Tara Brach lleva más de 35 años practicando y enseñando meditación budista, salud emocional y despertar espiritual, con énfasis en el método vipassana de conciencia plena o auto-observación. Ella llegó a completar un programa de formación budista de cinco años en el Centro “Spirit Rock Meditation Center”, bajo la dirección de Jack Kornfield. Es profesora y fundadora de la Comunidad de Meditación de Conciencia de Washington (Insight Meditation Community of Washington). Entre sus libros están: Aceptación Radical y El verdadero refugio.

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El misterio de quiénes somos

Los niños estaban en clase de arte, sentados en varias mesas, trabajando en sus proyectos. Una niña estaba trabajando muy bien, enfocándose completamente en lo que tenía delante suyo. La profesora se acercó para ver qué hacía. Después de observar por un rato, le preguntó qué estaba dibujando.

Con mucha confianza, la niña dijo, “Estoy dibujando a Dios.”

La profesora se rió y dijo, “Pero cariño, nadie sabe cómo se ve Dios.”

Sin ningún titubeo y sin levantar la cabeza, la niña respondió, “¡Se sabrá en un momento!”

Esta historia me hizo pensar. ¿Qué nos pasó?  ¿Dónde se fue nuestro espíritu?  El estado salvaje de Dios, del espíritu, como dice el escritor John O’Donahue. Es como si se nos olvida o nos desconectamos de la espontaneidad y el ánimo que expresa la esencia de nuestro espíritu.

Probablemente la pregunta más profunda en cualquier tradición espiritual es: ¿Quién soy? Si miramos más allá que los papeles que hacemos y las imágenes que nuestra cultura nos da, más allá que las ideas que interiorizamos por nuestra familia, ¿Quién está aquí de verdad? ¿Quién está leyendo ahora? ¿Quién está mirando todo por estos ojos? ¿Quién es el que escucha los sonidos que están alrededor mío?

El Buddha dice que sufrimos porque no sabemos quiénes somos. Se nos ha olvidado quiénes somos. Sufrimos porque nos identificamos con un ser ilusorio que es mucho más estrecho que la verdad, mucho menos que la totalidad de quiénes somos. Muy a menudo nos limitamos a los papeles que nos tocan vivir, ser padres, ayudantes, jefes, pacientes, víctimas, jueces. Resulta que nos enganchamos a nuestra apariencia, nuestro cuerpo. Nos aferramos fácilmente a nuestra personalidad, nuestra inteligencia. Nombramos y contamos nuestros logros. Todo esto forma nuestra identidad, quién creamos que somos. Y la verdad es que esta mezcla, esta constelación, es mucho más pequeña que la verdad. No incluye toda la presencia y todo el amor que está aquí. La esencia sagrada dentro de nosotros es mucho más grande.

Mi amigo, un pastor, me contaba acerca de una reunión interreligiosa que empezó con la siguiente pregunta: ¿De qué manera debemos referirnos al Espíritu o la Divinidad? ¿Qué nombre debemos ponerle? Enseguida alguien preguntó:

“¿Deberíamos llamarle Dios?”

“De ninguna manera,” responde una mujer que era Wiccan. “¿Qué tal Diosa?” ella dice.

“Uf, responde un pastor de denominación bautista. Él propone, “Espíritu divino.”

“No,” declara rotundamente un ateo.

La discusión sigue así por un rato más. Al final, un indígena norteamericano propone llamarle El gran misterio, y todos se ponen de acuerdo. Estaban de acuerdo porque al llamarlo así no importaban los conceptos de sus religiones. Todos podrían reconocer que lo divino, lo sagrado es un misterio.

Cuando vamos por la vida dándonos cuenta que pertenecemos a este gran misterio, y que este misterio vive dentro de nosotros y fluye por nuestros cuerpos, ocurre un despertar en nuestra alma que nos otorga libertad y vida nueva.

 

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No importa lo que pase…lo más importante es cómo respondemos

 

Una de mis historias preferidas cuenta lo que pasaba hacía décadas cuando los ingleses colonizaban la India. Querían hacer un campo de golf en Calcuta. Aparte del hecho de que los ingleses no deberían haber estado allí, en Calcuta, el campo de golf no era buena idea. Un gran desafío del proyecto era que muchos monos vivían por la zona.

Resulta que los monos también querían “jugar” al golf, y para mostrar su interés en cada jugada, entraban en el campo y tiraban las pelotas por todos lados. ¡Qué molestia para los golfistas! Como era de esperarse, intentaron controlar a los monos. Primero, con mucho tiempo y energía, construyeron vallas altas que rodeaban el campo. Los monos, muy hábiles, escalaban y podían entrar en el campo de todas maneras. Las vallas no eran una solución. Luego, intentaron distraerles. Yo no sé cómo — a lo mejor su solución era darles plátanos — pero por cada mono que seguía los plátanos, otros dos se le unían. Más y más monos terminaron entrando en el campo para pasarla bien y compartir en la merienda.  Desesperados, los golfistas decidieron atraparlos para llevarlos a otro sitio, pero ese plan tampoco les funcionó. Por cada mono que atrapaban, aparecían más familiares aficionados a jugar con las pelotas de golf. La solución final fue establecer la siguiente regla: En este campo de golf  de Calcuta, todos los golfistas tienen que seguir jugando donde sea que el mono deje la pelota.

Sí, ¡esos golfistas llegaron a una solución!

Todos queremos que la vida sea de cierta manera, y claro que la vida no siempre se cumple según nuestros deseos. A lo mejor, la vida sí está yendo de acuerdo a nuestros planes por un tiempo. Este aparente control hace que pensemos que siempre será así y terminamos aferrándonos a los momentos en los cuales todo va bien. Sin embargo, todo cambia. Nada es permanente. A veces pareciera  como si los monos nos están dejando las pelotas de golf exactamente dónde no las queremos. ¿Qué podemos hacer?

 A menudo, cuando algo no sale como esperamos, es común echar la culpa a nosotros mismos o a los demás. Puede ser que nuestra manera de reaccionar sea que nos pongamos agresivos. O es posible que nos sintamos victimizados, cómo si el único recurso a nuestra disposición es rendirnos. A veces, para tranquilizarnos usamos la comida y la bebida como sedantes. Pero, lo que está claro es que todas estas reacciones no nos ayudan de verdad.

¿Cuál es la verdadera solución? Si vamos a encontrar paz y libertad, nos  hace falta hacer una pausa y decir, “Bueno. Los monos han dejado la pelota aquí. Jugaré desde aquí, tan bien como pueda.”

¿Cómo lo hacemos?

¿Qué pasa si hacemos una pausa y nos conectamos con la presencia interior?  Si pensamos en una situación en la vida en que todo no va según nuestro plan — en la cual los monos han dejado la pelota donde menos nos esperamos. Puede que sea en una relación que nos pone nerviosos o alguna inseguridad.  ¿Qué tenemos que hacer para “continuar el juego de donde sea que haya caído la pelota”?   Si pudiéramos acceder a nuestra sabiduría, nuestra compasión, ¿cómo responderíamos a estas circunstancias?

Una de las grandes lecciones relacionadas con la vida espiritual es: no importa lo que pase en la vida. Lo que importa es cómo respondemos a lo que está delante nuestro. La manera en que respondemos determina nuestro estado de felicidad y alegría. Determina nuestra tranquilidad personal.

¿Qué pasaría en el juego de la vida, cuando un mono nos mueve la pelota al sitio menos esperado, si en vez de reaccionar, tomamos una pausa y respondemos con presencia?

 

Fuente: Blog de Tara Brach

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Traducido con Amor desde...https://www.tarabrach.com

A menudo hablo de cómo el sufrimiento surge de las partes invisibles y no sentidas de nosotros mismos. Solo cuando nos damos cuenta de lo que está allí y traemos presencia a lo que hemos estado huyendo podemos descubrir plenitud y libertad.

Lo mismo ocurre cuando exploramos nuestras relaciones con los demás y con el mundo. No podemos ser libres si estamos sacando a alguien de nuestros corazones. Si descontamos, rechazamos o apartamos, no estamos viviendo nuestra totalidad. Crea sufrimiento. Cuando vivimos en el resentimiento, nos hemos separado y nos hemos apartado de nuestro sentido de  pertenencia.

El otro Irreal

Todas las formas de vida están diseñadas para percibir la separación. Es parte de nuestra historia evolutiva. Y en momentos en que nos encontramos atrapados en la reactividad o en algún conflicto o división, creamos lo que llamo un otro irreal. 

Creamos un otro irreal cada vez que comenzamos a sentir aversión y distancia con otro. Existe ira, la culpa y el resentimiento que a veces sentimos en nuestras relaciones cercanas, pero también hay un nivel de expulsión de las personas de nuestros corazones en una escala mayor, donde nuestras percepciones de nosotros mismos y de los demás se filtran a través de estereotipos. . Con demasiada frecuencia, ni siquiera somos conscientes de que esto está sucediendo. Es posible que hayamos etiquetado a un grupo de personas como diferentes , inferiores , malas o incluso peligrosas. Ya sea con un compañero o un niño, un candidato político, o incluso más globalmente, cuando estamos atrapados en una reactividad aversiva, hemos creado un otro irreal.

El sufrimiento de los estereotipos y predisposiciones.

Cuando estamos en la estrecha identidad de la separación percibida, no tenemos acceso a las partes más evolucionadas de nuestro cerebro que pueden ser conscientes y compasivas. Todos tenemos filtros fuertes que nos diferencian de los demás al definirnos en términos de política, raza, religión, orientación sexual, identidad de género, condición socioeconómica y apariencia física, y todos hemos estado en situaciones en las que hemos estado sometidos a  estos sesgos - cuando las personas nos vieron a través de un filtro que no era cierto-. Cuando no nos damos cuenta de cómo estamos influenciados por estas predisposiciones, crean una separación y ese sentido se amplifica por nuestra cultura y la sociedad en que vivimos a través de sus estándares, actitudes e historias. Al igual que los peces en el agua, no nos damos cuenta de cuánto moldea nuestra realidad. Estamos tan acostumbrados al juicio, que crea un tremendo sufrimiento.

Building Bridges es un programa que ha llevado a adolescentes de diferentes orígenes, en este caso, a palestinos e israelíes, a vivir juntos por una o dos semanas y conocerse mejor. Es una experiencia increíble basada en la atención plena y la escucha compasiva.

En un grupo, una niña palestina compartió su historia sobre los soldados israelíes que irrumpieron en la casa de su familia y golpearon a todos y, después de darse cuenta de que estaban en el lugar equivocado, se fueron sin disculpas.

El facilitador del grupo luego le pidió a una niña israelí que repitiera la historia en primera persona, como si le hubiera sucedido, incluidos los sentimientos, la rabia y el terror, que ella podría haber sentido. Después de escuchar a los israelíes contar su historia, los palestinos comenzaron a llorar. La primer niña  dijo: "Al fin mi enemigo me escuchó".

Mirando a través de los ojos de otro

Abrirse a un sentido más amplio de Ser, siempre comienza con sentir cómo nos hemos convertido en nosotros mismos. Si no somos capaces de abrirnos a los lugares de vergüenza, temor y dolor dentro de nuestros propios cuerpos y corazones, no podemos tener el coraje y la presencia para estar con el sufrimiento de otro.

El siguiente paso es comenzar a explorar mirando a través de los ojos de aquellos con quienes podemos sentirnos a cierta distancia en nuestro círculo inmediato: nuestra pareja que sigue incumpliendo su palabra, nuestro hijo que se comporta de manera irrespetuosa. Este es el dominio de nuestra práctica en el que podemos notar cuando estamos en el trance de la separación y hemos creado un otro irreal y comenzar a profundizar nuestra atención. 

En las enseñanzas de compasión budista, esta presencia plena es el fundamento de Tomar y enviar: una práctica de compasión que nos guía para captar la experiencia de otra persona y luego enviarle atención. Esta práctica nos despierta del sentido de separación, y podemos comenzar a vivir desde la realidad de nuestra pertenencia compartida.

Me encantan las palabras de Henry David Thoreau:

"¿Podría ocurrir un milagro mayor que el que nos miremos a los ojos por un instante?" 

Podrías tomarte un momento para reflexionar: ¿Cómo sería, en este momento, mirar a través de los ojos de otro?

 Hazlo para ampliar los círculos de compasión y ser parte de la curación de nuestro mundo.

 

 

https://www.tarabrach.com/blog-looking-eyes-another-transform-separation-shared-consciousness/#_ftn2

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Aprendiendo a responder, no reaccionar- Tara Brach

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Nuestra tendencia es perdernos en un ciclo de reactividad. Para salir de este patrón, nos hace falta cultivar la capacidad de hacer una pausa, reconocer el presente, y abrir el corazón y la mente hacia lo que hay delante nuestro

Uso la metáfora de la segunda flecha muy a menudo, porque ayuda mucho. El Buddha contaba un parábola que enseñaba lo siguiente:

“Si te dan una flechazo, te darías otro hacía ti mismo?”

La primera flecha es cuando observamos la manera en que vivimos cada día, cuando observamos lo que pasa, cuando tomamos en cuenta cuando nos duele el cuerpo, cuando notamos que alguien nos trata con una falta de respeto, cuando nos damos cuenta que algo malo le pasa a alguien que queremos. Tirar la segunda flecha en ese caso sería culparnos a nosotros mismos o culpar a los demás. Tirarla es reaccionar con la mente o el cuerpo. La reactividad no nos trae una solución. No nos cura. No nos ayuda.

La sanación y la liberación de nuestro Ser son el producto de la no proliferación de nuestros pensamientos.

Limitar la influencia de los pensamientos es tener la sabiduría de hacer una pausa y llegar en todo momento al presente. Así accedemos a la sabiduría y la compasión que forma una parte fundamental de nuestro ser. De esta manera no reaccionamos con miedo sino respondemos inteligentemente.

La meditación nos ayuda a responder inteligentemente ya que no da la oportunidad de deliberadamente hacer una pausa, reconocer lo que está sucediendo, y abrirnos al espacio que está aquí delante nuestro. Digamos que uno comete un error y automáticamente entra en el hábito de repudiarse. Si en ese momento uno pausa y dice:

“Muy bien. Me voy a sentar, voy a estar aquí ahora y hacer una pausa. ¿Puedo reconocer lo que pasa en esta situación? ¿Puedo reconocer y identificar lo que está aquí delante mío – el espacio, los sonidos, las sensaciones en el cuerpo, y los sentimientos?  ¿Puedo abrirme a la presencia que está aquí delante mío?

Cuando prestamos atención a lo que está aquí en este momento, volvemos a nuestro corazón, un corazón sabio. Con presencia, respondemos a la situación en vez de reaccionar.

 

“Tienes la paciencia para esperar hasta que el barro despeje y el agua se vuelva transparente? Puedes esperar hasta que la acción justa y correcta surja por sí sola?

— Tao Te Ching

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Movimiento fluido, ánimo y presencia- Tara Brach

¿Qué nos separa de la felicidad? 

 

Esta pregunta es fundamental en nuestras vidas. La próxima vez que estemos muy contentos,  hagámonos las siguientes preguntas, ¿Cómo puede ser?  ¿Qué pasa en nuestro interior cuando estamos muy felices?

 Hay dos dimensiones que componen la alegría pura. La primera dimensión es la presencia. Estamos muy felices porque estamos presentes, “estamos aquí,” para experimentar lo que nos está ocurriendo. La segunda dimensión es que estamos vivos, llenos de vida. Las dos dimensiones están íntimamente relacionadas. Cuando estamos felices, podemos sentir que la vida fluye por nuestros cuerpos. Sí prestamos detenida atención a la vida, descubriremos que esta presencia a la que me refiero es conciente, crea espacio. Si de verdad vivimos dentro de esta presencia amplia y profunda, sentiremos el movimiento fluido de la vida.


Al explorar la relación intima entre vida y presencia, preguntémonos: ¿Qué nos deja entrar en el movimiento fluido del ánimo y alegría? ¿Qué nos permite vivir dentro de esta vida fluida en vez de sólo verla desde fuera? No queremos llegar al final de nuestras vidas sólo para darnos cuenta de no haber sentido la vida fluir por cuerpo, corazón y mente. No queremos llegar al final de la vida diciendo que no hemos vivido con vitalidad y fluidez. O que no hayamos disfrutado de la energía del amor que surge cuando nos relacionamos con otras personas. Por eso, la meditación tiene un papel fundamental en el enriquecimiento de nuestras vidas. Al crear una práctica de conciencia plena, aprendemos a volver al único sitio en nuestro interior donde la alegría, el amor y la paz son posibles. Es decir, que al meditar reconocemos la presencia de la alegría y podemos sentirla.

Las dos facetas de estar presentes requieren la voluntad o habilidad de parar y dejar de hacer tanto. No significa que debamos separarnos del mundo. Significa vivir en el presente para que nuestra mente esté en el presente y no en el futuro. Cuando estamos aquí, en este momento, nos abrimos a la vida que está delante nuestro. El estar presentes y abrirnos hacia la vida delante nuestro no ocurre muy a menudo ya que nuestra tendencia es de dejar el momento presente y perdernos en nuestros pensamientos.

La gente se pregunta, “Por qué no tengo más ánimo?  ¿Por qué no hay más alegría en mi vida?” Es porque no estamos en un estado de ser. Nuestra práctica de meditación nos ayuda a volver al presente para hacer el cambio de un estado de hacer a uno de ser

Desear controlar nos hace salir de presencia viva. Querer controlar es universal. Dentro de nuestro organismo, hay cierta ansiedad sobre nuestra existencia. Intentamos controlar nuestras vidas para sentirnos mejor. Es común querer disfrutar de la vida y evitar el dolor. Muy a menudo estamos reaccionando a lo que hay delante nuestro. Sólo basta con ver los ejemplos de cuan fácil reaccionamos en nuestras relaciones. Cuando estamos con otras personas, y sentimos ansiedad, notemos que hay una parte de nosotros que quiere controlar la situación. Manipulamos la vida para que esté a la altura de nuestras expectativas. Así, a medida que nos ponemos más inseguros, más controlamos.

En nuestra meditación, cuando notemos que hemos dejado el momento presente, y notemos que estamos controlando la situación, o estamos preocupados, la clave es pausar. Notar lo que está pasando y preguntarnos, “Qué es esto?” Esta simple pausa nos permite volver a nuestros cuerpos y a la fluidez de la vida. La práctica es volver al presente. 

Comparto estas observaciones porque cada vez que despertamos del trance de separación en que vivimos en nuestras mentes, volvemos una y otra vez a la fluidez de la vida. Volvemos al presente en el cual podemos conocer el amor eterno. Un amor que va revelándose de varias maneras. Una y otra vez, al refugiarnos en la fluidez de la vida y en la quietud de la cual proviene, nuestro amor y nuestra capacidad de amar se revelan en nuestras vidas. 

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Navegando las olas- Tara Brach

No podemos hacer que las olas paren, pero sí podemos aprender a navegarlas.

 

No podemos controlar lo que nos pase en la vida.

Van a haber personas con la cuales no estemos de acuerdo. Puede ser que nos enfermemos o que nuestras emociones lleguen a un nivel abrumador y no podamos más con ellas. Lo que podemos hacer es aprender a fluir con la vida.

A lo que me refiero es aprender a navegar las olas de la vida.

Algunas personas hacen surf. ¿Yo? Aprendí a hacer surf con una tabla pequeña, una tabla de boogie. De hecho, llegué a ser tan fanática del deporte que me pasaba cada verano en el mar navegando las olas hora tras hora. Habían momentos en los cuales tomaba una ola y perdía cualquier sentido de tener control. Ya no había un enfoque en mi propio ser. Sino era como si la ola y yo nos convertíamos en uno.  Había una presencia, una fluidez y gracia absoluta.

 Cuando los atletas entran en la zona de máxima concentración mental, física y emocional mientras entrenan, lo logran porque no están controlando la situación. La cualidad de profunda presencia con la cual viven ese momento les permite conectarse con la fluidez del mismo.

Cuando estamos conectados con esta energía fluida, ya no nos importa el qué dirán o nuestra auto crítica. El concepto del yo desaparece. Nos conectamos al movimiento fluido del universo. Nos conectamos con la sabiduría, el amor, el poder, y la fuerza del Infinito.

La meditación es la técnica que nos conecta con esta presencia y poder. Nos enseña a navegar cualquier ola que venga hacia nosotros. 

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La ilusión del ser irreal en otras personas - Tara Brach

Es muy posible que nuestra sensibilidad hacia las noticias mundiales vaya disminuyendo a medida que el número de ellas aumente. En el periódico y en el Internet cada día aparecen tantos reportajes de personas que están en paro, huelgas de hambre, perdida de familiares, noticias de muertes, guerras, y desastres naturales. A medida que nuestra sensibilidad disminuye, nos vamos separando de las otras personas en nuestro mundo y de sus historias. De esta manera empezamos a ver a las otras personas como seres diferentes, “personas irreales.” Al menos que estemos despiertos en un estado de compasión, nos olvidamos de ver a las personas en las noticias como los seres humanos que realmente son. Aunque son exactamente como nosotros, no reconocemos al otro como “una persona quien mira por sus ojos o siente con su corazón.” Cuando las personas no nos parecen reales, nuestros corazones no pueden responder con auténtica compasión.

Al valorar a otras personas como seres humanos, vamos reconociendo lo que en realidad pasa en sus vidas; reconocemos sus historias. Sólo con ese reconocimiento, nosotros mismos nos abrimos hacia la compasión y podemos recibirlas con un corazón abierto.

¿Cómo nos hacemos concientes de que estas personas son “reales”?

Una manera es hablar con los que no tienen mucho en común con nosotros. Así empezamos a reconocer el hecho de que detrás de nuestras máscaras, la persona delante nuestro también tiene los mismos miedos, los mismos sueños, el mismo deseo de dar y recibir amor. Al estar en un estado de presencia y escuchar profundamente, reconocemos su humanidad. ¿Qué pasa cuando estamos en un estado de presencia al escuchar? Cuando estamos en ese estado de presencia al escuchar, experimentamos un sentido de receptividad y apertura, mediante el cual formamos parte de aquella presencia. Sea lo que sea que llamemos a aquella presencia: Dios, conciencia pura, nuestra naturaleza o estado de ser puro, los límites entre lo interior y lo exterior se disuelven. Cuando estamos en esa presencia abierta, el otro llega a ser parte de nuestro corazón. Nuestro corazón se abre, se transforma, y el otro se transforma a una persona “real.”

La compasión puede ser descrita como el acto de sentir la vulnerabilidad y sufrimiento que forma parte de nosotros y todos los seres vivientes.

El florecer a la compassion también incluye la acción de sintonizarnos con la presencia del sufrimiento y respondiendo conscientemente.

Debido a nuestro condicionamiento social, reúsamos a sentirnos vulnerables.

El camino de la compasión requiere nuestro valor y enfoque.

A medida que despertamos a la realidad de nuestra connección con los demás, nuestros corazones se van llenando de ternura y nuestras acciones sirven para sanar al mundo.

Tara Brach

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El arte sagrado de escuchar - Tara Brach

Escuchar es acercarnos dulcemente
Con ganas de poder ser cambiados
Por lo que escuchamos.
—Mark Nepo - Poeta


¿Qué pasa cuando estamos en un estado de presencia al escuchar? Cuando estamos en ese estado de presencia al escuchar, experimentamos un sentido de receptividad y apertura, mediante el cual formamos parte de aquella presencia. Sea lo que sea que llamemos a aquella presencia (Dios, conciencia pura, nuestra naturaleza o estado de ser puro) los límites entre lo interior y lo exterior se disuelven, y nos convertimos en un luminoso campo de conciencia. Cuando estamos en esa presencia abierta y expansiva, podemos responder en vez de reaccionar a la vida, al camino que tenemos delante nuestro. Al ver la vida desde este estado de presencia terminamos enamorándonos de ella.

Este estado de presencia al escuchar es el precursor o requisito esencial para relacionarnos con los demás basados en el amor. A medida que vayamos obteniendo un mejor entendimiento de este estado de presencia al escuchar – el sonido y el tono de voz de la otra persona pueden ser recibidos de la misma manera en que recibimos el sonido de la lluvia en una tarde otoño lluviosa – sin resistencia, con una mejor noción de cómo crear, apoyar, y mantener una relación amorosa.

Puede ser que esta manera de escuchar nos ponga en una posición muy vulnerable. Tan pronto como paramos de planear lo que vamos a decir o dejamos de manipular lo que dice la otra persona, de repente no tenemos control. Nos abrimos hacia nuestra propia tristeza, nuestra propia rabia e inquietud. Escuchar significa dejar de controlar. Es un gran desafío.

Cuando alguien nos habla, pasamos la mayoría del tiempo planeando lo que vamos a decir en cuanto la otra persona deje de hablar. En vez de escuchar nos pasamos la conversación evaluándola, intentando presentar nuestro punto de vista lo mejor posible, o controlando la situación.

Escuchar de una manera pura es dejar de controlar. No es fácil y requiere mucha práctica. Sólo cuando podemos dejar de controlar, es cuando podemos recibir el amor puro. No podemos ver o entender a alguien en los momentos en los cuales estamos intentando controlar lo que se dice o cuando nuestra intención es dejar una buena impresión con lo que decimos. En estas circunstancias, no hay espacio para que la otra persona crezca y para que pueda ser quien realmente es. Escuchar y recibir incondicionalmente lo que otra persona expresa son expresiones de amor.

Cuando alguien nos escucha, nos sentimos conectados. Cuando nadie nos escucha, nos sentimos separados. Ya sea que nos estemos comunicando entre diferentes tribus, grupos étnicos, razas o generaciones, necesitamos poder escucharnos. A medida que nos entendemos mejor, tenemos menos miedo. Cuando tenemos menos miedo, confiamos más. Y cuando más confiamos, más dejamos que el amor fluya en nuestras vidas.

No es verdad que para llegar a conocer la verdadera belleza de un árbol,
Uno debe de descansar tranquilamente debajo de su sombra?
¿No tiene que ponerse debajo de su sombra?
Para conocer a alguien, es necesario pararnos debajo de su sombra por un momento.
¿Qué significa esto?
Significa poder escuchar en silencio y recibir la esencia de quién realmente es
Como si estuviéramos debajo de la sombra de un árbol, conociéndolo desde su interior.

Tara Brach

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El estrés y la meditación - Tara Brach

El mago Harry Houdini viajaba por los pequeños pueblos de Europa haciendo sus demostraciones de escapismo. Pedía ser atado por los carceleros con una camisa de fuerza y luego ser encerrado en una celda para ver si podía escaparse. Una y otra vez, todos los espectadores quedaban asombrados ya que no había camisa ni celda alguna que pudiese contener a Houdini.

Un día, en una aldea irlandesa, delante de una multitud de gente, consiguió zafarse de la camisa de fuerza que le habían puesto pero por más que tratase, no podía abrir el candado de la celda. Después de varias horas, desilusionados, los lugareños se fueron. Houdini no entendía qué pasaba ya que hasta aquel momento, nunca ningún candado le había dado tal reto. Confundido y frustrado, Houdini preguntó al carcelero acerca de la cerradura, intentando entender por qué no podía abrirla. El carcelero le dijo, “Es una cerradura común y corriente. No tiene nada de especial. Sabiendo que tu puedes abrir cualquier cerradura, no me molesté en cerrarla con llave.”

Houdini, no lo podía creer. Había estado encerrándose dentro de la celda todo el tiempo ya que suponía que la cerradura estaba echada llave. Estaba libre desde un principio.

Algo muy similar nos ocurre a nosotros. Pasamos el día suponiendo que hay un problema con nosotros mismos, que hay algo malo que nos queda por resolver.Limitamos nuestra perspectiva, nos ponemos tensos, ocupados, nos estresamos. ¿No es así?

El Buddha dijo que lo que piensa una persona se refleja en su mente y se convierte en una tendencia de la misma.

Esto también afecta a nuestros cuerpos. Si estamos preocupados, nuestro cuerpo produce un flujo constante de adrenalina y cortisol que nos mantiene nerviosos e inquietos.

Consideremos lo siguiente: ¿Los pensamientos que uno tiene durante el día producen un sentimiento de bondad, interés, o posibilidad? ¿O despiertan tensión, separación, o inquietud?

La neurociencia y sus avances más recientes confirman que las neuronas que se activan juntas permanecen juntas. Esto quiere decir que mientras más pensamos en algo, más forma parte de nuestra realidad. A un nivel físico, la conección entre neuronas se fortalece.

La meditación nos ofrece un método completamente radical para liberarnos de los pensamientos que no nos favorecen, de aquel trance en el cual caemos debido al estrés.

Podríamos llamarlo: trance estresante. A medida que profundizamos nuestra práctica de meditación, desarrollamos la habilidad de volvernos conscientes de nuestros pensamientos.

Esto nos da la libertad de elegir dónde poner nuestra atención.

Poco a poco nos vamos dando cuenta que no es necesario creer en nuestros pensamientos.

En especial, aquellos pensamientos que no nos favorecen y van formando una celda alrededor de nuestra mente.

Una celda como la de Houdini, que parece estar cerrada, pero en realidad está abierta y somos nosotros los que inconscientemente nos encerramos.

Tara Brach

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