haya ninguna desdicha predestinada o inherente a nosotros en modo alguno.

Lo que sí veo es que mucha gente”busca”, intentando escapar de lo que piensan y sienten en el momento. Oponen una resistencia férrea a la experiencia presente, pero no se dan cuenta de que es eso lo que hacen, y tienen así la sensación de que el sufrimiento les invade, casi como si les llegara del exterior y fueran víctimas de él. Si se dieran cuenta de la magnitud de su resistencia al momento, no tendrían que seguir recurriendo a todo tipo de extrañas teorías para explicar o justificar su sufrimiento. Dejarían de culpar por su sufrimiento a la vida, dejarían de culparse a sí mismos, a los demás o a las circunstancias, dejarían de culpar a la alineación de los planetas o de las estrellas, a las fuerzas electromagnéticas o a las energías cósmicas, a su karma, a su gurú, a Dios o al diablo, y serían responsables en el auténtico sentido de la palabra: capaces de responder a la vida tal como es en éste mismo instante, y no a la vida como imaginan que es o que debería ser.

Todo mi sufrimiento resultó ser un regalo, no una maldición. La depresión apareció para hacerme ver  - de la manera más dramática que cabe-  hasta qué punto me había desconectado de la vida. Visto así, el sufrimiento siempre es una señal que nos indica el camino de vuelta a la integridad.

Con frecuencia, solo cuando empezamos a sufrir comenzamos a escuchar a la vida. Así que, de algún modo,  a todos se nos provee de la cantidad de sufrimiento exacta que necesitamos para reconocer quiénes somos realmente.

Cada ola es una expresión única del océano, y cada ola sufrirá de una manera distinta. Tu sufrimiento es  tu invitación sin par a que retornes al océano.

Mi depresión apuntaba directamente al despertar espiritual. Mi depresión indicaba el camino de vuelta a quien soy realmente, que está siempre en profundo reposo; era una invitación a soltar la carga de mi pesado relato sobre el pasado y el futuro, y a descansar profundamente en la experiencia presente; era una invitación a despertar del sueño de la separación. Solo que tardé cierto tiempo en aceptarla.

 

Jeff Foster de su libro…LA MÁS PROFUNDA ACEPTACIÓN-

Continuará…

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ACEPTACIÓN 4...LA INTEGRIDAD DE LA VIDA - Parte 3 de 3

No ofrezco una forma de salir de la locura de la mente, sino una forma de entrar. En realidad, no ofrezco una solución al sufrimiento, sino otra manera de entenderlo…una manera radicalmente nueva de relacionarnos con él.

No hay esperanza de que podamos poner fin al sufrimiento-ni personal ni global- hasta que entendamos lo que es en verdad el sufrimiento, en el nivel más fundamental. Y cuando realmente entendamos lo que es, tal vez descubramos que la verdadera libertad no se encuentra escapando de la experiencia presente, sino sumergiéndonos sin miedo en sus profundidades ocultas. Ahí, quizá, descubramos toda la paz, el amor y la profunda aceptación que siempre habíamos buscado en el exterior.

Sé que tal vez suene egoísta o narcisista centrarnos en nuestro propio sufrimiento de esta manera. “¿Quién soy yo para quedarme aquí sentado contemplando mi sufrimiento? ¿No debería olvidarme de mí, salir a la calle y ayudar a poner fin al sufrimiento del mundo?”, podrías preguntar. Recuerda que cualquier sufrimiento que haya dentro de ti se proyectará afuera, en el mundo, inevitablemente. Cualquier cosa con la que estés en guerra dentro de ti, llegará el momento en el que la combatirás igualmente en el exterior. Si la violencia y la separación están vivas dentro de ti, las introducirás en tus relaciones más íntimas, en tu familia, en tu lugar de trabajo, en el mundo a gran escala. El mundo no es sino tu proyección de él, como nos han recordado sin cesar los maestros espirituales, los santos, sabios y místicos de todos los tiempos.

Osho hablaba de la paradoja de indagar profundamente en la propia experiencia en lugar de intentar poner fin a los problemas del mundo: “Sí, parecerá egoísta, pero ¿es egoísta el loto cuando florece?, ¿es egoísta el sol cuando brilla?”. Por extraño que resulte, para ser totalmente desinteresado y altruista, has de ser totalmente egoísta, has de estar completamente obsesionado contigo mismo…pero no de la manera en que habitualmente entendemos la obsesión ni el yo. Debes estar fascinado, lleno de curiosidad, dispuesto a descubrir los entresijos de la separación, en todas sus formas, en mitad de tu experiencia presente. Debes estar abierto a explorar el sufrimiento, cómo y porqué se manifiesta en ti, dónde se origina. Debes estar dispuesto a detener la mirada en tus miedos más terribles, tu dolor, tu tristeza, tus más profundos deseos insatisfechos. Debes estar dispuesto a mirarlos de frente y a encontrar el lugar donde es posible aceptar profundamente incluso los aspectos aparentemente más inaceptables de ti.

La gran libertad reside en afrontar sin miedo la oscuridad y ver, finalmente, que es inseparable de la luz. Reside en reconocer que lo que siempre habías buscado estaba oculto incluso en tus miedos más terribles. Parafraseando a Thomas Hardy, si hay un camino hacia algo mejor, está en mirar con los ojos bien abiertos lo peor…y encontrar en ello la más profunda aceptación.

Cuando se entiende cómo se manifiesta en ti el sufrimiento, entiendes de inmediato cómo se manifiesta en el resto de la gente. Solemos conceder tanta importancia a nuestras diferencias individuales que somos incapaces de ver que, en lo fundamental, somos todos iguales. Todos sufrimos, y todos buscamos una manera de salir del sufrimiento. Cuando descubres y entiendes la mecánica del sufrimiento en ti mismo, desarrollas una profunda compasión por el sufrimiento ajeno…, compasión en el verdadero sentido, en el sentido de com-passio, literalmente “sufro con”.

Cuando considero que el dolor es mío, me pierdo en mi burbuja de sufrimiento personal y me siento desconectado de la vida, aislado y solo con mi desdicha. Pero más allá de la historia personal de mi sufrimiento, descubro que el dolor no es en realidad mi dolor. Es el dolor del mundo. Es el dolor de la humanidad. Cuando pierdo a mi padre, la aflicción que siento no es mi aflicción, sino la aflicción de todo hijo, sufro por y con cada hijo que haya pedido a su padre. Cuando mi pareja me abandona, soy cualquiera que haya perdido a alguien a quien amaba. En los más íntimos recesos de la experiencia presente, descubro que yo soy el universo que con tanto ahínco intento salvar; descubro que yo soy la compasión que tanto me esfuerzo por representar fuera, en el mundo; descubro que yo soy todas las demás personas con las que tanto anhelo tener contacto. En las profundidades de lo personal, en medio de las experiencias más intensamente dolorosas e íntimamente personales, descubro la verdad impersonal de la existencia, y en ese momento soy libre. Muchas enseñanzas espirituales hablan de escapar de lo personal y acanzar cierto estado impersonal en un futuro, pero lo personal y lo impersonal son íntimamente uno, y no se pueden dividir. La división es precisamente la raíz de todo el sufrimiento y el conflicto.

Ya estás completo tal como eres. Eres la Vida misma, y siempre lo has sido. ¡Esto es todo, el aquí y el ahora! Este momento es cuanto hay, y está completo en sí mismo. No hay nada más que hacer.

A otro nivel, quizá todavía no reconozcas que ya estás completo. Quizá verdes espirituales tan bellas e inspiradoras como “ya estás completo” y “solo hay unidad” aún te parezcan simplemente bellas e inspiradoras palabras, y todavía no sean para ti una realidad experiencial viva. Quizá todavía estés batallando con tus sentimientos, con el dolor, las adicciones y los conflictos de pareja. Quizá todavía estés buscando respuestas, amor, aprobación, la iluminación…Quizá aún estés esperando la paz, todavía anheles encontrar una manera de vivir en este mundo que tenga más sentido, en la que haya más amor, que sea más auténtica. Quizá, aunque creas que no estás separado de la vida, todavía te sientas separado de la vida.

Tu sufrimiento no es una maldición, un castigo, una aberración, ni es señal de que hayas fracasado en modo alguno. El sufrimiento es siempre un gran lugar para empezar a explorar  la experiencia presente. Dios sabe que, si no hubiera sufrido como sufrí, nunca habría empezado a cuestionar todo lo que sabía y a descubrir la libertad en todo aquello contra lo que luchaba, en todo aquello de mí de lo que intentaba huir.

No te prometo un estado especial o una experiencia espiritual extraordinaria, eso se lo dejo a los gurús espirituales. Además, los estados y las experiencias vienen y van, y, si de verdad queremos poner fin al sufrimiento, debemos ir más allá de los estados y las experiencias pasajeros, más allá de las cimas espirituales, y descubrir algo que no sea efímero. Algo que esté siempre presente. Algo que está aquí ahora mismo, pero que al parecer siempre ignoramos, empeñados en saborear experiencias futuras y añorando retornar a las glorias pasadas.

No me considero un gurú espiritual o un adalid de la autoayuda, un ser especial, despierto o iluminado, ni esencialmente distinto de ti en modo alguno. Me considero más un amigo que te indica con delicadeza cómo retornar a quien realmente eres, que te recuerda lo que, en lo más hondo, ya sabes. Por supuesto, no deseo que te limites a creer todo lo que te digo. Quiero que indagues tú mismo, que pongas a prueba todo lo que digo y lo cotejes con tu propia experiencia. Yo no soy una autoridad en materia de la vida (¿quién puede ser una autoridad en que los pájaros canten, en que lata el corazón, en que caiga la lluvia o en que este momento sea como es?), pero quizá mis palabras te devuelvan a una percepción consciente de lo que es realmente verdad en tu experiencia ahora mismo. Tal vez te devuelvan a una profunda aceptación total, a una sencillez  y a un reposo que son la esencia de todo,  que te llevarán más allá de la necesidad de ninguna autoridad externa y te dejarán libre, como un árbol en mitad de la tormenta, mirando a la vida de frente, entregado de lleno a las realidades y los desafíos de la existencia relativa, pero también sólidamente asentado en la inquebrantable certeza de quien de verdad eres, firmemente enraizado en un saber que nunca morirá.

 

 

Jeff  Foster

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ACEPTACIÓN 3...LA INTEGRIDAD DE LA VIDA - Parte 2 de 3

Solía trabajar como voluntario en un sanatorio, y pasaba mucho tiempo con personas que se encontraban en las últimas semanas, días o incluso horas de su vida. Con frecuencia, los pacientes me confesaban que hasta aquel momento, en que el telón estaba a punto de caer, no habían abierto realmente los ojos a la obra que estaba en escena; era entonces cuando habían empezado a darse cuenta de lo preciosa que es la vida…, de lo preciosa que había sido siempre. Muchos de ellos se lamentaban. Lamentaban no haber saboreado la vida al máximo, lamentaban no haber amado lo suficiente. Se arrepentían de haberse guardado sus sentimientos por miedo al rechazo, y de no haber sido más sinceros y abiertos en sus relaciones. Se arrepentían de haber trabajado hsta enfermar, luchando por un futuro que nunca llegó y que ya no iba a llegar. Si hubieran sabido que la vida tenía otros planes para ellos, tal vez habrían abierto los ojos antes.

Algunos pacientes, hasta que se les arrebató el tiempo, no empezaron a explorar la vida de verdad. Ya no tenían tiempo para seguir viviendo de esperanzas y sueños; solo tenían tiempo para vivir. Algunos empezaron a experimentar con algún arte, otros estaban aprendiendo a tocar un instrumento, o a cantar o a bailar, por primera vez. Conocí a una mujer que, por fin, había reunido el valor suficiente para grabar su álbum de debut. Llevaba toda su vida escondiéndose, cantando en la ducha cuando estaba sola, protegiéndose del ridículo y del rechazo. Y ahora, en las últimas semanas de su vida, cuando ya no tenía nada que perder, cantaba con todo su corazón, como si nadie la estuviera escuchando, como si de hecho estuviera  muerta y no hubiera ya nada que temer. El ridículo y el rechazo habían dejado de ser sus enemigos.

Un día me senté a jugar al ajedrez con una paciente. Apenas hablamos mientras jugábamos. Tenía la cabeza afeitada, y era patente su debilidad tras meses de quimioterapia. Pero estuvo tan presente conmigo durante la hora, más o menos, que pasamos juntos, tan en el aquí y el ahora, tan embelesada con la vida, tan fascinada por todo como un recién nacido…”Jaque mate”, dijo con una sonrisa al tiempo que acorralaba a mi rey. Murió aquella misma noche, pero mientras jugamos estuvo más viva, más receptiva a experimentar, más enamorada del momento presente que muchos a los que todavía les quedan otros cincuenta años de vida. Estar presente no tiene nada que ver con el tiempo.

¿Por qué hacen falta, normalmente, situaciones de vida extremas para recuperar la percepción de la magia y el misterio de la vida? ¿Por qué esperamos, por regla general, a estar a punto de morir para descubrir en nuestro interior una profunda gratitud hacia la vida tal como es? ¿Por qué nos agotamos buscando amor, aceptación, fama, éxito o iluminación espiritual en el futuro? ¿Por qué trabajamos, o meditamos, hasta dejar la vida en ello? ¿Por qué posponemos la vida? ¿Por qué nos contenemos? ¿Qué es lo que buscamos, exactamente? ¿A qué esperamos? ¿De qué tenemos miedo?

¿Llegará la vida que tanto anhelamos en algún momento futuro, o está siempre mucho más cerca?

Este libro trata sobre la integridad de la vida y sobre la posibilidad de descubrir esa integridad ahora mismo; no el año que viene, ni mañana, ni “algún día”, sino ahora mismo, en mitad de la experiencia presente, en mitad de lo que sea que esté sucediendo, incluso si lo que está sucediendo es malestar, dolor o el anhelo de ser libre.

Este libro trata sobre la necesidad de que averigües quién eres realmente, más allá de quien piensas que eres, más allá de quien te han contado que eres, del cuento que te cuentas sobre quién eres y de todos los conceptos e imágenes que tienes de quién eres. Y trata sobre la necesidad de descubrir las diferentes maneras en que, al olvidarnos de quienes somos e intentar construir y mantener lo que básicamente resulta ser una imagen falsa de nosotros mismos, obra del pensamiento, entramos en guerra con la experiencia presente, con los demás y con el planeta. Nuestro conflicto interno se convierte en un conflicto externo, pues, cuando hay guerra adentro de mí, entro en guerra contigo; lo que rechazo de mí lo rechazo en el mundo, y ese rechazo desemboca en toda clase de sufrimientos. Nos hacemos adictos a ciertas sustancias o a ciertos hábitos, algunos de ellos incluso aparentemente buenos, para eludir lo que no nos gusta de nosotros. Batallamos contra las emociones dolorosas. Buscamos a otra persona y una relación que nos complete. Queremos, desesperadamente, escapar del malestar gracias a la iluminación.

En este libro, voy a sostener permanentemente una lupa sobre el lugar de nosotros donde nace el conflicto, ya que el lugar donde el conflicto empieza es también el lugar donde puede terminar.

Se calcula que, solo en el siglo XX, los seres humanos se las arreglaron para matar a más de doscientos millones de otros seres humanos en guerras y genocidios. Parecemos ser los únicos organismos del planeta que hacemos daño y matamos a nuestros semejantes no solo para protegernos físicamente, no solo en la lucha por el alimento o el territorio, sino también para defender nuestras imágenes. Matamos en nombre de cualquier clase de imagen: ideologías, filosofías, sistemas de creencias, caminos espirituales, perspectivas del mundo…; matamos cada vez que intentamos crear una imagen del cielo que hay en las alturas, cada vez que intentamos imponer nuestra imagen del mundo a los otros seres humanos distintos de nosotros. Matamos en nombre de imágenes de la realidad, de imágenes de lo que es verdadero y es falso, imágenes de quiénes somos y de quienes son los demás en relación con nosotros…, imágenes que rara vez, por no decir nunca, se corresponden con la realidad. ¿Dónde puede acabar esta violencia?

Está de moda hoy en día hablar del cambio que la consciencia humana está experimentando en el planeta; la idea es, básicamente, que los seres humanos se encuentran en el proceso de alcanzar un estado de conciencia suprior. Yo, en cambio, creo que lo que de verdad estamos haciendo es desarrollar una percepción nueva y cristalina de la locura que padece la mente humana. Somos más conscientes que nunca de que la manera tradicional de hacer las cosas no funciona. Ni las viejas ideas sobre quienes somos, ni nuestra forma de pensar dualista, ni la mentalidad del “nosotros y ellos” nos han conducido a la paz –ni a la paz del mundo ni a vivir en paz con nosotros mismos-, sino más bien todo lo contrario. Las guerras, los genocidios, la opresión y la violencia siguen siendo una realidad en éste preciso momento; el sistema financiero mundial está al borde de la quiebra y las grandes superpotencias están fatalmente endeudadas; el desastre ecológico es cada vez más amenazador, y los seres humanos sufren niveles de depresión, ansiedad y estrés sin precedentes.

El mundo siempre ha estado loco, solo que hoy en día somos más conscientes de esa locura. Por primera vez en la historia humana, prácticamente todo aquél que tiene acceso a un ordenador dispone de información sobre el estado del mundo, y probablemente sea igual de cierto que nunca habíamos estado tan desesperados por encontrar una salida.

Este libro no trata sobre cómo resolver todos los problemas del planeta; no estoy calificado para hablar sobre eso. Sobre lo que sí quiero hablar es sobre dónde se originan todo el sufrimiento, el conflicto y la violencia humanos y que no es sino en la división dualista de la experiencia presente, esa división en la que “me” separo de la vida en sí. Si, más temprano o más tarde, no hacemos frente cada uno de nosotros a nuestra propia experiencia presente y sanamos la locura, la violencia y la separación que hay en ella, no hay esperanza de que encontremos un modo de escapar de la locura humana colectiva. En cambio, si logramos averiguar dónde comienzan en nuestra propia experiencia la violencia, el sufrimiento y la división que nos separan de la vida y de nuestros semejantes, y si somos capaces de ver y entender con claridad el sufrimiento que nos causamos a nosotros mismos, podremos ver cómo les causamos sufrimiento a los demás, a las personas queridas, a nuestras ciudades, países, continentes y planeta.

La violencia empieza y termina en ti. Reconocer ésta verdad supone asumir una responsabilidad total, en el mejor sentido de la palabra.

 

Continuaremos…

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ACEPTACIÓN 2...LA INTEGRIDAD DE LA VIDA - Parte 1-

El verdadero viaje de descubrimiento consiste, no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con ojos nuevos.

Marcel Prost

Las arrugas que surcan las manos de tu padre anciano. El llanto de un recién nacido. Una escultura expuesta en una galería de arte. Cierta combinación de notas en una pieza musical. Una gota de rocío sobre una brizna de hierba. La expresión momentánea en la cara de un desconocido que, de pronto,, inesperadamente, hace que se te derrita el corazón. La completitud que súbitamente traspasa la separación.

La vida está llena de misterio.

He conocido a lo largo de los años a mucha gente en la que se había despertado un interés por la espiritualidad a raíz de haber vivido ciertas experiencias o percepciones extrañas, inexplicables, incomprensibles, por lo general de un modo repentino, como aparecidas de la nada, experiencias que después les resultaba difícil poner en palabras, y más difícil todavía comunicar a su familia y a sus amigos.

Los artistas hablan de la desaparición de sí mismos cuando están abstraídos en su trabajo. Los músicos cuentan cómo, cuando están absortos en su música, solo hay música, y la entidad separada que eran hasta ese momento se desvanece en ella, como si la propia vida los hubiera absorbido. No es que interpreten la música: son la música, que se interpreta a sí misma. Los atletas hablan de entrar en el flujo, un lugar donde correr, pedalear o saltar ocurren sin ningún esfuerzo y el cuerpo funciona a la perfección aunque ellos ya no lo sientan como suyo. Los actores se refieren a desaparecer en sus personajes o diluirse por entero en el papel.

O vas paseando por el parque y, de repente, no hay un “tú” que ande…, solo existe el viento en la cara, el crujir de las hojas, la risa de los niños y el ladrido de los perros. Tú desapareces, y eres todo…, o todo desaparece, y tú no eres nada. Las palabras no tienen la capacidad de expresarlo.

A veces sucede de un modo menos espectacular. Estás lavando los platos y, de pronto, las burbujas de jabón centelleantes son lo más fascinante del universo…, más aún: las burbujas de jabón son el universo en ese instante, y todos tus problemas, tus miedos, tus angustias, tu ansia desesperada de una vida mejor, de fama, de éxitos, de amor, de iluminación, se desvanecen. Todo está profundamente bien de nuevo…, cósmicamente bien. Aunque la situación de tu vida no ha cambiado- sigue habiendo facturas que pagar, hijos que alimentar, trabajo que hacer, dolor que sufrir- tu relación con todo ello se ha transformado de repente. En un instante, has dejado de ser un individuo separado que lucha por encontrar completitud. Solo hay completitud. Has vuelto al vientre de la vida – un vientre del que en realidad nunca has salido-, y sin embargo, la vida ordinaria sigue estando presente y tú continúas funcionando en el mundo sin el menor esfuerzo.

A la ciencia le ha costado mucho buscar explicaciones a estas experiencias-o no experiencias, o como quieras llamarlas-, pues nos llevan más allá del mundo de la causa y el efecto, el sujeto y el objeto, el observador y lo observado, lo absoluto y lo relativo, dentro y fuera, e incluso el tiempo y el espacio. Son lógica, científica y filosóficamente difíciles de demostrar. Pero para quienes las experimentan, son más reales que nada delo que conocen. Llámalas si quieres despertares, experiencias pico o simplemente encuentros directos y al desnudo con la vida tal como es, en realidad, da lo mismo cómo las denomines porque, en última instancia, las palabras siempre vienen después.

La existencia rebosa de misterio y prodigio, y, a veces, sin advertencia, la luz puede brillar a través de las grietas del yo separado. Durante unos breves momentos, aparece la sugerencia cósmica de que la vida es infinitamente más de lo que parece ser. El más común de los objetos puede tornarse fácilmente extraordinario, lo cual nos hace preguntarnos si, tal vez, lo extraordinario está siempre oculto en lo ordinario, simplemente esperando a que lo descubramos.

Sí, quizás las cosas ordinarias de la vida –unas sillas desvencijadas, unos neumáticos de bicicleta, los reflejos del sol en unos cristales rotos, la sonrisa de una persona querida, el llanto de un recién nacido- no sean en realidad ordinarias en absoluto. Quizá oculto en su “ordinariez”, haya algo extraordinario. Quizá todo eso que damos por hecho sea en realidad expresión divina, sagrada, infinitamente preciosa, de una integridad, una Unidad que no es posible expresar con el pensamiento ni el lenguaje.

Y quizá esa integridad no esté “ahí fuera”, en algún otro sitio, ni en el futuro, esperando a ser descubierta. Quizá no necesitemos viajar hasta los confines del universo para encontrarla. Quizá no esté en los cielos o escondida en las más hondas profundidades de nuestras almas. Quizá la integridad esté justo aquí, donde nos encontramos –en este mundo, en esta vida-, y quizá, no se sabe cómo, nos hayamos vuelto ciegos a ella en nuestra obsesión por encontrarla.

La física moderna ha empezado a confirmar lo que las enseñanzas espirituales de todos los tiempos han señalado: que todo está interconectado, y nada existe aislado de nada. Hemos inventado muchas palabras a lo largo de los siglos para referirnos a esa integridad cósmica; palabras como “espíritu, naturaleza, Unidad, Advaita, no dualidad, consciencia, percepción directa, vitalidad, Ser, Fuente, Existencia, Estado de Ser, Tao, Mente búdica y presencia”. Podríamos pasarnos cien años discutiendo sobre lo que realmente es la integridad de la vida, pero me pregunto si no terminaríamos discutiendo sobre palabras y dejaríamos escapar aquello a lo que se refieren dichas palabras. Así que elige tu término favorito para aludir a la integridad, porque, en definitiva, las palabras son lo de menos. Tú la llamas Tao, yo la llamo Vida, ella, Dios; él, consciencia; otro, nada, y otro más, Todo. Hay a quien le gusta guardar silencio al respecto; un artista pinta cuadros sobre ella y un músico compone una melodía para expresarla; un físico intenta captarla con cálculos de enorme complejidad y enrevesadas teorías; un poeta o un filósofo hacen malabarismos con las palabras intentando alcanzarla, un chamán te da a tomar extrañas sustancias para que la veas por ti mismo; un maestro espiritual te orienta hacia ella, a la vez con palabras y en silencio.

La cuestión es que, sea lo que sea, en última instancia nunca podrá ponerse en palabras, ya que los pensamientos y las palabras fragmentan la integridad; descomponen una realidad unificada en elementos separados: cuerpos, sillas, mesas, árboles, el sol, el cielo, tú, yo…El mundo del pensamiento es el mundo de la dualidad, el mundo de las cosas.

Por supuesto, emplearé muchísimas palabras. Las palabras son muy útiles para escribir y leer libros. Pero hay algo fundamental que debemos recordar, y es que lo importante no son las palabras. Lo importante es la integridad de la vida en sí…, y so precede a todas las palabras, incluida la palabra “integridad”.

Hay un gran silencio y reposo que impregna todas estas palabras, y es desde esa íntima quietud desde la que hablo. Éste libro es todo él una carta de amor, de la quietud a la quietud…, de quien verdaderamente soy a quien verdaderamente eres.

Jeff Foster

 

 

Continuaremos…

 

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ACEPTACIÓN...INTRODUCCIÓN

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ACEPTACIÓN

INTRODUCCIÓN

A mi entender, todos nuestros problemas, todo nuestro sufrimiento y nuestros conflictos, tanto personales como globales, se derivan de un problema básico: la ignorancia de quiénes somos realmente. Hemos olvidado que somos inseparables de la vida y, como consecuencia, hemos empezado a temerla, y ese miedo nos ha hecho entrar en guerra con ella de maneras diversas. Hemos empleado nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras emociones y nuestros cuerpos para combatir lo único real, que es el momento presente. Y al intentar protegernos del dolor, el miedo, la tristeza, el malestar, el fracaso…, de todas aquellas partes de la vida que se nos ha condicionado a creer que son malas, negativas, tétricas o peligrosas, hemos dejado de estar verdaderamente vivos.

La armadura que nos hemos puesto para protegernos de una plena experiencia de la vida se llama “yo individual”; pero en realidad no nos protege de nada, solo nos mantiene cómodamente anestesiados.

El despertar espiritual – el darnos cuenta de que no somos quienes creemos ser- es la respuesta este problema básico de la humanidad. Hoy en día existen innumerables libros sobre el tema, y al parecer se descubren constantemente enseñanzas antiguas a las que hasta hace muy poco solo había tenido acceso una minoría selecta. Pero cuidado, porque también aquí hay trampa: la espiritualidad puede convertirse fácilmente en una capa más de nuestra armadura y, en vez de favorecer nuestra apertura a la vida desconectarnos todavía más. Muchos conceptos y tópicos espirituales como “el yo no existe”, “éste no es mi cuerpo” o “la dualidad es pura ilusión” pueden no ser más que nuevas creencias a las que aferrarnos, nuevas maneras de eludir la vida y apartarnos del mundo que acaben generando un sufrimiento aún mayor, a nosotros y a nuestros seres queridos.

El despertar espiritual del que tratamos aquí no tiene nada que ver con que estés más protegido; tiene que ver con que te des cuenta de que el ser que de verdad eres no necesita protección, de que el ser que de verdad eres es tan receptivo, tan libre, rebosa hasta tal punto de amor y profunda aceptación que permite que la vida en su totalidad penetre en él. La vida no puede hacerte daño, puesto que eres la vida. Por lo tanto, el momento presente no es un enemigo al que debas temer, sino un querido amigo al que abrazar. Así es, la verdadera espiritualidad no refuerza la armadura con la que te proteges de la vida: la destruye.

El despertar espiritual es en realidad muy sencillo. Es el reconocimiento atemporal de quien eres realmente: la consciencia previa a la forma. Ahora bien, vivir en la práctica ese reconocimiento en la vida diaria, sin olvidarlo, perderlo de vista totalmente o dejar que se suba a la cabeza…, ahí, ahí es donde empieza la verdadera aventura de la vida, y ahí es donde, al parecer, muchos de los que recorren el camino espiritual se debaten y entran en lucha, da igual que sean buscadores que maestros.

Una cosa es saber quién eres realmente cuando todo va sobre ruedas y tienes la sensación de que la vida te sonríe, y otra es recordarlo en momentos de máxima crispación, cuando todo se derrumba a tu alrededor, cuando las circunstancias te superan y se rompen los sueños. En medio del dolor físico y emocional, de las adicciones, los conflictos de pareja y los fracasos mundanos y espirituales, solemos sentirnos menos despiertos que nunca, y más separados de la vida, de los demás y de quiénes somos realmente. Los felices sueños de iluminación pueden evaporarse en un instante, y parecer que la aceptación se halla a millones de kilómetros de distancia.

Depende de nosotros interpretar la existencia humana de cada día, con sus complicaciones y su belleza, como algo que se ha de evitar, trascender o incluso aniquilar,  verla como lo que es realmente: un secreto y una constante invitación a despertar ahora, incluso aunque creamos que ya despertamos ayer. La vida, por su compasión infinita, no nos va a dejar dormirnos en los laureles.

¿Cómo se puede vivir ese despertar día a día? ¿Cómo podemos aceptar el momento presente incluso cuando el momento presente nos parezca totalmente inaceptable?, ¿Es “cómo podemos aceptar el momento presente?” un pregunta coherente siquiera? Acaso, de entrada ¿estamos realmente separados del momento presente?

Enseño una cosa y solo una: una profunda y confiada aceptación de cualquier cosa que la vida ponga en nuestro camino. No se trata de practicar una rendición pasiva ni un frío desapego, sino de emerger con creatividad adentrándonos en el misterio del momento. He escrito éste libro después de muchos años de escuchar a miles de personas embarcadas en el viaje espiritual…de conversar con ellas, de pensar atención a sus preocupaciones, de contestar a sus peliagudas preguntas, de ver su sufrimiento y su dolor, sus luchas y miedos cotidianos, y de dirigir su atención, no hacia una iluminación futura, sino hacia una aceptación profunda e incondicional de la experiencia del momento presente, hacia la más profunda aceptación de lo que son en esencia.

Bienvenido a la vida ordinaria, querido explorador…, la última frontera del despertar espiritual.

¡Que tengas la intrepidez de ir allí adonde nadie ha ido antes!

Con amor de ti mismo,

Jeff Foster

 

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"Mensaje certero y oportuno .....
GRACIASSS Querida hermana ...... GRACIASSS Isabel....
   Que así sea!!!!!!"
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Rosa Haydee Torres commented on Miguel Urdite's blog post Cómo hacerte amigo de la Ansiedad- Jeff Foster in Energías Maestras
"Gracias. Abrazos "
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María Cristina Benitez commented on Isadora's blog post Efecto placebo, efecto nocebo- Dr. Karmelo Bizkarra
"  Maravilloso mensaje del Dr.Karmelo Bizkarra......me identifico con él.....
GRACIASSS Isadora por compartirlo.....
Bendecido día a todos!!!!!!"
Hace 21 horas
María Cristina Benitez commented on Miguel Urdite's blog post Cómo hacerte amigo de la Ansiedad- Jeff Foster in Energías Maestras
"La ansiedad ha venido ha despertarnos y le darémos la Bienvenida .......
GRACIASSS Miguel.....un enfoque que nos hace reflexionar y reconocer a la "ansiedad "sin huir de ella.....
  GRACIASSS Jeff.....un Genio!!!!!
Bendiciones Infinitas!!!!!
 
 "
Hace 22 horas
ruben rueda commented on Isadora's blog post Efecto placebo, efecto nocebo- Dr. Karmelo Bizkarra
"gracias"
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Pamela Patricia Martinic Ovalle commented on Kali's blog post Volver a la «normalidad» es autocondenarse -Leonardo Bofff
"Excelente!!  gracias!! "
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Graciela Noemi Carello commented on Tahíta's blog post No somos nadie - Anam Thubten
"Mil gracias."
ayer
Rosa Haydee Torres commented on Tahíta's blog post No somos nadie - Anam Thubten
"Gracias"
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Martha Lucia Vega Angulo commented on Tahíta's blog post No somos nadie - Anam Thubten
"Gracias, bendiciones."
ayer
Miguel Ángel Maldonado Noriega commented on Isadora's blog post Efecto placebo, efecto nocebo- Dr. Karmelo Bizkarra
"EXTRAORDINARIO, gRACIAS POR COMPARTIR
 "
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Daisy Naquira commented on Isadora's blog post Efecto placebo, efecto nocebo- Dr. Karmelo Bizkarra
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Ise esponda commented on Isadora's blog post Efecto placebo, efecto nocebo- Dr. Karmelo Bizkarra
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Ise esponda commented on Tahíta's blog post InterSer y Vosotros
"Bendiciones Tahita, siempre mi cariño y reconociiento a toda la ardua labor que desarrollas; yo no soy de mucha participación pública, pero si de mucho leer, escuchar y ver...esta página ha sido mi compañera por muchos, muchos años; es aquí donde he…"
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Ise esponda commented on Tahíta's blog post No somos nadie - Anam Thubten
"Muchas Gracias por el aporte"
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Ise esponda commented on Miguel Urdite's blog post Cómo hacerte amigo de la Ansiedad- Jeff Foster in Energías Maestras
"Muchas gracias por el aporte"
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"Hola Tahita!!!! Es una bendicion seguir juntos y estoy agradecida por ello. Si bien en estos ultimos tiempos no he podido participar... es para todos un gran aporte a nuestras vidas. Gracias... cuando la tormenta pase... nos encontrara mas unidos!!!…"
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Daisy Naquira commented on Miguel Urdite's blog post Cómo hacerte amigo de la Ansiedad- Jeff Foster in Energías Maestras
"gracias"
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Laura del Carmen commented on Tahíta's blog post No somos nadie - Anam Thubten
"Graciass¡"
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Luz Elena Sánchez commented on Tahíta's blog post InterSer y Vosotros
"HOLA TAHITA. POR SUPUESTO QUE ME APORTA MUCHO, SUS REFLEXIONES ESPECIALMENTE ME LLEGAN AL ALMA Y ME INVITAN A REFLEXIONAR. DIOS LA BENDIGA. OJALA PUEDA SEGUIR ILUMINANDONOS CON SUS MENSAJES."
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