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Tú eres mi subconsciente- Jorge Lomar

 

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Cuando Freud estaba aventurándose a poner palabras a lo inexplicable y solía comparar la mente humana con un iceberg en el que el consciente es menor de una décima parte del inconsciente, uno de sus más avanzados alumnos, Jung, replicó “Y si el inconsciente es lo que no conocemos ¿Cómo podemos saber qué tamaño tiene en relación al consciente?”. No solo comenzó a cuestionarse el tamaño, también la suposición de que ese gran inconsciente era algo personal. ¿Cómo saber de quién es aquello que desconocemos? Ni siquiera sabemos a quién pertenecen mis pensamientos “conocidos”.

 

El autor David R. Hawkins calculó que el ego tardaba una décima de segundo en atribuirse la propiedad de un pensamiento desde que éste asomaba a la mente. El pensamiento, que es la base de lo que se llama consciente en oposición a inconsciente, según la psicología, es bien conocido por todos nosotros: esa voz que rara vez calla y que sigue ahí dentro proporcionándonos recuerdos, objetivos,  identidades, deseos, temores y todo un torrente de experiencia vigílica y onírica, tanto que a veces no se pueden distinguir. Esa compañera a veces amiga y más veces enemiga de la paz, es nuestro bastón habitual en lo consciente. A poco que profundicemos con cierta humildad, nos damos cuenta de que no tenemos ninguna constancia de que esos pensamientos se hayan creado dentro de “mi”. Esa voz siempre habla de conceptos comunes en una realidad compartida, nunca dice nada nuevo, siempre maneja información conocida, pensada, acabada y compartida, recibida de la cultura, la educación, la comunicación y la interrelación entre las formas mentales previas existentes. El pensador –esa voz- cree que lo puede solucionar todo pero solo cambia las formas de lugar.

Si los inocentes nativos de una tribu amazónica se encontraran con un transistor de radio funcionando estarían asombrados al escuchar la música surgir de una cajita tan pequeña. Le darían vueltas y más vueltas y finalmente algún valiente querría abrirla para descubrir a los maravillosos músicos pequeñitos que se esfuerzan en interpretar bellas melodías dentro de la cajita… pero al hacerlo ¡sorpresa! No hay músicos dentro de la cajita. Y sin querer, han matado a la música. Ellos creen que la radio estaba viva y al dejar de cantar ha muerto. Pero sin embargo, la música que sonaba a través del transistor no dejó de sonar nunca, nunca murió, ni era propia del aparato que la emitía, ni siquiera estaba allí. Esta metáfora nos ayuda a comprender a nuestra consciencia.

Creemos que nuestros pensamientos son nuestros. Creemos que los creamos sin saber cómo. Pero el pensamiento fluye en el mundo de las formas, entre “unos y otros”, como un viento en busca de las velas de tu destino, ya que en la base de lo Real, no existe un “yo” o un “tu” que sea dueño del pensar, sino una sola mente intentando relacionarse consigo misma.

Sintonizamos con esas formas mentales, emocionales o físicas, del mismo modo que una vibración sintoniza con cualquier otra, por resonancia [o si lo prefieres “ley de atracción”]. Es nuestro sistema de creencias, nuestro paradigma, nuestra estructura mental lo que es capaz de sintonizar un pensamiento u otro de la mente global, donde reside el verdadero origen de las formas mentales. Por tanto, la música subyacente e inaudible que somos capaces de sintonizar desde nuestra pequeña mente se convierte en pensamiento dependiendo de las elecciones profundas que hemos realizado en cada momento de nuestra vida, aquello que hemos decidido darle la calidad de verdad. Para eso existe la mente: para elegir… y más allá, para compartirse.

La música del espíritu jamás ha dejado de sonar en nuestra alma. Más profunda aún que la del pensamiento, ella nos susurra que lo aparente es producto de una percepción distorsionada. Que tú y yo somos lo mismo. Que todos somos de una misma mente y aún más profundamente, de un mismo Ser. Este saber milenario se ha transmitido de padres a hijos, de abuelos a nietos, de chamanes a iniciados, de maestros a adeptos, de gurús a discípulos, de físicos cuánticos a periodistas, de filósofos a escuchadores de la Verdad. De modo que ese conocimiento permanece dentro de nosotros como una guía irrenunciable. Puede que hoy no quieras escucharlo, en ello consiste la libertad, pero mañana o pasado tendrás que reconocer lo que eres. La verdad nunca se impone, sino que se comprende o integra en uno mismo por propia voluntad.

Cuando Hew Len, el representante del moderno Ho’oponopono, explica que no hay diferencia entre “allá fuera” y “aquí dentro” está hablando con la misma voz profunda con la que hablan los chamanes de todo el mundo, aquellos maestros que han renunciado a creer lo aparente y se han lanzado al misterio de la vivencia en el mundo simbólico subconsciente. Aquello que ves ahí fuera no es algo distinto de tu subconsciente.

Nos experimentamos como mentes separadas, creemos que la persona que tenemos enfrente es algo distinto que yo. Su historia es distinta, su cuerpo es distinto, su pensamiento es distinto, parece que no es tu historia, ni tu materia, ni tu pensar. Sin embargo lo distinto no es esencial, no es característico del Ser, sino de la forma. Llamo consciente a lo que llamo “yo”, a lo que llamo “mi pensamiento”, a lo que comprendo.  Llamo consciente al camino que a través de “mi” ha tomado la conciencia. Y desde este punto de vista, el subconsciente es esa mente separada que veo delante de mí, ese otro camino de la conciencia que yo desconozco, que no alcanzo a comprender plenamente, que observo y que, demasiado a menudo, juzgo, ataco y excluyo.

El resto de las personas son mi subconsciente. Y digo subconsciente en lugar de inconsciente, porque existen caminos para cambiar la percepción y trazar puentes hacia lo desconocido, hacia el “otro”. Un entrenamiento mental que nos lleva a sentirnos unido en lo esencial con el aparente “otro”.

No hay distinción entre subconsciente personal y colectivo nada más que relativamente a lo que eres capaz de percibir en tu actual estado de conciencia, o siguiendo nuestra alegoría, lo que tu radio es capaz de sintonizar. Tus pensamientos surgen en ti consecuencia de las elecciones esenciales que has realizado: aquello que has decidido creer, aquello que has decidido hacer real en tu percepción, aquello que has decidido ser. Esas elecciones te abren a nuevos canales de pensamiento, nuevas vías de experiencia, nuevos caminos de vida... nuevos encuentros con un subconsciente que se hace consciente a cada paso. Es en las raíces de tu libertad profunda de elegir lo que crees donde radica tu destino.

Mi pasado quedó cristalizado en forma de recuerdos interpretados, ideas o pensamientos solo gestionados por mi particular punto de vista. El resto de los matices de lo vivido quedó enterrado en el gran océano subconsciente y dejó de pertenecer a mi “yo”, tan solo porque no lo elegí. El pasado, el futuro, las mentes de todos los seres que me parecen “otros”, todo ello junto con los universos insondables de la mente única, configuran mi grandísimo subconsciente.

Hay quien dice que el miedo primigenio es el miedo a lo desconocido. No nos engañemos. El miedo es lo desconocido, el miedo surge de la inconsciencia, del desconocimiento. Surge del dolor primordial de percibirnos separados. Separados de la Verdad, buceando en ese vasto desconocimiento. Separados de otras mentes, otros seres aparentemente incompletos. Separados en un ahora insatisfecho, un instante aparentemente incompleto ante el olvido y la incertidumbre inmensos. Conscientes de tan poco que confundimos lo esencial, que separamos entre dentro y fuera, entre tú y yo. Entre ser y no ser.

Cuando soy capaz de entrenar mi mente en la nueva percepción de que “tú eres mi subconsciente”, desaparecen las víctimas y los verdugos, me reconcilio con un universo mental y unido. No es el final de un camino, sino el principio de una nueva percepción. Soy capaz por primera vez de ver auténticamente que tú y yo somos uno.

Jorge Lomar
Escritor, facilitador, ponente. Presidente de la Asociación Conciencia.
www.jorgelomar.com

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Amar Realmente- Jorge Lomar

 

¿Qué es amar realmente? Pues expresar la verdad que somos. Amar es cada muestra consciente de que eres algo profundo, eterno, inteligente y auténtico. De que eres Amor.

Amar no consiste en hacer nada tipificado o concreto. No hay un decálogo del amor que puedas consultar. Del mismo modo que la conciencia social es miope a la hora de evaluar lo que constituye el éxito, está bastante desorientada también para identificar lo que lo hace posible. No es capaz de percibir el amor auténtico. Y es lógico, ya que el amor auténtico no es perceptible a simple vista. No es tan evidente como un abrazo, como una limosna o como un aplauso. El éxito en el amor auténtico la mayor parte de las veces tan solo lo percibe uno mismo.

Amas cuando sientes que eres Amor, cuando has expresado que lo eres más allá del miedo, la culpa o el dolor propios de la experiencia humana. Cuando ves que el otro, es Amor. Cuando has revelado tu unidad con los demás. Amas cuando has reconocido que lo aparente no es lo real, y lejos de dejarte engañar, has mostrado lo esencial. Amas cuando eres la Verdad.

La expresión del Amor surge desde el profundo darse cuenta de que la otra persona y yo estamos íntimamente entrelazados en un mismo proceso, ella es el espejo psicoemocional de mi subconsciente.

Todas las relaciones son de amor. Yo soy lo que él es, no existen víctimas ni verdugos. Solo situaciones en las que la vida nos da otra oportunidad para amar, para desvelar la verdad, para dar un portazo al miedo, para ser libre de mis propios condicionamientos y programaciones

. Amar el momento, amar la vida, amar la existencia. Descubrir que no tengo porque interpretar mi personaje de dolor, lucha, resentimiento, carencia, culpa y miedo. Y vivir al fin.

El éxito es la consecución de un objetivo.
Falta preguntarnos:
El objetivo de quien?
De tu programa mental o personaje? ¿O el objetivo de tu alma?

En tu más profundo interior, tu alma solo considera un éxito posible: amar. Y en este éxito exploras tu más alta conciencia, la inteligencia del amor que habita en tu ser.

La inteligencia más alta es la capacidad de ver la Verdad. La verdad es que somos amor. Esta inteligencia es la mirada del Amor, que reposa tanto en ti como en los demás, a pesar de lo que aparente pasar.

Y este es el amor que llamamos “incondicional”. ¿Y cómo vamos a amar incondicionalmente si nuestra mente permanece tan condicionada?

Para amar verdaderamente deberemos elegir el camino de hacernos reales, la autorrealización. Este camino comienza con el paulatino descubrimiento del personaje que hemos creído ser.

El camino termina cuando nos sentimos libres de encarnar el personaje o bien expresarnos desde lo real. Esta es la mente incondicionada, la que no necesita seguir representando el personaje con tu nombre y apellidos.

Solo una mente incondicionada puede expresar amor incondicional y disfrutar el profundo y eterno éxito de ser Amor.

Aunque su expresión haya durado un instante, una chispa de luz, la marca en tu conciencia de una experiencia de amor auténtico te transforma, te hace distinto. Éste es el auténtico camino del éxito.

 

Gracias, pues solo hay amor
 

 

 

En mi experiencia, la práctica es continua. Al principio me dio la impresión de que tanto las instrucciones como las formas que mi práctica tomaba, venían de fuera. Y por tanto veía la práctica como algo relacionado con el esfuerzo. En tales momentos todavía la culpa reemplazaba a mi capacidad de darme cuenta, y no entendía la práctica como un descanso o una liberación a la que yo accedía por propia voluntad.

Hoy he tenido una reacción programada, si, de nuevo. Y no importa, pues las reacciones siguen ahí como un indicativo del pasado que perdonas. Pero no me he olvidado de que mi objetivo es ser feliz ahora y, por tanto, he acudido a mi interior, al centro de mi Ser, en donde mi maestro me espera siempre.

Al hacer mi práctica, una vez más, poco a poco, me he encontrado de nuevo con el corazón radiante hasta disolver el ataque. He sentido renacer. Y se ha extendido la alegría y la motivación. Es un encuentro ya tan conocido. Un sentir de poderosa dulzura, de ver inocente al otro, de comprender como todo está entrelazado con todo, en definitiva, una clara respuesta de la unidad en mi conciencia.

He sentido la presencia del amor dentro de mi, y lo falso no ha podido engañarme.

Una vez más, he visto el ataque y lo he podido soltar. Me he mostrado que el amor es capaz de disolver cualquier obstáculo, y me siento tan feliz y a salvo ante tal verificación, que solo puedo celebrarlo.

Gracias, pues solo hay amor... Solo mi aparente pasado desafía tal certeza. Y estoy dispuesto a dejarlo ir para que repose de nuevo, en manos del amor.

Gracias, pues solo hay amor.

www.jorgelomar.com

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JORGE LOMAR: TRES GESTOS DE 30 SEGUNDOS PARA TU LIBERTAD

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No te dejes llevar por juicios sobre lo que ha hecho (tu nombre) o lo que debería hacer. Suelta esa manera de pensar ahora mismo. Es un juicio a lo que ha pasado o a lo que pasará. Y eso es miedo. Suéltalo. Treinta segundos. Siente el silencio junto a la paz, únete a la confianza en el presente y permite totalmente todo tu pasado y todo tu futuro mediante tu permitir pleno de este momento.

30 segundos…

Libera al otro (sea quien sea) del mismo modo, permítele todo internamente. Entrégate a sentir que el otro es tan libre como Dios le ha hecho, totalmente libre para jugar como juega, soñar como sueña, decir lo que dice y hacer lo que hace, pensar lo que piensa… todo. Es totalmente libre, porque es el hijo de Dios contigo. Es totalmente libre porque eres tú. ¡Libérale totalmente!

30 segundos…

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Aísla el momento presente de toda historia con tu silencio, pues si tú quieres, reconocerás que es totalmente independiente e invulnerable del pasado y del futuro. Déjate llenar de tu Ser para descubrir tu total libertad ahora mismo. El pasado no puede afectarte. El futuro tampoco. Tu voluntad de unidad es el único poder que hay. Decide total paz ahora, para que tu voluntad se una a la simplicidad, ligereza y ausencia de esfuerzo de este momento. Conócete con Dios.

30 segundos…

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JORGE LOMAR: HUMILDAD, SABER QUE NO SÉ -Por Jorge Lomar

 

En tu avance hacia el conocimiento de lo que significa vivir el perdón, primero tomas conciencia de la necesidad de aceptar el sentir, lo cual te lleva, en cuanto es posible, a una respuesta de paz y atención ante el grito del niño interno. Yo siento. Se trata de un paulatino pero profundo entrenamiento en la renuncia a la interpretación programada del sentir, ya que siempre implica algún truco para evadir la experiencia o para hacerte sentir culpable, por mucho que prometa buscar saber. El desarrollo de la auténtica sensibilidad es un trabajo de ampliación del darte cuenta, pues te lleva a reconocer el conflicto sentido sin posibilidad de evasión pensada.

Posteriormente profundizas en la noción de responsabilidad que implica dejar de proyectar la emoción afuera, soltar el personaje de víctima y asumir la responsabilidad de las propias percepciones, interpretaciones y creencias que dan lugar al sentir. El conflicto está en tu mente. Sin embargo, antes de poder elegir un cambio de percepción, aún hay un obstáculo primordial que se interpone entre el conflicto y el perdón: la arrogancia de creer que sabes.

 

LA ILUSIÓN DE SABER

El personaje vive la constante ilusión de que sabe y de que conoce las causas por las que pasan las cosas. Cree en sus sentidos, en su historia, en su percepción, en sus propias interpretaciones y en sus proyectos de futuro. Por supuesto, cree en su manera de entender lo que siente. Y además cree en la cultura, en la ciencia o en la religión, en lo que le cuentan los medios de comunicación y los expertos. Cree en el mundo, incluyendo todas sus controversias. Nunca imaginaría que la percepción colectiva está dominada por un programa de conflicto.

Al personaje, convencido de tener razón, no le gusta nada dejar de tenerla y sujeta el conflicto a base de arrogancia y orgullo por mucho que sufra y haga sufrir. La arrogancia es el sello característico del ego. Este se expande al mostrar lo que sabe, al corregir al otro, al indicarle su conocimiento. Si sabe, vale. Si sabe, es mejor. Si sabe, cuenta para los demás. Saber significa pintar algo a ojos de los demás, y esto es algo que el personaje necesita conseguir por cualquier medio. Porque se define constantemente mediante la mirada de los otros, tal como él define a los demás con el juicio y la clasificación. De hecho, para el programa conocer significa clasificar el mundo y juzgar adecuadamente cada cosa separada como deseable o despreciable.

El trabajo del perdón es exclusivamente interno, porque manejas el paradigma por el que tú eres mente y por tanto responsable de la experiencia que vives. Si bien, en el mundo de los cuerpos y lo físico, la arrogancia se puede medir por varios parámetros y conductas, si entiendes que eres mente, solo hay un criterio para detectar la arrogancia: ¿crees conocer la verdad? La arrogancia es la ilusión de saber.

Tal vez consigas aceptar lo que sientes. Incluso puedes reconocer que lo que sientes corresponde a tu propia interpretación del asunto. Aun así, al creer que tu interpretación es correcta, das validez a tu visión del mundo, por mucho conflicto que te produzca, y así no hay cabida para una nueva percepción. Eres víctima de la percepción, pues estás llamando realidad a la percepción errónea de tu interpretación condicionada.

La arrogancia pone al programa por encima del sentir e ignora la intuición fundamental de que, si me siento mal, es que percibo mal. En otras palabras, la arrogancia dice: «Sufro, pero tengo razón».
Y con tal de mantener viva la ilusión de saber, de ser una mente más correcta que la otra, de sentirte superior, el conflicto sigue sujetándote sin permitir a la luz entrar en el corazón. Y sin darte cuenta, en el calor del orgullo, estás dilatando la vida de la ignorancia y demorando el acceso a la comprensión al negarte a aprender.
La ignorancia sobrevive arropada por la arrogancia.

En medio de la arrogancia de creer que sé, me niego a aprender, lo cual significaría cambiar mi percepción. Esto solo puede suceder una vez que he reconocido que no sé. La ilusión de que sabemos la verdad y tenemos razón indica que no necesitamos aprender nada, y por tanto cerramos la puerta a nuestro maestro interno. El perdón se estanca ante la mente que no sabe que no sabe.

 

¿QUÉ SÉ YO?

Bien, ¿y qué sabemos? Miremos por un momento más allá del saber programado y dejemos a un lado todas las ilusiones.
Durante siglos creímos que la tierra era plana. Cuando descubrimos que era redonda, pensamos que el sol y las estrellas giraban en torno a ella. Hoy se sabe que los sentidos nos engañan y que la materia es solo una forma de percibir ondas de información. Las explicaciones que la ciencia da sobre los fenómenos varían cada pocos años, durante los cuales asegura que son ciertas. Pasado ese tiempo, una nueva teoría barre con todo lo anterior y da la impresión de que por fin se ha hallado la explicación. No sabemos nada.

Los economistas presumen de conocer las causas del pasado para poder seguir vendiendo prospecciones de futuro. No importa que acierten a veces y a medias, el negocio de la venta de seguridad siempre funciona. Todos los expertos creen conocer las causas de lo que pasa en el mundo, pero siempre de acuerdo con su propio marco teórico, es decir, dentro de un sistema de pensamiento que hay que aceptar como verdadero aunque se base tan solo en teorías. ¿La evolución de las especies? ¿El big bang? ¿La gravedad? Teorías basadas en observaciones interpretadas según cierto marco de conocimiento concreto. Las verdaderas causas de todo siguen siendo un misterio. No sabemos nada.

No sabemos quiénes somos. La filosofía se ha hecho esta pregunta desde el origen de los tiempos, cambiando sus elucubraciones una y otra vez como van y vienen las olas en el mar. El hecho de hacerse esta pregunta tan insistentemente revela la tremenda confusión que existe al respecto. No sabemos por qué estamos aquí. No sabes porqué tu padre es tu padre, porqué has nacido donde has nacido ni por qué precisamente esta persona fue tu pareja y luego se fue. No sabes por qué enfermas, ni siquiera sabes porqué el cuerpo se deteriora y muere. No sabemos el propósito de nada.
La causa de las cosas

Los niños viven una etapa en la que el mundo los sorprende y desean conocer las causas de las cosas. Durante este periodo, ellos saben que no saben, y, por tanto, preguntan constantemente. Por ejemplo, un niño te pregunta: «¿Por qué llueve?». Tú, como adulto que sabe, te sientes honrado por poder iluminarlo. Y le contestas con mucha seguridad y cierta altanería: «Llueve debido a las nubes. El agua de las nubes se condensa y cae, produciendo la lluvia». Pero al niño no le basta esta pequeña explicación. Entonces hace otra pregunta: «Sí, pero ¿por qué hay nubes?». Bueno, ha llegado el momento de deslumbrarlo con tu conocimiento científico: «Verás, hay algo llamado evaporación. Debido al calor del sol, el agua del mar se evapora y se forman las nubes». Esto es algo que te contaron a ti cuando eras pequeño, estás seguro de que es verdad y de que ahora la explicación está completa. Sin embargo, el niño no piensa lo mismo: «Ya, pero ¿por qué sucede la evaporación?». Vaya, la cosa se complica en este punto. Ahora ya no estás tan seguro de poder acertar con una respuesta, pero mejor será decir algo, pues, de otro modo, ¿qué va a pensar de ti? «Bueno, en el mundo hay leyes naturales que hacen que todo funcione». «¿Ah, sí? ¿Y por qué hay leyes naturales? Y otra cosa: ¿y por qué fallan cuando hay sequía?». «No sé, la verdad es que no sé».

Gracias a la ayuda de una mente que no se conforma con la explicación programada, has podido reconocer que no sabes por qué llueve. Pero creías saberlo. Si no conoces las causas previas a la que tú crees que es la causa de algo, en realidad no sabes la causa. Y como en realidad ignoras la causa del universo, no conoces la causa de nada.

Has llegado a descubrir algo que es obvio, pero que, debido a la arrogancia del ego, está sumamente escondido. El conocimiento del mundo no es otra cosa que ignorancia y confusión, un apaño constante para seguir adelante en el laberinto de prueba y error.
El conocimiento del mundo promete hacerte feliz, pero no lo hace. Solo el conocimiento de ti mismo te puede hacer feliz. Y el falso conocimiento programado tiene precisamente la función de esconder el conocimiento de tu realidad. Por ello, todo el conocimiento del mundo se basa en que eres un cuerpo en un mundo de cuerpos, mientras que el autoconocimiento se basa en que eres mente.

 

EL MUNDO OCULTO DE LAS CAUSAS

Si tú eres mente que experimenta, ¿dónde pueden estar las causas de lo que experimentas sino en ti mismo? Las causas de todo lo que percibes están en la mente. Sin embargo, resulta evidente que no conoces las causas de nada. Y esto es así porque todas las causas del mundo que percibes están separadas del consciente y muy bien escondidas en el subconsciente. Simplemente no puedes conocer las causas de las cosas, porque todo lo que experimentas en el consciente brota desde el subconsciente colectivo. Y por ese motivo todas tus explicaciones terminan siendo ingenuas, incompletas o transitorias. Tu percepción es dramáticamente incompleta y selectiva. Es imposible conocer todos los factores que se extienden desde tu pequeña percepción hasta los confines del universo. El consciente está tan separado del inconsciente que incluso se te olvida que este existe, y crees que lo que ves son causas, cuando solo son efectos.

 

TODO LO QUE VEO SON EFECTOS

El mundo de lo perceptible es siempre un efecto del inconsciente colectivo. Las verdaderas causas están escondidas. Para operar en las causas necesitas ayuda, pues tú no sabes nada. Ni siquiera sabes que no sabes. Saber que no sé es la manera de aprender a aprender.
No sé

que Se yoEl momento en que reconoces profundamente que no sabes es un instante de pura desprogramación en el cual te liberas del pasado, de la cultura, de la genética, de toda tu historia y de todas las historias del mundo. Es la vivencia consciente de la liberación del programa perceptivo que aprisiona tu conciencia desde el inconsciente colectivo.

Lo que llamamos el consciente es conciencia aprisionada por el inconsciente.

Di no sé, respira y siente. No sé. No importan estas dos palabras. Lo que verdaderamente importa es el instante de presencia descondicionada al que te lleva esta práctica. Un instante liberador en donde el tiempo no pesa.

Puede ser que al principio te digas: «¿Cómo no voy a saber? ¡Tengo que saber!». Esta es una defensa habitual del programa, ya que no le gusta nada que juegues a cuestionarlo. Te hace creer que sin él tú no puedes estar seguro. Sin embargo, fíjate bien en lo que te estoy diciendo. Has reconocido desde el fondo de tu conciencia y con la máxima honestidad que en realidad no sabes algo que creías saber. Por tanto, no se trata de que tengas o no que saber, sino de la verdad sobre lo que sabes. El sentir de liberación proviene precisamente de que te das cuenta de que la verdad es que no sabes. ¡Te has liberado de una ilusión! Ahora reconoces que es la ignorancia la que verdaderamente te aprisiona, disfrazada de falso conocimiento.
Mi no saber era en sí mismo conocimiento del hecho de que todo conocimiento es ignorancia, de que «yo no sé» es la única afirmación verdadera que la mente puede hacer.

Desde la mente programada, cuando vislumbras que no sabes, te asustas mucho ante lo desconocido, pues, según el sistema de pensamiento basado en el miedo, sientes que, sin conocimiento, sin estrategia y sin precedentes, no puedes controlar la situación y por tanto te encuentras indefenso ante el peligro.

La mente programada prefiere suponer, adivinar, indagar, investigar, hacer hipótesis o pedirlas a los demás, comprar seguridad o fabricarla, lo que sea antes que reconocer que no sabe. Considera preferible vivir de ilusiones a vivir el pánico de perder el control. Es lógico, pues ignora lo que es la comprensión. No puede entender que, precisamente, uno ha de reconocer que no sabe para abrirse a saber de verdad.

 

LA CULPA POR NO SABER

¿Y por qué vas a saber? Has hecho caso a tus sentidos que están diseñados para mostrarte lo que el programa quiere que veas; has hecho caso a una cultura sometida al programa; has tenido profesores que no sabían, padres que no sabían, amigos que no sabían. ¿Por qué tendrías que saber? Es perfectamente normal que no sepas. Al reconocer que no sabes, das un gran paso hacia la sabiduría. Como reza el famoso dicho zen: «Has de vaciar la taza».
Por tanto, no hay culpabilidad alguna en no saber, por mucho que el programa al principio te quiera hacer creer que tienes que saber. Es absurdo tener que saber cuando uno se da cuenta honestamente de que no sabe, y resulta arrogante inventarse una respuesta solo por no reconocer que no se sabe. Toda suposición, invención o adivinanza es una falta de responsabilidad derivada del temor a no saber.

Como el programa es la perspectiva del ego y, por tanto, la perspectiva de la soledad, uno ha de saberlo todo, ya que el «conocimiento es poder», y has de saberlo tú antes que los demás… ¡Lo sepas o no! Si no lo sabes, es de vital importancia que investigues urgentemente. Pregúntale al dios Google, a tus amigos, a los expertos, al programa de televisión, a la enciclopedia… Investiga para borrar este miedo a no saber. La peligrosa vida está ahí afuera y, si te demoras en preparar tu defensa, te puede aplastar.
Es cierto que la ignorancia es peligrosa, aunque solo bajo el punto de vista de que hace sufrir. Pero el programa no puede enseñarte qué es la ignorancia, ni mucho menos que el miedo es ignorancia, pues estos son los fundamentos que lo rigen a él mismo. No puede atribuir el sufrimiento a su misma razón de ser, ya que entonces lo abandonarías. Al contrario, te impulsa a buscar la causa del dolor en algo externo que hay que investigar. La constante competición contra la vida y contra los demás hace del aprendizaje un tenso y serio asunto de supervivencia y seguridad. Para el programa, la tensión es atención y el miedo es necesario como motivador.
Reconoce que no sabes y regresa al presente. No sé. No tengo por qué saber.

Vivo en el inconsciente; saberlo es humildad.
La humildad solo puede proceder de la confianza en el Ser. Esta confianza es la que invoca a tu maestro interior. Tu fe en la comprensión, tu confianza en la vida, te une al recuerdo de tu realidad. Has pasado de una mentalidad a otra. En lugar de creer en el profesor de la locura, ahora estás entregado dulcemente al maestro del amor.

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