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El origen de todo - Adyashanti

8400680674?profile=RESIZE_710xTraducido con Amor desde...https://www.adyashanti.org

 



Hay una espontaneidad increíble en el centro de toda nuestra experiencia que no solemos notar. Cuando prestamos atención profunda (el corazón de la práctica contemplativa espiritual real es prestar atención), nuestros pensamientos simplemente parecen aparecer, incluso los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos, así como sobre otros seres y el mundo.

No tenemos conciencia de cómo late nuestro corazón o exactamente cómo estamos respirando. No tenemos que acordarnos de digerir bien nuestra comida. Todo eso está programado en nuestra biología y está sucediendo sin que nuestro consciente lo sepa. Lo que sabemos es lo que rompe la barrera entre el inconsciente y el consciente. Tan pronto como algo del inconsciente traspasa la barrera, de repente somos conscientes de ello: reconocemos el pensamiento.

Todo parece simplemente suceder, pero no es tan casual como eso. Hay una complejidad e inteligencia increíbles que operan debajo de todo esto. Llamémoslo simplemente la totalidad por el bien del momento: lo esencial, la esencia de nosotros, la esencia de este momento. Las experiencias conscientes son la punta del iceberg, la parte de la totalidad que ahora mismo está rompiendo esa barrera de la inconsciencia y volviéndose consciente. Así que ahora mismo, la totalidad está ahí. Está funcionando. Somos conscientes de cualquier parte de la totalidad que se ha vuelto consciente. Una parte muy importante de la espiritualidad es ampliar ese dominio de lo que somos conscientes, de lo que realmente somos conscientes.

Hay una especie de realización, un cambio de identificación, en el que experimentamos que nuestro yo es la totalidad. Experimentamos que nuestro yo es el origen mismo y, sin embargo, eso no significa que de repente seamos conscientes de las infinitas interconexiones que dan origen a un solo momento de experiencia. Esas interconexiones son demasiado vastas. Son aparentemente infinitos en un mundo donde todo está conectado con todo lo demás. Todo es parte de lo que está creando cada otro momento. Ninguna mente podría rastrear todas esas interrelaciones que ocurren simultáneamente. Entonces, incluso cuando experimentamos que nuestro yo es la totalidad en nuestra esencia, todavía nos sorprende la absoluta y asombrosa espontaneidad de esa totalidad.

Aunque suene bastante paradójico, cualquier movimiento es en realidad el movimiento de la quietud. La quietud produce el movimiento, el movimiento ocurre dentro de la quietud y luego el movimiento se resuelve en la quietud. De manera similar, las palabras que estoy hablando son el origen y luego son la totalidad de la conciencia. Salen de esa conciencia. Son una expresión de esa conciencia.

Muchas grandes enseñanzas y realizadores espirituales han hablado de cómo, en nuestra esencia, lo desconocido es una forma de intentar articular la experiencia de la totalidad. Incluso la totalidad no rastrea cada interconexión en cada instante. Está siendo todo eso. Está siendo Eso.

La función sagrada potencial de una enseñanza es evocar algo que vive en ti, algo más allá de la enseñanza, algo más allá del maestro, algo que es una parte viva de ti, una parte hermosa de ti, una parte de nosotros. Comenzamos a traer una mayor conciencia para actuar en cualquier momento, tal vez en cada momento. Notamos una similitud con todo lo que evoca lo sagrado, ya sea una enseñanza espiritual o una gran obra de arte, música o un paseo por la naturaleza, que es artístico más allá de la imaginación. El mundo natural es la obra de arte más grande que jamás veremos o en la que participaremos, donde literalmente caminamos, vivimos y respiramos en una expresión de ser inimaginablemente creativa.

El elemento que todo lo ilumina, que todo lo abre, es nuestra conciencia. Nos permite tener los ojos para ver la divinidad de todo, incluso en medio de todo lo que es la vida, incluida la tragedia, la dificultad y todas las partes negativas. No necesitamos negar ningún aspecto de la existencia para encontrar esta divinidad.

Nuestra conciencia, tiene la capacidad de ver más allá de la superficie de las cosas. No es una idea abstracta de un globo ocular cósmico que lo está mirando todo. Pero, de repente, todo nuestro cuerpo-mente es parte del funcionamiento de la conciencia. No solo vemos nuestro entorno; en realidad lo sentimos. Lo sentimos.

Todo nuestro cuerpo-mente es en realidad una especie de órgano sensorial del infinito, de la verdadera naturaleza. Es cierto que la mayoría de las personas no lo utilizan de esa manera, porque se necesita mucha atención y sensibilidad para comenzar a hacerlo. Pero, no obstante, esta conciencia cuerpo-mente es una forma en que la vida o el cosmos se experimenta a sí mismo, y eso es extraordinario. Sin un cuerpo, una mente o una conciencia para experimentarse a sí mismo, el universo no tendría absolutamente ninguna experiencia de sí mismo. En cierto sentido, no existiría si no se experimenta en absoluto.

En las enseñanzas espirituales se nos anima al despertar de estos cuerpos y mentes, a romper nuestra identificación con ellos, lo cual es extremadamente útil e incluso necesario si queremos tener la comprensión más profunda de nuestra verdadera naturaleza y, sin embargo, lo que tenemos que hacer es simplemente romper la identificación restringida con ellos. Eso no tiene nada que ver con la utilidad de este increíble mecanismo que es el cuerpo, el cuerpo físico, el cuerpo sutil. Estos son de un valor extraordinario, porque a través de estos estamos teniendo nuestra experiencia de vida. Así es como se experimenta la vida.

 

© Adyashanti 2020

https://www.adyashanti.org/teachings/library/writing#the-origin-of-everything

 

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La raíz del sufrimiento - Adyashanti

 

El gran maestro espiritual Krishnamurti dijo: "Cuando a un niño le enseñas que un pajaro se llama 'pájaro', el niño no volverá a ver el pájaro nunca más". Lo que verá será la palabra "pájaro". Eso es lo que verá y sentirá; y cuando alce los ojos al cielo y vea que ese ser extraño y alado echa a volar, ya no se acordará de que lo que hay allí es, verdaderamente, un gran misterio. Ya no se acordará de que en realidad no sabe lo que es. Ya no se acordará de que esa cosa que vuela por el cielo está por encima de todas las palabras, de que es una expresión de la inmensidad de la vida. Es, en realidad, una cosa extraordinaria y maravillosa que vuela por el cielo. Pero en cuanto le asignamos un nombre, ya nos creemos que sabemos lo que es. Vemos "pájaro", y casi lo damos por descontado. Un "pájaro", un "gato", un "perro", una "persona", una "taza", una "silla", una "casa", un "bosque"... A todas estas cosas se les han atribuido nombres, y todas ellas pierden una parte de su vida natural en cuanto las nombramos. Está claro que debemos aprender estos nombres y debemos asociarlos a determinados conceptos; pero si empezamos a creer que los nombres y que todos los conceptos que les asociamos son reales, entonces habremos emprendido ya el viaje que nos conducirá a quedarnos sumidos en un trance por el mundo de las ideas.

La capacidad de pensar y de utilizar el lenguaje tiene un lado oscuro que, si se descuida y se emplea de manera imprudente, puede hacernos sufrir y tener conflictos innecesarios unos con otros. Porque al fin y al cabo eso es lo que hace el pensamiento. Separa. Clasifica. Nombra. Divide. Explica. Es verdad que el pensamiento y el lenguaje tienen aspectos muy útiles y que, por tanto, es muy necesario desarrollarlos. La evolución se ha esforzado mucho para que tengamos la capacidad de pensar de manera coherente y racional, o, dicho de otro modo, de desarrollar un pensamiento que nos permita sobrevivir. Pero cuando observamos el mundo vemos que esto mismo que ha evolucionado para ayudarnos a sobrevivir se ha convertido también en una especie de prisión para nosotros. Nos hemos quedado atrapados en un mundo de sueños, en un mundo en el que vivimos principalmente en nuestras mentes.

Este es el mundo de los sueños del que hablan muchas enseñanzas espirituales antiguas. Cuando muchos sabios y santos antiguos dicen: "Tu mundo es un sueño; estás viviendo en una ilusión", se refieren a este mundo de la mente y al modo en que nos creemos nuestros pensamientos acerca de la realidad. Cuando vemos el mundo a través de nuestros pensamientos, dejamos de conocer la vida tal como es y de conocer a los demás tal como son. Cuando yo tengo un pensamiento acerca de ti, es una cosa que he creado. Te he convertido en una idea. Si tengo una idea acerca de ti y me la creo, te he degradado en cierto modo. Te he convertido en una cosa muy pequeña. Así nos comportamos los seres humanos; esto es lo que nos hacemos los unos a los otros.

Para entender de verdad la causa del sufrimiento y nuestra posibilidad de dejarlo y quedar libres de él, tenemos que observar muy de cerca esta raíz del sufrimiento humano: cuando nos creemos lo que pensamos, cuando tomamos nuestros pensamientos por la realidad, sufrimos. Esto no resulta evidente hasta que no nos lo planteamos; pero el caso es que cuando nos creemos nuestros pensamientos, en ese instante mismo empezamos a vivir en el mundo de los sueños, donde la mente conceptualiza un mundo entero que en realidad no existe en ninguna parte más que en la mente misma. En ese momento empezamos a conocer una sensación de aislamiento, dejamos de sentirnos conectados unos con otros de manera humana, y, por el contrario, nos retraemos cada vez más en el mundo de nuestras mentes, en ese mundo creado por nosotros mismos.

Salir del patrón del sufrimiento

¿Cómo salir de esto, entonces? ¿Cómo evitaremos perdernos en nuestros propios pensamientos, proyecciones, creencias y opiniones? ¿Cómo empezamos a buscar una salida de este patrón del sufrimiento?

Para empezar, tenemos que hacer una observación, que es sencilla pero muy reveladora. Todos los pensamientos (los pensamientos buenos, los pensamientos malos, los pensamientos cariñosos, los pensamientos malignos) se producen dentro de algo. Todos los pensamientos surgen y desaparecen dentro de un vasto espacio. Si observas tu mente, advertirás que cada pensamiento se produce por sí mismo sin más, que surge sin ninguna intención por tu parte. Nuestra reacción aprendida es aferrarnos a ellos e identificarnos con ellos. Pero si somos capaces de renunciar, aunque sólo sea por un momento, a esta tendencia angustiosa a aferrarnos a nuestros pensamientos, empezamos a advertir una cosa muy profunda: que los pensamientos surgen y se agotan de manera espontánea y por sí mismos dentro de un espacio inmenso; que el ruido de la mente se produce, en realidad, dentro de un sentido muy profundo de silencio.

Puede que esto no resulte evidente a primera vista, porque estamos acostumbrados a concebir el silencio y la quietud en términos del entorno exterior. ¿Es silenciosa mi casa? ¿Ha dejado de ladrar el perro del vecino? ¿Está apagado el televisor? O bien, tendemos a concebir el silencio en términos internos. ¿Es ruidosa mi mente? ¿Se han tranquilizado mis emociones? ¿Me siento tranquilo? Pero el silencio o la quietud de que estoy hablando no es un silencio relativo. No es una ausencia de ruido, ni siquiera una ausencia de ruido mental. Es, más bien, una cuestión de empezar a advertir que existe un silencio que está siempre presente, y que el ruido se produce dentro de este silencio, incluso el ruido de la mente. Puedes empezar a darte cuenta de que todo pensamiento surge sobre el telón de fondo de un silencio absoluto. El pensamiento surge literalmente dentro de un mundo sin pensamientos; cada idea aparece dentro de un vasto espacio.

Cuando seguimos observando la naturaleza del pensamiento y, más concretamente, quién o qué es consciente de que se produce el pensamiento, la mayoría de las personas estamos bastante seguras: "Bueno, yo soy el que observa el pensamiento". Eso es lo que nos han enseñado y lo que nosotros suponemos de manera natural, que "tú" y "yo", como individuos separados, somos los que "pensamos" nuestros pensamientos. ¿Quién los iba a pensar, si no? Pero si lo observas con atención te darás cuenta de que en realidad no es cierto que seas tú el que piensa. El pensamiento es una cosa que sucede, sin más. Sucede, lo quieras tú o no, y se detiene, lo quieras tú o no. Cuando empiezas a observar este proceso, te puede impresionar bastante el descubrimiento de que tu mente piensa por sí sola y deja de pensar por sí sola, sin más. Si dejas de intentar controlar tu mente, comienzas a advertir que el pensamiento se produce dentro de un espacio muy vasto. Este descubrimiento es extraordinario, porque empieza a mostrarnos la presencia de algo distinto del pensamiento, y que nosotros somos algo más que el primer pensamiento que nos viene a la mente.

Cuando nos creemos nuestros pensamientos, cuando creemos muy dentro de nosotros que, de hecho, equivalen a la realidad, podemos empezar a ver que esto nos conduce directamente a la frustración, al descontento y, en último extremo, al sufrimiento, a muchos niveles. Este descubrimiento es el primer paso para desenmarañar nuestro sufrimiento. Pero también hay que ver algo más, una cosa más fundamental todavía. Este descubrimiento más profundo se produce mucho después de que hayamos formado nuestras opiniones, nuestras creencias y nuestra capacidad de conceptualizar. ¿A qué se debe que, a pesar de que hemos empezado a advertir que son nuestras mentes las que nos hacen sufrir, seguimos asiéndonos tan profundamente y con tanta vehemencia a ellas? ¿Por qué nos seguimos aferrando a esta identificación, hasta el punto de que a veces parece que es nuestra mente la que se aferra a nosotros? Uno de los motivos por los que hacemos esto es que creemos que nosotros somos, en realidad, el contenido de nuestras mentes: nuestras creencias, nuestras ideas, nuestras opiniones. Esta es la ilusión primordial: que yo soy lo que pienso, que yo soy lo que creo, que yo soy mi punto de vista particular. Pero, para ver más allá de esta ilusión, resulta útil observar con mayor profundidad todavía qué es lo que nos impulsa a ver el mundo de esta manera.

 

Imaginarnos a nosotros mismos y a los demás

Vamos a estudiar cómo formamos una imagen de nosotros mismos a partir de la nada, pues esto es precisamente lo que hacemos. A partir de este vasto espacio interior de consciencia y de quietud, formamos una imagen de nosotros mismos, una idea de nosotros mismos, una colección de pensamientos sobre nosotros mismos; esto es una cosa que nos enseñan a hacer cuando somos muy pequeños. Nos asignan un nombre, nos asignan un sexo. Vamos adquiriendo experiencia a medida que vivimos la vida, al ir pasando por los altibajos de lo que supone ser un ser humano; a cada hecho que nos sucede, cambian las ideas que tenemos acerca de nosotros mismos. Vamos acumulando poco a poco ideas acerca de ese que nos imaginamos que somos. Al cabo de no mucho tiempo, cuando tenemos cinco o seis años, ya tenemos los rudimentos de una autoimagen. La imagen es una cosa que valoramos mucho en nuestra cultura. Mimamos nuestra imagen; vestimos nuestra imagen; procuramos imaginarnos que somos más, o mejores, o incluso menos de lo que somos en realidad. En suma, vivimos en una cultura en la que se atribuye un gran valor a la imagen que nos proyectamos a nosotros mismos y que proyectamos a los demás. [...]

Así pues, en la práctica, todos andamos por la vida presentándonos unos a otros nuestras imágenes, y nos relacionamos los unos con los otros como imágenes. Sea quien sea quien creamos que es otra persona, no será más que una imagen que tenemos en la mente. Cuando nos relacionamos unos con otros desde el punto de vista de la imagen, no nos relacionamos con quien es el otro; sólo nos relacionamos con quien nos imaginamos que es el otro. Y después nos extraña que no nos relacionemos bien, que tengamos discusiones y que nos entendamos tan radicalmente mal unos con otros. [...]

Pero si queremos saber de verdad quiénes somos, si queremos llegar hasta el fondo de esta manera determinada nuestra de sufrir, que surge de que nos creemos que somos lo que no somos, entonces tenemos que estar dispuestos a mirar debajo de la imagen, debajo de la idea que tenemos unos de otros y, más concretamente, debajo de la idea que tenemos de nosotros mismos. [...]

Porque, cuando miramos dentro de lo que somos de verdad (por debajo de nuestras ideas, por debajo de nuestras imágenes), no hay nada. No hay ninguna imagen en absoluto.

Hay un koan zen (un koan es un acertijo que no se puede responder con la mente, sino sólo mirando directamente por uno mismo) que dice: "¿Cuál era tu rostro verdadero antes de que nacieran tus padres?". Naturalmente, si tus padres no habían nacido todavía, tampoco habías nacido tú; y si no habías nacido, no tenías ni cuerpo ni mente. Así pues, si no habías nacido, no podías concebir una imagen propia. Es una manera de preguntar, por medio de un acertijo: "¿Qué eres tú, en realidad, cuando miras más allá de todas las imágenes y de todas las ideas acerca de ti mismo; cuando miras de manera absolutamente directa aquí y ahora, cuando te basas completamente en ti mismo y miras por debajo de la mente, por debajo de las ideas, por debajo de las imágenes? ¿Estás dispuesto a entrar en ese espacio, en el lugar donde no se arroja ninguna imagen, ninguna idea? ¿Estás verdaderamente dispuesto y preparado para ser así de libre y así de abierto?".

(Extracto de El Fin del Sufrimiento)
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Indagación Auténtica - Adyashanti

 

Por Adyashanti

¿Qué es realmente la indagación? Ésta es una buena pregunta. Y como la mayoría de las buenas preguntas, es muy básica. La auténtica indagación es permitirte a ti mismo interesarte, aceptar esa carga ingrávida del interés. Todos sabemos lo que es indagar motivados por un interés intelectual ― preguntar por preguntar o porque piensas que deberías preguntar. Esto no es interesarse. Cuando algo te interesa, se mete dentro de ti. Se mete dentro del caparazón que impide que seas afectado o molestado, el caparazón que impide que sucedan cosas nuevas.

Entonces, al principio, para indagar profundamente acerca de algo, te tiene que interesar. Te tiene que interesar lo suficiente como para dejarlo entrar dentro del caparazón ¿Qué te interesa realmente? ¿Qué te atrae hacia el aquí y ahora, hacia este instante? ¿Qué es lo más importante para ti? Para que haya verdadera indagación, es importante preguntar acerca de algo que sinceramente te interese. La pregunta necesita ser personal, no acerca de una enseñanza espiritual o de algo que esté fuera de tu experiencia. Necesita ser algo que venga de tu interior.

 

Cuando algo te interesa, te interesa desde el interior. Muchas personas se imponen sobre ellas mismas ideas desde el exterior, pero esto no es indagación. Cuando te interesas verdaderamente, entras en una aventura amorosa con aquello que te interesa. A veces te lleva a la alegría, a veces a la confusión. No sabes qué hacer. No sabes hacia dónde estás yendo. Te sientes un poco fuera de control; estás dejando que este interés se meta bajo tu piel. Darse cuenta que te interesa tanto es lo más importante; de otra manera, puedes pasarte toda tu vida poniendo tu interés en lo que otra persona te dice que deberías.

Como mucha gente, tal vez temas averiguar cuán grande es tu interés porque ese interés podría despojarte de ti mismo ¿Cuál es la única cosa que importará al final de tu vida? Sin ella, dirías: “De eso se trataba todo y me lo perdí”. Si tuvieses el mejor trabajo, muchísimo dinero, el/la amante perfecto/a, o cualquiera que sea tu ideal y de repente tu vida se acabase. ¿Qué quedaría todavía por hacer? De eso se trata todo.

Cuando encuentras ese tipo de interés, la indagación tiene cierto poder detrás de él. También encuentras tu propia integridad interior. Encuentras algo dentro de ti que es estable. Hay un lugar en tu interior que está dispuesto a ser un poco loco ― lo suficientemente loco para tomarse la indagación en serio y no considerar nada como sagrado. No considerar nada como sagrado significa que nada se asume como verdadero y que todas tus suposiciones son cuestionables. Cuanto más espirituales sean, más cuestionables son. En última instancia tus suposiciones más sagradas e indiscutidas acerca de ti, de otros y de la vida, son las que más hay que cuestionar.

Muchas personas encuentran que su espiritualidad los lleva hacia afuera. Piensan que están yendo hacia dentro porque han oído la enseñanza espiritual: “Indaga y mira en tu interior”. Mientras tanto, están en las nubes buscando la experiencia espiritual de otro, buscando la experiencia correcta o buscando la experiencia que ellos creen que tienen que tener. Esto es ir por una dirección totalmente equivocada espiritualmente. Indagar es un medio para llevarte de vuelta a ti mismo, de vuelta a tu experiencia.

Cuando la indagación es auténtica, te trae a la experiencia del aquí y ahora, a lo más profundo de ella, empujándote dentro de ella. La pregunta te lleva de vuelta dentro del misterio de tu experiencia. “¿Que soy yo?” te lleva directamente al misterio nuevamente. Si tu mente es honesta, sabe que no tiene la respuesta. Te preguntas “¿Qué soy yo?” e instantáneamente, aparece el silencio. Tu mente no sabe. Y cuando no sabe, hay una experiencia que está viva aquí mismo, ahora mismo. Te chocas contra la nada que hay en el interior ― esa nada, esa nada absoluta que tu mente no puede conocer.

La respuesta no viene en la forma de una descripción o de una frase; es una experiencia directa. Y esta experiencia, tu vivencia, siempre trasciende cualquier palabra o respuesta intelectual. De hecho, la verdad de tu Ser está trascendiéndose eternamente. Tan pronto como se proyecta a sí misma como una cosa, incluso como una profunda revelación, ya se ha trascendido. Así que, eventualmente, la indagación se agota. Tú te agotas a ti mismo. Tu ego se agota. Tu yo espiritual se agota. Lo agotas todo. Te has indagado fuera de todo esto y estás desapareciendo más rápido de lo que puedes reponerte.

Como dijo Nisargadatta Maharaj tan brillante y hermosamente:

“La comprensión última es que no hay comprensión última”.

Cuando está en la cabeza es un increíble pedazo de comprensión; cuando está en el corazón, como dijo Buda, se extingue. Encuentras una experiencia viva del Ser, vacía de contenido, vacía de ti. Aquí es donde el despertar espiritual comienza. Esta es la respuesta viva de la indagación auténtica.

© 2007 Adyashanti
(Traducción de Genaro Trivisonno)
Fuente: Adyashanti.org

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