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DESCANSA EN TU VERDADERA LIBERTAD- Dora Gil

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¿Te has dado cuenta del sufrimiento que supone aceptar y creer pensamientos como éstos: "No debería haberlo hecho”, “Tendría que haber reaccionado de otro modo”, “Eso no debería estar sucediendo”, “Todo depende de mí”...?

Consciente o inconscientemente, este tipo de declaraciones se pasean cotidianamente por nuestra psique. Al adherirnos a ellas, nos sentimos culpables, indignos, defectuosos... en definitiva, separados de la vida. Y éste es el verdadero sufrimiento, la sensación ilusoria de estar separados de lo que somos. Nos sumimos automáticamente en ese malestar al aceptar que algo no está siendo como se supone que debería ser, que no somos como supuestamente deberíamos estar siendo.

Pero... ¿Y si todo, absolutamente todo lo que acontece, por nimio o incomprensible que sea, forma parte de un juego cósmico sobre el que no tenemos ningún control? ¿Y si, precisamente adjudicarnos ese control o autoría fuera la causa de nuestro constante malestar? ¿Y si, en consecuencia, la paz que anhelamos brotase simplemente de una radical conexión, momento a momento, con lo que es?

A la mente separada esto que estoy proponiendo le parece una locura, una abdicación de lo que considera su libertad, una renuncia a su imaginado poderío sobre las circunstancias.

Y es normal... a esta mente, surgida de una idea loca, la separación, no se le puede pedir más. Automáticamente, se queda aferrada a la apariencia, a las formas, y las juzga considerándolas erróneas o deficientes. Eso supone tanto malestar que se lanza inmediatamente a modificarlas. De eso vive, es ese movimiento el que la mantiene vigente, ya que refuerza su sensación de autoría. No le pidamos, por tanto, a esa mente limitada que comprenda. Vayamos más allá.

Cuando nos unimos a la vida en lo profundo y nos sabemos ella; cuando, más allá de las formas que va tomando, no nos separamos de su poderosa vibración y sentimos su amorosa espaciosidad permeando cada instante, descansamos. Y en ese descanso hallamos una fortaleza inefable que nos sostiene y nos mueve espontáneamente momento a momento. Ya no necesitamos sentirnos hacedores independientes que controlan la existencia. Descubrimos que nuestra libertad verdadera consiste precisamente en aceptarnos como vehículos de esa vida poderosa que quiere expresarse. Encontramos la confianza y la paz indescriptible que supone no separarnos de ella.

Comprendemos que adherirnos a esa voz mental que discute con la vida queriendo rectificarla es lo que nos agota y nos hace sufrir. Unirnos a lo que ahora mismo es, sabiendo que es la voluntad de la vida, nos saca automáticamente de la cansina horizontalidad para dejarnos en los amorosos brazos del ser.

¿Es esto resignación, inmovilismo, sometimiento? Para la mente egoica sí, por supuesto. Sin detenernos en sus argumentos, exploremos decididamente en nuestra vivencia.

En este instante, por ejemplo: ¿Hay algo en tu experiencia que tu mente declara insuficiente, inadecuado, inoportuno...? Ya sea una sensación, una emoción, un pensamiento, una circunstancia que percibes... siente lo que sientes cuando así lo crees. Nota tu respiración, tus sensaciones en el pecho, en el plexo solar, en la garganta, en tus músculos... ábrete a tu paisaje emocional en sus más íntimas sensaciones.

Y ahora, por un momento, aunque no sepas entenderlo, ¿puedes admitir que eso mismo que la mente condena es la voluntad de la vida, que simplemente porque ya está aquí forma parte del gran juego cósmico? No te empeñes en aceptarlo en el tiempo. Suelta pasado y futuro y vive sólo este instante, aquí y ahora, tal como está siendo, deja que eso se mueva libremente. Mientras le das espacio, sin intentar nombrarlo o cambiarlo, ve notando qué sucede... ¿Cómo te sientes?

Quizás empieces a notar que este cambio de perspectiva te ha conectado con la espaciosa vida que eres, mucho más amplia y amable. Desde su apertura, puedes verte inspirado a actuar en cualquier momento, respondiendo a un impulso creativo, al que ya no te aferras de modo personal, para evitar o conseguir algo, sino como una expresión espontánea de tu ser.

 

https://www.doragil.com/post/descansa-en-tu-verdadera-libertad

 

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Enrique Martínez Lozano (Guadalaviar, Teruel, 1950) es conferenciante y autor de varios libros en los que articula la psicología y la espiritualidad para potenciar el crecimiento del ser humano.

 

Usted predica el modelo no-dual de cognición. ¿En qué consiste?

Significa que tenemos mente, pero que somos más que la mente. Hay un modelo de conocimiento basado en el modelo mental, pero hay otro modo de conocer que está más allá del mental y a ése le llamamos no-dual. El modelo mental de conocer es el que hemos heredado y el que en Occidente alcanza la cota máxima con Descartes. Pero cuando se habla de experiencias de iluminación o místicas se alude a ese otro modo de conocer lo real que no pasa por la mente.

 

¿En la acelerada y bulliciosa sociedad actual se puede afirmar como lo hace que 'Somos silencio'?

Sí. Nuestro desvarío, nuestro engaño consiste en reducirnos al movimiento acelerado, al ruido, a quedarnos en cierto modo en la superficie a ciegas, que es uno de los puntos negros de nuestro momento histórico. Frente a esas trampas que nos empobrecen y nos hacen daño, incluso a nivel de salud, creo que es bueno abrirnos, experimentar. Cuando nos escuchamos bien lo que realmente somos es silencio. El silencio no significa lo contrario del ruido ni de la acción. Silencio es aquello que contiene tanto el ruido como el no ruido, la acción y la inactividad. Es decir, silencio sería como ese nivel profundo, en el que nos encontramos con nuestra verdadera identidad.

 

¿Hoy en día tenemos miedo al silencio?

Sí, siempre ha habido miedo al silencio porque denota el temor a quedarse a solas con uno mismo. Además, en este momento histórico ese miedo está reforzado porque nos encontramos en un tiempo en el que tenemos más que nunca estímulos (generalmente tecnológicos), compensaciones o huidas. No es fácil que la persona de entrada sienta atracción por el silencio. Esa atracción que se experimenta suele ser fruto o resultado de un camino o de un trabajo psicológico.

 

¿Cómo puede crecer el ser humano atendiendo a la psicología y a la espiritualidad?

Para entender la paradoja del ser humano, necesitamos reconocer en nosotros la existencia de un doble nivel. Uno sería el nivel de la mente, del yo, el aparente; y otro sería el nivel profundo, el de la quietud, del silencio, lo real, de la consciencia. La sabiduría consiste en compaginar ambos niveles, el nivel aparente en el que se envuelve nuestro yo y el nivel profundo en el que conectamos con nuestra verdadera identidad.

 

¿Cómo deben afrontarse las crisis vitales?

La crisis son siempre una oportunidad. Por eso, cuando se ha vivido, la persona termina agradeciéndolas porque se da cuenta de que gracias ellas ha crecido un poco más. Para afrontarlas hay que tener en cuenta las actitudes y las herramientas. La primera actitud es preguntarse para qué me pasa esto y qué puedo aprender de esto. En cuanto a las herramientas, tenemos la búsqueda de ayuda, el no quedarse en la rumiación o cavilación que tanto nos engaña y tanto daño nos hace, ejercitar la capacidad de no escaparnos del presente... Fundamentalmente se trata de aceptar la crisis cuando aparece y, al mismo tiempo, de no reducirnos a ella.

 

¿Cómo ve hoy en día la religión, la religiosidad y las diferentes religiones?

Espiritualidad es la dimensión profunda que nos constituye y religiones son lo que podemos tener. Las religiones han nacido en la historia como modos de expresar ese dinamismo profundo que llamamos la dimensión espiritual de la persona y a quien les sirvan me parece genial que las utilice. En todo caso, es fundamental darnos cuenta de que una religión es sólo un mapa y que lo importante nunca es el mapa. El mapa está al servicio de nuestra dimensión espiritual, eso sería el territorio. Las religiones pueden ser beneficiosas para la persona en tanto en cuanto se sitúen al servicio de la vida y de la espiritualidad. Lo peor que le puede pasar a una religión y a las personas que creen en ella es que ésta se absolutice, que se llegue a proclamar como la única verdadera y se confundan las creencias que se tienen con la verdad.

 

https://www.larioja.com/culturas/201701/28/miedo-silencio-temor-quedarse-20170128001245-v.html

 

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RECOMIENDO ENFÁTICAMENTE LA LECTURA E INTERIORIZACIÓN DE ESTE ARTÍCULO... 9519353497?profile=RESIZE_710x

 

Cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, culpamos a la realidad de equivocarse. «Esto está mal», decimos, y sufrimos por ello. Pero cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, solo nuestro pensamiento puede equivocarse. La realidad no tiene la facultad de equivocarse. La realidad es lo que es.

Simplemente” (Víctor Creixell).

 

“Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Hölderlin).

 

“Cuanto más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener. ¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que se fundió en

el horno del alfarero?” (Kahlil Gibran).

 

 

“¿Quién soy yo?”. En rigor, esa es la única pregunta. La respuesta adecuada a la misma nos libera de la ignorancia,

de la confusión y del sufrimiento. Nos hace libres. Es la entrada a la Plenitud.

 

Al hablar del dolor, y al hacerlo especialmente desde la perspectiva de los cuidadores, me parece oportuno empezar con dos afirmaciones básicas, que sirvan de marco a toda esta aportación:

  • El ser humano es una realidad radicalmente paradójica.
  • Ante el dolor, necesitamos “descalzarnos”, para acercarnos a la persona que lo padece con un exquisito respeto y compasión.

Esta doble afirmación señala también el camino a seguir en este escrito. Tras incidir en el carácter paradójico del ser humano, nos acercaremos a la realidad del dolor, desde estas cuatro perspectivas:

  • Actitudes que nos permiten vivirlo de un modo
  • Atención cuidadosa para no convertir el dolor en
  • El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación.
  • El acompañamiento a la persona que

El carácter paradójico del ser humano

 

El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero una caña que piensa”. Así expresaba Pascal la naturaleza paradójica de la persona: lo más frágil, pero, al mismo tiempo, lo más elevado.

Desde el inicio de su existencia, el ser humano es pura necesidad, tanto fisiológica como emocional o afectiva. Ninguno como el bebé humano necesita de un cuidado prolongado para poder sobrevivir; ningún otro como él necesita satisfacer su necesidad de sentirse reconocido para poder crecer sobre una plataforma psicológica de confianza y de seguridad.

Nos hallamos, pues, ante un ser profundamente vulnerable, física y psicológicamente. Desde la mirada habitual, la persona no parece ser sino un haz de necesidades (deseos) y miedos, sometida a los impulsos de unas y otros.

En consecuencia, su funcionamiento automático se halla regido por la ley del apego y de la aversión: para atrapar lo que desea y rechazar lo que le desagrada. Sin embargo, ese mismo funcionamiento lo introduce en una noria inestable que no puede conducir sino a la insatisfacción permanente.

Porque ese es el drama del yo: haga lo que haga, en su nivel, todo acabará en frustración. Porque, como escribiera George Bernard Shaw, “hay dos catástrofes en la existencia: la primera, cuando nuestros deseos no son satisfechos; la segunda, cuando lo son”.

Oscilando entre la satisfacción y la insatisfacción, el yo se ve irremisiblemente abocado a la frustración. No es extraño, ya que las noticias que posee no son demasiado buenas: sabe que, a medida que pasan los años, va a ir perdiendo cada vez más cosas (fuerza, salud, afectos…); que, si todo “va bien”, llegará a viejo, y que, en cualquier caso, finalmente morirá. No es un futuro nada halagüeño para el yo.

La vulnerabilidad del ser humano se pone de manifiesto, justamente, en esa doble experiencia del dolor y de la muerte. Cuando la sensibilidad sufre y la mente se queda sin respuestas; cuando se desvanece la ilusión (propia del narcisismo infantil) de controlar su propia existencia; cuando lo que asoma es la incapacidad o la impotencia; cuando se constata que necesitamos depender de los demás incluso para las tareas más simples; cuando se mira la muerte como el final irremediable y frío… Cuando todo eso nos afecta, empezamos a palpar nuestra vulnerabilidad de un modo que nunca hubiéramos imaginado.

Sin embargo –y esta es la paradoja-, conocemos no pocas personas que, aun en medio de la vulnerabilidad, han vivido el atisbo de otro horizonte.

Más aún: a la vez que nos sentimos sumamente vulnerables, no podemos negar algo que se nos impone desde dentro, apenas somos capaces de acallar la mente: la consciencia de ser, sin límites ni condicionantes, que nos hace percibirnos como “sujeto” que va infinitamente más allá de lo que habitualmente consideramos como el “sujeto individual” que nuestra mente piensa.

En efecto, al silenciar la mente –objetivadora y separadora-, lo que aparece es quietud con sabor a plenitud, pura presencia en la que constatamos que entre el Ser y nosotros no existe ninguna distancia ni separación.

Tras el silencio de la mente, emerge y se hace manifiesta la Presencia que somos y en la que reconocemos nuestra verdadera identidad. Pasamos así de una identidad pensada –él yo individual, que únicamente existe cuando lo pensamos y que, por eso mismo, reducimos a “objeto”- a lo que realmente somos, previo incluso a cualquier pensamiento.

Ahí queda expresada la paradoja que nos constituye: carencia y plenitud. En el nivel del yo, nos percibimos como seres carenciados y vulnerables; en el nivel de nuestra identidad profunda, sin embargo, no carecemos de nada: lo que realmente somos, se halla siempre a salvo.

Ambos niveles constituyen las “dos caras” de la realidad única, pero no son simétricos. Una cosa es “lo que es” y otra “lo que se manifiesta”.

La identificación con el yo constituye la fuente de la ignorancia y el sufrimiento. La liberación implica el reconocimiento de nuestra verdadera identidad, en cuanto consciencia ilimitada. En este paso, la paradoja queda integrada y resuelta en una comprensión mayor: somos la plenitud que se expresa en formas sumamente limitadas.

¿Cómo afrontar, desde esta perspectiva, el dolor y la muerte?

Para vivir el dolor de una manera constructiva

 

En otro lugar, he analizado seis actitudes constructivas a la hora de afrontar el dolor: acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización; aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento; dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí; desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización; traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario; y des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo1.

En cierto modo, todas las actitudes constructivas pueden resumirse en dos, que habría que vivir simultáneamente: la no- evitación y la no-identificación.

El hecho mismo de que se formulen en negativo sugiere algo que me parece fundamental. No nos acercamos al dolor desde un talante de lucha ni de dominio, sino desde otro nace de la sabiduría y se caracteriza por la comprensión. Es esta la que nos va a permitir no-evitarlo y no-identificarnos con él.

La no-evitación implica una aceptación profunda de lo que ocurre. No como claudicación, resignación, pasividad o indolencia, sino como consecuencia de una sabiduría que permite ver más en profundidad.

Sin aceptación no cabe la reconciliación con lo que es. En su lugar, lo que se da es resistencia, que no hace sino prolongar e incrementar aquello que (inútilmente) intentamos resistir.

Lo que se resiste, persiste”, dice la sabiduría popular. No solo eso: es la misma resistencia la que genera sufrimiento. Al resistirnos a lo que es, dejamos de estar alineados con el momento presente, y eso, inexorablemente, hace sufrir. 

Pero, simultáneamente, con la no-evitación, se requiere vivir la no-identificación. La identificación forzosamente nos reduce, haciéndonos creer que somos aquello que nos está ocurriendo. Cuando eso se da, perdemos toda nuestra capacidad de maniobra y no podremos ver la realidad sino desde la perspectiva estrecha de aquella situación (o aquellos sentimientos) a los que previamente nos hemos reducido.

Si la resistencia al dolor genera sufrimiento, la identificación con él nos anula. No solo porque nos quedamos inermes ante él, sino porque –más grave aún- terminamos confundidos acerca de nuestra propia identidad. Nos identificamos con el yo que sufre, y desconectamos de la consciencia que somos y que se encuentra siempre a salvo.

La no-identificación, por tanto, nace también –y radicalmente- de la comprensión: sabemos que todo lo que pueda ocurrir no será sino un “objeto” dentro de lo que somos. No nos ocurre, pues, a nosotros, sino dentro de nosotros.

Atención cuidadosa para no convertir el dolor en sufrimiento

El dolor forma parte inexorable de todo el tejido. Antes de que la mente le adjudique alguna etiqueta, ya está ahí. Nos acompaña, más o menos intermitentemente, desde el nacimiento hasta la muerte, formando parte del lote de nuestra existencia y del mundo entero de las formas.

Es inevitable porque, dado el carácter polar de la realidad manifiesta, constituye la otra cara del placer o del bienestar y porque, en todo proceso de “hacerse” –es lo característico de la evolución-, para que algo surja, algo debe morir.

El hecho de que la tierra esté haciéndose –en evolución constante- exige que haya movimientos telúricos sorpresivos en forma de terremotos o tsunamis. Del mismo modo, el hecho de que el ser humano esté permanentemente “haciéndose” explica su vulnerabilidad, sus límites y sus pérdidas de todo tipo.

El dolor va a ser, pues, nuestro compañero de viaje, junto con la sombra de la muerte, por más que queramos mantenerlos ocultos.

¿Cómo afrontarlos?

La actitud sabia –y, por tanto, liberadora- va de la mano de la lucidez y de la humildad y adopta la forma de aceptación. Todo arranca de ella. Lo cual no significa que resulte fácil o que, antes de llegar a vivirla, la persona no haya tenido que pasar por la negación, la rebeldía, la frustración, la decepción o la depresión (en las inevitables etapas emocionales de un proceso de duelo). Pero, antes o después, no habrá salida posible sin rendirnos a lo que Es. Porque solo esa rendición nos alinea con lo que es, es decir, nos conecta con la verdad. Un dicho anónimo nos recuerda que el secreto de la serenidad es cooperar incondicionalmente con lo inevitable”. Quizás habría que ir un poco más lejos y decir: el secreto de la serenidad –y de la sabiduría- consiste en rendirse a Lo que Es.¿Sabéis cuál es mi secreto?, compartía Krishnamurti: No me importa lo que suceda”.

Evidentemente, como decía más arriba, ni la aceptación ni la rendición tienen nada que ver con la indiferencia, la resignación o la claudicación, sino únicamente con el reconocimiento de lo que en este momento hay. A partir de ello, tanto más cuanto mejor “situada” esté la persona, brotará la acción adecuada al momento, no tanto desde una decisión mental, sino desde la sabiduría de la vida y de su propio proceso de manifestación.

Decía también en el apartado anterior que la resistencia no hace sino prolongar el dolor y agravarlo –lo que nos duela, al luchar contra ello, será nuestra propia fuerza en contra-, transformándolo en sufrimiento.

La distinción entre dolor y sufrimiento me parece pedagógica. El primero remite a un hecho bruto, sin elaboraciones, sea físico o emocional: tanto si recibo un golpe en mi cuerpo como si me lanzan un insulto inesperado, es muy probable que aparezca dolor. Pero hasta ahí, es solo dolor. Lo que ocurra a partir de ese momento, ya lo pone mi mente: si no añade nada, quedará en lo que hay.

Pero la mente, en esos casos, tiene tendencia a hacer dos cosas, ambas generadoras de sufrimiento: poner resistencia, negando el dolor, o añadir alguna historia mental en torno a lo ocurrido. De ese modo, lo que solo era un hecho doloroso –que duele, pero no hace daño- se ha convertido en un sufrimiento tóxico, que puede terminar reduciendo y envenenando a la persona que lo ha generado.

Si tendemos a resistir o a añadir cualquier pensamiento al hecho doloroso, en último término, se debe a que nos hemos identificado con él, hasta el punto de pensar que, en lo sucedido, se ventila nuestra identidad. Por eso, el sufrimiento siempre nos está diciendo –si sabemos verlo- que nos hallamos confundidos con respecto a nuestra identidad, a la vez que nos muestra los apegos a que estamos aferrados.

El silogismo es tan simple como los que suelen usar espontáneamente los niños: si yo soy mi cuerpo, y mi cuerpo es afectado, yo estoy en peligro; si yo soy mi imagen, y mi imagen es dañada por una calumnia, sentiré que me desvanezco.

Es cierto que la psicología clásica –e incluso el llamado sentido común- puede ayudarnos a relativizar esas apreciaciones, para no reducirnos a ellas. Pero será solo una consciencia clara de nuestra verdadera identidad la que nos mantendrá a salvo de aquel tipo de comportamientos reactivos. Desde la certeza de haber experimentado la verdadera identidad no-dual, sabré que lo que realmente soy está a salvo de lo que le ocurra a mi cuerpo o a mi imagen.

Por eso, desde el modelo no-dual, junto con la no-resistencia (o no-evitación), activamos aquella otra actitud simultánea e igualmente liberadora: la no-identificación. No soy el dolor recibido, no soy el cuerpo dañado, no soy la imagen afectada…, no soy ese yo dolorido.

Esta actitud, tanto más natural cuanto más nace de la verdad experimentada acerca de la propia identidad, nos libera de la trampa que lleva a convertir el dolor en sufrimiento.

 

En concreto, al querer vivirlo así, el dolor se transforma en alarma que nos llama a situarnos en nuestra verdadera identidad. Soy Consciencia o Presencia: desde ella –dentro de su espaciosidad-, noto el dolor o la pena, le permito que duela y me dejo sentir el dolor, sin perderlo nunca de vista. Observarlo en todo momento –no perderlo de vista- constituye el medio eficaz para no olvidar que el dolor es solo un objeto…, que no soy yo. Y si lo observo y le permito vivir permaneciendo yo mismo en conexión constante con la Consciencia que soy, sabré poner amor y cuidado, porque nuestra identidad profunda es también Amor.

 Si bien el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, y siempre está provocado por nuestra mente. Retira la resistencia y cualquier historia mental, y el sufrimiento desaparecerá. Pero mientras no lo hagas, lo estarás sosteniendo. Como dice Eckhart Tolle, “el sufrimiento es necesario hasta que te das cuenta de que es innecesario”.

El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación 

Seguramente, todos conocemos personas que, tras haber pasado por una experiencia dolorosa –enfermedad, crisis, desamor…-, afirman haber salido “crecidas” de la misma.

Pareciera que, antes o después, para que el crecimiento se opere, es necesario pasar por el “estado de crisálida”, pues solo él permite al gusano convertirse en mariposa4.

La experiencia nos dice que, mientras la vida nos resulta placentera, no nos “complicamos” la existencia; simplemente, vamos vegetando. Es el dolor o la crisis los que, haciendo temblar los cimientos que creíamos asentados, nos obligar a ir en busca de las verdaderas raíces que nos sostienen.

Y esas “raíces” no pueden ser otras que nuestra verdadera identidad. Por eso, desde esta perspectiva, el dolor puede ser una oportunidad, en dos niveles de intensidad, si podemos hablar así.

Por un lado, nos humaniza porque, al reconciliarnos con nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, nos ablanda interiormente, generando sentimientos de bondad y de compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Vamos despojándonos de nuestras máscaras y corazas, y dejamos ver nuestro corazón.

Pero, también, en un nivel quizás más profundo, transforma la percepción de nuestra identidad, es decir, se convierte en una oportunidad nada menos que para la transformación de nuestra consciencia. El dolor -la crisis- posibilita que seamos transformados paradójicamente en aquello que, aunque no lo sabíamos, siempre habíamos sido. El yo sufrirá la experiencia como una “muerte” –y lo es así para él, como para el gusano que “desaparece” en el proceso-, pero solo gracias a ella, podrá nacer y vivir nuestra verdadera Identidad –el reconocimiento y la vivencia de lo que realmente somos-. Caer en la cuenta de ello es despertar, saliendo de la ignorancia o del sopor en que nos encontrábamos. La crisis habrá hecho de “despertador”.

¿Cómo se produce ese paso? Por un lado, al aceptar el dolor, creo un espacio a su alrededor, que me permite observarlo en la distancia y, de ese modo, empiezo a percibir que no soy él: tengo una sensación dolorosa, pero no soy ella.

Por otro, al constatar el sufrimiento que nace del yo, empieza a abrirse en mí una luz que me hace ver que no soy tampoco ese “yo” inestable e impermanente, generador de sufrimientos inútiles que se vuelven contra él, zarandeándolo y desestabilizándolo.

Y, poco a poco, desde esa otra sabiduría más profunda, me voy haciendo consciente de que no soy nada de lo que percibo, pienso, siento o experimento: en nada de eso puedo encontrarme a mismo. No soy nada de lo que puedo observar. Soy la Consciencia ecuánime, en la que aparecen y desaparecen pensamientos, sentimientos, experiencias… Es innegable que todo esto tiene un cierto poder para afectarme, pero no ya de un modo absoluto. En cuanto soy capaz de asentarme en mi verdadera identidad, sintiendo mi Ser esencial, todo aquello que pueda ocurrirle a mi yo quedará muy relativizado.

El acompañamiento a la persona que sufre

 Tal como lo venimos planteando –desde la perspectiva no-dual- , se trata de dejar que el dolor sea solo dolor. Forma parte del mundo de la manifestación. Y es entonces, al alinearnos con el presente, en conexión con la sabiduría profunda que todo lo rige, cuando se producen dos consecuencias reveladoras y, como todo lo que es profundo, paradójicas.

Por una parte, dejamos de ver el dolor como enemigo, aunque pongamos los medios para gestionarlo adecuadamente. Por otra, al permanecer anclados en nuestra verdadera identidad, nos percibimos como Amor y cuidado, y de ahí nace un movimiento espontáneo y gratuito de compasión que busca aliviar el dolor del mundo.

Esto podemos vivirlo todos cuando el dolor se hace presente en nuestra existencia. Acogemos el dolor, sin reducirnos a él, sino reconociendo nuestra verdadera identidad –Consciencia amorosa- para vivirnos anclados en ella, sabiendo amarnos especialmente cuanto nuestro psiquismo muestra su mayor vulnerabilidad.

Esa actitud tenderá a hacerse extensiva hacia los demás, particularmente a quienes se hallan también en situación de más dolor o necesidad.

Con todo, me parece importante, aunque sea brevemente, señalar algunas actitudes básicas en las personas que acompañan en procesos de dolor y de enfermedad.

 En primer lugar, la persona que acompaña será tanto más eficaz en su tarea cuanto mejor situada esté. Si se trata de ser presencia para el enfermo –no hay amor sin atención-, parece decisivo que la persona cuidadora pueda crecer en su capacidad de vivir en presente.

 En segundo lugar, el acompañamiento adecuado dependerá también de la fe en la vida y en su propio proceso. Eso significa confiar en una sabiduría mayor, a la vez que reconocemos los límites estrechos de nuestra mente a la hora de leer lo que ocurre.

 La fe en la vida implica también la fe en la persona enferma o dolorida, desde una doble perspectiva: por un lado, fe en su propia fuerza, en la vida que la sostiene en todo momento; por otro, fe en lo que ella misma haya de vivir en ese proceso, y que probablemente a quienes lo vemos desde fuera se nos escapa.

 En cuarto lugar, un acompañamiento de calidad se plasma en un sentimiento de cercanía amorosa, empática y compasiva. Será este tipo de presencia el que pueda facilitar y favorecer el proceso que la persona enferma haya de vivir. La vulnerabilidad hace crecer la necesidad humana de empatía y compasión: sentir que el otro es capaz de ponerse en mi lugar, de ver las cosas desde mi perspectiva, y de verme con amor, llena de vida y de color incluso los momentos más duros que la persona tenga que atravesar.

 En quinto lugar, la persona que cuida tendrá que aprender a aceptar humildemente sus propios límites. No somos omnipotentes; a veces, ni siquiera podemos “controlar” lo que nos parece más simple. La aceptación de los límites nos pacifica con nosotros mismos, nos hace más flexibles, abiertos, receptivos y auténticos. Eludimos las graves trampas de la sobreexigencia, la culpabilización y la dureza. Y, paralelamente, atendemos nuestras propias necesidades, desde la importancia decisiva de “cuidar al cuidador”, precisamente también porque, al estar en contacto directo y más continuado con el dolor, atraviesa una situación más vulnerable.

Gran parte de lo dicho implica una actitud específica: la capacidad de ver “más allá” de las formas. Más allá del dolor, la persona; más allá del yo que creemos ser, la Consciencia que somos; más allá de nuestra necesidad de controlar, la confianza en la sabiduría de la vida…

 Finalmente, en séptimo lugar, el acompañante o el cuidador está llamado a vivirse conscientemente como cauce o canal por el que fluye la Vida. En realidad, ese es el aprendizaje para todos: al descubrir nuestra verdadera identidad, reconocemos que en realidad no somos el yo que va queriendo “organizar” su vida; en contra del engaño ilusorio en el que nos mantiene nuestra mente, el yo no tiene ningún control; es la Vida la que se está viviendo en esta forma temporal, a través de ella.

 Al reconocernos como cauces o canales de la Vida, aprendemos que quizás no se trata tanto de luchar contra el dolor –aunque pongamos todos los medios a nuestro alcance-, cuanto de amar a la persona concreta y dolorida, manteniendo nuestra fe en ella.

A veces ocurre que la lucha contra el dolor encubre otras causas menos adecuadas, basadas en mecanismos propios del ego, como puede ser el rechazo de lo que considera negativo, su propia incapacidad para aceptar lo doloroso o frustrante o su ambición por conseguir que las cosas sean a la medida que él desea.

En la perspectiva no-dual, abrazadora de todo lo real, lo que aparece es una compasión gratuita e incondicional, que no busca nada para sí, sino sencillamente poner amor donde hay dolor. Y las acciones brotarán, no desde la exigencia de la mente, por bienintencionada que pudiera estar, sino de otra sabiduría más profunda, frente a la cual, la persona se percibe y se deja vivir sencillamente como cauce o canal. No hay, por tanto, apropiación, porque tampoco hay proyecto propio. Hay, sencillamente, un dejarse vivir desde lo que somos en profundidad; hay, dicho todavía con más propiedad, un dejar que la Consciencia se viva en nosotros.

Empezaba este trabajo aludiendo a la naturaleza paradójica del ser humano, que le hace experimentarse, según el nivel en el que, consciente o inconscientemente, se coloque, como carencia o como plenitud, como un ser vulnerable o como un ser “completo”.

Únicamente la perspectiva no-dual nos permite, a la vez, comprender y “resolver” la paradoja: somos plenitud expresándose en una forma concreta radicalmente vulnerable. Con frecuencia, quedamos “atascados” en la vulnerabilidad, hasta reducirnos a ella, y tratando de que nos afecte lo menos posible. Vano intento, que nos mantiene en el engaño de la falsa identidad del yo. Sin embargo, si somos lúcidos, la propia vulnerabilidad –y el dolor en el que se manifiesta- pueden constituir una oportunidad para despertar a la plenitud que somos.

Una vez en conexión con nuestra verdadera identidad, podremos experimentar cómo la plenitud que somos abraza la vulnerabilidad que tenemos.

 

Enrique Martínez Lozano

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 Enrique Martinez Lozano (Guadalaviar, Teruel, 1950) es psicoterapeuta, sociologo y teologo. Es autor de varios libros y se halla comprometido en la tarea de articular psicologia y espiritualidad, abriendo nuevas perspectivas que favorezcan el crecimiento integral de la persona.

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No-hacer o confiar en la VIDA- Dora Gil

 

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Detente en medio de eso que parece abrumarte.

No hagas nada.

Déjate tocar, respirar, sentir…

Sin necesidad de arreglar o remediar.

Encuentra la paz de permitir

que las olas de tu experiencia

se muevan libremente en ti

y retornen a ti.

 

Se habla mucho en nuestros días del concepto de no-hacer que las tradiciones orientales nos inspiran. Sin embargo, como suele pasar con estas atractivas vías, incorporadas a nuestro sistema de pensamiento, dejan de ser comprendidas y su sentido original resulta totalmente tergiversado.

Detener nuestra actividad física no es un indicativo de vivir la experiencia del no-hacer: a veces se confunde ésta con un estado contemplativo de inacción, en el que no participamos de la vida.

No- hacer es una actitud mental que no lucha contra la realidad, ni pretende cambiarla. Confía en que, uniéndonos a ella, la Vida sabe a dónde llevarnos. Y puede que nos impulse a una acción poderosa, pero no desde la perspectiva de un personaje hacedor que trata de controlarlo todo. Nos confiamos a una instancia que opera más allá de nuestras pequeñas mentes hiperactivas. Esta confianza es la clave. Y no es fácil de comprender y mucho menos de aceptar para nuestra mentalidad de hacedores, protagonistas y buscadores de logros personales inmediatos.

Este libro propone continuamente abrirnos a ese espacio de confianza profundo que somos en esencia. Paulatinamente, esa apertura se va haciendo parte de nuestro vivir cotidiano de forma natural. No nos resulta fácil, sin embargo. Al pequeño yo hacedor no le suele gustar cómo está sucediendo este momento y se separa de él juzgándolo de incorrecto o insuficiente. Desconfía de lo que está viviendo y tiene que cambiarlo. Cree saber cómo deberían ser las cosas y, por supuesto, no es como están apareciendo ahora mismo: ¡Hay que hacer algo!

Identificados con él, tenemos la sensación de que aceptando vivir este momento vamos a perder tiempo, reconocimiento, oportunidades. Es un temor profundo, ancestral, de quedarnos sin nada, de no ser nadie, de vernos despojados de lo que tanto esfuerzo nos ha costado conseguir, vacíos. No tenemos confianza en la forma que está tomando el ahora. Y así abandonamos la paz, buscándola en otro sitio, tratando de conseguir algo mejor. Volvemos a la búsqueda incansable, al hacer, que es otro modo de designarla. En realidad, hacer significa utilizar este momento para conseguir otro. Hacemos esto sólo como un medio para conseguir un fin que está más allá. 

Este momento, vivido desde la consciencia, es precioso, si no lo despreciamos privilegiando un objetivo que, aunque está presente como idea, no es lo prioritario. Hacer algo considerándolo un fin en sí mismo, sin expectativas, es practicar el no-hacer al que se refieren las tradiciones filosóficas ancestrales. Tanto en la sabiduría del Tao, como en la filosofía hindú del karma yoga y tantas otras, se apunta a lo mismo: dejar de enfocarnos en los resultados de la acción. Sólo entonces actuamos creativamente. 

El propósito de no hacer nada, si en el fondo estamos buscando algo a través de esa no-acción, se convierte en un modo de hacer compulsivo, aunque aparentemente nos encontremos inactivos. 

El hacer del que nos estamos ocupando es una pieza indispensable del sistema de pensamiento al que sirve y confirma. Por eso, suprimirlo deteniendo la actividad no soluciona nada si en esa detención no contemplamos desde la consciencia todos los elementos implicados que nos llevaban a actuar: formas mentales, emociones, sensaciones... que pueden ser los mismos que nos hagan decidir suspender la actividad. En ambos casos, estamos escapándonos de algo o buscando algo más allá: tanto actuando como dejando de hacerlo. 

Este hacer adictivo es la forma más efectiva que tiene ese sistema de pensamiento de perpetuarse, ya que a través de la acción condicionada evitamos sentir el sufrimiento provocado por el mismo. Es decir, dejamos de asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos saltándonos el eslabón que podría detenerlos: el sentir de sus efectos. Sin esta consciencia, tanto al actuar como al no hacerlo, buscamos escapar inconscientemente del daño emocional que nos hacemos pensando disfuncionalmente. En ninguna de las dos posiciones, si miramos profundamente, estamos experimentando paz.

Por eso, el título de este libro no es “Del hacer al no-hacer”, sino “Del hacer al ser”. Es decir, del hacer compulsivo que sirve al personaje para perpetuarse, al ser, de donde, como veremos, surgen la acción o no acción libres, fluyendo desde el corazón. 

Se trata, como siempre, de un cambio de perspectiva. Del sistema de pensamiento del pequeño yo al espacio inmenso de nuestra consciencia. Desde aquí, todo es vida intensa que contempla y sostiene cualquier acción o no-acción, pero… ¡No hace nada!

Estar atentos a este instante supone, en realidad, un estado de intensidad fascinante, muy lejos de la aparente dejadez que pudiera suscitar el término no-hacer en nuestra pequeña mente. Desde ahí, nos podemos encontrar a veces ocupados e incluso inmersos física o intelectualmente en una intensa actividad que es contemplada desde la quietud de la consciencia.

Detenernos físicamente para esta observación, es útil y necesario cuando nos damos cuenta de que estamos siendo llevados por la vorágine del cuerpo-mente. Basta aquietarnos un instante y recordarnos:

No tengo que hacer nada. La palabra tengo es la clave, pues es la que expresa el condicionamiento que sentimos. Una vez que asumo que “no tengo que hacer nada” para evitar o conseguir algo, puedo hacer cualquier cosa o quedarme inactiva, y ello fluirá espontáneamente de mi ser.

SUGERENCIA

Detente un momento. No hagas nada.

Vive esto tal y como está siendo, diga lo que diga tu mente, sea cual sea su opinión sobre esta situación, quizás tan familiar. Estate ahí.

Déjate respirar por este aire que justo ahora está entrando o saliendo de tu cuerpo…Siéntelo moverse en ti.

Déjate tocar por todo lo que tocas,

oír todo lo que estás oyendo,

Confía en este momento…

Observa lo que comenta tu mente, si dice algo. Incluye esto también.

Siente cómo reaccionas emocionalmente al creerlo. Quizás hay rechazo, cansancio, resistencia, prisa o urgencia por salir de aquí. Emociones que se mueven en ti… Siéntelas en las sensaciones de tu cuerpo. Deja estar a esas sensaciones sin tocarlas, sin tratar de cambiarlas.

Ve descubriendo poco a poco la paz que se esconde tras la resistencia a estar con todo eso. Esa paz inocente que no interviene ni se pronuncia sobre nada es tu gran tesoro, tu verdadera naturaleza ignorada. El amplio espacio que no puede ser amenazado. Silencioso y dulce, en él reside todo el poder del universo. No hace nada, descansa con todo, envuelve todo en su abrazo.

Eso es lo que eres.

  

Del libro "Del hacer al ser", Editorial SIRIO.

Capítulo 5: "La luz del ahora"

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El Sentido de Separación en el cuerpo - Rupert Spira

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El sentido de separación comienza con un pensamiento que identifica exclusivamente a nuestro ser con un cuerpo. Desde el momento en el que este pensamiento surge - y siempre surge ahora - nuestra verdadera naturaleza de presencia transparente parece convertirse en un denso, sólido y material yo, es decir, parece convertirse en un cuerpo.

No sólo nos limitamos a pensar que somos un limitado y localizado yo, sino que también lo sentimos.

Todos los pensamientos que giran en torno a un yo interior imaginario tienen un eco o dejan una huella en el cuerpo que dura mucho tiempo después de que el sentido de separación se haya disuelto. Así es como el cuerpo llega a convertirse en un refugio seguro para el sentido de separación.

Podríamos hablar sin parar sobre el carácter ilimitado de la conciencia, pero todo el tiempo, el yo interior separado está sentado cómodamente en el cuerpo.

De hecho, hablar sin parar sobre la naturaleza de la presencia consciente, de cómo todo surge en la conciencia, de cómo es que no hay ninguna entidad separada, de que no hay nada que hacer o nadie que haga nada, etc., puede convertirse en una cortina de humo para los sentimientos más profundos de separación que resultan demasiado incómodos enfrentar completa y honestamente.

En muchos casos, la comprensión ‘todo es conciencia, no hay nadie aquí, no hay nada que hacer’ ha sido apropiada para el yo interior y ha cubierto con una especie de fina capa de barniz nuestros sentimientos más profundos de separación e infelicidad. De aquí es de donde surge la nueva religión de la no-dualidad.

Con el fin de dar una explicación con respecto a los sentimientos de irritación, tristeza, limitación, agitación, soledad, etc., que aún persisten, y reconciliarlos con el nuevo estado iluminado, el yo imaginario, a través de un acto de razonamiento retorcido, se convence a sí mismo de que todos esos sentimientos simplemente surgen en la conciencia y que están hechos de ésta.

Como resultado, la felicidad y la infelicidad se consideran apariencias iguales en la conciencia, sin nada que elegir entre ellas. De esta manera, el yo interior separado permanece intacto, escondido en el cuerpo, subliminalmente dictando nuestros pensamientos, sentimientos, actividades y relaciones.

Tarde o temprano, el barniz comienza a fracturarse dejando al descubierto el yo separado que yace bajo él. En este punto podemos sentirnos motivados a explorar el sentido de separación en el nivel más profundo del cuerpo. Esto implica una exploración de todas las sensaciones que se hacen pasar por el sentido de un yo interior separado.

Para empezar, esas sensaciones parecen estar en las principales áreas de la cabeza y el pecho, donde el 'Yo que piensa’ y el 'Yo que siente o ama’ parecen residir. Sin embargo, conforme nos volvemos más perceptibles a la sensación del 'yo’ en el cuerpo, capas más profundas de sentimiento son expuestas. Con el tiempo, todas esas capas emergen hacia la luz de la presencia consciente.

El yo separado progresa a través de la inadvertencia y esas profundas, oscuras capas de sentimiento en el cuerpo resultan ser el escondite ideal para éste.

El yo interior separado es, de hecho, sólo una sensación corporal acompañada de una historia acerca de 'yo.’ Despojada de la historia, la sensación en sí misma no es más 'yo’ o 'no yo’ que el sonido del tráfico o la visión del cielo. Sin embargo, mientras esto no sea visto claramente, la 'yo-idad’ del cuerpo perdurará.

Ver claramente es lo único que el sentimiento 'yo’ separado no es capaz de soportar.

A medida que estos sentimientos son expuestos a la luz de nuestro ser, pierden su 'yo-idad’ y son vistos por lo que son: pura sensación.

Con el tiempo, estas sensaciones se experimentan, suspendidas, por así decirlo, en nuestra presencia consciente, como nubes que flotan en el cielo. Comienzan a perder su definición, su densidad y su sentido de ser un objeto, y se impregnan tanto de la luz de nuestro propio ser que se vuelven indistinguibles de éste.

El cuerpo se impregna progresivamente de la transparencia, la luz y el amor de nuestro ser.

Rupert Spira


(Traducido desde 'Presence: The Art of Peace and Happiness, Volume 1’)

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Rupert Spira es un profesor del "camino directo", un método de auto-indagación espiritual 

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PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN – Emma Vázquez

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Hay una Energía Inteligente a la que muchos llaman Dios, Universo, Vida, Amor, Eso, "Lo que Es", Presencia, Consciencia..., que no es sólo la que mueve nuestros hilos, sino lo que Somos en Realidad. Esa Totalidad, ese Vacío, ese Silencio, que es UNO (sin dos), infinito y eterno.

Él se expresa en diferentes formas, como el Mar lo hace con las olas. Una de ellas, la del Ser Humano, que en un determinado momento se Olvida de Lo Que Es y se cree "otra cosa" Separada de sí mismo. Y ahí empieza el sufrimiento, el miedo, el vacío y la soledad.

La Consciencia que ES-somos - todos por igual- esa Energía Inteligente, es la que posibilita que TODO funcione como funciona. Que las flores crezcan, los soles iluminen, nuestro cuerpo, corazón, pulmones, cerebro tengan vida y "respiren" sin que nosotros hagamos nada para ello etc.

Nos creemos un "yo", una identidad independiente que hace, que elige, que controla. Cuando ese "yo" tan sólo es una Ilusión que creamos de niños. Un "yo" que no es más que pensamientos que nos creemos, con los que nos identificamos, que damos por certezas absolutas, que nos hacen creer que "yo soy ese yo".

Si nos parásemos a observar, a investigar, a Ver qué son esos pensamientos, dónde surgen y qué es LO que permanece sin ellos, sin las emociones, sin los sonidos, sin los olores..., nos daríamos cuenta del sueño que estamos viviendo. Del entramado global en el que el Ser Humano está caminando sin ni siquiera atisbar el personaje que está interpretando.

Un "yo" al que muchos hemos transformado en otro "yo espiritual" (misma ilusión) creyendo haber Despertado a "algo" cuando seguimos igual que siempre, sin Comprender, sin VER que es esa Consciencia lo que Somos. Una Consciencia ya Perfecta. Ya Completa. Sin tiempo. Sin espacio. Sin nada que alcanzar. Sin lugar al que llegar. Sin intención. Sin propósito. Sin objetivo. Sin misión.

Ya Somos lo que Somos, pero no lo sabemos. Y no hay necesidad de saberlo, pues ya Somos Eso, lo Veamos o no.

Los pensamientos siguen apareciendo porque la mente (que es dual) trabaja así. La cuestión es tener la CLARIDAD de que ninguno de ellos, NINGUNO, somos nosotros (UNO). Que nosotros somos la Consciencia que es consciente de ellos, y de cualquier otra cosa. Así de simple...

Pero para SABERLO, para tener la Comprensión, es necesario Mirarlo. Mirar ese espacio que hay entre los pensamientos, entre los ruidos, entre las palabras. Contemplarnos.

Nadie puede enseñártelo. Los libros, los Maestros, señalan el lugar, pero la Compresión tiene que Ser en ti. Es como intentar explicar la tristeza o la ira o el amor. Hasta que no lo sientas, no sabrás Lo Que Es.

La inmensa mayoría del Ser Humano (espirituales incluidos) vive en un sueño. No porque este cuerpo, la materia, los pensamientos, los sentires, no sean reales, sino porque se creen que son lo que no son. Porque se creen lo hacedores de algo. Los creadores de algo. Cuando es esa Energía Inteligente la que lo hace, no el personaje. El "yo".

La misma Energía que hace que un recién nacido respire por primera vez. Que un bebé gatee y luego camine. Pero estamos tan identificados con nuestro nombre, con nuestros conceptos, con nuestra moral, con nuestras ideologías, que somos incapaces de Ver nada más.

¿Cómo podemos no comprender a los que no comprendemos si estamos ciegos, siendo guiados por unos simples pensamientos, sin ser conscientes de ello?

¿Cómo vamos a acusar a nadie de sus fechorías si, primero, no son ellos los que lo hacen y, segundo, si ignoran que son las marionetas de un disfraz?

¿Cómo no perdonarles, si no saben que lo hacen...?

 

Emma

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https://lasletrasdeemma.wordpress.com/2021/08/21/porque-no-saben-lo-que-hacen/

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LIGEROS DE EQUIPAJE- Enrique Martínez Lozano

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Cuando alguien se vive en profundidad, comprende que todo es gracia; esa comprensión se transforma en gratitud y se manifiesta en gratuidad.

Quien sabe que todo lo ha recibido gratis, deja que todo fluya a través de él.

 Esto no significa demonizar el dinero ni renunciar a una remuneración adecuada, aunque impide hacer “negocio”, particularmente con todo lo que tenga que ver con la espiritualidad.

 La vivencia espiritual hace posible vivir la experiencia de estar siendo recibido y regalado en permanencia. De ahí brotan una actitud y un comportamiento caracterizados por la desapropiación -en la que insiste el texto que estoy comentando y que han recalcado todos los maestros y maestras espirituales-, un rasgo diametralmente opuesto a la pulsión acaparadora que rige en nuestra cultura.

 La espiritualidad permite pasar del tener al compartir, del poder al servir, del tener al ser. Y todo ello, no en virtud de un imperativo ético, sino como fruto de la comprensión.

 La comprensión profunda -otro sinónimo de la espiritualidad- se despliega en una triple dirección, que puede resumirse en tres palabras: plenitud, fluir y fraternidad.

 Regala una vivencia de plenitud, porque permite comprender y saborear lo que realmente somos, más allá del yo en el que temporalmente nos experimentamos.

Somos pura presencia consciente -plenitud de presencia-, y lo saboreamos en el silencio de la mente.

Espiritualidad es experiencia de plenitud.

  A partir de ahí, comprendemos que la vida fluye a través de nuestra “forma” o persona concreta.

No tenemos la vida ni nos la apropiamos, sino que permitimos que fluya en nosotros, a la vez que aprendemos y agradecemos el hecho de vivirnos como cauce, que busca ser cada vez más limpio y desapropiado.

Espiritualidad es vivir diciendo sí a lo que la vida nos trae.

 En paralelo, la misma comprensión que nos ancla en el centro donde experimentamos la plenitud nos hace ver que ese centro es compartido con todos los seres, que la identidad es común.

La consecuencia es clara: todo otro soy yo; más allá de nuestras diferencias, somos lo mismo.

Por tanto, si todo otro es no-otro de mí, la fraternidad constituye una dimensión constitutiva de lo que somos.

Espiritualidad es fraternidad.

 Plenitud, fluir, fraternidad: brotan de la comprensión y vivencia de lo que somos, implican un proceso de desidentificación del ego y dejan en la persona un sabor de gratuidad.

 

¿Qué produce en mí la vivencia espiritual?

 

 Enrique Martínez Lozano

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Enrique Martínez Lozano (Guadalaviar, Teruel, 1950) es psicoterapeuta, sociólogo y teólogo. Es autor de varios libros y se halla comprometido en la tarea de articular psicología y espiritualidad, abriendo nuevas perspectivas que favorezcan el crecimiento integral de la persona. Su trabajo asume y desarrolla la teoría transpersonal y el modelo no-dual de cognición. 

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CAMBIO DE PARADIGMA y NO-DUALIDAD - Enrique Martínez Lozano

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Hace poco recibí un correo de una persona que me decía: “Creo que entiendo lo que es la no-dualidad, pero no la puedo razonar”. La mente no puede “razonar”, ni siquiera entender la no-dualidad, porque ella misma es dual. Pensar implica, además de objetivar, “separar” el sujeto conocedor del objeto conocido. Ahí nace el “yo” y la mente termina pensando que la realidad es una suma de objetos separados, porque así es como ella la percibe.

La no-dualidad no puede, por tanto, ser pensada. Lo más que podemos alcanzar, a través de la mente, es reconocer que tal planteamiento, no solo no carece de sentido, sino que posee una poderosa potencia explicativa. Nada más. La no-dualidad puede percibirse, no razonando, sino justamente en el silencio de la mente: sea porque se ha vivido una experiencia de comprensión en la que el pensamiento queda completamente suspendido, sea gracias a una práctica del silencio de la mente, que nos permite ver desde “otro” lugar.

Alguien ha escrito también que “el planteamiento de la no-dualidad parece contradecir toda la experiencia humana”. Así es, tal como “parecía” contradecirla el heliocentrismo a quien estaba anclado en la “evidencia” de que el sol giraba alrededor de la tierra.

Sin embargo, incluso la física moderna afirma la interrelación, hasta el punto de que el físico Carlo Rovelli se atreve a escribir: “El aspecto relacional de todas las variables físicas es uno de los descubrimientos básicos de la mecánica cuántica”. Si pudiéramos adentrarnos progresivamente en lo más minúsculo de la materia -del organismo a los órganos, de estos a las células, de ahí a las moléculas, de las moléculas a los átomos, de los átomos a las partículas subatómicas…-, lo que descubriríamos al final del recorrido serían ondas de vibración, cuerdas vibrantes y campos cuánticos. Todo ello apunta hacia un Vacío originario, matriz de todas las formas. Lo cual le ha llevado al filósofo postmaterialista Jordi Pigem a escribir que “la base de la realidad no es la materia, es la consciencia”. En la misma línea, el gran físico cuántico James Jean afirmaba que “el universo material se deriva de la consciencia, y no al revés”. Y el astrofísico Richard Conn Henry: “El universo es inmaterial, mental y espiritual”. Con lo cual, el planteamiento de la no-dualidad no parece ya tan “contradictorio” con la realidad como algunos pensaban.

Sin querer extenderme demasiado, deseo simplemente puntualizar algunas cuestiones relativas a la no-dualidad que suelen ser tergiversadas con frecuencia. Probablemente por la misma razón por la que no puede ser “razonada”. Cuando se pretende entender la no-dualidad desde la mente, es imposible captar su significado.

Los puntos que deseo clarificar son aquellos que, a mi modo de ver, con mayor frecuencia son mal entendidos:

La no-dualidad no niega las diferencias. Lo que afirma es que diferencia no es sinónimo de separación. Somos diferentes, pero somos lo mismo. La realidad es un despliegue de formas diferentes, pero todas ellas no son sino “formas” surgiendo de un mismo fondo y compartiendo una misma identidad profunda.

La no-dualidad no niega el mundo de las formas; al contrario, lo característico de la no-dualidad es la afirmación de ambos polos de lo real. Asume un doble principio: el de exclusión (“yo no soy mi cuerpo, ni mi mente, ni mi psiquismo…”) y el de inclusión (“pero soy también mi cuerpo, mi mente, mi psiquismo…”). En el caso humano, se articula con sabiduría la personalidad (o yo) con y desde la identidad (consciencia). En la vivencia adecuada de esa articulación consiste la sabiduría.

La no-dualidad no niega el proceso, sino que reconoce la paradoja. Si bien es cierto que, desde el plano profundo -más allá de las formas- todo es ya -todo, simplemente, es; somos plenitud-, esto no niega que, en el plano fenoménico o de las formas, todo es procesual o secuencial. Lo cual puede resumirse de manera sintética en esta afirmación: estamos en proceso -como personas- de llegar a ser aquello que ya somos -en nuestra identidad profunda-.

La no-dualidad no niega la acción ni el dinamismo de comprometerse. Al contrario, no-dualidad es amor y sinónimo de compromiso. Y es así porque la comprensión no-dual, al situarnos en la verdad de lo que somos, sin negar nada de lo que nos constituye, me hace reconocer que todo otro es no-otro de mí. Es lo que aprecio en Jesús de Nazaret: fue esta comprensión la que guio su actitud (“lo que le hacéis a otro, me lo hacéis a mí”) y su comportamiento, caracterizado por la más genuina compasión, que viene siempre de la mano de la comprensión. Con lo cual, el compromiso urge, pero naciendo del lugar adecuado: no del voluntarismo ni del dualismo -con las trampas que esto encierra-, sino de la comprensión. No hay un yo que se comprometa, pero eso no conduce a la pasividad, inactividad o indolencia narcisista, porque somos consciencia comprometida; al comprenderlo, empezamos a vivirnos desde nuestra verdadera identidad.

La no-dualidad da razón de la paradoja de lo real: todo son diferencias y, a la vez, todo es uno; lo Uno expresándose en lo Múltiple. Nosotros mismos nos vemos y vivimos como diferentes, pero ojalá nos comprendamos como unidad, y podamos vivirnos en coherencia con ello. Esa es nuestra paradoja: cada cual nos experimentamos en una personalidad diferente, pero compartimos la misma y única identidad. Es precisamente esta comprensión la que hará posible una transformación radical en nuestro estado de consciencia.

No-dualidad es unidad-en-la-diferencia, abrazo de todas las formas en un fondo único, común y compartido, que constituye el “núcleo” de todo lo que es. Nos experimentamos en una forma determinada y diferente a todas las demás, pero somos “Eso” que alienta toda forma, Plenitud de presencia, Vida, Amor…

En síntesis, la comprensión no-dual, una vez que se ha superado la inercia de la mente -similar a las inercias que mantenían a la humanidad en antiguas creencias absolutizadas-, nos atrae poderosamente, porque refleja nuestro Anhelo más profundo, aquel que nos llama de vuelta a “casa”.

Nuestro drama consiste en vivirnos ignorantes y alejados (alienados) de lo que realmente somos, identificados con el yo y la mente pensante. El desafío pasa por silenciar la mente y atrevernos a mirarnos desde “otro lugar”, el lugar del no-pensamiento. Cuando se trasciende el pensamiento -sin renunciar nunca a la mente funcional ni a la lucidez crítica-, se advierte que no hay nada que conseguir ni nada que falte; no hay confusión, no hay yo y no hay que preocuparse por el nacimiento o la muerte. Estamos -siempre hemos estado- en “casa”. Desde esa comprensión vivimos el plano de las formas o del yo, en todas las dimensiones (psicológica, relacional, social, política, ecológica…). Lo que las religiones llamaban “Dios” -en consonancia con un determinado momento de la consciencia humana- es lo que ahora descubrimos como nuestra “casa”, la identidad una y última que nos constituye -consciencia, presencia, vida…- y el fondo luminoso (“Dios” / “dev” significa “luz”) de todo lo que es.

Lo que llamamos “Dios” no puede ser un Ser separado - ¿cómo podría haber algo separado de lo real? -, sino un estado de ser. Más aún: la idea de un dios separado no puede ser sino factor de división, porque se piensa la divinidad como “un tercero” entre tú y yo. Por el contrario, al comprenderla como el Fondo común de todos los seres -nuestra identidad última-, la percibimos como la mayor fuerza de cohesión.

Por todo esto decía que, con la superación del teísmo, no se pierde nada valioso; se crece en comprensión y en plenitud de vida.

 

https://www.enriquemartinezlozano.com/2021/06/

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El yo no es una ilusión - Steve Taylor 

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Traducido con Amor desde… https://www.psychologytoday.com

 

El despertar espiritual no significa no-yo, sino un nuevo yo

En algunas enseñanzas espirituales contemporáneas, existe la creencia de que el yo es ilusorio. Estar iluminado, o "realizado" significa soltar la ilusión de ser alguien. Cuando esto sucede, nuestro sentido de identidad personal desaparece. Ya no hay un hacedor que realiza acciones; las acciones simplemente se realizan a través de nosotros. Ya no hay un "yo" que experimente las cosas; la experiencia simplemente fluye a través de nosotros. De acuerdo con estas enseñanzas, todos nuestros problemas provienen de nuestra sensación de ser alguien, así que cuando soltamos esta idea, entonces nuestros problemas también cesan.

Pero en mi opinión, estas enseñanzas se basan en un malentendido. Una metáfora utilizada a veces para describir el despertar espiritual es la de la ola y el océano. En nuestro estado normal no despierto, nos percibimos como olas individuales, separadas de todo el océano. Pero cuando despertamos, nos damos cuenta de nuestra unidad con el océano, de que somos el océano, de que hemos emergido de él y siempre somos parte de él. Sin embargo, esto no significa necesariamente que perdamos nuestra identidad de ola. Podemos tener una identidad de ola y al mismo tiempo ser parte del océano ― al mismo tiempo ser el océano. Todavía podemos funcionar como individuos, con cierto grado de autonomía e identidad, al mismo tiempo que somos uno con todo el universo.

Una manera de ver esto es ver el despertar espiritual no como una disolución del yo, sino como una expansión del yo. En nuestro estado de sueño, nuestra identidad está restringida, más o menos confinada a nuestra propia mente y cuerpo. Pero a medida que nos despertamos, nuestra identidad se abre, se expande hacia afuera. Incorpora y abarca realidades más amplias. Se expande en otras personas, otros seres vivos, el mundo natural, la tierra misma, hasta que finalmente abarca todo el cosmos. En términos conceptuales, esto se expresa como un movimiento más allá de una estrecha perspectiva egocéntrica (con un fuerte sentido de identidad grupal) hacia una perspectiva global y universal, con una preocupación por las cuestiones globales imperantes y un sentido de unidad con todos los seres humanos, independientemente de las diferencias superficiales de nacionalidad o raza.

El despertar y el "sistema-del-yo"

Tal vez una de las razones por las que el despertar se ve como un estado de no-yo es porque el "sistema-del-yo" ―nuestra mente, con las estructuras psicológicas que nos permiten funcionar en el mundo― que despierta, es tan discreto y tan bien integrado en el resto de nuestro ser que en realidad no nos damos cuenta de que está ahí, de la misma manera que si una persona está sentada en silencio en la esquina de una habitación oscura no podemos notar que la habitación está ocupada. El funcionamiento del sistema-del-yo puede ser tan sutil y silenciosamente eficiente que no podemos darnos cuenta de que realmente está teniendo lugar. Su estructura es tan suave y lábil que quizá no nos demos cuenta de que está presente.

Nuestro sistema-del-yo normal es como una ciudad con paredes gruesas a su alrededor; parece existir como una entidad en sí misma, separada del resto del paisaje. Pero en el estado despierto, nuestro sistema-del-yo es como un pequeño y discreto asentamiento ―una eco-aldea, tal vez― tan bien integrado que apenas se puede distinguir del paisaje en su conjunto. Ha surgido claramente del paisaje; está hecho de los mismos materiales que el paisaje y se funde en él sin ningún sentido de separación.

El punto importante, una vez más, es que tiene que haber algún tipo de sistema-del-yo dentro de nuestro ser. Tiene que haber algún tipo de centro organizativo o administrativo dentro del paisaje, aunque sólo desempeñe un papel mínimo y discreto. Y un sistema-del-yo implica un cierto grado de identidad, un sentido de ser alguien que habita en el paisaje de nuestro ser.

¿No-yo o un yo nuevo?

Se podría decir que el despertar no significa tanto un no-yo como un nuevo yo. El despertar significa la aparición de un nuevo sistema-del-yo. Es como si un viejo yo se hubiera disuelto y surgiera uno nuevo. No se siente como que no tengas una identidad, sino que tienes una identidad nueva. No se siente como que seas nadie, sino que te conviertes en otro alguien. (En este sentido, cuando las tradiciones como el budismo hablan del "no-yo" o "no-ser", puede ser que se refieran estrictamente a "ningún yo separado").

Se podría pensar en esto en términos del concepto de ego. Algunos maestros espirituales describen el despertar en términos de no tener ego, pero esto puede no ser estrictamente cierto. El ego es simplemente la palabra del latín y del griego antiguo para "yo". Así que, estrictamente hablando, las personas despiertas todavía tienen un ego, aunque completamente diferente. Volviendo a nuestra metáfora de la ciudad, nuestro ego normal es un poderoso emperador que vive en el centro de la ciudad, en un castillo gigante que sigue reforzándose y expandiéndose. Él cree que controla toda la ciudad e incluso todo el paisaje. Pero en el sistema-del-yo despierto, no hay emperador, sólo un simple administrador o ejecutor cuya autoridad es limitada y que funciona como una parte democrática y armónica de todo el sistema.

Con demasiada frecuencia, en los círculos espirituales, el concepto de no-yo se utiliza como una forma de baipás espiritual, como una forma de evitar problemas psicológicos. Si tú no existes como un yo, entonces todos los problemas asociados contigo (con el yo) ya no existen. Por ejemplo, podrías sufrir de ansiedad y de baja autoestima, o estar frustrado porque tu trabajo no se adapta a ti, o angustiado porque tu pareja es abusiva contigo. Pero si crees que el yo es una ilusión, puedes ignorar estos problemas, fingir que todos son sólo parte de una "historia" que no tiene ningún significado.

Es por eso que la idea del no-yo es tan atractiva para algunas personas, pero también por qué es tan confusa para otras. Muchas personas tienen un sentido intuitivo de que tienen problemas psicológicos que necesitan ser resueltos antes de que puedan experimentar cualquier desarrollo espiritual real y estable. Tienen la sensación de que necesitan someterse a alguna curación o integración como una forma de preparar el terreno para el despertar. Por lo tanto, cuando este yo, que ellos sienten que necesita alguna curación o desarrollo, se les dice que no existe, no les parece que sea verdad. Y, de hecho, en tales casos, ver al yo como una ilusión irrelevante no es sólo inútil, sino también contraproducente. Realmente intensificará y extenderá el sufrimiento del yo separado, no acabará con él.

(Extracto de su libro: The Leap: The Psychology of Spiritual Awakening.)

 

Steve Taylor

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El Dr. Steve Taylor es autor de varios libros de éxito sobre psicología y espiritualidad, y es catedrático de psicología por la Universidad Metropolitana de Leeds. Durante los últimos tres años ha sido incluido en la lista de las "100 personas vivas espiritualmente más influyentes" (este año en el n. 31) de la revista Mente, Cuerpo, Espíritu. Sus libros incluyen Waking From SleepThe FallOut of the DarknessBack to Sanity, y su último libro The Meaning. Sus libros han sido publicados en 16 idiomas, incluyendo holandés, coreano, ruso, español, italiano, francés, japonés, polaco y español.

Steve tiene un doctorado en Psicología Transpersonal por la Universidad John Moores de Liverpool. Sus artículos y ensayos han sido publicados en más de 40 revistas académicas, diarios y periódicos, entre ellos The Journal of Humanistic Psychology, The Journal of Consciousness Studies, The Journal of Transpersonal Psychology, Psychologies, Natural Health, Kindred Spirit and Resurgence.

Steve vive en Manchester, Inglaterra con su esposa y tres niños pequeños.

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/out-the-darkness/201704/the-self-is-not-illusion

 

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Espíritu y materia son una sola Unidad - Swami Ramdas 

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La Verdad está en todas partes, y ella es mi Ser Amado.

La Vida anima a todos los seres y cosas, y ella es mi Ser Amado.

La Dicha eterna palpita en el corazón de todos los objetos, y ella es mi Ser Amado.

La Luz ilumina el universo entero, y ella es mi Ser Amado.

La Fuerza activa toda la naturaleza, y ella es mi Ser Amado.

La Paz perenne conforma y anima cuanto es visible y percibido, y ella es mi Ser Amado.

¡Oh verdad siempre existente! ¿Como puedo concebirte y describirte?

Soy testigo del silencio que guardo y de las palabras que pronuncio.

Soy silencio y palabra.

¡Qué maravilla!

¿Puedo decir que esta es una experiencia mística?

Es más profunda y vasta que la mística. Entonces, ¿qué es? Es un secreto inexpresable.

Dios y el Alma: Dios es el Alma. El Alma es Dios.

Las vestimentas del Alma ―todos los cuerpos y formas― son también Dios.

Espíritu y materia son esencialmente lo mismo.

El Espíritu en movimiento es energía.

La energía condensada es materia.

No hay existencia interna y externa.

La Existencia Divina es todo en todos.

Solamente existe Eso en todos los aspectos.

Eso, Ella o Él (todo es mi Amado): la Verdad, Dios.

Dios es forma y también sin forma.

Me empeñé en conocerle, y me convertí en Él.

Cada pensamiento y cada sentimiento mío son inspirados por esta experiencia: Yo Soy Él.

La Vida es espacio. La Vida es tiempo. La Vida es causa sin causa.

El espacio es infinito. El tiempo es eterno.

Dios es vida infinita y eterna.

El espacio abarca todas las cosas. El tiempo engloba todas las cosas.

Yo soy ese Dios, esa vida inespacial, intemporal e incausal.

Esto es dar rienda suelta a la imaginación, en un loco intento por descubrir qué soy y qué es Dios.

Soy mudo cuando hablo.

Estoy quieto cuando camino.

Estoy en reposo cuando trabajo.

No hago nada cuando muevo los mundos.

Toda dinámica es mía, si bien soy la Verdad estática. Ciertamente soy y no soy.

¿Puedo aplicar esto a mi Dios? No soy otro que no sea Él.

Dios es presencia.

Dios es ausencia.

Es recuerdo. Es olvido.

Es yo mismo. Es tú mismo.

Cuando Lo miro, me veo.

Tengo Su visión cuando aparezco ante mí mismo.

Le comprendo cuando me conozco.

¡Cuán amalgamados estamos Él y yo!

¿Por qué no concluir diciendo que Él y yo somos Uno?

 

 Swami Ramdas 9230275464?profile=RESIZE_192X

https://www.nodualidad.info/articulos/espiritu-y-materia-son-una-sola-unidad.html

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La naturaleza de la conciencia

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EL vacío

Cuando nos esforzamos por adquirir conocimientos puramente intelectuales sobre aquello que anhelamos encontrar, lo que hacemos en realidad es cerrarle la puerta a la experiencia real; la única forma de alcanzar la experiencia es llegar a estar totalmente vacío de mente, de pensamiento, un vacío total y absoluto. Si permanecemos en ese estado durante un tiempo lo suficientemente largo, empezamos a darnos cuenta de que esa vacuidad nunca ha estado vacía realmente, pues contiene el potencial de todo lo que puede llegar a ser; penetramos en un área en la que se dan aspectos extremadamente refinados de la conciencia, la cual, disolviéndose en sí misma, pierde toda dualidad. Y eso es lo único que queda.

Si tomamos algo que pertenezca al mundo de las cosas manifiestas, ya sea un ser vivo o algo inanimado, y nos detenemos a observar profundamente su naturaleza, descubriremos que tiene la misma naturaleza que la conciencia (que la conciencia misma es su naturaleza).

Hay tantas cosas que encierran una profunda verdad en su interior... En el budismo tenemos lo no-nacido, lo no-manifestado, lo no-creado, de lo cual surge lo creado y lo manifiesto. En la Biblia encontramos algo similar en el Génesis: en el principio no había más que vacío, y de él surgió lo que viene a denominarse el verbo. Este es el aspecto vibratorio, del cual proviene el mundo.

Todo nos lleva de regreso al vacío, a la vacuidad, a la nada (al no-algo) de la que surge el algo (las cosas), y no existe ninguna forma de comprensión intelectual que pueda conectarnos con esta verdad. Es algo que ha de ser visto por sí mismo, algo que se encuentra mucho más allá de la razón. El vacío es la paz que sobrepasa todo entendimiento, la paz que nos proporciona una plenitud y una satisfacción totales. Durante muchos ciclos de vida hemos sido presa de un estado ilusorio, pero ahora por fin encontramos la verdad.

Es algo que no se puede explicar a los demás. Ya no soy yo quien hace las cosas, sino que se trata simplemente del cuerpo pasando por los procesos que le son propios. Se piensa cuando hay que pensar, pero uno se da cuenta de que los pensamientos aparecen por sí mismos. ¿Quién los está pensando? ¿No es cierto que simplemente surgen, empleando para ello el mismo proceso que usaríamos si quisiéramos pensar de forma voluntaria? ¿De verdad somos nosotros quienes pensamos nuestros pensamientos o estos simplemente pasan por nosotros, a través nuestro? La mayoría de las veces no son más que pensamientos repetitivos, pensamientos que pasan por nosotros, pero son completamente innecesarios.

En lugar de pensar, podemos simplemente ser. A menos que queramos pensar específicamente en algo que sea útil o práctico, el pensamiento no es más que un proceso habitual que tiene lugar en nuestra cabeza. Una cosa es el pensamiento positivo, pero el pensamiento irracional es algo completamente distinto. Gran parte del tiempo lo pasamos pensando cosas que no queremos pensar, así que ¿quién tiene el control?

Cuando te ocurra esto, ignora el pensamiento y desciende hasta el área de los sentimientos, hasta la zona en la que se encuentra la sensibilidad. Poco a poco esto te irá aportando un cierto control, la capacidad de pensar únicamente cuando desees hacerlo, y de no pensar cuando no lo necesites.

 

¿Cuál es la naturaleza de la conciencia?

Es el ámbito de lo no-manifestado, y por eso está en todo y puede saberlo todo. Es lo que algunos llaman Dios. Las religiones dicen que Dios creó el mundo, pero yo estoy totalmente en desacuerdo con eso. Usamos la palabra Dios para referirnos a la verdadera conciencia, a la conciencia universal. Podemos llamarla Dios si queremos, pero Dios no es una entidad, no es un ser sobrehumano; es meramente conciencia. Ahora bien, si todo ha emanado de aquí, es totalmente lógico pensar que cualquier parte de la conciencia puede conocer o tener acceso a cualquier otra parte, ya sea animada o inanimada. Al ser una manifestación de la conciencia misma, aún puede ser conocida en el seno de la misma.

La conciencia es mucho más de lo que parece ser, así que, en realidad, yo soy parte de ti. Es lo que estamos compartiendo en este momento; compartimos esta experiencia. Más allá de lo meramente físico, ¿cómo podríamos estar separados tú y yo? Aquí se está produciendo una manifestación, y lo que hay entre nosotros es la parte manifiesta; es la parte que está experimentando.

Sin embargo, todo esto no deja de ser completamente ordinario.

Oh, sí. Por supuesto. Es perfectamente ordinario, común y corriente. Es algo que le está sucediendo todo el tiempo a todo el mundo, sin que tan siquiera se den cuenta de ello. El nivel de conciencia desde el que se percibe esto es distinto del de la denominada conciencia ordinaria, la conciencia normal, que es demasiado simple y burda como para verlo.

 

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      Russel Williams fue uno de los maestros espirituales iluminados más notables de nuestro tiempo. Después de una vida temprana de dificultades extremas, dejando la escuela a la edad de 11 años y quedando huérfano poco después, sufrió un despertar espiritual a la edad de 29 años. Desde fines de la década de 1950, fue un maestro espiritual hasta su fallecimiento en el año 2018.

Fuente: Russel Williams. Ni yo ni nada distinto de mí (Gaia, 2019)

      

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Cómo nuestras creencias «crean» nuestra realidad- Nisargadatta

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Esta última reflexión, nos remite al yo superficial. Este, es la autoimagen y el conjunto de ideas y creencias en los que asentamos erróneamente el sentido básico de nuestra identidad.

Pensemos en cómo, cuando éramos aún muy pequeños, empezamos a asumir del exterior, a modo de creencias incuestionables, ciertas consignas que definían cómo debían ser las cosas y, muy en particular, cómo teníamos que ser, sentir y pensar (lo decisivo no parecía ser «quiénes éramos,» sino el que fuéramos «de una determinada manera» y no de otra).

Los mayores nos juzgaban en función de estos «modelos,» y nosotros también comenzamos a medirnos con ellos y a concluir que éramos buenos o malos, torpes o inteligentes, adecuados o inadecuados, especiales o mediocres…

De este modo fuimos elaborando nuestra particular autoimagen. La identificación con esos modelos de comportamiento, con la visión del mundo que implican, y con los juicios sobre nosotros mismos que resultaron al compararnos con ellos, dio origen a nuestro yo superficial y a su particular sistema de creencias.

Algunas de estas creencias se han mantenido a lo largo de nuestra existencia, y otras han cambiado. Pero lo decisivo no es cuál sea su naturaleza, sino que, desde el momento en que nos identificamos con ciertas ideas, nos desconectamos de nuestro Fondo real y nos encerramos en nuestra mente; nos confundimos con lo que «creemos ser» y perdemos el contacto directo con lo que realmente somos. Esas ideas toman posesión de nosotros y se convierten en el sustituto vicario de nuestra verdadera identidad.

El yo superficial implica la identificación con todo un sistema de creencias: lo que cree sobre sí mismo e, indirectamente, sobre el mundo, los demás, sus relaciones mutuas… Este sistema lo ha ido forjando a lo largo de su existencia, es decir, se nutre siempre de su experiencia pasada.

El ego cae, de este modo, en una ilusión: cree ver «la realidad,» pero lo que «ve,» fundamentalmente, es el reflejo de sus propias creencias. Comienza a soñar. Queda encerrado en un círculo vicioso de ficciones, en un presente tergiversado, oculto por la sombra del pasado y abocado a un futuro que no es más que la prolongación de ese pasado, su reiteración tediosa y mecánica. Siempre esclavo de sí mismo, de su percepción limitada y parcial, se incapacita para experimentar nuevas formas de ser y estar en el mundo. En esta situación, todo deseo de cambio del yo superficial está frustrado de antemano o, como mucho, dará lugar a cambios superficiales, epidérmicos, pero siempre dentro de sus rígidas estructuras y estrechas fronteras. La Realidad, en toda su amplitud, riqueza y constante novedad, le es desconocida.

El ego sueña porque se mueve en el círculo cerrado de sus propias creaciones mentales. Una autoimagen mental define al yo, y, a su vez, estas ideas que tiene sobre sí condicionan su percepción del mundo, sus ideas sobre la realidad —pues las nociones acerca de lo que es «yo» y de lo que es «no yo» siempre son correlativas—.

«Cada uno ve el mundo según la idea que tiene de sí mismo. Según lo que crees ser, así crees que es el mundo».

Nisargadatta

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Pocas figuras en la historia de la humanidad, por no decir ninguna, se asemejan a la identidad única del sabio hindú Sri Nisargadatta Maharaj que hasta 1981, fecha de su muerte, fue visitado en su humilde casa de los suburbios de Bombay por miles de personas que buscaban la verdad, el sentido de la vida.

Toda esta sabiduría se habría perdido de no ser por Maurice Frydman que grabó las conversaciones que tuvo Maharaj con cientos de personas. De esta recopilación surge y escribe el libro “Yo soy Eso” que han leído y siguen leyendo millones de personas en el mundo.

Al principio de “Yo soy Eso” podemos leer las sencillas palabras de Nisargadatta que inspiraron a muchas mentes para realizar un cambio fundamental en sus consciencias y al fin y por tanto en la consciencia de toda la humanidad.

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LA ESPIRITUALIDAD NO TE SALVARÁ - Amoda Maa

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Traducido con Amor desde...https://www.amodamaa.com

 

Esta cosa de lo "espiritual" necesita ser desempaquetada.

 Eso de trascender el mundo, ser inmune al sufrimiento del mundo, alejarse del mundo para entrar y contemplar tu ombligo, lograr un estado superior de conciencia en el que nada te toca. Todo esto ... ya no es relevante hoy.

Para empezar, no puedes trascender el mundo. No puedes hacer eso. No tiene sentido. La cruda realidad es que estás aquí. Simplemente no puedes escapar de estar aquí en esta experiencia. Convertirse en espiritual no es una ruta de escape viable ... excepto en la imaginación. Te imaginas que puedes hacer cosas espirituales, puedes volverte más espiritual, puedes progresar en el camino espiritual ... y que estarás en un capullo contra el dolor y el horror del mundo. 

Amigo, la espiritualidad no te salvará. Simplemente te encarcelará. Serás aprisionado por tu imaginación, aprisionado por tus expectativas y tu esfuerzo y tu esperanza de salvación. 

Amigo mío, solo hay una respuesta a tu dolor y a tus problemas. Estar absolutamente presente y absolutamente abierto en medio de la condición humana. No solo a veces cuando estás en el cojín meditando. No solo a veces cuando estás sentado con un maestro espiritual. No solo a veces cuando te sientes feliz y tienes ganas de estar presente y abierto. Sino siempre, siempre, siempre. 

Cuando dejas que el sufrimiento te penetre por completo, cuando dejas que la injusticia traspase tu corazón ... esto es gracia. La gracia no es un estado que te eleva por encima de la experiencia humana. Es simplemente la ausencia de resistencia a lo que hay aquí. Cuando dejas que el mundo te destruya, cuando dejas que el mundo te aniquile, es posible que tengas la suerte de convertirte en un amante de lo que es. No tiene nada que ver con que te guste o no te guste tu experiencia. Tiene todo que ver con la ternura y la más profunda aceptación. 

La cuestión es que la naturaleza de la existencia es la dualidad. No hay nada que puedas hacer al respecto. Hay nacimiento, hay muerte. Hay arriba, hay abajo. Hay luz, hay oscuridad. Y así sucesivamente y así sucesivamente y así sucesivamente. Las olas de la vida continúan… desde el principio de los tiempos hasta el final de los tiempos. No hay nada que puedas hacer al respecto. La aceptación más profunda de esta dualidad es la libertad. 

Cuanto más aceptas, más permites, más te inclinas ante la vida tal como aparece en tu experiencia, más caerás en un estado de tal bondad, tal ternura, tal belleza, tal riqueza y profundidad, que todo intento de despertar para escapar de la realidad será visto como infantil e inútil. Y todos los intentos de ser más espirituales serán vistos como inútiles.

Amigo mío, la única salvación está aquí y ahora. No hay escapatoria, solo esto.

 Solo esta presencia sin adulterar y una apertura inquebrantable.

 

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Amoda Maa es maestra espiritual y autora, Ella ha estado compartiendo sus enseñanzas desde 2012, inicialmente en pequeñas reuniones en el Reino Unido. Desde 2016, ha estado viviendo en los EE. UU. Y sus enseñanzas son seguidas por un número creciente de buscadores en todo el mundo.

Amoda aporta a sus enseñanzas una comprensión profunda y amplia del viaje humano, nacida de su propia inmersión en el horno de la transformación personal. En 2002, en las profundidades de la soledad existencial, experimentó un profundo despertar en el que hubo una liberación del yo del nudo del ego y un desarrollo continuo hacia el silencio interior. Después de un largo período de integración, en el que cesaron todas las búsquedas y todos los métodos, empezó a hablar en público. Sus enseñanzas están libres de cualquier ideología y no están afiliadas a ningún linaje o tradición. Si bien a menudo se la conoce como una 'maestra no dual', prefiere enfatizar la aceptación total de la experiencia humana como un camino hacia la liberación.

 

https://www.amodamaa.com/words-1/2020/1/22/spirituality-wont-save-you

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La luminosidad de estar presente en el cuerpo -  Amoda Maa Jeevan

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 Traducido con Amor desde...https://www.scienceandnonduality.com

 

Contrario a lo que a la mente egoica le gustaría creer, la liberación del sufrimiento del dolor y la pérdida asociados con la forma física no viene de escapar del cuerpo, sino estando completamente presente en él.

La gran mayoría de las personas, cuando la enfermedad o algún accidente o la decadencia del cuerpo con la edad se manifiestan, se pierden en la historia del "pobre de mí" e invierten demasiado tiempo y energía en el drama de "No puedo soportar esto" o "Esto no debería estar sucediendo", o "Mi vida se acabó", y así sucesivamente. Con la apropiación personal de la forma física ("mi cuerpo"), y con las formas psicológicas envueltas inevitablemente en esta entidad primaria ("mi dolor", "mi enfermedad", "mi imperfección", "mi fealdad", "mi debilidad", "mi pérdida", etc., etc.) se crea una historia llamada "mi sufrimiento". Esta fijación en la forma, paradójicamente, indica una falta de presencia en el cuerpo, o más bien, en el campo de energía más profundo del cuerpo.

A diferencia de la mayoría de las personas, los animales están completamente presentes en sus cuerpos y aun así no sufren. Es obvio que experimentan incomodidad y dolor, pero es poco probable que experimenten sufrimiento psicológico. Si alguna vez has vivido con un gato, has pasado tiempo con un perro o has observado a las palomas en el parque, es probable que hayas notado que, incluso si están enfermos o mutilados o exhaustos, no hay ningún drama de "pobre de mí". Por supuesto, los animales no tienen un lenguaje con el que expresarse y por lo tanto no podemos saber absolutamente lo que están experimentando, pero podemos saber que, sin la capacidad de auto-reflexión, es decir, sin un ego, no puede haber un "yo" separado que se identifique con la forma física y no puede haber una apropiación personal de la experiencia. En otras palabras, al no etiquetar la experiencia como "mi dolor" o "mi sufrimiento" o "mi enfermedad", o "me siento mal" o "me gustaría sentirme mejor", etc., no hay historia de sufrimiento. Y sin una historia, solo hay simple e inocentemente una experiencia de energía fluida, sin nombre y sin apropiación. Si estás silenciosamente presente con cualquier animal que tenga dolor o esté muriendo (a menos que haya una lesión grave que cause que el sistema nervioso reaccione con convulsiones), sentirás la quietud y el silencio en el que descansa este animal; en otras palabras, está simplemente siendo.

Por supuesto, eso no quiere decir que no debamos reparar un hueso roto o coser una herida o cuidarnos cuando nos lastimamos o incluso aplicar aceites nutritivos en nuestra piel. Pero si no nos sumergimos profundamente en el océano de la eseidad (simplemente ser), seguiremos nadando en la superficie tratando de atrapar y perfeccionar cada ola de acuerdo con nuestra imagen de cómo debería ser, y no hay una realización duradera (o sanación real) en esto.

Es la voluntad de mirar hacia adentro, de estar inequívocamente presentes con cada sensación y cada sentimiento, lo que permite al cuerpo convertirse en una puerta de entrada a la liberación, y a la fuente de la verdadera integridad. Es la voluntad de entrar en intimidad con la cruda experiencia energética de cada ola, tal como aparece, antes de que se le haya denominado como dolor de cabeza, dolor de muelas o enfermedad incurable, lo que transforma la oscuridad de "mi sufrimiento" en la iluminación del ser. Al entrar en profunda intimidad con todas las manifestaciones, los límites entre el sujeto (tú) y el objeto (la manifestación) se funden en un campo unificado de energía. Esto es más que metafórico: hay una sensación muy real de desaparición dentro de una dimensión interna de luz. No es la luz que ves con tus ojos, sino una sensación de ligereza y paz.

Es esta luz la que te anima. Sin ella, tu cuerpo sería una cáscara vacía. También podrías llamar a esta luz el Espíritu Santo (o simplemente espíritu) o Dios. Pero debido a que la palabra Dios a menudo viene con un bagaje religioso y cultural, podríamos preferir simplemente llamarla consciencia. Cualquiera que sea el nombre con el que prefieras llamarla, esta luz es la irradiación luminosa de una inteligencia que existe antes de pensar o sentir. Y aunque su naturaleza esencial es divina, en otras palabras, no perteneciente a esta dimensión terrenal de la forma, es la fuente de vida en ti y en todo. Debajo y más allá de cada manifestación está la dimensión ilimitada e inmortal de lo inmanifiesto. Mientras que lo inmanifiesto a menudo se conoce como vacío, está lejos de ser vacío (al menos en la forma en que a la mente le gusta pensar en él). Es un vacío centelleante con potencial no nacido. Todo lo que es creado, todo lo que nace en el mundo de las apariencias (y esto incluye cada grano de arena, cada gota de agua, el ala de cada mariposa, cada tornado, cada pensamiento positivo o negativo, cada sentimiento espiritual o no espiritual, y cada palabra hablada o escrita) emana del campo omnipresente de infinitas posibilidades. En este sentido, el mundo interno de luz (lo no manifiesto) y el mundo exterior de la forma (lo manifiesto) son inseparables. La espiritualidad llama a esto el campo Akáshico o Brahman; la ciencia lo llama el campo de punto-cero (o vacío cuántico) o el orden implicado.

Pero no tomes estas palabras como la verdad del Evangelio, ni intentes descifrarlas con lógica, con conocimiento espiritual o evidencia científica. En lugar de eso, descubre por ti mismo lo que realmente está aquí, dentro de cada apariencia, cuando descanses en su interior. Observa (o más exactamente, siente) cuidadosa pero gentilmente, qué sucede cuando cesa el fuego del hábito del ego de censurar cada experiencia; en otras palabras, cuando dejas de nombrar como dolor o trauma o enfermedad, cuando dejas de etiquetar como bueno o malo o espiritual o no espiritual, cuando dejas de enmarcar como mejor o peor o como bendición y castigo. La invitación es para que te relajes profundamente en el núcleo de lo que es aquí... ahora y ahora y ahora. Y para que descubras por ti mismo lo que queda cuando todas las apariencias, incluido tú y tu cuerpo, desaparecen en la liviandad del ser.

Es muy probable que estar completamente presente en el cuerpo (o más bien, en el campo de energía más profundo del cuerpo) no solo traiga la paz de una presencia inefable, sino también una gran ligereza para la forma física. Y es muy probable que se experimente una mayor vitalidad, dinamismo y un sentido de bienestar y alegría.

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Amoda Maa (nombre completo Amoda Maa Jeevan) es una maestra y autora espiritual contemporánea. Su enseñanza surge de la experiencia directa de la conciencia despierta y emana la fragancia indomable de la libertad, mientras que abraza radicalmente el misterio y confusión de la existencia humana.

https://www.scienceandnonduality.com/article/the-luminosity-of-being-present-in-the-body




 

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Traducido con Amor desde… https://www.stillnessspeaks.com

 

La gente siente una tremenda presión para comer la comida adecuada, ir al gimnasio, sobresalir en la escuela, convertirse en alguien, ser un ganador y nunca envejecer. Estamos inundados de historias sobre personas excepcionales y triunfadores. Leemos sobre paracaidistas de noventa años, amputados cuádruples que escalan el monte. Everest, personas nacidas en la pobreza que se han convertido en multimillonarios, y estos se convierten en el estándar con el que todos nos sentimos medidos. Ser promedio u ordinario, fallar y ser imperfecto, es nuestra peor pesadilla.

Por supuesto, es genial escuchar historias inspiradoras, desafiarnos a nosotros mismos y tener una imagen más positiva de lo que es posible en la vida si tienes una discapacidad o cuando eres mayor. Y estoy a favor de comer bien y cuidarnos bien. No hay nada de malo en tener metas y aspiraciones. Todo eso es parte del movimiento natural de la vida al hacer lo que hace. Pero fácilmente puede volverse opresivo.

Muchos padres tienen grandes expectativas sobre lo que sus hijos deben hacer en la vida. Los niños sienten la presión. Muchos padres les dan a sus hijos adultos el mensaje supuestamente alentador de que algún día harán algo grandioso, lo que por supuesto lleva consigo el subtexto de que, en este momento, lo que sea que estén haciendo no es tan bueno.

Cuando le mencioné el título del libro en el que estaba trabajando, Muerte: el fin de la superación personal, a una de mis enfermeras de oncología, ella estaba extasiada. ¡Sí! dijo con una gran sonrisa. Comenzó a hablar de lo que llamó "la tiranía del excepcionalismo", algo sobre lo que había estado leyendo y que claramente resonaba profundamente en ella. Me dijo que, para conseguir su seguro médico en el trabajo, tiene que usar uno de esos monitores de muñeca que cuentan cuántos pasos das cada día. Si no lo usa o si no toma las medidas necesarias, no tendrá seguro médico. Me quedé atónita.

Si nos enfermamos, a menudo recibimos el mensaje de que debemos haber hecho algo mal. Quizás estábamos teniendo demasiados pensamientos negativos, no meditábamos lo suficiente, no teníamos la relación correcta con nuestro dinero. Quizás bebimos demasiado café, comimos demasiado chocolate o no hay suficiente col rizada. Del cáncer se culpa a todo lo imaginable. Y a medida que avanzamos hacia la vejez, a menudo recibimos el mensaje de que debemos luchar contra la muerte y luchar para vivir el mayor tiempo posible. Morir es fallar.

El viaje espiritual se convierte en una búsqueda de la mayor experiencia de despertar. Nos comparamos con nuestros superhéroes espirituales favoritos y nos sentimos inferiores, nunca del todo "allí" donde imaginamos que están o estaban. La gente se presenta a sí misma como "Despiertos" y luego tiene que demostrarlo y estar a la altura, lo que puede resultar en enormes capas de autoengaño, deshonestidad y tonterías.

¡Qué alivio dejar finalmente pasar todo esto!

Abrazar lo que es: la curiosa paradoja

 

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La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, puedo cambiar.  ~ Carl Rogers

 

Entonces, ¿estoy sugiriendo que todos deberíamos hundirnos en la pereza y el letargo, concluir que la liberación es una quimera que es mejor abandonar, atiborrarnos de comida chatarra por el resto de nuestras vidas y permitir cosas como la depresión incapacitante, las adicciones destructivas, el racismo, el sexismo, la devastación ambiental o la crueldad animal continúan sin ser desafiadas? ¿Es ese el mensaje de este artículo?

Claramente no. Después de todo, cómo ocurre la transformación genuina ha sido uno de los principales intereses de mi vida. He experimentado y visto innegables cambios positivos en mí y en los demás a través de la meditación, la psicoterapia, el trabajo de conciencia somática, la espiritualidad y la no dualidad. He visto cambios positivos en la sociedad como resultado de movimientos políticos, en algunos de los cuales he participado. El movimiento de mujeres, el movimiento de liberación gay y el movimiento por los derechos de los discapacitados me han hecho la vida mucho más fácil y menos dolorosa. Los cambios que he experimentado debido al trabajo interno incluyen recuperarme por el consumo casi fatal de alcohol y drogas, y dejar atrás episodios de depresión y patrones tan debilitantes de pensamiento emocional como la duda, el odio hacia uno mismo y la vergüenza. Como alguien que ha pasado gran parte de las últimas cuatro décadas escribiendo libros y artículos, organizando retiros, dando charlas, respondiendo correos electrónicos, la alquimia de la transformación ha sido fundamental para mi vida. Por supuesto, todo lo que acabo de describir solo existe en una historia construida por la memoria. Pero hablando relativamente, estoy a favor de los cambios positivos.

Sin embargo, paradójicamente, cada vez que he pasado por terapia o he profundizado en algún camino espiritual o no camino, lo que siempre ha surgido al frente y al centro en la raíz de todo es la voluntad de ser como soy; ser, en el nivel humano, en cierto sentido imperfecto, incompleto y sin resolver; y ver que esta misma persona, con verrugas y todo, ya está entera y completa, que este cuerpo-mente y todo lo que piensa, quiere y hace es un movimiento de todo el universo. En lugar de intentar alcanzar alguna perfección máxima de "mí", o alguna iluminación suprema imaginada, resulta que la verdadera felicidad es simplemente una cuestión de estar aquí-ahora, lo cual es realmente inevitable; pero lo que puede desaparecer o dejar de creer son los pensamientos y las historias sobre este acontecer presente, las interpretaciones, juicios e ideales.

Incluso cuando las personas practican la meditación para reducir el estrés y mejorar el bienestar, como lo hacen muchas personas hoy en día, incluso entonces, pronto aprenden que el enfoque habitual, orientado a resultados y de obtención de fines, consiste en esforzarse mucho por llegar a otro lugar: buscar, resistir, evaluar, juzgar, etc., no funciona. La meditación, incluso como práctica de bienestar, comienza con permitir que todo sea como es. En cierto modo, incluso decir "permitir" o "aceptar" es decir demasiado. Ya todo está permitido para ser lo que es: ¡obviamente! -Porque es como es. Entonces, se trata más de como simplemente reconocer cómo es, estar presente experimentando, lo que ya es. En otras palabras, no es un hacer. Es más como si no hacer algo extra. Relajarse. Siendo lo que no puedes no ser. Y a medida que se desarrolla el camino sin camino, se descubre que todo es una expresión de esta presencia radiante que somosNo es necesario apartar ni excluir nada. Todo es espiritual.

Un interés en cómo ocurre el cambio y la aceptación total de lo que son pueden parecer dos movimientos diametralmente opuestos, pero, de hecho, he llegado a ver que la verdadera sanación, transformación y liberación comienzan con la simple aceptación de este momento y este mundo, como están. Por contradictorio que parezca, abrazar la imperfección, permitir que todo sea como es, amar lo que es, esta es la puerta sin puertas para un nuevo comienzo y lo completamente nuevo. Curiosamenteeste es el secreto de la libertad.

Mi primer maestro Zen, Mel Weitsman, dijo que "nuestro sufrimiento es creer que hay una salida". El maestro budista tibetano Chögyam Trungpa dijo que la iluminación no es la victoria final, sino la derrota final. Otro de mis maestros Zen, Joko Beck, dijo que el Zen "no tiene esperanza". También solía decir: "Lo que lo hace insoportable es tu creencia errónea de que se puede curar". Ninguno de estos maestros apuntaba a un estado de desesperación, resignación o desesperanza, que es la otra cara de la esperanza, igualmente arraigada en un futuro imaginario. En cambio, estaban señalando cómo podemos desperdiciar nuestras vidas en fantasías esperanzadoras y "la búsqueda de la felicidad" dejando de lado la realidad viviente que es el Aquí-Ahora. Soñamos con la ubicación perfecta, la casa perfecta, la carrera perfecta, la pareja perfecta, el niño perfecto, la actualidad y perfección de la vida tal como es.

Eso no significa que todos debamos vegetar pasivamente en el sofá o ser un felpudo para el abuso. De hecho, no podemos reprimir o negar nuestro deseo natural de esfuerzo y movimiento, nuestro impulso de actuar, de responder a la vida, de buscar el placer y evitar el dolor, de bailar la danza particular que cada uno de nosotros se mueve a bailar. Hay un impulso natural de perseguir lo que nos atrae, de curar lo que está roto, de aclarar lo oscuro, de explorar nuevos territorios, de descubrir y desarrollar y ampliar nuestras capacidades y capacidades, de vislumbrar diferentes posibilidades, de ayudar a los demás, de traer. adelante lo que hay dentro de nosotros. Astronomía, física cuántica, ir al gimnasio, aprender un idioma extranjero, practicar meditación, tocar música, aprender yoga, explorar diversas formas de trabajo de concienciación, trabajar por la justicia social, escribir libros, hacer arte, criar hijos, todo esto es el movimiento natural de la vida, algo que el universo está haciendo, al igual que la semilla que florece en un árbol o el ecosistema que evoluciona en formas siempre nuevas son todo el juego natural y espontáneo de la vida. Todo esta incluido.

 

~ Joan Tollifson

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Joan Tollifson escribe y habla sobre la siempre cambiante y siempre presente realidad viviente aquí y ahora. Su enfoque es abierto, directo, no conceptual y pragmático. Joan está interesada en ver a través de los problemas imaginarios que creemos nuestros, las historias de carencia e imperfección. Nos invita a despertar a la vitalidad y la libertad de la presencia consciente y abierta, y descubrir la sencillez de ser este momento, tal y como es. Joan tiene una afinidad con el budismo, el Advaita y otras formas de no-dualidad y la investigación meditativa, pero no pertenece a ninguna tradición o linaje particular. En sus libros y reuniones, Joan se basa en sus propias experiencias con la adicción y otros problemas humanos comunes.

Es autora de varios libros: Bare-Bones Meditation: Waking Up from the Story of My Life (1996), Awake in the Heartland: The Ecstasy of What Is (2003), Painting the Sidewalk with Water: Talks and Dialogs about Nonduality (2010), Nothing to Grasp (2012), y un libro de próxima aparición sobre la vejez, la muerte y la imperfección

 

https://www.stillnessspeaks.com/embracing-what-is-beyond-self-improvement-tollifson/

 

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Nacimiento-Muerte: ¿Qué es? -  Joan Tollifson 

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Todas las formas aparentes ―personas, mesas, sillas, átomos, quarks, planetas, perros, gatos, consciencia, energía― son conceptos mentales reificados [1] y abstraídos de una realidad ilimitada e ininterrumpida que no comienza ni termina, pues está siempre presente Aquí-Ahora. Y sea lo que sea esta realidad ilimitada, parece tener infinitos puntos de vista desde los que se puede ser observada, y parece disponerse en forma de infinitos niveles de densidad, desde los más aparentemente sólidos hasta los más efímeros y sutiles. En última instancia, no hay manera de decir qué es esta totalidad indivisible. Ninguna etiqueta, concepto o formulación ―ya sea científico o metafísico― puede captar la realidad de la vida....

En mi opinión, lo que ocurre después de la muerte es una cuestión del tipo de la “tierra plana” [2]. Preocuparse por lo que nos pasa cuando morimos es como preocuparse por lo que nos pasa si nos caemos por el borde de la tierra. La gente solía preocuparse por eso, pero su miedo se basaba en un malentendido. Al igual que no hay un borde de la tierra, no hay un límite real, no hay un borde donde la vida comienza o termina. Las cosas que nos preocupan son abstracciones conceptuales, extraídas artificialmente del todo. Al igual que las líneas de un mapa dibujando divisiones en el territorio, el nacimiento y la muerte son líneas divisorias artificiales en una realidad indivisible.

Al igual que ninguna ola puede existir separada del océano y, ni siquiera mantener, inmutable, una determinada forma, ninguna persona es realmente una “cosa” fija o sólida separada de la totalidad. Esta totalidad o unicidad ininterrumpida está siempre presente como el punto de anclaje del Aquí-Ahora, y siempre cambiante como el flujo continuo y la impermanencia de la experiencia. Esta totalidad no puede alcanzarse ni perderse porque es todo lo que hay, y no hay nada, ni ningún lugar, que no sea ella misma. Nada puede apartarse de ella para después “conseguirla” o “perderla”, como tampoco es separable de sí misma. La quietud y el movimiento, la inmutabilidad y la impermanencia, la mente y la materia, son simplemente formas diferentes de ver y describir esta realidad indivisible....

En la muerte, este patrón de actividad que llamamos “Joan” se disuelve de nuevo en un campo más amplio, la totalidad de la que nunca ha estado realmente separada. Caemos fácilmente en los intentos de delimitar esa totalidad inefable como “esto” o “aquello” -principalmente “conciencia” o principalmente “materia”. En última instancia, lo que sea que es desafía todos los intentos de captarlo y fijarlo, ya que no constituye un “ello” de ningún modo. Es esto, simplemente aquí y simplemente ahora. ¿Qué es esto? Ninguna palabra-etiqueta-concepto, ninguna explicación, ninguna teoría metafísica o filosofía podrá contener la realidad viva de este momento. La realidad en sí misma es a la vez totalmente obvia y absolutamente misteriosa. Está más allá de cualquier intento de control, comprensión o sentido. Nada de lo que digamos sobre la realidad es la verdad. Las palabras sólo pueden ser un mapa, un puntero, una descripción, una aproximación.

Notas:

  1. Falacia de reificación es el error de atribuir a lo que es puramente abstracto propiedades que sólo corresponden a entidades concretas.
  2. La noción de una “Tierra plana” se refiere a la creencia de que la superficie de la Tierra es plana, en lugar de ser esférica y también al movimiento de personas que se organizan en torno a esta creencia (“terraplanistas”).

(Traducción y notas de Benjamín Pérez Franco)

Joan Tollifson escribe y habla sobre la siempre cambiante y siempre presente realidad viviente aquí y ahora. Su enfoque es abierto, directo, no conceptual y pragmático. Joan está interesada en ver a través de los problemas imaginarios que creemos nuestros, las historias de carencia e imperfección. Nos invita a despertar a la vitalidad y la libertad de la presencia consciente y abierta, y descubrir la sencillez de ser este momento, tal y como es. Joan tiene una afinidad con el budismo, el Advaita y otras formas de no-dualidad y la investigación meditativa, pero no pertenece a ninguna tradición o linaje particular. En sus libros y reuniones, Joan se basa en sus propias experiencias con la adicción y otros problemas humanos comunes.

Es autora de varios libros: Bare-Bones Meditation: Waking Up from the Story of My Life (1996), Awake in the Heartland: The Ecstasy of What Is (2003), Painting the Sidewalk with Water: Talks and Dialogs about Nonduality (2010), Nothing to Grasp (2012), y un libro de próxima aparición sobre la vejez, la muerte y la imperfección



Fuente: Science & Nonduality
Death: The End of Self-Improvement (La muerte: El fin de la superación personal)

 

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¿QUÉ NUEVA ERA FUE ESA?- Barry Long

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Traducido con Amor de la Web de Barry Long


Como maestro de la verdad, debo decirte la verdad. Nunca hubo ni puede haber una Nueva Era de transformación espiritual. Ni existe una Nueva Era para ti, el hombre o la mujer que está leyendo esto. El movimiento Nueva Era es un engaño y cualquier compromiso con él o creencia en que te ayudará en tu desarrollo espiritual, de hecho, te mantendrá alejado de la verdad. Quizás pases un buen momento, te encuentres con personas conocedoras y agradables, aprendas cosas nuevas y hasta presencies efectos mágicos. Podrás sentir que estás progresando. Pero seguirás siendo tal como eres: discutiendo acerca de la verdad, creyendo en ella, pero no realizándola.

Las nuevas eras son simplemente civilizaciones sucesivas, diferentes modos y medios de vivir, de hacer la vida más fácil, más interesante y entretenida. Las nuevas eras van y vienen, tal como van y vienen los hombres y las mujeres que las viven.

Lo que viene y va no es la verdad. La verdad es ahora. Ahora y siempre.

Si alguna vez existió una Atlántida, en la que todos se comunicaban intuitivamente y viajaban por me- dio de un transporte solar instantáneo, desapareció convirtiéndose en leyenda. Si el sueño de la Nueva Era se realiza alguna vez y la gente de la tierra se une en una conciencia, esa nueva civilización sólo producirá nuevamente otro modo de vivir que también desaparecerá.

¿Qué tiene que ver cualquier Era, pasada o futura, con el bien que eres, la verdad que eres en este momento, ahora?

Si existe alguna vez una Nueva Era, o existió alguna vez una Edad de Oro, y si hay alguna verdad en la gente de la Nueva Era o de la Atlántida, esa  verdad está en el hombre y la mujer ahora.

La verdad es que yo, que estoy leyendo esto aquí y ahora, soy siempre lo que soy, no importa el tiempo ni el lugar. Me voy a dormir y me despierto por la mañana – el mismo ‘yo’… Yo estoy aquí. Permanezco. Me voy. Siempre soy una cosa u otra. Siempre estoy confirmando lo que soy.

Las circunstancias en las que vivo van y vienen pero yo estoy siempre presente. La comodidad y la conveniencia al vivir cambian pero yo, que anhelo verdad y amor estoy siempre aquí, siempre soy el mismo. Si no sé esto, aquí y ahora, algo está fallando. ¿Qué es? ¿Cómo podría olvidar la verdad, la realidad de mí mismo?

“Lo olvido porque estoy siempre recordando. Siempre estoy mirando hacia atrás o mirando hacia adelante. Siempre estoy soñando, imaginando, especulando, deseando… He olvidado como ser lo que soy y estar donde estoy ahora.”

“No puedo estar solamente aquí ahora. Es aburrido. Estoy inquieto. Me pongo muy infeliz si no tengo nada hacer. Por favor, déjame distraerme de mi infelicidad. Debe haber algo mejor, un mañana mejor. Trabajaré para ir hacia él. Lo esperaré con ilusión.”

Ese es el gran engaño de todas las eras.


Barry Long


© The Barry Long Trust

Un extracto del libro de Barry Long The Way In.

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BARRY LONG (1926-2003) fue un maestro espiritual australiano y autor de libros sobre meditación, auto-conocimiento y la naturaleza espiritual del hombre y del universo.

Hay gran interés en sus enseñanzas en muchos países

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ERES DIOS PARA TU MUNDO - Dora Gil

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"Muchos de nosotros anhelamos un cambio en el mundo y, de un modo u otro, deseamos participar en esa transformación global que vemos tan necesaria. Lo que yo voy comprendiendo es que la pretensión de cumplir un propósito significativo en el mundo no puede estar desvinculada de nuestra vida en este instante, de la inmediatez de lo que hay aquí y de cómo nos situamos ante ello.

Sucede a veces que, buscando un mundo mejor o un papel que jugar en él, nos pasamos por alto que nuestro mundo empieza aquí, en nuestro ambiente interior, en la actitud con la que abordamos cada detalle de nuestro presente. Es la perspectiva en la que nos situamos con respecto a estas sensaciones, estas personas, esta situación, este dolor, esta comida o esta emoción que nos embarga.

Mi mundo es lo que aparece aquí y ahora ante mí. ¿Cómo me sitúo ante él? ¿Lo estoy honrando o inconscientemente lo catalogo como algo de poca importancia que me impide acceder a lo que busco de verdad?

Estas personas que ahora mismo veo, ¿puedo considerarlas las personas adecuadas para mi vida? ¿O creo que no encajan en mi propósito y trato de eludirlas para acceder a otras más preparadas o capaces de entenderme? ¿Cómo me siento en su presencia? ¿Quiero irme lo antes posible? ¿Cómo respiro?

Estos pequeños detalles me informan directamente de cómo me estoy considerando: un pequeño personaje inquieto y buscador o una amplia consciencia que abraza la existencia en cada instante.

Las mejores lecciones que recibo en mi vida no se me revelan en lugares muy brillantes o en situaciones interesantes por su prestigio. Muy al contrario de lo que mi personaje podría esperar, aprendo de verdad al asumir conscientemente las relaciones de menor relevancia para el ego y los lugares que sus conceptos desacreditan y considera insignificantes. Ahí es donde mi corazón va comprendiendo las más profundas verdades de la existencia. En situaciones anónimas, junto a personas simples, la vida hace aflorar el poder del amor en mí y la serena comprensión del ser que nos une a todos. La profunda paz que destilan en mi alma esos momentos, descansa en mí como el criterio de la autenticidad que me revelan.

En realidad, sólo hay dos posibilidades: honrar este instante y estar con él o despreciarlo (casi siempre de forma inconsciente) por no servir a los fines de un personaje que se aferra a su historia.

Si me estoy yendo de este instante, si tengo prisa por salir de él y no le presto atención, puedo estar segura de que estoy en “modo ego”. Es decir, estoy abordando mi vida desde una perspectiva de pequeñez, buscando algo más grande que esto; buscando fuera de mí, lejos de mi hogar.

Si ahora mismo hay espacio en mí para lo que está apareciendo, sea de mi agrado o no, y estoy dispuesta a detenerme si fuera necesario, para contemplar desde ahí lo que experimento, puedo estar seguro de que, naturalmente, me he situado en la amplitud de mi ser, que no necesita otra cosa más allá, porque ya se siente inmenso y lo incluye todo.

 

¿Dónde no queremos estar?

¿Cuáles son las áreas perdidas de nuestra vida?

¿Dónde duele?

¿Dónde nos sentimos indignos, pequeños, olvidados? ¿Dónde preferimos no mirar?

¿Dónde hay pobreza, vacío, dolor, necesidad?

¿Dónde experimentamos miedo, culpa, ansiedad, ganas de salir corriendo?

 

Aquí es donde se nos ofrece la oportunidad, aquí es donde nuestra consciencia puede abrirse. Aquí, en lo escondido, es donde puede despertar nuestro ser más profundo. Ahí es donde nuestra verdadera naturaleza tiene la oportunidad de expresarse.

Cuando aprendemos a permanecer, en lugar de evitar, nos estamos conociendo como luz, como liberadores de nuestro mundo. “Vosotros sois la luz del mundo”, decía Jesús.

En realidad, esto es lo único que necesitamos: iluminar y llenar de amor todo aquello que aflora en nuestra experiencia presente: sensaciones, emociones, pensamientos. Contemplar en la luz de la consciencia y permanecer, no asustarnos. Acoger, abrazar y así permitir que ese mundo amenazador que creamos y en el que creímos se disuelva.

Sí, que se disuelva lo ilusorio. Nuestro sufrimiento es el efecto de haber creído en algo que no es verdad. En haber dado crédito a la idea de separación y haberla cultivado hasta el punto de habernos identificado como seres aislados de la vida. Eso duele, eso genera tanto malestar que no lo soportamos. Pero si seguimos evitándolo, rehuyéndolo, resistiéndonos, lo que hacemos es darle entidad y seguir inmersos en la ilusión.

Nuestro hogar es el momento presente. Nuestro reino, nuestra función, todo nuestro mundo está aquí. Subyaciendo al discurrir normal de la superficie de nuestra vida, muchas criaturas exiliadas, doloridas, avergonzadas, reprimidas, hambrientas, solas, recluidas en las sórdidas y frías estancias de nuestra inconsciencia, esperan su liberación.

Nosotros somos su dios. Dios se expresa a través de cada ser humano que nace con la misión de rescatar del olvido a tantas criaturas rechazadas, de iluminar su propio mundo interno, el único al que tenemos acceso: nuestras emociones, pensamientos y percepciones moviéndose en el espacio interior y generando todo tipo de sensaciones en nuestro pueblo de células.

Para ello se nos ofrecen las imágenes perfectas que ilustran nuestra tarea: las personas y situaciones que, como en una película, desfilan ante nosotros representando a la perfección nuestro mundo interior. Escenas de temor, de amor, de alegría, de dolor, de rencor, de necesidad…van despertando en nosotros todas las emociones necesarias para permitirnos mirar profundamente. Si las atendemos, nos ponen en contacto con la fuente de esa representación proyectada: nuestra percepción de la realidad, nuestra comprensión sesgada de la vida.

Curiosamente, todas estas áreas son las más próximas a nosotros (el prójimo). Lo más íntimo y cercano es, con frecuencia, lo que tiene más poder para mostrarnos lo que necesitamos mirar. Sin embargo, es lo más despreciado por el ego, que busca siempre más lejos lo que cree que es mejor para sentirse especial.

 

Si aprovechamos cada instante para disolver el velo de la ilusión que nos oculta lo real, mirando profundamente, nos podemos reconocer como lo que realmente somos: Dios para nuestro mundo, libertadores de un pueblo adormecido en el olvido de su verdadera naturaleza.

Necesitamos perder el miedo a sentir. Permanecer abierta y amorosamente en medio del sufrimiento es la mejor manera de demostrarnos lo que somos. Eso fue lo que Jesús hizo. Desoyendo la necesidad de escapar de lo que parecía amenazarle, permaneció afirmando su verdadera identidad, inviolable. Abrazando el dolor más intenso, le privó de su imaginaria capacidad de destruir lo indestructible: lo que somos de verdad.

Para esto hemos nacido. Para acoger en nuestro hogar interior todo lo que hemos dejado de lado por creernos separados de ello, por interpretarlo como una amenaza para nuestra identidad. Necesitamos demostrarnos que somos amor para todo, incluyendo incluso lo que nuestra pequeña mente no comprende y evita. Permaneciendo en este instante, en esta respiración, en este paso, en este encuentro, en esta sensación que se nos presenta tan temible... Permaneciendo y amando. Sin separarnos de nada. Quedándonos y ofreciendo espacio a todo. Por pequeño, insignificante o doloroso que nos parezca.

 

Sólo necesitamos entrar completamente en la experiencia de este momento."

 

Extraído del libro "Del hacer al ser" , de Dora Gil,Editorial Sirio.

Capítulo 5 "La luz del ahora".

 

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NO TIENES QUE LLEGAR AL AMOR, TIENES QUE SERLO -  Emma Vazquez

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El Camino hacia el Amor Incondicional (mi Camino) pasa por Ser ese Amor. Y Serlo implica ser Consciente de cuándo no lo estás siendo. De cuándo te estás rechazando, negando, huyendo. De cuándo te estás Separando de ti.

MIRAR al Mundo con Amor Incondicional (mi Destino) implica Mirarte a ti de la misma manera. Porque el Dentro y el Fuera son lo mismo. Porque tú y yo somos lo mismo. Porque la MIRADA abarca ambos, pues MIRADA sólo hay UNA. Es el objeto que se mira lo que cambia. Y lo que Somos no son los objetos (incluidos nosotros), lo observado, sino la MIRADA.

Llega un momento (o no) en que te DAS CUENTA de que todo conflicto surge Dentro de ti. Es tuyo pues ES en ti. Eres tú quien siente lo que siente: tristeza, ira, compasión, inseguridad, miedo, desconfianza, plenitud, asco, odio, rechazo, culpa, paz. Lo de Fuera tan sólo son escenarios, espejos, que nos posibilitan VER qué es lo que no estamos Amando Incondicionalmente en nosotros.

Cuando eres Consciente de esto, dejas de batallar, de luchar, para que el Mundo Externo (incluidas las personas, ideas, creencias) cambie y empiezas a responsabilizarte de TODO lo que provoca Separación en ti. Que no es más que no Amar lo que está sucediendo en ti. Lo que estás sintiendo, sea lo que sea. Lo que estás pensando, sea lo que sea.

Porque cuando rechazas cualquier emoción, pensamiento, creencia, que Es en ti, que surge en ti (lo que no significa que seas eso), te estás separando de ti. Te estás negando. Te estás abandonando. Te estás huyendo. Y eso no es Amor Incondicional.

Amarnos Incondicionalmente no significa seguir tratándonos mal. No significa no cuidarnos. No significa alimentarnos (en todos los aspectos) de manera no saludable. Significa que MIENTRAS estamos sanando, Recordando, en el Camino del Amor, es el mismo Amor que anhelamos nuestra "pócima mágica". Nuestra Salvación.

Estar en el Camino del Amor Incondicional y rechazarnos (negar, huir) cuando sentimos, pensamos, actuamos desde el ego, desde la inconsciencia, desde la ignorancia, es caminar en contra de nuestro Camino. Por ello, cuando seamos Conscientes de ese rechazo, de esa separación que está siendo en nosotros (que lo sabremos porque sentiremos un dolor interno), es necesario PARAR y abrazar (Amar) esa Separación.

Cuando abrazamos nuestra propia Separación nos estamos UNIENDO (Amando) a ella. Lo que significa que la Separación desaparece. Ya no ES. En ese Instante nos estamos MIRANDO con el Amor Incondicional que anhelamos Ser. En ese Instante YA hemos llegado a nuestro Destino. Ya hemos Regresado a Casa. A Dios.

Porque el Destino, el Hogar, siempre Es Aquí y Ahora. No está en un futuro ni en un pasado, sino en el Presente.

Lo que no podemos negar es que también hay un Camino, un proceso, en el que el Ego, esas Inconsciencias, esas Inercias, que nos llevan a juzgarnos, a condenarnos, a separarnos de nosotros mismos (y de los demás) se van dando cada vez menos a medida que nos vamos Amando Incondicionalmente. Porque dejamos de poner cada vez más nuestra atención, nuestra energía, en el Ego, en el miedo, en lo que nos separa, para ponerla en el Amor, en lo que nos Une.

E igual que el capullo requiere de un tiempo hasta transformarse en mariposa, nosotros, también. La diferencia es que nosotros, siendo capullos, podemos ser Conscientes de la Mariposa (porque en ocasiones la Sentimos, la Somos), del destino, y el capullo, no (o sí...). Hay un anhelo, una fuerza, una Voz, que nos guía, que nos empuja hacia Casa.

Para poder Amarnos, es imprescindible Mirarnos. Contemplarnos. Porque, si no lo hacemos, ¿cómo vamos a descubrir qué es lo que no estamos amando? ¿Cómo vamos a Amar lo que ignoramos que tenemos que Amar? ¿Cómo vamos a Vernos si estamos mirando Fuera todo el rato?

Hace un par de semanas que he vuelto a meditar (meditación Contemplativa). Lo dejé hace años creyendo que ya no lo necesitaba. Que ya había Comprendido. Que ya Sabía. Que ya había Visto y que por ello ya no me podía Cegar. Y me cegué hasta tal punto que no vi mi ceguera (hasta hace muy poquito). Mi Ego me sacó del Camino del Amor haciéndome creer que no era posible. Que me estaba engañando a mí misma. Me llenó de dudas. Y elegí la voz del Ego antes que la de mi Corazón, cuya Voz se fue alejando poco a poco de mis Escucha.

No medito para dejar de ser lo que estoy siendo. No medito para arreglarme. No medito para controlar. No medito para cambiarme. No medito para luchar contra lo que surge. No medito para ser ni más ni mejor.

Medito para Verme. Para Escuchar. Para poder Amar lo que veo que no es amado. Para que la Unidad sea en mí.

¿Y qué es lo que Veo? Mis heridas. Mis sombras. Mi oscuridad. Y mi Luz. Pero mi Luz ya es amada. Son las sombras lo que hay que Iluminar a través del Amor.

A medida que vas Iluminando tus sombras, aquello que has metido en tu Inconsciente por creer incorrecto o no espiritual, tu Mirada hacia el Mundo se va suavizando. Va dejando de ser tan juiciosa y se va transformando en una Mirada Compasiva.

No he venido al Mundo a negarlo, a juzgarlo, a condenarlo, a arreglarlo, a aislarme de él, a Separarme de él. He venido al Mundo a Amarlo. A Ser UNO con él. Que viene a ser lo mismo que a Ser UNO conmigo.

Para alcanzar el Amor Incondicional (no hay otro tipo de Amor) tienes que Serlo.

Tu Separación es la Separación del Mundo. Tu dolor es el dolor del Mundo. Tu anhelo es el anhelo del Mundo.

Empieza por ti y no necesitarás que nada ni nadie externo cambie por y para ti, pues tu ya serás Amor y MIRARÁS con Amor en lugar de con rechazo y juicio.

Coge tu dolor, abrázalo y Camina.

Y que Sea lo que tenga que Ser.

 

 Emma Vazquez

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Vivir en el sentir - Russel Williams

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Cuando vemos las cosas con una claridad total (es decir, cuando las percibimos con la mente despejada) nos damos cuenta de que el «yo» es ilusorio, y eso nos permite desprendernos de él. La mente deja de aferrarse al «yo», por lo que este desaparece de forma natural. Todo surge de lo no-manifestado, y por eso lo no-manifestado sigue siendo el trasfondo de todas las cosas que aparecen en la manifestación, de modo que cuando captamos la verdadera naturaleza de esas cosas comprendemos que no hay nada sustancial en ellas y que, por consiguiente, deben de haber sido ilusorias.

En nuestra vida diaria deberíamos adoptar una actitud de presencia consciente y poner nuestra atención en todo lo que podamos, pero centrándonos en una sola cosa cada vez. Por ejemplo, imagina que estás lavando los platos y que surge alguna otra cosa que requiere tu atención; independientemente de lo que sea, deja a un lado todo lo que estés haciendo y pon toda tu atención en eso; haz que tu atención no contenga nada más que aquello que está presente. Esta es la forma de vivir verdaderamente en el momento (que es donde se encuentra la realidad). Al experimentar esto descubrirás, aunque no sea más que durante unos pocos minutos, que te sientes completamente seguro, y eso es porque eres, porque en ese instante no hay nada separado de ti.

En eso consiste el mindfulness o atención plena, en estar lleno (full en inglés) de ese objeto en ese momento, en no tener la cabeza abarrotada con otras cosas que nos aturdan. Es algo que emana de ti, no de ninguna otra persona. Ahora has encontrado al verdadero maestro, no ahí fuera, en el exterior, sino en tu propio interior.

Cuando vas más allá del miedo y alcanzas un mayor grado de libertad, todo esto comienza a mostrarse por y para sí mismo. Es casi como si algo dentro de ti se estuviera desenredando y te estuviese mostrando quién eres realmente. El único problema es que no puedes adscribirle ninguna identidad.

El Buda habló sobre el aparente no-yo, pero no de esto; habló sobre el yo condicionado, el ego, pero lo que está aquí presente es el conocimiento de que esto es lo que soy. No se trata de una identidad (no es quién soy, sino qué soy; una diferencia ciertamente sutil). Tanto el cuerpo físico como las emociones y los procesos de pensamiento tienen que rendirse ante esto, supeditarse a ello y empezar a cambiar. Sin nada que temer, comenzamos a sentirnos más cómodos, más seguros, como en casa; descubrimos una unidad en nuestro interior: la cabeza y el corazón se unifican, pasan a ser uno y lo mismo, empiezan a fundirse el uno en el otro y allí donde había separación y fragmentación pasa a haber unidad.

El intelecto deja de funcionar como una entidad independiente y pasa a estar condicionado por el sentir. Si nos paramos a examinar nuestros propios procesos mentales o intelectuales podremos comprobar que, por lo general, en mayor o menor medida son muy clínicos y están desprovistos de sentimiento. En este sentido, no son personales sino meros datos fríos y objetivos para ellos mismos.

Sin embargo, cuando se produce una cierta apertura en la zona del corazón, el sentimiento penetra en el pensamiento, por lo que todos aquellos procesos que anteriormente funcionaban de un modo puramente clínico ya no pueden seguir operando de ese modo. Surge una nueva afinidad entre el sentir y los objetos del pensamiento y, por lo tanto, deja de haber separación. Normalmente creemos que todo pensamiento está separado o es independiente del pensador, pero ahora nos damos cuenta de que el propio pensador es uno con el pensamiento, que se vuelve menos abstracto; hay un mayor grado de realización y la comprensión intelectual se vuelve menos necesaria, porque ahora el conocer está basado en la sensación de pertenecer al área del sentimiento (un aspecto o una faceta que siempre está unida a las cosas, mientras que el intelecto siempre está separado).

El intelecto no puede penetrar en el sentir, que es donde se da la unidad, pero el sentir de la unidad sí puede colarse por los intersticios y penetrar en el intelecto, haciendo que este descubra por primera vez lo que es la paz. En todo caso, contribuye a aclarar todo el proceso al eliminar una inmensa cantidad de pensamientos repetitivos y de actividades mentales involuntarias. El sentir nos ayuda a pensar solo cuando es necesario, y, cuando no lo es, lo que quedan son espacios llenos de percepción y experiencia, momentos de verdadera plenitud y satisfacción.

De vez en cuando todos tenemos pensamientos que no deseamos tener, lo que pone de manifiesto que hay una parte de nuestra mente que siempre está desvinculada del pensamiento, que es independiente de este, que, por así decirlo, está por detrás de él y lo observa. A medida que vamos teniendo más claridad interna, comienza a establecerse una distancia cada vez mayor entre nuestros pensamientos y nosotros mismos. Poco a poco va apareciendo un espacio entre los pensamientos (y la meditación puede contribuir a este proceso), hasta que llega un momento en el que el pensamiento deja de ser automático. Entonces experimentamos la quietud, y esta paz interior se extiende a todos aquellos que nos rodean. La gente lo siente cuando está cerca de nosotros, les alcanza, penetra en ellos. Nuestra compañía es mucho más agradable; se sienten atraídos por nosotros, porque ahora estamos serenos, aquietados, nunca estamos enojados, ya no juzgamos.

El pensamiento nunca es la experiencia real; tan solo es una sombra de lo real. Sin embargo, ahora retornamos a las cosas reales, a lo verdadero. ¿Qué es para ti lo real: los pensamientos que tienes sobre algo o lo que ese algo te hace sentir? El sentir es el proceso vivo, mientras que los pensamientos se ocupan de otra clase de cosas.

No podemos considerar las relaciones interpersonales como una mera cuestión de intercambio de información, pues las relaciones se basan en la armonía, en la conexión profunda y el entendimiento mutuo. Esto es algo que podemos sentir de forma natural, sin tener que pensar en ello, con nuestros hijos o nuestra pareja. Al mismo tiempo, no se trata simplemente de un sentimiento emocional, sino que es más bien un sentir expansivo y absorbente que se transforma en lo que sea que estemos experimentando, de modo que deja de haber separación.

Así vivimos en el sentir, y no en el falso mundo de la abstracción en el que el pensamiento nos sumerge. Aprendemos a sentir (tanto a nivel de sensaciones como a nivel de sentimientos) de una manera mucho más profunda, no solo emocionalmente, y descubrimos que existe un aspecto extrasensorial en el propio sentir del que, por lo general, no somos conscientes. Esto significa que somos capaces de captar o absorber mucha más experiencia y que podemos responder de un modo mucho más efectivo, pues ahora hay armonía y una verdadera conexión en nuestras relaciones. El pensamiento siempre crea separación, pero el sentimiento trae consigo la unión; en su sentido más profundo, posee un elemento claramente espiritual, pues es no-manifestado (es decir, tampoco se manifiesta en el plano físico).

Esta plenitud, esta satisfacción, no es algo a lo que tengamos que aspirar o tratar de lograr. No se trata de avanzar hacia un destino concreto, sino de disociarnos de todas las cosas que nos retienen o que detienen nuestro progreso, ya sea que las concibamos como los siete pecados capitales del cristianismo o como los obstáculos de los que habla el budismo. Nos volvemos más claros, permitimos que nuestro verdadero ser resplandezca y brille a través de nosotros, y de este modo la plenitud y el gozo comienzan a emerger por sí mismos de forma natural.

Puede que tengamos la sensación de que nos falta algo, pero lo cierto es que no nos falta nada. Nosotros somos lo que falta, lo que le falta a la totalidad (por así decirlo, es la totalidad la que está incompleta sin nosotros, la que «añora nuestro regreso»).

Ahora podemos ofrecer paz a los demás, el don de la paz.

No nos cerramos a nada ni a nadie.

Dejamos que todo penetre en nosotros.

Absorbemos el mundo pero no lo poseemos; nos volvemos uno con él.

 

Fuente: Russel Williams. Del libro... Ni yo ni nada distinto de mí (Gaia, 2019

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